Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Reina de la Oscuridad
La Reina de la Oscuridad - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
1 ... 11 12 13 14 15 16 17 18 19 ... 110
Перейти на страницу:

Examinó la cubierta. Berem permanecía tras el timón, aferrando la inútil rueda con aquella extraña expresión resignada. Maquesta luchaba aún por salvar su nave, sin cesar de impartir órdenes a través del ululante viento y el profundo rugido que brotaba del seno del remolino. Pero sus tripulantes, paralizados por el pánico, no obedecían. Unos lloraban, otros lanzaban imprecaciones y la mayoría contemplaban en una muda fascinación la gigantesca espiral que los arrastraba inexorablemente hacia la vasta oscuridad del sangriento océano. Tanis sintió que la mano de Riverwind tocaba su hombro. Casi enfurecido intentó desembarazarse, pero el hombre de las Llanuras se mostró inquebrantable.

—Tanis, ,hermano, elegiste avanzar por esta senda cuando, en «El Ultimo Hogar», corriste en defensa de Goldmoon. En aquella ocasión mi orgullo me indujo a rechazar tu ayuda, y de haberlo permitido ahora ambos estaríamos muertos. No nos volviste la espalda en la hora de la necesidad, y gracias a ti propagamos por el mundo la fe en los antiguos dioses. Trajimos la curación, aportamos la esperanza. ¿Recuerdas lo que nos dijo el Señor del Bosque?: «No lamentamos la pérdida de aquéllos que mueren alcanzando su destino.» Nosotros, amigo mío, hemos cumplido el nuestro. ¿Quién sabe cuántas vidas hemos salvado? ¿Quién sabe si la esperanza que hemos hecho renacer conducirá a la victoria? Al parecer, para nosotros la batalla ha concluido. Así sea. Depongamos las armas para que vengan otros a recogerlas y continuar la lucha.

—Tus palabras son hermosas, habitante de las Llanuras —lo espetó Tanis—, pero dime con sinceridad si puedes pensar en la muerte sin sentir amargura. Tienes numerosos motivos para vivir: Goldmoon, los hijos que aún no habéis engendrado,..

Un súbito espasmo de dolor cruzó el rostro de Riverwind. Desvió la cabeza para ocultarlo pero Tanis, qué lo observaba de cerca, advirtió su contracción y, de pronto, se hizo la luz en su mente. ¡También estaba destruyendo a su progenie ya concebida! El semielfo cerró los ojos, presa de un hondo desaliento.

—Goldmoon y yo decidimos no contártelo, ya tenías demasiadas preocupaciones —Riverwind suspiró—. Nuestro vástago habría nacido en otoño —balbuceó—, la época en que las hojas de los vallenwoods se tiñen de rojo y ocre como lo estaban cuando mi prometida y yo llegamos a Solace armados con la Vara de Cristal Azul. Aquel día Sturm Brightblade, el caballero, nos encontró y nos condujo a «El Ultimo Hogar»...

Tanis rompió a llorar, con unos punzantes sollozos que atravesaban su cuerpo como cuchillos. Riverwind lo rodeó con sus brazos y lo sujetó con fuerza.

—Sabemos que los vallenwoods están muertos —continuó en un susurro—, Sólo habríamos podido mostrar al hijo que esperamos tocones quemados y putrefactos. Ahora el niño verá los árboles tal como los dioses los concibieron, en un reino donde la vida se prolonga hasta la eternidad. No desesperes, amigo, hermano. Has devuelto al pueblo el conocimiento de los dioses; ahora debes conservar la fe.

Tanis apartó suavemente a Riverwind, no podía enfrentarse a la mirada de aquel hombre. Al contemplar su propia alma, la vio retorcerse como los torturados árboles de Silvanesti. ¿Fe? La había perdido. ¿Qué significaban los dioses para él? Era él quien había tomado las decisiones, quien había menospreciado los dones más valiosos de la vida, su patria elfa, el amor de Laurana. A punto había estado de dar también al traste con la amistad. Sólo la incorruptible lealtad de Riverwind, una lealtad que había entregado equivocadamente, impedía al hombre de las Llanuras reprocharle su infame acto.

El suicidio está prohibido a los elfos, que lo consideran una blasfemia por estimar la vida como el más precioso de todos los bienes. Pero Tanis espiaba el mar sanguinolento con vehemente anhelo.

Rezó para que la muerte sobreviniera con la mayor rapidez posible. «Que estas aguas teñidas de sangre se cierren sobre mi cabeza y me oculten en sus profundidades insondables. Y, si los dioses existen, si ahora me escuchan, sólo les suplico que mi ignominia no llegue nunca a oídos de Laurana. He causado ya demasiado sufrimiento.»

Mientras su alma elevaba esta plegaria, que esperaba fuese la última que pronunciara en Krynn, una sombra más oscura que las tormentosas nubes cayó sobre su conciencia. Oyó los gritos de Riverwind seguidos por un alarido de Goldmoon, pero sus voces se perdieron en el rugido del agua cuando la nave empezó a zambullirse en las entrañas del remolino. Aturdido, Tanis alzó los ojos para ver los flamígeros ojos de un Dragón Azul brillando a través de los densos nubarrones. Sobre su lomo se erguía la figura de Kitiara.

Reticentes a la idea de tener que abandonar el trofeo que había de aportarles una gloriosa victoria, Kit y Skie se abrieron camino en la tempestad y ahora el Dragón, con sus amenazadoras garras extendidas, se lanzaba en picado sobre Berem. Se diría que los pies del timonel estaban claveteados en la cubierta. En un estado de letárgica indefensión, contemplaba a su feroz agresor.

En una reacción instintiva, Tanis atravesó la agitada cubierta en el instante en que las aguas se arremolinaban en tomo a él y golpeó a Berem en el estómago. El piloto salió despedido hacia atrás, confundiéndose con la ola que en aquel momento rompía sobre sus cabezas. Tanis halló un agarradero; no sabía qué era, pero logró aferrarse a él antes que el suelo se deslizara bajo sus pies. La nave volvió a enderezarse y, cuando el semielfo levantó de nuevo la vista, Berem había desaparecido. El Dragón bramaba iracundo a escasa distancia.

Ahora era Kitiara quien elevaba poderosos gritos que se imponían a la tempestad, señalando al semielfo. La fiera mirada de Skie se centró en él. Izando los brazos como si de ese modo pudiera evitar la embestida del Dragón, Tanis contempló cómo el animal libraba una enloquecida lucha para controlar su vuelo en el continuo azote del viento.

«Quiero vivir. Vivir para olvidar estos horrores», pensó sin proponérselo el semielfo cuando las garras del Dragón se cernían sobre él.

Durante unos breves segundos se sintió suspendido en el aire mientras, al fondo, se desvanecía el mundo. Sólo era consciente de las salvajes sacudidas de su cabeza, de sus incoherentes alaridos. El Dragón y las aguas lo atacaron al unísono. No veía más que sangre...

Tika se acurrucó junto a Caramon, soslayado el temor a la muerte por la preocupación que el guerrero le causaba. Pero él no se percataba de su presencia. Sus ojos seguían absortos en el espacio, derramando lagrimones que chorreaban por sus pómulos mientras, con los puños cerrados, repetía dos palabras en una muda e inagotable letanía: «Mi hermano», «mi hermano...»

Con una lentitud agónica, de pesadilla, la nave se equilibró sobre el extremo del remolino como si incluso la madera que lo componía titubeara a causa del pánico. Maquesta se unió a su frágil cascarón en su última batalla por la vida, prestándole su propia fuerza interior, tratando de alterar las leyes de la naturaleza mediante su voluntad. Pero fue inútil. Con un estremecimiento sobrecogedor, el Perechon se deslizó por el ojo del ominoso torbellino.

Los listones crujieron, cayeron los mástiles y los hombres fueron despedidos entre alaridos de la resbaladiza cubierta cuando la sanguinolenta oscuridad succionó la nave hacia las profundidades de sus abiertas fauces.

Sólo aquellas dos palabras quedaron suspendidas en el aire, como un bendición.

“Mi hermano...”

5

El cronista y el mago.

Astinus de Palanthas estaba sentado en su estudio, guiando con su mano una pluma que hacía correr con trazos firmes y regulares. La clara escritura se leía sin dificultad incluso a cierta distancia. Astinus llenaba un pergamino deprisa, deteniéndose apenas para reflexionar. Al verle daba la impresión de que sus pensamientos volaban de su cabeza a la pluma y de allí se vertían sobre el papel, tan veloz era su ritmo. Sólo se interrumpía cuando hundía su punta en el tintero, pero también este movimiento se había convertido en algo tan automático como poner un punto en la «i» o una tilde en la «ñ».

1 ... 11 12 13 14 15 16 17 18 19 ... 110
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)