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Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]

Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:

Harriet Vanger desaparecio hace treinta y seis anos en una isla sueca propiedad de su poderosa familia. A pesar del despliegue policial, no se encontro ni rastro de la muchacha. Se escapo? Fue secuestrada? Asesinada? El caso esta cerrado y los detalles olvidados. Pero su tio Henrik Vanger, un empresario retirado, vive obsesionado con resolver el misterio antes de morir. En las paredes de su estudio cuelgan cuarenta y tres flores secas y enmarcadas. Las primeras siete fueron regalos de su sobrina; las otras llegaron puntualmente para su cumpleanos, de forma anonima, desde que Harriet desaparecio. Mikael Blomkvist acepta el extrano encargo de Vanger de retomar la busqueda de su sobrina. Periodista de investigacion y alma de la revista Millennium, dedicada a sacar a la luz los trapos sucios de la politica y las finanzas, Blomkvist esta vigilado y encausado por una querella por difamacion y calumnia presentada por un gran grupo industrial que amenaza con arruinar su carrera y su reputacion. Contara con la colaboracion inesperada de Lisbeth Salander, una peculiar investigadora privada, socialmente inadaptada, tatuada y llena de piercings, y con extraordinarias e insolitas cualidades. Asi empieza esta magnifica novela que es la cronica de los conflictos de una familia, un fascinante fresco del crimen y del castigo, de perversiones sexuales y trampas financieras; un entramado violento y amenazante en el que, no obstante, crecera una tierna y fragil historia de amor entre dos personajes absolutamente inolvidables.
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Capítulo 3 Viernes, 20 de diciembre – Sábado, 21 de diciembre

Erika Berger arqueó las cejas al ver a Mikael Blomkvist, ya por la tarde, entrar en la redacción completamente helado. Las oficinas de Millennium se ubicaban en Götgatan, justo en lo alto de la cuesta, un piso por encima de la sede de Greenpeace. El alquiler, en realidad, resultaba demasiado caro para la revista, pero, aun así, Erika, Mikael y Christer estuvieron de acuerdo en quedarse con el local.

Ella miró su reloj de reojo. Eran las cinco y diez y hacía mucho que era de noche en Estocolmo. Erika lo había estado esperando para comer juntos.

– Perdón -dijo antes de que ella pronunciara una sola palabra-. Me quedé sentado leyendo la sentencia y no tenía ganas de hablar. Me fui a dar un largo paseo para pensar.

– He escuchado el veredicto por la radio. «La de TV4» me ha llamado para que se lo comente.

– ¿Y qué le has dicho?

– Más o menos lo que acordamos, que vamos a estudiar la sentencia detenidamente antes de pronunciarnos. O sea, nada. Y mi opinión sigue siendo la misma: creo que es una estrategia errónea. Ofrecemos una imagen de debilidad y estamos perdiendo el apoyo de los medios de comunicación. Lo más seguro es que esta noche digan algo en la tele.

Blomkvist asintió con cara lúgubre.

– ¿Cómo estás?

Mikael Blomkvist se encogió de hombros y se dejó caer en su sillón favorito, junto a la ventana del despacho de Erika. El despacho estaba decorado con austeridad; contaba con una mesa de trabajo, unas cuantas estanterías funcionales y mobiliario barato de oficina, todo adquirido en Ikea a excepción de dos cómodos y extravagantes sillones y una pequeña mesa. «Una concesión a mi educación», solía decir ella en broma. A veces, cuando no le apetecía estar en la mesa, se sentaba a leer en uno de ellos, con los pies sobre el asiento. Mikael dirigió la mirada a la calle, donde la gente andaba estresada de un lado para otro en la oscuridad. Las compras navideñas estaban llegando a su recta final.

– Supongo que se me pasará, pero ahora mismo me siento como si me hubiesen dado una tremenda paliza.

– Bueno, eso es más o menos lo que ha pasado. Y nos afecta a todos. Hoy Janne Dahlman se ha ido pronto a casa.

– Me imagino que no le habrá entusiasmado la sentencia.

– Ya sabes que no es precisamente una persona muy positiva.

Mikael negó con la cabeza Desde haría nueve meses, Janne Dahlman era secretario de redacción de Millennium. Entró justo cuando empezó el caso, Wennerström de modo que fue a dar con una revista en crisis. Mikael intentaba hacer memoria y recordar qué argumentos esgrimieron Erika y él al contratarlo. En efecto, era competente y tenía experiencia -como sustituto- tanto en la agencia TT como en los periódicos vespertinos y en Ekot, el informativo radiofónico. Pero, obviamente, no navegaba bien con el viento en contra. A lo largo de ese año, en más de una ocasión Mikael se había arrepentido, en silencio, de haber empleado a Dahlman, dotado de una enervante capacidad para verlo todo de la manera más negativa posible.

– ¿Sabes algo de Christer? -preguntó Mikael sin dejar de mirar la calle.

Christer Malm era el jefe de fotografía y de maquetación de Millennium, al tiempo que copropietario de la revista, junto con Erika y Mikael; en esos momentos estaba de viaje en el extranjero con su novio.

– Ha llamado. Te manda recuerdos.

– Tiene que ser él quien ocupe el puesto de editor jefe.

– Venga, Micke, como editor jefe que eres has de contar con encajar algún que otro golpe. Son gajes del oficio.

– Sí, ya lo sé, pero el caso es que soy yo el que escribió el artículo que se publicó en una revista de la que también soy editor jefe. Eso lo cambia todo. A eso se le llama falta de criterio profesional.

Erika Berger sintió que estaba a punto de soltar la preocupación que llevaba acumulando todo el día. Durante las semanas anteriores al juicio, Mikael Blomkvist dio la impresión de estar metido en una nube gris, pero nunca lo había visto tan cabizbajo y resignado como ahora, en el momento de la derrota. Ella rodeó la mesa de trabajo, se sentó a horcajadas sobre él y le puso los brazos alrededor del cuello

– Mikael, escucha. Los dos sabemos muy bien qué es lo que ha pasado. Yo soy tan responsable como tú. Tenemos que capear el temporal.

– No hay temporal que capear. La sentencia es un tiro mediático en la nuca. No puedo quedarme como editor jefe de Millennium Se trata de la credibilidad de la revista, de paliar daños. Lo sabes tan bien como yo.

– Si piensas que voy a permitir que asumas la culpa tú sólito, es que durante todos estos años no has aprendido una mierda sobre mí.

– Sé exactamente como funcionas, Ricky. Tienes una lealtad muy ingenua para con tus colaboradores Si por ti fuese, seguirías luchando contra los abogados de Wennerström hasta que tu credibilidad también se perdiera. Tenemos que ser más inteligentes.

– ¿Y a ti te parece un plan inteligente dimitir de Millennium y hacer que parezca que yo te he despedido?

– Ya hemos hablado mil veces sobre eso. Que Millennium sobreviva depende ahora sólo de ti. Christer me parece un tío estupendo, pero es un buenazo; y, por mucho que sepa sobre fotos y layout, no tiene ni idea de cómo pelearse con multimillonarios. No es lo suyo. Tengo que desaparecer de Millennium durante un tiempo, como editor, reportero y miembro de la junta directiva; tú te haces cargo de mi parte. Wennerström sabe perfectamente que no ignoro lo que ha hecho, y mientras yo esté metido en la revista, intentará hundirla. No podemos permitírselo.

– Pero ¿por qué no publicamos lo que ocurrió realmente, pase lo que pase?

– Porque no podemos probar una mierda y porque de momento yo no tengo ninguna credibilidad. Wennerström ha ganado este asalto Y ya está… Déjalo

– De acuerdo, te despido. ¿Y qué vas a hacer?

– Sólo quiero descansar. No puedo más; estoy muy quemado, como se dice ahora. Me dedicaré a mí mismo durante un tiempo. Luego ya veremos.

Erika puso la cabeza de Mikael contra su pecho y le abrazó con fuerza. Permanecieron callados durante vanos minutos.

– ¿Quieres compañía esta noche? -preguntó ella.

Mikael Blomkvist asintió.

– Bien. Ya he llamado a Greger y le he dicho que pasaré la noche contigo.

La única luz que había en la habitación, reflejada en el vano de la ventana, provenía del alumbrado público de la calle. Hacia las dos de la madrugada Erika se durmió, pero Mikael permaneció despierto contemplando su silueta en la penumbra. El edredón la cubría hasta la cintura y él observaba cómo sus pechos subían y bajaban lentamente. Estaba relajado y ese nudo de angustia del pecho había desaparecido. Erika producía ese efecto sobre él. Desde siempre. Y Mikael era consciente de que ejercía exactamente el mismo efecto sobre ella.

«Veinte años», pensó. Era lo que llevaban juntos. Si por él fuera, seguirían acostándose, como poco, veinte años más. Nunca habían intentado ocultar lo suyo, ni siquiera cuando provocaba situaciones bastante complicadas respecto a sus relaciones con otras personas. Sabía que sus amigos hablaban de ellos preguntándose qué tipo de historia tenían en realidad; tanto él como Erika daban respuestas ambiguas y pasaban de los comentarios

Se conocieron en una fiesta en casa de unos amigos comunes. Estudiaban segundo de periodismo y cada uno tenía una pareja estable. Durante la velada empezaron a insinuarse el uno al otro. Tal vez, no estaba muy seguro, el flirteo empezara como una broma, pero antes de despedirse ya se habían intercambiado los números de teléfono. Los dos sabían que acabarían acostándose juntos y, antes de que pasara una semana, llevaron a cabo sus planes a espaldas de sus respectivas parejas.

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