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El jeque y la princesa

Электронная книга - «El jeque y la princesa». Краткое содержание книги:

Ella iba en busca desus raíces… no de un jeque. Cuando la responsable profesora Zara Paxton decidió viajar a la lejana Bahania, fue sólo con el propósito de encontrar al padre que jamás había conocido. Pero resultó que ese padre no era otro que un rey… que enseguida puso a su «princesa» bajo la protección de un musculoso y fascinante jeque. El duro Rafe Stryker no creía en el amor, por eso precisamente no comprendía cómo era posible que aquella muchacha con gafas se le hubiera colado en el corazón con su inocencia. Una inocencia que en ocasiones le hacía olvidar que dejarse llevar por el deseo sería toda una traición.
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Zara notó que sus pezones se endurecían. Sus senos podían ser pequeños, pero también eran increíblemente sensibles al contacto, y la combinación de tensión y de placer resultaba tan desconocida y nueva para ella, que se sentía a punto de perder el control. Deseaba que le bajara la cremallera del vestido y que le acariciara los pechos desnudos. Necesitaba que la tocara.

Entonces, él dejó de besarla en la boca y comenzó a descender por su cuello, poco a poco, hasta llegar a la parte superior de sus senos. Sin embargo, no hizo exactamente lo que Zara había deseado: en lugar de bajarle la cremallera, tiró del vestido hacia abajo, hasta la cintura. Luego, se inclinó sobre ella y comenzó a succionar uno de los pezones.

Aquello era como un sueño. Zara cerró los ojos, dominada por un intenso fuego interior, y se estremeció. No podía pensar. Apenas podía respirar. Sólo sabía que la enorme cama estaba muy cerca.

Pero Rafe no tenía intención de ir tan lejos. Volvió a tomar el vestido, y aunque ella esperaba que se lo quitara del todo, la cubrió de nuevo y la besó una vez más en la boca.

En ese momento, Zara sintió la dureza de su erección y no pudo creer que le hubiera provocado semejante reacción. Por desgracia, Rafe se apartó enseguida, caminó hacia el balcón y se quedó mirando el horizonte.

– Esto no debería haber pasado -se lamentó.

– Pero ha pasado -comentó ella-. Rafe… ¿estás armado?

– ¿Cómo?

– Que si llevas pistola.

– No.

– Ah… Entonces, ¿es que sientes verdadero interés por lo que hacíamos?

Rafe no entendió la pregunta y entrecerró los ojos.

– ¿Se puede saber de qué estás hablando?

– Bueno, ya sabes. Es que he sentido… algo.

Rafe lo comprendió entonces.

– No puedo creer que preguntes semejante cosa. Sí, estoy excitado. Eso es lo que has sentido. Y es lógico que lo esté, porque te deseo.

Zara se sintió la mujer más feliz de la tierra.

Él avanzó hacia ella, le puso las manos sobre los hombros y dijo:

– No me mires con esa cara de sorpresa. En tu cuerpo no hay nada malo. De hecho, creo que todo es perfecto. Te deseo, sí, es verdad. Y también es verdad que quiero hacerte el amor.

Aquello era lo más bonito que le había dicho un hombre en toda su vida. Además, ella también deseaba acostarse con él. Y por otra parte, imaginaba que Rafe tenía la experiencia suficiente como para conseguir que su primera vez fuera inolvidable.

– No sé en qué estás pensando -continuó él-, pero olvídalo.

– ¿Cómo?

– Lo digo en serio, Zara. Entre nosotros no puede haber nada. No he debido besarte… Tú eres una princesa y yo soy tu guardaespaldas temporal. Mi trabajo consiste en mantenerte a salvo de cualquier amenaza, incluida las sexuales y aunque procedan de mí.

– ¿Por qué? Es obvio que a los dos nos ha gustado. ¿Qué hay de malo en ello?

– Ambos sabemos dónde acabaríamos si siguiéramos adelante.

– No lo entiendo, la verdad. En todas las películas que he visto, el guardaespaldas siempre se acuesta con su cliente.

– Sin embargo, yo tengo muchos motivos para no caer en la tentación -insistió él-. Mira, yo no soy ningún príncipe azul. No creo en los compromisos ni en los para siempre. Vivo el momento y sigo adelante. De hecho, soy muy poco apropiado para ti. De modo que mantente alejada.

– Yo no he dicho nada de compromisos. Hablaba de sexo.

– Dudo que seas capaz de separar las dos cosas.

– En cualquier caso, así no podré saberlo nunca, ¿no te parece? Para una vez que encuentro un hombre a quien le gusto, resulta que no quiere acostarse conmigo porque es mi guardaespaldas -se quejó.

Zara se alejó de él y caminó al otro extremo de la habitación. Pero Rafe la siguió.

– Hay otra razón por la que no puedo ceder al deseo -le explicó-. Necesito mantener la cabeza sobre los hombros.

– No te entiendo…

– Eres la hija del rey. Y te aseguro que Hassan no sería precisamente indulgente con alguien que se atreviera a robarle la virginidad a su hija, sobre todo si sólo es un empleado como yo. El castigo sería muy severo.

– Eso es una estupidez. Dudo que te cortara la cabeza.

Rafe se encogió de hombros.

– Si no me crees, pregúntaselo tú misma.

Entonces, Rafe se dio la vuelta y salió de la habitación.

– ¿Todavía siguen cortando cabezas en este país? -preguntó Cleo un buen rato más tarde, cuando Zara le contó su conversación-. Qué alucinante…

– A mí no me parece tan divertido. Siempre he tenido mala suerte con los hombres. Tanta, que ahora corren el riesgo de perder literalmente la cabeza si se acercan a mí. Dudo que eso sirva para atraerlos…

– Bueno, no tienes que contarle a todo el mundo que eres la hija del rey…

– Pero si me conocen aquí, ¿cómo podré disimularlo?

– No sé, pero algo me dice que tu mala suerte con los hombres no puede durar mucho más. A fin de cuentas, tu situación no puede empeorar.

– No tientes al destino. Además, mi vida se ha complicado tanto… Rafe me ha advertido que muchos hombres querrán acercarse a mí sólo porque soy la hija del rey.

– Sí, seguro que sí, pero ya te las arreglarás. Eres una mujer inteligente.

– De todas formas tendré que tener cuidado, porque nunca estaré segura de si me quieren por mí o por mi dinero. Y en lo relativo a Rafe, sospecho que sé lo que quiere de mí -declaró con amargura.

Cleo la acarició en un brazo.

– No seas tan dura contigo. Que hayas conocido a unos cuantos estúpidos en el pasado, no quiere decir que no haya muchos hombres que no te encuentren increíble. Algún día conocerás al hombre adecuado para ti, a uno a quien no le importe perder la cabeza.

Zara rió.

– Sí, claro… ¿Quién se arriesgaría a morir sólo por acostarse conmigo?

– Pasará, ya lo verás.

Zara apreciaba el apoyo de su hermana, pero no la creyó. Rafe había conseguido volverla loca y resultaba más que evidente que se sentía atraído por ella. Pero al parecer, no lo suficiente: había hecho lo posible y lo imposible por alejarla de él.

Zara ya estaba preparada cuando llamaron a la puerta. Marie y sus socias la habían arreglado y maquillado una hora y media antes y habían hecho un gran trabajo. Casi no se reconocía a sí misma. Había sufrido una transformación completa que culminó con un elaborado peinado y un precioso collar de diamantes y zafiros.

Nerviosa, abrió la puerta. Rafe se encontraba en el pasillo. Se había cambiado y lucía un esmoquin que le quedaba muy bien.

– Estás perfecta -dijo él, con una sonrisa.

– Gracias. Tú también lo estás.

Rafe entró en el salón y miró la hora.

– Tenemos que estar en la antesala del comedor dentro de diez minutos.

– Si estás insinuando que lleguemos tarde, olvídalo. Siempre llego a tiempo a mis citas -intervino Cleo, que también estaba presente-. Sobre todo, si voy a tener ocasión de conocer a varios príncipes de carne y hueso.

– Está bien. Si ya estáis preparadas, vámonos…

Zara miró a su hermana y le pareció tan arrebatadora y bella con aquel vestido azul que no pudo creer que Rafe se sintiera atraído por ella y no por Cleo. Pero no tuvo ocasión de pensar más en ello, porque en ese momento las tomó del brazo a las dos.

Cleo se pegó a él de inmediato. Pero Zara, siempre más tímida, se mantuvo a cierta distancia mientras avanzaban por el corredor.

– Rafe, vas armado… -comentó Cleo.

– Soy un hombre cauto.

– Este hombre se toma su trabajo muy en serio, hermanita. Deberías advertirle que se mantenga alejado si alguien te pide bailar con él.

– Zara puede hacer lo que desee -comentó Rafe.

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