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El Baile De La Victoria

Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:

Premio Planeta 2003
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
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– Trae problemas.

– ¿Qué problemas?

– Bueno, cada vez que te preguntan el nombre y tú dices que te llamas Vergara Grey, todos me dicen «Vergara Grey, como…».

El joven hizo con la mano derecha el gesto de birlarle algo a alguien.

– ¡Ufl

– Bueno, uno se siente raro. El otro día postulé a un puesto en la Citroén para aprender mecánica. Escribí el nombre y debajo tenía que poner la profesión de mi padre…

– ¡Contador! ¡Tengo título de contador!

– Es mejor para mí si me cambio el nombre, Nico.

– ¡Pero hay cientos de Vergaras y a ninguno se le ocurre cambiarse el nombre!

– Pero hay un solo Vergara Grey. ¿Por qué tu familia tuvo la idea pretenciosa de usar un apellido doble?

– Para dejar en nuestra herencia el nombre de una famosa inventora inglesa.

– ¿Cuál?

– Grey, hombre.

– ¿Qué inventó?

Descoordinado, el hombre le puso otra vez azúcar al té y al beberlo hizo una mueca de disgusto.

– ¿Qué es esto, hijo? ¿La Prueba de Aptitud Académica?

– ¡Le pregunto no más!

– Fue la reparación de una injusticia que se le ocurrió a tu abuelo. Tu bisabuela, Elisha Grey, experimentaba en el campo de las comunicaciones. El día 14 de febrero de 1876 fue hasta la oficina de Propiedad Intelectual para patentar un nuevo invento: el teléfono.

– ¿Grey?

– Grey. Pero sólo pocas horas antes Bell había inscrito el mismo artefacto en otra ciudad. La bisabuela perdió el juicio y la patente quedó a nombre de Bell.

– Una historia de perdedores -sonrió el joven.

– Así es.

– Eres muy chileno, Nico. En vez de conmemorar los triunfos, celebras las derrotas. Lo mismo que nuestro héroe Arturo Prat; todo el mundo lo recuerda con cariño porque perdió el combate naval de Iquique contra los peruanos.

Teresa arrebató a Pablo el documento cuidado en una funda plástica y lo extendió sobre el mantel.

– El abogado ya llenó los papeles. Sólo falta tu firma.

La miopía hizo que Vergara Grey se inclinara sobre la mesa, y a medida que iba leyendo, su lengua se fue secando. Al terminar, echó la espalda en el respaldo del asiento y deseó estar en una silla de ejecución y que el alcaide de la cárcel bajara la palanca eléctrica.

Después de carraspear, dijo:

– Te has dado cuenta, muchacho, de que desde que estamos aquí nunca me has llamado «papá»?

El joven se alzó de hombros y Teresa Capritti le extendió la pluma de oro que él le había regalado cuando cumplió cuarenta.

ONCE

Cerdo rnongoliano, Pollo shitan a la almendra, pato laqueado con fideos glasé, congrio fonshul, camarones arrezadas, arrollado primavera, empreineta en baño de soya, anaditas de ostiones, gallina shanghai en su jugo con base de hongos y callanipas, pato cinco sabores, albóndiga con anabás, chopsuí de verduras, y vino Santa Rita Estrella de Oro, khin Carmen y cabernet Undurraga fueron sólo algunos de los platos y vinos que les ofrecieron en Los Chinos Pobres.

Victoria Ponce se inclinó por las bajas caloría, del chopsuí y Ángel Santiago por el furioso fervor del condimentado cerdo mongoliano. Ella fue por el agua mnieral Cacharxtún, él por una botella tres cuartos de tintci. Desde el dio de ballet hasta la plaza Brasil la había llevado sobre su rucio, a tranco lento y noche estrellada y Victoria tuvo que subirse la falda del jumper escolar para montar a horcajadas y después cubrirse desde la cintura y los muslos desnudos hasta los calcetines colegiales con el abrigo, jaspeado en gris.

Desde la ventana del segundo piso, exultante de dragones y farolitos rojos, pudieron mirar al rucios pacientemente atado a la palmera de la plaza Brasil y m’tdisqueando el pasto, mientras algunos chiquilines le acariciaban la crin. Habían pensado dispararse atropellados las novedades de los últimos días en cuanto se vieran, pero la ceremonia de montar el rucio y no tomar autobús, de meterse a un restaurant en vez de masticar un sándwich rápido en la calle, y las inhibiciones propias de quienes comienzan a cuidar lo que dicen porque ya la otra persona les importa y temen desilusionarla o ahuyentarla con un desatino los hizo callar con hermetismo y sonrisas. Cuando los platos estuvieron vacíos, y la ausencia de pan en el restaurant chino evitó que sopearan la salsa para postergar el diálogo, él le preguntó por el colegio.

– Me aceptaron condicionalmente. De aquí a diez días debo rendir un examen satisfactorio que cubra todas las materias en lo que va del año.

– ¿Cosas como qué?

– Ciencias naturales, historia universal, historia de Chile, educación cívica, álgebra, física, química, francés, inglés.

– Yo sé algo de inglés.

– Dime.

– One dollar, mister, please.

– ¿Dónde aprendiste eso?

– In Valparaíso harbour.

– ¿En el puerto? ¿Qué hacías allí?

– Arreglármelas.

La camarera les trajo té jazmín y un par de bizcochos orientales con papelitos en su interior que pronosticaban el futuro del cliente.

– ¿Qué edad tenías entonces?

– Siete u ocho.

– ¿Y tu padre qué hacía?

– Se iba en los barcos.

– ¿Y tú?

– Me quedaba por ahí.

– Con tu madre.

– Con varias madres. Escucha, Victoria. El inglés que sé no lo aprendí en el Grange School, sino en las casas de putas.

La chica jugó a revolver el té con la cucharílla, aunque no le había puesto azúcar.

– Me da pena lo que me cuentas.

– No es necesario que me tengas compasión. Me las he arreglado fenómeno en la vida. Antes que un lápiz para practicar caligrafía tuve un cuchillo en mis manos. Sé cómo pelar una naranja de un solo trazo sin que se raje ni un pedacito.

– Bueno, muchos lo hacen. Yo misma lo hago.

– ¿Y sabes también dónde un cuchillazo es más eficaz?, ¿si en el hígado, el pulmón o la vejiga?

– En el corazón, supongo.

– Bueno, ésas son palabras mayores. Si se trata de causarle problemas al cliente sin llegar a matarlo, un cuchillazo en el corazón te puede costar cadena perpetua.

– ¿Por qué me cuentas todo esto?

– Para que sepas que sé de todo un poco: anatomía, idiomas, código penal…

– Deberías ir a la universidad.

– Tengo otro plan. Pedí cuatro deseos a Dios porque los tres tradicionales no me alcanzan.

– Dime.

– Hay uno que no te puedo contar.

– Es algo malo.

– Malo, pero no para mí.

– ¿Le vas a hacer daño a alguien?

– Algo de eso hay. Aunque «daño» es una palabra muy suave para describirlo.

– Es un eufemismo.

– ¡Ahí sí que me pillaste!

– Son figuras del lenguaje. Lo aprendí en castellano. «Eufernismo» es una manera suave de decir algo fuerte. Por ejemplo, tú le dices a un hombre gordo-gordo «qué sanito te ves».

Ángel Santiago se distrajo mirando la estatuilla de un buda sonriente envuelto en guirnaldas de colores.

– Eso sería una «ironía» -dijo después de un rato-. No un eufemismo,

– Se puede usar un eufemismo de forma irónica. No está prohibido. ¿Cuáles son los otros tres deseos?

– Bueno, el caballo ya lo tengo.

– ¿Dónde va a vivir?

– Donde yo viva, por supuesto.

– Es decir, ¿dónde?

– Tengo que darle una vuelta a eso. Por mientras, lo ofreceré como caballo carretero en el mercado.

Victoria aceptó una copa de vino y retuvo el líquido un rato en la lengua. Al beberlo sintió que un calorcillo le subía hasta los pómulos.

– Tú no tienes la cabeza en orden, Ángel. Careces de prioridades. Es normal en la vida que una cosa vaya antes de la otra.

– No me des lecciones sobre eso. En tu caso, el colegio debería haber estado siempre primero que los cines rotativos.

– El cine te hace soñar.

– Sí, pero los que se la pasan soñando terminan mal del coco. Si uno no transforma sus sueños en realidad, va a dar al loquero. Menos mal que volviste al colegio.

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