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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Tras ellas se oyeron gritos. Más disparos y un furioso clamor de lucha.

Leie frunció el ceño, cubierto de sudor, los ojos clavados en la pantalla. Jadeando por el esfuerzo, dirigió el punto rojo hacia la casilla elegida por Maia.

Un sonido grave creció bajo sus pies. Un gruñido, más profundo que los gritos procedentes del pasillo. Éstos fueron acercándose mientras Maia y Leie se retiraban del atril, que empezó a vibrar notablemente. Temblando debido a su antigüedad y a la falta de uso, un mecanismo oculto desplazó la pesada piedra. La luz surgió de la abertura, junto con una agradable ráfaga de aire fresco.

Figuras enmascaradas corrían por el pasillo tras ellas. Los primeros hombres llegaron de forma ordenada, cargando a sus camaradas heridos. Tras ellos llegaron los demás, aterrados, casi doblados en dos, sus improvisadas mascarillas torcidas. No había tiempo para organizar nada.

—¡Por aquí! —gritó Leie, guiando a los refugiados hacia las escaleras que habían aparecido bajo el atril. Los marineros se abalanzaron hacia la abertura, en masa, aunque Maia se preguntó ahora:

¿Qué he hecho?

Una retaguardia seguía luchando; cinco o seis hombres se enfrentaban desesperados a figuras mucho más pequeñas que blandían bastones de combate y que les doblaban en número. Sonó un disparo y uno de los hombres se llevó las manos al vientre y cayó.

—¡Vamos, Maia! —gritó Leie, empujándola hacia la brillante abertura. Aullidos de furiosa persecución se alzaron cuando tres saqueadoras se zafaron de la pelea para saltar filas de bancos y perseguirlas. Una tropezó y cayó, pero Maia estaba demasiado ocupada sorteando los escalones para mirar. Abajo, un hombre que esperaba la cogió del brazo e impidió que se volviera.

No importa, Leie venía justo detrás de mí, se dijo Maia mientras huía con otros fugitivos por un estrecho pasadizo, de techo bajo y luminoso, entre cables y conductos. El pasillo se llenó de sonidos, ya que todos parecían gritar al mismo tiempo. Caminar le producía oleadas de dolor en la rodilla. Por fin llegaron a una puerta doble hecha de metal. Un improvisado pelotón de hombres heridos usaba todo lo que podían encontrar para cerrar una de las puertas. En cuanto Maia pasó, empezaron a cerrar la otra.

—¡Esperad! —gritó—. ¡Mi hermana!

Siguió gritando mientras ellos terminaban, ignorando sus demandas. Fue el doctor quien cogió entre sus manos el rostro de Maia y le repitió, una y otra vez:

—Había saqueadoras detrás de ti, cariño. ¡Sólo saqueadoras, un poco por detrás!

Como confirmación; las puertas se sacudieron al ser golpeadas repetidamente desde el otro lado.

—¡Vamos! —los instó un hombre moreno, manchado de sangre, que se apoyaba contra el portal—. ¡Salgamos de aquí!

Parpadeando, Maia reconoció a su reciente compañero investigador… el navegante.

—Pero… —se quejó, antes de ser alzada en brazos por un enorme marinero que se dio la vuelta y echó a correr, dejando tras él manchas escarlata sobre el frío suelo de piedra.

Lo que siguió fue una confusión de salvajes y temblorosos giros y súbitas vueltas. Sin embargo, junto con el dolor, el miedo y la pérdida llegó una extraña sensación, una que Maia no había experimentado desde la infancia: la de ser transportada y cuidada por alguien mucho más grande. A pesar de conocer incontables formas en que los hombres eran tan frágiles como las mujeres (y a veces mucho más frágiles), fue una especie de alivio verse rodeada de tanta amabilidad y de tanto poder. Aquello empujaba a una parte profunda de sí misma a dejarse ir. En medio de la carrera por los extraños pasillos, perseguida por la desesperación, Maia lloró por su hermana, por los valientes marineros, y por sí misma.

El pasadizo parecía estirarse indefinidamente, en ocasiones descendiendo como una rampa y otras veces subiendo. Remontaron unas empinadas escaleras donde algunos hombres tuvieron que agachar la cabeza y otros se quedaron atrás. Los sonidos de persecución, que habían remitido hacía un rato, se acercaban nuevamente. En lo alto, la menguada banda de fugitivos encontró otra puerta de metal. Varios hombres soltaron a sus camaradas heridos, formaron una última retaguardia, y juraron aguantar mientras Maia, el marinero que la transportaba, el doctor y el grumete seguían adelante.

¿Qué sentido tiene?, pensó Maia tristemente. Los hombres parecían creer en su capacidad para lograr milagros, pero en verdad, ¿qué había conseguido ella? Aquella «ruta de escape» era intrínsecamente inútil si las enemigas podían seguirlos. Lo más probable era que acabase conduciendo a las saqueadoras directamente hasta Renna.

Su primera idea fue que había encontrado un camino secreto hacia los antiguos pabellones de defensa que el Consejo de Caria había conservado durante milenios. Ahora Maia sabía que habían caminado demasiado, sin duda atravesando uno tras otro los estrechos puentes de piedra de los Dientes del Dragón que comprendían Jellicoe. A excepción de Renna, tal vez fueran los primeros humanos en recorrer aquellos salones desde el gran destierro que siguió a la Era de los Reyes.

No oyeron más ruido a su espalda. El último destacamento debía de estar aún aguantando en su barricada. Tras llegar a una zona llana, Maia insistió en que el marinero la soltara. Torpemente, se apoyó sobre la rodilla, que se quejó, pero pudo andar. El marinero expresó su disposición a volver a cargarla si necesitaba ayuda.

—Ya veremos —dijo Maia, palmeando su gran antebrazo, y avanzó.

Pronto llegaron a otro conjunto de puertas. Al atravesarlas, el grupo se detuvo.

Una enorme cámara se extendía ante ellos, más alta que el templo de Lanargh, ancha como un almacén. Maia se maravilló, pensando que toda la montaña—espira debía de estar hueca. Sus ojos no podían abarcarla por entero, sólo a trozos.

A la derecha, habían sido talladas varias entradas semicirculares en la roca; cada una medía de diez a cincuenta metros de diámetro y contenía extraños mecanismos o montones de cajas apiladas. Pero fue la pared de la izquierda la que los llenó de asombro. Parecía consistir en una sola máquina que se extendía a lo largo de toda la cámara; estaba hecha de una sorprendente combinación de metales, extrañas substancias empotradas en piedra, y formas cristalinas, como la gran entidad fluctuante que Brod y ella habían visto en el Centro de Defensa. En toda su longitud, a intervalos, parecía haber puertas, aunque no resultaban adecuadas para permitir el paso a personas. Maia supuso que su misión era facilitar la entrada o salida de materiales, y así se le planteó al doctor.

El viejo asintió.

—Debe de ser… Todos creíamos que se había perdido. Que lo tenía el Consejo. O que había sido destruido.

—¿Qué? —preguntó Maia, asombrada por el tono reverente del hombre—. ¿Qué se perdió?

—El Formador —susurró él, como si temiera estropear un sueño—. El Formador Jellicoe.

Maia sacudió la cabeza.

—¿Qué es un formador?

Mientras caminaban, el doctor la miró, luchando por encontrar las palabras.

—Un formador… fabrica cosas. ¡Puede fabricarlo todo!

—¿Quieres decir como una autofactoría? ¿Donde producen radios y…?

Él se encogió de hombros.

—El Consejo mantiene en funcionamiento algunos menores, para no olvidar cómo. Pero las leyendas hablan de otro, del Gran Formador, atendido por la gente de Jellicoe.

Parpadeando, Maia comprendió lo que quería dar a entender.

—¿Esto lo crearon los hombres?

—No los hombres como tales. Los Antiguos Guardianes. Hombres y mujeres. Todos desterrados tras la Revuelta de los Reyes, aunque los Guardianes no tuvieron nada que ver con esos traidores.

»El Consejo y el Templo se asustaron, ¿sabes? Se asustaron de tanto poder. Usaron a los reyes como excusa para expulsar a todo el mundo de Jellicoe y de los otros lugares. Siempre pensamos que Caria se guardó los instrumentos para sí.

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