Visions Of Sugar Plums
- Автор: Evanovich Janet
- Язык: испанский
- Жанр: Иронические детективы
Электронная книга - «Visions Of Sugar Plums». Краткое содержание книги:
Salté de la cama y corrí a toda prisa al cuarto de baño. Me di una ducha rápida y me dejé el pelo húmedo. ¡Mierda! Lo domé con algo de gel, me vestí con mis vaqueros habituales, botas, y camiseta, y fui a la cocina.
Diesel estaba recostado contra el fregadero, con una taza de café en la mano. Había una bolsa blanca de la panadería en el mostrador, y Rex estaba despierto en su jaula, abriéndose camino sin prisa al centro de una rosquilla de jalea.
– Buenos días, bonita, -dijo Diesel.
– Faltan sólo dos días para Navidad, -dije-. ¡Dos días! Y quiero que ceses de dejarte caer en mi apartamento.
– Sí, seguro, eso va a pasar. ¿Le has dado tu lista a Santa? ¿Has sido traviesa?
Era demasiado temprano para poner los ojos en blanco, pero hice uno de todos modos. Me serví café y tomé una rosquilla.
– Fue lindo que trajeras rosquillas, -dije-. Pero Rex conseguirá una cavidad en su colmillo si se la come entera.
– Progresamos, -dijo Diesel-. No gritaste cuando me viste. Y no comprobaste el café y las rosquillas en busca de algún veneno extraterrestre.
Yo miré hacia abajo el café y me atacó el pánico.
– No pensaba, -dije.
Media hora más tarde estábamos en una calle lateral con una buena vista del edificio de apartamentos de Briggs. Briggs iba a trabajar hoy. E íbamos a seguirlo. Él nos conduciría a la fábrica de juguetes, localizaría a Sandy Claws, le pondría las esposas, y luego lograría celebrar la Navidad.
Exactamente a las ocho quince, Randy Briggs se pavoneó fuera de su edificio y entró en un coche especialmente acondicionado. Encendió el motor y salió del estacionamiento, dirigiéndose hacia la Ruta 1. Lo seguimos un par de coches atrás, manteniendo a Briggs a la vista.
– Bueno, -dije a Diesel-. Suspendiste levitación y obviamente no puedes hacer la cosa del relámpago. ¿Cuál es tu especialidad? ¿Qué instrumentos tienes en tu cinturón de uso general?
– Te lo dije, soy bueno en localizar a las personas. He desarrollado la percepción sensorial. -Me perforó con la mirada-. Apuesto que no pensaste que sabía palabras superiores como esas.
– ¿Algo más? ¿Puedes volar?
Diesel apagó un suspiro.
– No. No puedo volar.
Briggs permaneció en la Ruta 1 por poco más de una milla y luego salió. Giró a la izquierda en la esquina y entró en un pequeño complejo industrial. Pasó tres negocios antes de entrar en un estacionamiento contiguo a un edificio de un piso de ladrillo rojo de tal vez 1500 m. cuadrados. No había ningún letrero anunciando el nombre o la naturaleza del negocio. Un soldado de juguete en la puerta era la única decoración.
Dimos a Briggs media hora para entrar en el edificio e instalarse. Luego cruzamos el estacionamiento y nos abrimos paso entre las puertas de cristales dobles de la pequeña recepción. Las paredes estaban alegremente pintadas en amarillo y azul. Había varias sillas alineadas contra una pared. La mitad eran grandes y la mitad pequeñas. El límite del área de recepción estaba delimitado por un escritorio. Detrás del escritorio había un par de cubículos. Briggs estaba sentado en uno de ellos.
La mujer detrás del escritorio nos miró a Diesel y a mí y sonrió.
– ¿Puedo ayudarles?
– Buscamos a Sandy Claws, -dijo Diesel.
– El Sr. Claws no está esta mañana, -dijo la mujer-. Quizás pueda ayudarle yo.
Briggs levantó la cabeza súbitamente ante el sonido de la voz de Diesel. Nos miró y líneas de preocupación fruncieron su frente.
– ¿Lo espera más tarde hoy? -Pregunté.
– Es difícil de decir. Él mantiene su propio horario.
Dejamos el edificio, y llamé y pregunté por Briggs.
– No me llames aquí, -dijo Briggs-. Este es un trabajo estupendo. No quiero que me lo fastidies. Y no voy a ser tu informante, tampoco. -Y colgó.
– Supongo que podríamos mantener bajo vigilancia el edificio, -dije a Diesel. Quise hacer eso tanto como sacarme un ojo con un palo ardiendo.
Diesel empujó su asiento hacia atrás y estiró las piernas.
– Estoy muy cansado, -dijo-. Trabajé el turno de noche. Podrías tomar el primero.
– ¿El turno de noche?
– Sandor y Ring tienen una larga historia en Trenton. Recorrí algunos viejos lugares predilectos de Ring después de que te dejé anoche, pero no encontré nada.
Él cruzó sus brazos sobre el pecho y casi al instante pareció dormirse. A las diez treinta mi teléfono celular sonó.
– Oye, amiga, -dijo Lula-. ¿Qué estás haciendo?
Lula se encarga de los archivos en la oficina de fianzas. Fue una prostituta en una vida anterior, pero desde entonces ha enmendado su estado. Su guardarropa se ha quedado más o menos igual. Lula es una mujer grande que le gusta el reto de comprar ropas que son dos tallas demasiado pequeñas.
– No mucho, -dije-. ¿Qué haces tú?
– Voy de compras. Dos días para Navidad y no tengo nada. Voy al centro comercial Quakerbridge. ¿Quieres que te lleve?
– ¡SÍ!
Lula comprobó su espejo retrovisor para echarle una última mirada a Diesel antes de dejar el estacionamiento de la fábrica de juguetes.
– Ese hombre está perfecto. No sé donde encuentras a esos tipos, pero no es justo. Acaparaste el mercado de lo caliente.
– Él es de hecho un super héroe, o algo así.
– No sé nada de eso. Apuesto que tiene niños super héroes, también.
Lula sonaba mucho como la Abuela. No quise pensar en los niños de Diesel, así que puse la radio.
– Tengo que relevarlo a las tres, -dije.
– Diablos, -dijo Lula, entrando en Quakerbridge-. Mira este estacionamiento. Está lleno. Esta terriblemente lleno. ¿Dónde se supone que me voy a estacionar? Sólo tengo dos días para hacer compras. No puedo tratar con esta cosa del estacionamiento. ¿Y por qué todos los mejores lugares son para los minusválidos? ¿Ves algún coche de minusválido en todas esas zonas de minusválidos? ¿Cuánta gente minusválida piensan que tenemos en Jersey?
Lula dio vueltas en el coche alrededor del lugar por veinte minutos, pero no encontró un estacionamiento.
– Mira ese pequeño morro del Sentra, está a punto de chocar a ese Pinto, -dijo Lula, girando, así tuvo el parachoques delantero de su Firebird a unas pulgadas del parachoques trasero del Sentra-. Uh-oh, -dijo, avanzando despacio-, mira como ese Sentra avanza por sí mismo. Antes de que lo sepas, va a haber un sitio disponible porque ese Pinto estará rodando por el carril de conducir.
– ¡No puedes llegar y empujar un coche de su sitio! -Dije.
– Seguro que puedo, -dijo Lula-. ¿Ves? Ya lo hice. -Lula tenía su bolso sobre su hombro, y estaba fuera del Firebird, contemplando la entrada del centro comercial-. Tengo mucho que hacer, -dijo Lula-. Te encontraré de regreso en el coche a las dos treinta.
Eché un vistazo a mi reloj. Eran las dos treinta. Y sólo tenía un regalo. Había comprado un par de guantes para mi papá. Era una cosa fácil. Le compraba guantes todos los años. Él contaba con eso. Yo estaba muy liada con los otros. Había dado a Valerie todas mis buenas ideas sobre los regalos. Y el centro comercial era un caos. Demasiados compradores. No hay suficientes dependientes en las cajas registradoras. Escoger artículos. ¿Por qué lo dejé para el último minuto? ¿Por qué atravieso por esto cada año? El próximo año compro mis regalos de Navidad en julio. Lo juro.
Lula y yo alcanzamos el coche simultáneamente. Yo tenía mi pequeña bolsa con los guantes, y Lula tenía cuatro enormes bolsas de compras llenas hasta los topes.
– ¡Vaya!, -dije-, eres buena. Yo sólo compré guantes.
– Infiernos, ni siquiera sé lo que hay en estas bolsas, -dijo Lula-. Sólo comencé a agarrar las cosas que estaban cerca de una caja. Creo que lo determinaré más tarde. Total todo el mundo siempre regresa las porquerías en cualquier caso, así que en realidad no importa lo que compraste la primera vez.
Lula fue hacia la salida y sus ojos se encendieron cuando llegó a la esquina del lugar.
– ¿Puedes creerlo? -dijo-. Tienen un lote de Árboles de Navidad. Necesito un Árbol. Voy a detenerme. Sólo será un minuto. Voy a comprarme uno.
Quince minutos más tarde teníamos dos Árboles de Navidad de 1,80 embutidos en el maletero de 1, 20 de Lula. Un árbol para Lula. Y uno para mí. Aseguramos la tapa del maletero con una cuerda, y nos pusimos en camino.
– Que bueno que vimos el lote de árboles, así además pudiste comprar un árbol, -dijo Lula-. No puedes tener una Navidad sin un Árbol de Navidad. Chica, amo la Navidad.