Las nubes
- Автор: Saer Juan Jose
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las nubes». Краткое содержание книги:
Resumida, la doctrina del Manual de amores es una especie de dualismo, que se basa en la separación de lo divino y de lo humano después de la resurrección de Cristo, y en la creencia de que el amor, en la constitución de cuya esencia participan los dos elementos, es la única fuerza capaz de ponerlos en contacto y realizar de nuevo la unidad. Sor Teresita pretendía que su doctrina le había sido revelada por el propio Cristo en el Alto Perú, y como sus tentativas de unión carnal con el Crucificado estaban imposibilitadas por la separación metafísica de los dos mundos, practicando el amor físico con la mayor cantidad posible de seres humanos, y puesto que el amor participa de la doble esencia, se podía realizar la unidad. Cada ser humano que practicaba el amor, espiritual y físico, era durante el acto una reencarnación de Cristo. A decir verdad, toda la primera parte del Manual difiere poco y nada de la mayor parte de los escritos místicos cristianos, e incluso diría que sor Teresita los imita demasiado, lo que explica cierto arcaísmo en su estilo, pero a medida que se avanza en la lectura, se tiene la penosa impresión de que la autora del tratado se detiene demasiado explicando las similitudes del amor espiritual y del amor carnal con el solo fin de regodearse en la descripción del amor físico en todas sus variantes, y hacia el final, en las últimas páginas (el texto está inacabado), las ideas son cada vez más incoherentes, las descripciones más procaces, y las oraciones se transforman en meras listas repetitivas de vocablos obscenos. No son por cierto las especulaciones teológicas de sor Teresita, puesto que la superstición oficial difunde todos los días sofismas mucho más descabellados, las que la pusieron en manos del doctor Weiss, sino el vocabulario rebuscadamente salaz de la última parte, y la frenética traducción en actos de su teología. Unos meses después de haber ingresado en la Casa de Salud, empezó a producirse en sor Teresita una curiosa evolución, que la llevó a tener una conducta en todo opuesta a la que había requerido su internación: su pasión por Cristo se fue transformando poco a poco en un odio desmedido, y no podía ver un crucifijo o una efigie representándolo, sin entrar en un acceso de furor que la inducía a cubrirlos de injurias y a pisotearlos hasta hacerlos pedazos. Al mismo tiempo, su inclinación frenética por la obscenidad, la fornicación, etcétera, se fue transformando en un rechazo violento, y su energía jovial, que tanto me había llamado la atención la primera vez que la vi, se transformó en una especie de pasividad bovina, aumentada por el hecho de que una voracidad enfermiza se apoderó de ella. Al cabo de tres años, la Iglesia, que mandaba regularmente visitantes a la Casa para seguir la evolución de su enfermedad, decidió que estaba curada, y la criatura que retiraron para mandar de vuelta a España era una especie de bola de carne cubierta por el hábito negro, una mujer de edad incierta, silenciosa, que se movía con la lentitud y la torpeza de una vaca, de ojos remotos y apagados, y en la que el único signo exterior de vida eran las mejillas rojas, lisas y brillantes, en un rostro redondo tan inflado que parecía a punto de reventar.
Pero el orden de mi relato se pervierte. El caso del jardinero prueba con claridad un hecho muchas veces observado: nada puede llegar a ser más contagioso que el delirio. Del relato de ese hombre simple, más perplejo que aterrado por la situación en la que se encontraba, podía inferirse sin demasiado esfuerzo que, si se había dejado arrastrar con pasividad incomprensible por esa pendiente de lujuria y sacrilegio, era menos a causa de su temperamento voluptuoso que de su credulidad. Agustín -era el nombre del jardinero-, encandilado por los argumentos teológicos, el entusiasmo místico y, como he podido comprobarlo tantas veces, la simpatía comunicativa de sor Teresita, había creído sinceramente en la necesidad religiosa de sus actos y, durante meses, se había prestado a todos los caprichos voluptuosos de la monjita. Si se tiene en cuenta que el primer acto lo habían realizado al pie del altar, y según el jardinero la hermanita acostumbraba hablar con Cristo por encima de su hombro mientras lo realizaban, es fácil suponer que, a partir de ese primer sacrilegio, lo que vino después no podía ser sino mucho más frenético y descabellado. Por curioso que parezca, todavía en el momento en que Agustín nos detallaba esas increíbles aberraciones que estaban llevándolo ante el pelotón de fusilamiento, daba la impresión de seguir creyendo en el valor religioso de todos sus actos, y no parecía dudar ni de la sinceridad ni de la necesidad que habían llevado a sor Teresita a empujarlo a su realización. También ella parecía conservar, hasta que dejó la Casa de Salud y se fue a España, un afecto particular por el jardinero, y cuando se refería a él lo hacía siempre con deferencia amistosa. Durante el viaje a la Casa de Salud, la hermanita me dijo un día, bajando la voz y adoptando un tono confidencial, que a Agustín lo habían metido preso y lo querían fusilar porque la tenía así de grande, y acompañó su declaración realizando un ademán obsceno, consistente en poner las palmas de las manos a unos treinta centímetros una frente a la otra y a sacudirlas verticalmente y las dos al mismo tiempo de un modo significativo. Era evidente que, después de ese trato íntimo que se prolongó durante meses, cada uno se había convencido de la inocencia del otro, y trataban de convencer de eso a los demás. El jardinero, con su argumentación circunstanciada, abogaba a la vez por su propia persona y por sor Teresita, y si la monja parecía tener una certidumbre inquebrantable en cuanto a la fuente de la que emanaba la legitimidad de su misión, lo cual la eximía de disculparse o al menos explicarse sobre su conducta, haciéndola adoptar una actitud de total indiferencia, más aún de jovial lubricidad ante sus acusadores, en cada uno de sus gestos y palabras mostraba su evidente confianza en Agustín, del que hablaba siempre no como de un amante, sino más bien de un amigo, lo que tal vez exponía todavía más al jardinero a la animosidad de sus acusadores, pero que para cualquier observador imparcial arrojaba una luz nueva sobre sus relaciones. Después de tanto ejercer mi profesión en varios hospitales de Europa, mi contacto con religiosas y otros miembros del clero ha sido más que frecuente, y si he encontrado a menudo entre ellos personas abnegadas, inteligentes, serviciales y de buena fe, debo consignar aquí que si tuviese que encontrar un rasgo común en todas ellas, ese rasgo es la evidente carencia de todo elemento religioso en su manera de pensar y de actuar, lo cual dicho sea de paso facilitó mucho nuestras relaciones. Esas personas compasivas, eficaces y sensatas, gracias a la constitución resistente que les había otorgado la naturaleza, estaban al abrigo de todo lo que los sentimientos y las ideas religiosas tienen de disolvente y de devastador y, en vez de lamentarlo, tendríamos que estar agradecidos de que el temperamento religioso sea un fenómeno rarísimo. Así como el mundo está lleno de buenos y de malos poetas, de pensadores obvios y pertinentes, de científicos inoperantes, de falsos profetas y de pretendidos hombres providenciales, así también ha sabido ser avaro en religiosos auténticos, y debo declarar que, a mi juicio, la única persona verdaderamente religiosa que conocí en mi vida fue sor Teresita, y lo fue sólo durante un tiempo limitado, porque cuando dejó la Casa de Salud, apagada y gordinflona, con el botoncito rojo de la nariz perdido entre los cachetes carmín ya no lo era. El amor que sentía por Cristo era intenso y sincero, y especular sobre si lo manifestaba en forma adecuada es ocioso, porque a mi modo de ver si ese objeto tan alto de adoración existe de verdad, aunque yo pondría más bien al azar en el trono que se le tiene asignado, sería difícil determinar cuál es la correcta entre las tantas formas diferentes de adorarlo que sus fieles han imaginado.
La historia que el jardinero nos contaba en el consultorio del doctor López anunciaba, como desenlace, la catástrofe que no tardó en producirse: un día los sorprendieron en pleno acto de sacrilegio en el suelo de la capillita, frente al altar, de modo que la aventura, cuando el tribunal del Santo Oficio tomó cartas en el asunto, terminó en el mismo lugar en el que había comenzado. Después de muchas deliberaciones y ante la obstinación de sor Teresita en afirmar que todos los actos cometidos le habían sido ordenados por el propio Cristo en el Alto Perú con el fin de restablecer la unidad del amor divino y del amor humano que habían sido separados después de la resurrección, las autoridades religiosas dictaminaron que sor Teresita había perdido la razón como consecuencia de las violaciones y otros vejámenes reiterados a los que la había sometido el jardinero, al que habían metido en la cárcel, donde esperaba desde hacía varios meses el proceso que lo condenaría con toda seguridad a la pena capital. (Un tiempo más tarde, una carta del doctor López me informó que, unos días antes de que el juicio tuviese lugar, el jardinero logró evadirse de la cárcel, y como tantos otros que tenían, debidas o no, cuentas que arreglar con la Justicia, desapareció en la llanura. Recibí la noticia con alivio y me apresuré a transmitírsela a la monjita que, como único comentario, me hundió repetidas veces el índice diminuto de la mano derecha en el estómago, a modo de felicitación o de reconocimiento, como si la evasión de Agustín hubiese sido obra mía, y aprobó con lentas sacudidas de cabeza.)
Un proyecto íntimo durante ese viaje profesional había sido, si mis ocupaciones me lo permitían, cruzar un día a la Bajada Grande para visitar los lugares en que había transcurrido mi infancia. Ningún vínculo afectivo, como no fuesen los recuerdos todavía frescos de mis primeros años, me ligaba a la orilla opuesta, porque, al retirarse mi padre de los negocios, mi familia se había vuelto a España el año anterior a la instalación de Las tres acacias, pero la idea de cruzar el gran río, y divisar desde el agua al ir llegando, como lo había hecho tantas veces con mi padre cuando navegábamos entre las islas, las barrancas que caen a pique en el agua rojiza, templaba por anticipado mi exaltación. Por desgracia, la misma causa que me demoró más de lo debido en la ciudad, dilatando hasta el hartazgo el ocio requerido para realizarla, desbarató mi proyecto de excursión: la habitual crecida de invierno de esos ríos que bajan hacia el sur, en general muy grande, vino ese año insidiosa, bárbara y desmesurada. Insidiosa porque de hora en hora, de minuto en minuto, durante meses, sus aguas iban subiendo de nivel y cubriendo poco a poco, de un modo imperceptible, cada vez más lejos de las orillas habituales, las tierras costeras; bárbara porque, a pesar de su crecimiento subrepticio, alguna subida brusca, desbordando los límites de las tierras anegadas, sumergía de golpe, arrasando todo a su paso, un vasto territorio, y también porque, modificando la vida originaria de las tierras generalmente secas, y desplazando hasta la exageración las orillas, trastocaba las costumbres, el arraigo y el vivir entero de hombres, animales y plantas, arrancándolos con violencia de su lugar habitual y dispersándolos hasta depositarlos, con anacronismo salvaje, en los rincones más inesperados de la región; y desmesurada porque, en razón de ese crecimiento largo y constante, el agua enturbiada por los nuevos suelos que irrigaba a su paso, adquiriendo un color incierto que según los lugares podía ser amarillo sulfuroso, marrón rojizo o negruzco atravesado de filamentos verdosos, fue ganando las tierras en dirección oeste hasta cubrir la llanura, por mucho que un observador se desplazara en ella a pie o a caballo, en todo el horizonte visible.