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La muchacha que pudo ser Emmanuelle

Электронная книга - «La muchacha que pudo ser Emmanuelle». Краткое содержание книги:

Es un relato que fue publicado como feuilleton entre el 3 y el 30 de agosto de 1997 por EL PA?S, con ilustraciones de Fernando Vicente.
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Lifante anota los tres nombres y distribuye el trabajo.

– Curro, sigue llamándote Curro y aprieta las clavijas a Cayetano. Si te parece lo detienes y me lo traes para aquí. Tú, Éxtasis, vente conmigo y con tres agentes a buscar matones. A tiro seguro. No me gusta dar palos de ciego.

Se pasaron media tarde buscando a tres individuos y de todas las operaciones policiales la más espectacular fue la del asalto a las naves abandonadas de una antigua factoría de barcos, en el Puerto Viejo. Aquello era un nido de ratas y de fachas, les sopló el confidente. Lifante y los suyos practicaron una irrupción muy teatral que trajo como resultado una redada de niños que estaban fumando hierba y de un perro que les hacía compañía. En un vagón en vía muerta de los límites de Pueblo Nuevo sorprendieron un burdel residuaclass="underline" varios viejos esperaban su turno para entrar en el compartimento de lujo donde se abrían de piernas dos muchachas negras. La última oportunidad se la ofrecía el gimnasio La Raza, de artes marciales y culturismos varios. Allí estaba el Pascualet haciendo músculo cuando se vio rodeado de extraña gente y del silencio expectante de los sudorosos gimnastas.

– Vigila cómo le esposas, que estos tíos tienen musculitos hasta en las muñecas.

No bien salido Pascualet esposado y disgustado, aunque con cara de chulo pendón, como repetía una y otra vez, histérico ante tanta musculatura, Celso Cifuentes, el encargado del gimnasio, cogió un teléfono móvil e hizo una llamada.

– Problemas X4.

El gordo amplificó el sonido para que ocupara el ámbito total del coche.

– Problemas X4. Problemas X4. Policía ha practicado la detención.

– ¿Policía? ¿Lo han comprobado?

– Afirmativo.

– ¿Lifante?

– Afirmativo.

– Limpieza apartamento, repito, limpieza apartamento. Voy a echar un vistazo.

El coche dio media vuelta y el brusco movimiento provocó indignaciones insuficientemente explicativas en otros conductores. Cuando el coche del gordo llegó ante el domicilio de Pascualet ya estaba allí la policía y los ojos de Aquiles no se limitaron a suponer dónde situar la ventana del apartamento del culturista. Abrió la guantera y apareció una central de recepción de sonido, pudo deducir así lo que estaba sucediendo más allá del cristal del sexto D y escuchar lo que decían los policías que rodeaban a Pascualet. Lifante le mostraba un bate de baseball.

– ¿Fue con este bate de baseball con el que os cargasteis a la mendiga y a Rocco?

– No sé de qué me habla.

– Sabes a qué mendiga me refiero. ¿Cómo os enterasteis de que ayudaba a Rocco Cavalcanti?

– No sé de qué me habla. Analicen el bate, sólo encontrarán cuero cabelludo de mariquita.

– Si no ha sido este bate ha sido otro cualquiera que habrás tomado de tus compañeros. No te va a gustar, musculitos, no te va a gustar convertirte en una ratita de calabozo. Se te van a caer los musculitos.

El gordo, en el coche, telefoneaba mientras seguía la conversación espiada.

– Osorio, mueve a un abogado, rápido. Éste se va a desmoronar en cuanto se pase doce horas sin proteínas puras. Yo voy a pincharles el cerebro a los de arriba.

Lifante y el gordo llegaron casi al mismo tiempo a la central de policía. El inspector recibió el saludo del abogado de Pascual Esteve Macanaz, alias Pascualet, Jorge Basualdo, un sacaultras en veinticuatro horas.

– Vaya, Basualdo. Otra vez llega usted antes que el detenido.

– Se ha de saber a quién se detiene.

Por su parte, el gordo desembocó en el despacho del Jefe Superior con un rictus de angustia en los labios.

– Desesperado, Jefe, estoy desesperado. Ha sido en balde todo cuanto habíamos hablado. El inspector Lifante está mirando debajo de demasiadas alfombras, yo lo comprendo, con la mano en el corazón, lo comprendo y sé que la ley está por encima de todo. Pero la ley es una dama ciega ante la lógica del tiempo histórico. Acaban de detener a Pascualet, una institución en los grupos incontrolados de los últimos años setenta y primeros ochenta, formado en Bolivia junto a los italianos, conectados todos con funcionarios españoles y cargos heredados del Régimen anterior. ¿Quieren que salga toda esa basura? ¿Puede el Gobierno actual rentabilizar la ofensiva contra los GAL si empieza a rebrotar algo parecido por todas partes, en todo tiempo? Comprendo que usted es un profesional. ¡Qué me va a decir a mí, que tuve a mi cargo a toda la policía de Rosario, la patria chica del Che, en tiempos del Proceso! Consulte a sus superiores. Estamos necesitados, respetado amigo, de una decisión política. Tenemos, en cambio, un culpable evidente, fácil de digerir. Ese mendigo recalcitrante, Cayetano, creo que se llama. Por ahí va la solución del caso.

En aquel momento el inspector Lifante había tomado una decisión taxativa.

– Que se haga pública la aparición del cadáver de Rocco Cavalcanti. Insinúen que se trata de un ajuste de cuentas entre mafias narcotraficantes, pero no lo conecten con el caso de Helga Mushnick.

A los quince minutos el fax llegaba a las principales redacciones de diarios, radios y televisiones de la ciudad y apenas motivó el arqueado de ceja de algún joven estudiante de Ciencias de la Información en periodo de prácticas. Más de uno trató de vender a su superior la necesidad de rastrear la noticia, pero ¿un traficante más qué importa? No era ésa la opinión del Jefe Superior de Policía.

– Pero, Lifante, ¿se ha vuelto loco? ¿Otro lío de traficantes y me detiene usted a un peligroso violento, a un matarife fascista? ¿Quiere armar la gorda? ¿Ha confesado algo el facha ese?

– No.

– Pues a la calle. Imagínese usted: fachas, mendigos, narcotraficantes y la derecha en el poder. Eso sólo puede beneficiar a los sociatas.

16. ¿QUIÉN ERA EL PADRE DEL CHICO DE HELGA?

En la primera estación del Vía Crucis del tratamiento de belleza, Gilda Mushnick se detuvo ante la imagen que le devolvía el espejo y no tuvo valor para preguntarle si seguía siendo la más hermosa de las mujeres. Temía que le respondiera: No, todavía lo es Helga. Durante tres horas pasó por una cadena de restauraciones: corrientes eléctricas para la celulitis, contra los dolores lumbares, gimnasia pasiva, y luego la enfangaron de arriba abajo y la metieron entre sábanas y mantas para que conservase el calor. Su cuerpo acabó reposando como una momia, embadurnado con fangos volcánicos hasta que el sonido de un despertador la resucitó y liberó de su sudario. Apareció el desnudo de una mujer entre dos juventudes que avanzaba hacia la ducha como si fuera una malograda hija del faraón con voluntad de huida. Bajo el agua fue recuperando la realidad del cuerpo y se quitó el resto de fango con una cierta repugnancia. Llegada la hora del masaje, facial incluido, bajo las manos durísimas de una masajista de ochenta kilos de peso.

– La sotabarba. Trabaje la sotabarba.

– Pero si no tiene.

– Gracias, pero si lo sabré yo si tengo sotabarba. Todas las mujeres de mi familia han tenido algo de sotabarba.

Terminadas ya las operaciones contempló el rostro resultante en el espejo. "¿Y si me hiciera un lifting? ¿Y unas aplicaciones de colágeno?"

– Yo aún no me lo haría. Tiene Usted un cutis que convenientemente cuidado…

– Un poco de colágeno, ¿no? ¿Todavía no? Todo el mundo se lo pone.

– Todo tiene su momento.

– ¿Cuál es ese momento? Si Usted lo dice. Me horroriza envejecer o al menos que se note que envejezco. Con lo que me gustaba tomar el sol a mí en el velerito de mi marido, pero me han metido el miedo en el cuerpo. Que si el cáncer, que si las manchas. Sólo tenemos un cuerpo, para toda la vida. Colágeno, ¿no?

La masajista se encogió de hombros, pero no expresaba indiferencias, sino la amabilidad de devolver a una cliente su capacidad de decisión. Cuando Gilda recuperó su silueta y la máscara de la ciudadanía, la masajista le dedicó una penúltima mirada de fastidio, la última mirada era sonriente mientras convenían un nuevo encuentro al cabo de dos días. Gilda creía percibir cierta hostilidad en el fondo de los ojos de la mujer.

– Colágeno. Tal vez tenga Usted razón. Yo creo que el agujero de la capa de ozono lo produce todo el colágeno que las argentinas se ponen en la cara. En mi país también se lo aplican los hombres. Hubo un ministro que se operó el culo porque lo tenía muy salido, y Alfonsín, un jefe de Gobierno, se extirpó las orejas. Quedó, pobrecito, como si le hubieran capado.

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