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Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:

Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
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Nena,

me decía loco de pasión…

Seguía cantando bajito la Niña. Entró en Casa Cuesta una lotera pregonando un quince mil, y don Ibrahim le compró tres décimos. Después hizo venir al camarero para liquidar la cuenta, y requirió el bastón de María Bonita y el panamá de paja blanca con aire señorial, incorporándose con dificultad mientras el Potro del Mantelete, puesto en pie como si acabara de sonar la campana, retiraba la silla de la Niña y ambos la escoltaban hacia la puerta. El billete de Hernán Cortés lo dejaron en la mesa, de propina. A fin de cuentas se trataba de un día especial. Y como dijo el Potro justificando humildemente el gasto, don Ibrahim era un caballero.

El recién llegado entró en la iglesia, y la luz que dejaba atrás, recortada en la puerta y sobre las losas del umbral, cegó a Lorenzo Quart. Eso lo hizo parpadear un momento, y cuando su retina pudo adaptarse de nuevo a la penumbra interior, don Príamo Ferro ya estaba junto a él. Entonces comprobó que era peor de lo que había imaginado.

– Soy el padre Quart -dijo, extendiendo una mano-. Acabo de llegar a Sevilla.

La mano quedó inmóvil en el vacío, ante dos ojos negros y penetrantes que la miraban suspicaces.

– ¿Qué hace en mi iglesia?

Mal comienzo, se dijo mientras retiraba despacio la mano, observando al hombre que tenía ante sí. Áspero como su voz, menudo, seco, el pelo blanco sin peinar y recortado a trasquilones, la sotana raída y llena de manchas bajo la que asomaban unos viejos zapatones que nadie se había tomado el trabajo de lustrar en los últimos cinco o seis años.

– Creí oportuno curiosear un poco -respondió con calma.

Lo más inquietante residía en el rostro, surcado en todas direcciones por marcas, arrugas y pequeñas cicatrices que le daban al párroco un aspecto atormentado, duro, igual que esas fotografías aéreas de desiertos donde se refleja la erosión, las quebraduras de la corteza terrestre, las huellas profundas de ríos desaparecidos que el tiempo ha ido tallando en la tierra y en la roca. Además estaban los ojos oscuros, agrestes, alojados al fondo de profundas cuencas desde donde observaban el mundo con muy escasa simpatía. Aquellos ojos calibraron a Quart de arriba abajo, y éste comprobó que se detenían en los gemelos de su camisa, en el corte del traje, y por fin en su rostro. Parecían escasamente complacidos con lo que estaban viendo.

– Usted no tiene derecho a estar aquí.

No había opción, comprendió Quart volviéndose hacia Gris Marsala en una demanda de ayuda que supo inútil de antemano: había asistido al diálogo sin decir esta boca es mía.

– El padre Quart vino preguntando por usted -terció ella, con desgana.

Los ojos del párroco ignoraron a la arquitecto. Seguían fijos en el visitante:

– ¿Para qué?

El enviado de Roma alzó un poco la mano izquierda, conciliador, comprobando que la mirada de su interlocutor seguía, con desaprobación, el brillo del costoso Hamilton que llevaba en la muñeca.

– Recabo información sobre este lugar -ya tenía la certeza de que el primer contacto era un fracaso, pero decidió prolongar un poco el esfuerzo. Después de todo, aquél era su trabajo-. Sería bueno que charlásemos un rato, padre.

– Yo no tengo nada que hablar con usted.

Quart aspiró aire y lo dejó escapar lentamente. Era como una penitencia que confirmara sus peores temores y, además, enlazaba con fantasmas que no le complacía revivir. Todo cuanto detestaba parecía reencarnarse ante éclass="underline" la vieja condición miserable, la sotana raída, el recelo de cura de pueblo intransigente, cerril, bueno sólo para amenazar con las penas del infierno, para confesar a beatas de cuya ignorancia sólo lo separaban algunos toscos años de seminario y un poco de latín. Ésta va a ser una misión incómoda, se dijo. Muy incómoda. Si aquel párroco era Vísperas, con semejante acogida lo disimulaba de maravilla.

– Disculpe -insistió, metiendo la mano en el bolsillo interior de la chaqueta para sacar un sobre con la tiara y las llaves de Pedro impresas en un ángulo-, pero creo que sí tenemos mucho de qué hablar. Soy enviado especial del Instituto para las Obras Exteriores, y en esta carta dirigida a usted por la Secretaría de Estado están mis credenciales.

Don Príamo Ferro cogió la carta y, sin mirarla siquiera, la rasgó en dos. Los pedazos revolotearon hasta el suelo.

– Me importan un bledo sus credenciales.

Miraba a Quart desde abajo, pequeño y desafiante. Sesenta y cuatro años, decía el informe que tenía sobre la mesa, en la habitación del hotel. Veintitantos de cura rural, diez como párroco en Sevilla. Su físico habría hecho buena pareja con el Mastín en la arena del Coliseo: podía imaginárselo sin dificultad como un pequeño y peligroso reciario, el tridente en una mano y la red colgada al hombro, buscándole las vueltas al adversario mientras los grádenos reclamaban sangre. En su vida profesional, Quart había aprendido a distinguir a primera vista de qué hombre, entre varios, resulta oportuno precaverse. Y el padre Ferro era, exactamente, el oscuro parroquiano del extremo de la barra que, mientras los otros vociferan, bebe en silencio hasta que de pronto rompe una botella y te afeita en seco. Tampoco habría hecho mal papel vadeando la laguna de Tenochtitlán con el agua por la cintura y una cruz en alto. O en las Cruzadas, degollando infieles y herejes.

– Y no sé qué es eso de las obras exteriores -añadió el párroco sin apartar los ojos de Quart-. Mi superior es el arzobispo de Sevilla.

Quien, saltaba a la vista, le había preparado concienzudamente el terreno al molesto enviado de Roma. De cualquier modo, Quart no perdió la calma. Introdujo de nuevo la mano en el interior de la chaqueta para mostrar el ángulo de otro sobre idéntico al que yacía a sus pies.

– A él voy a ver, precisamente.

El párroco hizo un gesto afirmativo lleno de desdén, sin que pudiera establecerse si lo dirigía a las intenciones de Quart o a la persona de monseñor Corvo.

– Pues véalo -repuso, hosco-. Debo obediencia al arzobispo, y cuando él me ordene hablar con usted, lo haré. Mientras tanto, olvídeme.

– Vengo de Roma, expresamente enviado. Alguien reclamó nuestra intervención en esto. Lo supongo al corriente.

– Yo no reclamé nada. De todos modos, Roma está muy lejos y ésta es mi iglesia.

– Su iglesia.

– Ajá.

Quart sentía la mirada de Gris Marsala fija en ellos, a la expectativa. Adelantó el mentón mientras contaba mentalmente hasta cinco.

– No es su iglesia, padre Ferro, sino nuestra iglesia.

Lo vio quedarse un instante en silencio, mirando los dos trozos de papel en el suelo, y volver después un poco el rostro de lado sin apuntar a ningún sitio concreto, con una extraña expresión, ni mueca ni sonrisa, en el rostro lleno de marcas y cicatrices.

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