Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
Alviarin se desplomó por la impresión al ver la alta figura de un hombre vestido con una armadura negra, toda ella de placas superpuestas como las escamas de una serpiente, y que se encontraba plantado delante de una ventana. Sin embargo, no era un hombre. Aquel rostro lívido no tenía ojos, sólo suave piel blanca donde deberían haber estado. Alviarin se había encontrado con Myrddraal anteriormente, mientras servía al Gran Señor, e incluso había conseguido sostener sus miradas sin ojos sin sucumbir al terror que producían dichas miradas, pero éste la hizo arrastrarse por el suelo hasta que su espalda chocó contra la pata de una mesa. Los Acechantes eran iguales como gotas de agua, altos, esbeltos e idénticos, pero éste era una cabeza más alto y parecía que de él irradiaba el miedo, un miedo que calaba hasta los huesos. Sin pensar, buscó la Fuente. A punto estuvo de gritar. ¡La Fuente había desaparecido! No estaba escudada; ¡simplemente no había nada allí que ella pudiera abrazar! El Myrddraal la miró y sonrió. Los Acechantes jamás sonreían. Jamás. Su respiración se convirtió en un ahogado jadeo.
—Puede ser útil —dijo con su voz rasposa el Myrddraal—. No querría que el Ajah Negro fuera destruido.
—¿Quién eres tú para desafiar a uno de los Elegidos? —demandó despectivamente Mesaana, que echó a perder su actuación al lamerse los labios.
—¿Acaso piensas que la Mano de la Sombra es sólo un nombre? —La voz del Myrddraal ya no crujía. Hueca, pareció retumbar en cavernas de tamaño inimaginable. La criatura creció a medida que hablaba, aumentando de tamaño hasta que su cabeza rozó el techo, a casi cuatro metros de altura—. Se te convocó y no acudiste. Mi mano llega muy lejos, Mesaana.
Temblando visiblemente, la Elegida abrió la boca quizá para suplicar, pero de repente un fuego negro destelló a su alrededor y la mujer gritó mientras sus ropas se deshacían en cenizas. Bandas de llamas negras le sujetaron los brazos contra los costados, se enroscaron prietamente en torno a sus piernas, y una hirviente bola negra apareció en su boca, forzándola a abrir las mandíbulas al máximo. Se quedó de pie, retorciéndose, desnuda e indefensa, y el aspecto de sus ojos vueltos hizo que Alviarin casi se ensuciara encima.
—¿Quieres saber por qué uno de los Elegidos debe ser castigado? —La voz volvía a ser un sonido rasposo de huesos frotándose entre sí y el Myrddraal tenía otra vez una estatura algo más alta que otro Acechante, pero eso no engañó a Alviarin—. ¿Quieres presenciarlo? —le preguntó.
Tendría que haberse postrado en el suelo y haber implorado por su vida, pero era incapaz de moverse, incapaz de apartar la vista de aquella mirada sin ojos.
—No, Gran Señor —consiguió responder, sintiendo la boca tan seca como estropajo. Lo sabía. No podía ser, pero lo sabía. Se dio cuenta de que las lágrimas le corrían por las mejillas.
El Myrddraal sonrió de nuevo.
—Muchos cayeron de mayores alturas por querer saber demasiado.
El Acechante se deslizó hacia ella. No; el Acechante no. El Gran Señor, metido en la piel de un Myrddraal, se deslizó hacia ella. Caminaba sobre piernas, pero no había otra descripción para la forma en que se movía. La pálida forma vestida de negro se inclinó sobre ella, y Alviarin habría chillado cuando le tocó la frente con un dedo. Habría chillado si hubiese sido capaz de emitir algún sonido. Sus pulmones eran como bolsas vacías de aire. El roce se tornó abrasador como hierro candente. Vagamente, la mujer se preguntó por qué no olía a su propia carne quemada. El Gran Señor se puso erguido, y el intenso dolor cedió y desapareció. No ocurrió lo mismo con el terror de Alviarin.
—Estás marcada como mía —manifestó la rasposa voz del Gran Señor—. Mesaana no te dañará ahora. A menos que yo le dé permiso. Encontrarás a quienes amenazan a mis criaturas aquí y me las entregarás. —Le dio la espalda y la oscura armadura se desprendió de su cuerpo. Alviarin se sorprendió cuando cayó sobre el suelo alfombrado con un ruido metálico en lugar de desvanecerse, simplemente. Ahora vestía de negro y la mujer no habría sabido decir si era seda, cuero u otra cosa. Su oscuridad parecía absorber la luz de la estancia. Mesaana empezó a sacudirse entre sus ataduras, emitiendo ahogados chillidos a través de la mordaza.
—Vete ya —dijo el Gran Señor—, si quieres vivir la próxima hora.
El sonido procedente de Mesaana se alzó a un aullido desesperado.
Alviarin no supo cómo salió de sus aposentos —no entendía cómo se sostenía de pie cuando sus piernas parecían de gelatina—, pero se encontró corriendo por los pasillos, con la falda remangada hasta las rodillas y trotando tan deprisa como podía. De repente el remate de una escalera apareció delante de ella y consiguió por muy poco detenerse antes de caer en el vacío. Recostada contra la pared, temblorosa, empezó a descender el tramo curvo de escalones de mármol blanco. En su mente podía ver su cuerpo destrozándose al precipitarse escaleras abajo.
Respirando entre jadeos trabajosos, roncos, que parecían salir de una garganta en carne viva, se llevó una mano trémula a la frente. Sus pensamientos se sucedían tumultuosos, cayendo y rodando unos sobre otros como le habría ocurrido a ella de precipitarse por la escalera. El Gran Señor la había marcado como suya. Sus dedos se deslizaron sobre la piel suave, perfecta. Siempre había valorado el conocimiento —el poder crecía con él—, pero no quería saber qué estaba ocurriendo en la habitación que había abandonado. Ojalá no supiera siquiera que estaba ocurriendo algo. El Gran Señor la había marcado, pero Mesaana hallaría el modo de matarla por saberlo. El Gran Señor la había marcado y le había dado una orden. Podría vivir si descubría quién iba a la caza del Ajah Negro. Enderezando la espalda con esfuerzo, se apresuró a enjugarse las lágrimas de las mejillas. No podía apartar los ojos de la escalera que descendía ante ella. A buen seguro Elaida sospechaba de ella; pero, si sólo era eso, aún estaba a tiempo de conducir su propia cacería. Sólo tenía que incluir a Elaida en ella como una amenaza con la que había que acabar. Entregárselas al Gran Señor. Sus dedos pasaron veloces de nuevo por su frente. Tenía el Ajah Negro a su mando. Piel suave, perfecta. Talene había estado en los aposentos de Elaida. ¿Por qué había mirado a Yukiri y a Doesine de aquel modo? Talene era Negra, aunque ignoraba que Alviarin lo era también, por supuesto. ¿Se vería alguna marca en el espejo? ¿Habría algo que otros podrían ver? Si tenía que montar un ardid para las supuestas cazadoras de Elaida, Talene podía ser un eslabón por donde empezar. Intentó trazar la ruta que cualquier mensaje habría tomado de boca en boca antes de llegar a Talene, pero era incapaz de dejar de mirar la escalera, de ver su cuerpo dando tumbos y rompiéndose en su caída hasta el arranque de los escalones. El Gran Señor la había marcado.
22
Una respuesta
Pevara esperó con cierta impaciencia mientras la delgada Aceptada colocaba la bandeja de plata a un lado de la mesa y retiraba el paño que cubría el plato de pasteles. Baja y de rostro serio, Pedra no se mostraba remolona ni resentida por tener que pasar la mañana haciendo recados para una Asentada, sino que simplemente realizaba su trabajo con meticulosidad y cuidado, unas cualidades útiles que debían fomentarse. Aun así, cuando la Aceptada preguntó si servía el vino, Pevara contestó con un timbre de voz un tanto seco.
—Lo haremos nosotras mismas, pequeña. Puedes esperar en la antesala. —Estuvo a punto de mandarle que volviera a sus estudios.
Pedra extendió la blanca falda con bandas de colores en una grácil reverencia sin dar la menor señal de aturullamiento como las Aceptadas solían hacer a menudo cuando una Asentada denotaba irritabilidad. Con demasiada frecuencia, las Aceptadas interpretaban cualquier acritud en la voz de una Asentada como una opinión sobre su entrenamiento para alcanzar el chal, como si las Asentadas no tuvieran otras preocupaciones.