Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Las Mujeres Que Hay En Mí - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Las Mujeres Que Hay En Mí

Электронная книга - «Las Mujeres Que Hay En Mí». Краткое содержание книги:

Finalista Premio Planeta 2002
«En aquella casa habitaban los fantasmas de mis madres.» Así comienza el fascinante relato de Carlota, que nos sumerge en los misterios y las pasiones ocultas en una mansión en la que vivieron su madre, Elisa, y su abuela, Sofía, ambas muertas a los veinte años. Carlota vive con su abuelo en una magnífica casa de campo rodeada de un jardín. Pero también vive en compañía de los fantasmas de sus «dos madres», omnipresentes en la casa, y con la obsesión de reconstruir sus vidas, para lo que sólo cuenta con las palabras de su abuelo y, a veces, con sus elocuentes silencios. Ella anhela saber lo que ocurrió y recurre a los papeles olvidados en la alcoba, a los comentarios familiares, a su propio instinto de mujer, y conoce así las extrañas formas con las que se manifiesta la pasión, la injusticia de las ganas de vivir cercenadas por una muerte demasiado temprana. Un mundo bello y dramático al que no es ajeno otro personaje silencioso e inquietante: el jardinero de la casa. Con este viaje a través de tres generaciones de mujeres, Maria de la Pau Janer despliega todos sus recursos de gran narradora para ofrecernos una obra magistral, una novela que arrebata por la fuerza de la narración y por la belleza del mundo que nos descubre.
1 ... 11 12 13 14 15 16 17 18 19 ... 63
Перейти на страницу:

El deseo que se vive de lejos se convierte en una mezcla de dolor e incredulidad. Está el dolor de no poder tocar al ser querido. Está la duda de imaginar que nunca nos va a ser posible tocarlo. Cuando el deseo ha de concretarse en la mirada, en el olfato, en la percepción lejana del gusto (¿qué gusto tiene el aire que respira el otro?), sólo satisface una parte de su potencial. Quedan las manos: los dedos huérfanos de piel. Los dedos sólo existen para poder tocar otros dedos. Si no, pasan demasiado frío. Este deseo vivido desde fuera alimenta el pensamiento de añoranzas. Sofía añoraba a Ramón delante de la luna del espejo en la habitación en donde se encerraba, todos los atardeceres. Ramón añoraba a Sofía, desde la rama del almez. A veces, helado por el primer relente. Otras veces, bajo la brisa bienintencionada de las primaveras o los veranos. Si se hubieran podido tocar, todo habría sido muy diferente. Había, sin embargo, una ventana entre los dos. Una ventana y una olla de confitura echada a perder; una ventana y los setos muertos de sed en el jardín; una ventana y un marido que no hablaba mucho.

Una noche Ramón se decidió a dar el paso que los salvara de tanta distancia. El almez cada día estaba más lejos de la ventana. No podía evitar la sensación de kilómetros de aire entre los dos. Tenía que acortarlos, para sentir a Sofía más cerca. Miró las ramas bajas en las que se había sentado muchas noches. Llegó a acostumbrarse a una de ellas, que formaba una especie de silla con el tronco del almez. Había pasado largos ratos observando el amarillo de las hojas, aquellos puntos verdes que podían derivar hacia el ocre, mientras esperaba que ella se acercase al espejo. Entonces lo ganaba la impaciencia. Las ganas de verla, de olería. A pesar de la distancia, a pesar de los cristales cerrados, se imaginaba su olor. Había conseguido retenerlo, aquel día que le llevó un vaso de agua al jardín. Se impregnó la piel, el pelo, las manos. Era como si todo él fuera un frasco que preservara la esencia de Sofía. Todas las noches, abría un poco aquella botella para que se escapara una pizca de aroma. No tenía que salir demasiado, porque tenía miedo de perderlo. Sólo la cantidad justa para que pudiera respirarla bien adentro.

Aquel atardecer no era muy diferente de los demás. Ramón no se había propuesto abandonar la rama del almez ni introducir ninguna variación en el encuentro. Si se lo hubiesen preguntado, habría dicho que sólo deseaba quetodo sucediera como siempre. Mirarla mucho tiempo, hasta que los párpados le temblasen, rendidos, de tanto mirar. Entretenerse en una contemplación que no era tranquila, porque lo acompañaban pensamientos llenos de inquietud. Deleitarse en la forma del brazo, en la curva de la espalda, en el nacimiento de los pechos.

Cuando estuvo debajo de la ventana, lo ganaron las ganas de estar cerca. Sin pensarlo, trepó con las manos y los pies por la piedra. El contacto era áspero y lo devolvía a una sensación de mundo real que le resultaba muy grata. Calculó la distancia que había desde el marco hasta el suelo. Dio un vistazo a su alrededor, deseoso por asegurarse de que nadie lo veía. No habría sido fácil justificar la escalada nocturna. Sin prisa, inició la subida: era importante mantener el equilibrio y, a la vez, encontrar con las extremidades el punto justo donde apoyarse y subir con fuerza. Una tranquilidad interior, casi desconocida, lo impulsaba a avanzar. Pasaban los minutos y él procuraba retener la respiración, acompasarla a los movimientos, que eran muy lentos. Si respiraba poco a poco, se cansaría menos, pensaba. Por eso tenía que medir sus fuerzas, como si las repartiera para que duraran mucho rato. Si perdía empuje, podía caer. El amo con el ruido encendería luz en el patio. Llevaría antorchas para iluminarlo y lo verían. Luego avisarían al señor y éste sería su fin. Por el contacto con la piedra, los dedos perdían flexibilidad y se volvían menos sensibles. Cada canto le marcaba las manos. Menos mal que el marco de la ventana era ancho. Se situó en él suspirando, mientras doblaba las piernas.

Sofía estaba delante del espejo de la ventana. Su desnudez le hacía daño a los ojos, de tan próxima. Con la mano cerrada, golpeó el cristal para avisarla de que estaba ahí. Ella giró la cabeza por encima del hombro, sin llegar a volverse del todo. Continuó con los brazos al aire, de puntillas, con la cintura un poco hacia adelante. La observaba, boquiabierto. La mujer se acercó a la ventana. Estaba muy cerca de donde él se sentaba. Ramón recorrió el cristal con su dedo. Dibujaba la forma de la espalda, el recorrido vacilante hasta las nalgas. Volvió a tocarlo. El aliento lo empañaba.

VII

Recuerdo el día en que el abuelo me anunció su compromiso matrimonial con Margarita Reus, una soltera de una cincuentena de años que no vivía muy lejos de La Casa de Albarca. Era una mañana soleada del mes de mayo, el campo repleto de amapolas. Caminábamos unojunto al otro, y estábamos satisfechos de respirar el aire de la mañana. Al menos yo me sentía contenta, porque siempre me gustó pasear a su lado. El abuelo era un hombre aún elegante, que movía con gracia la punta del bastón con puño de marfil. Lo utilizaba para señalar las piedras, las hierbas que crecían junto al camino, el portal de una casa o la humareda de una chimenea. A mí, me ganaba su conversación serena, la forma pausada que tenía de enlazar los recuerdos, la gracia con la que saltaba de un pensamiento a otro, con aquella facilidad que tienen las mentes ágiles. Podría haber pasado horas escuchándolo, porque siempre me sorprendía. Escuchar sus palabras era como hundir las manos en las joyas de un tesoro.

La placidez puede ser una conversación. Aunque no recuerdo con exactitud de qué hablábamos, ni sería capaz de reproducir las frases que pronunció, sí puedo evocar el efecto que causaba en mí su forma de decir las cosas. Aquella mezcla de seriedad y de ironía suave con que hablaba del mundo. El tono displicente que combinaba con breves comentarios que me invitaban a reír. Las palabras del abuelo me producían un curioso efecto: calmaban cualquier inquietud, y a la vez, estimulaban mis ganas de hacer preguntas. Me despertaba cierta curiosidad por la vida que nacía de interrogantes minúsculos, de comentarios perspicaces, de silencios que eran una invitación a pensar. Estoy segura de que no se proponía conseguir ninguno de aquellos resultados, pero la propia improvisación con la que desgranaba imágenes y, sobre todo, la fuerza de las palabras que acompañaban cada una de estas imágenes derivaban hacia una forma tranquila de reflexión.

El efecto era similar, aunque no exacto, al que me causaba la visión de los cuadros de mis madres. Cuando las miraba, también me despertaban una curiosidad enorme, pero no había una sensación de paz. Era al revés: los cuadros me inquietaban. Me gustaba tenerlos próximos, contemplarlos sin prisa, pero nunca me comunicaron un sentimiento de calma. Sería porque intuía en ellos el misterio. La incógnita que no era capaz de resolver, porque aún estaba demasiado lejos de saber sus claves. En el rostro del abuelo, en cambio, no había misterios. Si acaso, un gesto que relativizaba las emociones, que servía para explicar su forma de acoplarse a los designios de la vida.

Lucía un cielo azul que me obligaba a hacer muecas para defenderme de los rayos del sol. La luz acentuaba las arrugas y las manchas de las manos del abuelo. Me permitía percibir cada detalle de su piel, mientras atravesábamos el verde y el rojo del campo. Cuando pasamos junto a la alberca de la finca, señaló una forma diminuta con el extremo de su bastón. Me costaba distinguir lo que quería mostrarme y hube de empequeñecer mis ojos hasta convertirlos en dos rayas. Era una pequeña rana que saltaba en el agua. Se alejaba del contacto de la punta del bastón, que el abuelo movía persiguiéndola. Entonces, como si nada, soltó la pregunta:

1 ... 11 12 13 14 15 16 17 18 19 ... 63
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)