Los Caballeros de Takhisis
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: El Ocaso de los Dragones #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Los Caballeros de Takhisis». Краткое содержание книги:
Es verano: un verano abrasador como jamás se había visto en Krynn. Afligido por una dolorosa pérdida, el joven mago Palin Majere trata de entrar al Abismo en busca de su tío, el famoso archimago Raistlin. La Reina Oscura ha encontrado nuevos paladines en los Caballeros de Takhisis, seguidores devotos y leales hasta el fin. Un paladín oscuro, Steel Brightblade, cabalga a lomos de un dragón azul para atacar la Torre del Sumo Sacerdote, la fortaleza que su padre defendiera hasta la muerte. En una pequeña isla, los misteriosos irdas se apoderan de un antiguo objeto mágico, la Gema Gris, y lo utilizan para garantizar su propia seguridad. Usha, una joven criada por los irdas, llega a Palanthas y dice ser la hija de Raistlin.
Será un verano mortal, quizás el último verano de Ansalon. Llamas ardientes consumen la hierba seca y Caos, padre de los dioses, regresa. El mundo entero puede desaparecer.
Resultaba desagradable sostener la piedra. Era cortante y suave, cálida y fría, y daba la impresión de que se retorcía entre sus manos. Mientras la sostenía, la luz gris empezó a destellar rítmicamente, creciendo en intensidad hasta que llegó a hacerle daño en los ojos. El irda incrementó su control mental sobre la Gema Gris, y la luz disminuyó, tornándose tenue. El Dictaminador pasó los dedos por la joya, deslizándolos por las suaves facetas, siguiendo el trazo de cada aguda arista, buscando, tanteando. Por fin, encontró lo que buscaba, lo que había descubierto la primera vez que sostuvo la gema en sus manos, lo que le había dado la idea.
Un defecto. Más exactamente, una cavidad obstruida. Lo había notado antes de haberlo visto. Del mismo modo que en el ámbar pueden encontrarse insectos, al parecer algún tipo de materia ajena a la piedra había quedado atrapada en la Gema Gris durante su formación. Lo más probable es que hubiera ocurrido mientras los minerales precipitados de la gema se enfriaban, quedando atrapada en la compleja cristalización. La substancia ajena en sí misma no era importante. Lo que importaba es que era un punto débil. Aquí, en esta zona, podían formarse grietas.
El Dictaminador volvió a poner la joya en el altar. Los símbolos arcanos que estaban tallados en la madera tejieron un hechizo que retuvo cautiva a la Gema Gris.
El irda, al reforzar el conjuro, tuvo la extraña sensación de que la magia no era necesaria, de que la Gema Gris estaba descansando sobre el altar porque así lo quería, no porque estuviera retenida.
Esta sensación no era muy tranquilizadora. El Dictaminador necesitaba tener la joya bajo su control, no al contrario. Fortaleció su magia.
La gema estaba ahora rodeada por una red chispeante de sinergia irda. El Dictaminador cogió dos herramientas: un martillo y un punzón. Los dos estaban hechos de plata, fabricados a la luz de la luna blanca, Solinari. Las herramientas estaban tratadas con encantamientos, tanto por dentro como por fuera. El Dictaminador colocó la punta del punzón sobre el punto defectuoso de la joya, colocó cuidadosamente el punzón, lo agarró con firmeza, y levantó el pequeño martillo.
Los pensamientos de todos los irdas se aunaron, fluyeron hacia el Dictaminador, le proporcionaron fuerza y poder.
El martillo se descargó sobre el punzón con un seco golpe.
En la playa, a varias leguas del pueblo irda y del altar, un bote había llegado a tierra. Este bote no había navegado a través de los mares a la manera usual de las embarcaciones. Había aterrizado tras navegar por el cielo, siendo su procedencia una estrella roja, la única de ese color que había en el firmamento. Una enano, de espesa y rizosa barba negra, al igual que el cabello, estaba en el bote; ofrecía una imagen chocante si alguien hubiera estado observando, ya que ningún enano vivo de Ansalon o de ninguna otra parte en Krynn jamás había venido de las estrellas navegando en un bote. Sin embargo, los irdas no estaban mirando, ya que tenían los ojos cerrados, y sus mentes centradas en la Gema Gris.
El enano, rezongando y hablando consigo mismo, salió del bote y enseguida se hundió hasta el tobillo en la arena profunda. Maldiciendo, el enano avanzó trabajosamente, dirigiéndose al bosque.
—Así que éstos son los ladrones —masculló en voz baja—. Debí imaginarlo. Nadie más podría haber mantenido oculto mi tesoro durante tanto tiempo sin que yo lo descubriera. Pero haré que me lo devuelvan. Con Paladine o sin él, me lo devolverán ¡o, por mi barba, que no me llamo Reorx!
Un sonido tintineante, como de metal chocando contra metal, se escuchó en medio de la noche.
Reorx se detuvo y ladeó la cabeza.
—Qué raro. No sabía que los irdas practicaran el bello arte de la forja de metales. —Se acarició la barba—. Puede que los haya subestimado.
De nuevo se oyó el sonido tintineante. Sí, indudablemente era el ruido que hacía un martillo al golpear. Pero le faltaba la resonancia profunda de un martillo de hierro, y ni siquiera el enano podía convencerse a sí mismo de que los irdas habían desarrollado un repentino interés en hacer herraduras y clavos. Trabajos de platería, quizá. Sí, el sonido era parecido al que hacía la plata.
Entonces, serían teteras, o elegantes copas. Tal vez joyería. Los ojos del enano brillaron. Trabajar con gemas relucientes, engarzarlas en el metal...
Gemas.
Una gema. Un golpe de martillo...
El miedo estremeció a Reorx, un miedo tal como jamás había experimentado en este plano de existencia. Intentó traspasar las sombras. La vista del dios era muy penetrante, y podía ver, en una clara noche, una moneda de acero que se hubiera dejado caer descuidadamente en las calles de una ciudad en un país de un continente de una estrella lejana, pero fue incapaz de traspasar la oscuridad de la pineda. Algo obstaculizaba su vista.
Tembloroso, el enano avanzó a trompicones, el terror estrujándolo entre sus frías y sudorosas manos. Sólo tenía una vaga idea de lo que lo atemorizaba, un miedo realzado por cierta sospecha que se había estado insinuando en su mente desde hacía siglos. Jamás lo había admitido, jamás había ahondado en ella abiertamente, porque la posibilidad era demasiado terrible para planteársela. Ni que decir tiene que jamás se lo había dicho a sus colegas inmortales.
Reorx se planteó llamar a Paladine, a Takhisis y a Gilean pidiendo ayuda, pero eso significaría tener que explicarles qué era lo que temía haber hecho, y siempre existía la posibilidad de que pudiera parar a los irdas en su locura. Nadie se enteraría nunca.
Y siempre cabía la posibilidad de que estuviera equivocado, de estar preocupándose sin motivo.
El enano aceleró el paso. Ahora podía ver un parpadeo de luz gris.
—¡No puedes esconderte de mí mucho tiempo! —gritó, y salió disparado hacia adelante.
Al tener la mirada fija en la luz, Reorx no prestó demasiada atención al cercano entorno, y chocó contra arbustos, tropezó en raíces de árboles que asomaban por el suelo, resbaló en la hierba húmeda. Pisoteó y se topó y metió más ruido que un regimiento entero. El ruido sacó a los irdas de su concentración, creyendo que era un ejército —el regreso de los caballeros de armaduras negras— y ello incrementó su miedo y su desesperación. Instaron al Dictaminador para que se apresurara.
El enano llegó a la pineda. La luz gris fluía del centro; podía verla brillar mortecinamente a través de las ramas entrelazadas. Reorx buscó un sitio por el que entrar, pero los pinos se mantenían tan impenetrables como soldados situados en formación de combate, con los escudos levantados a fin de presentar una sólida barrera al enemigo. Ni siquiera permitirían entrar a un dios. Resollando y maldiciendo de frustración, Reorx corrió alrededor de la pineda, buscando un hueco por el que meterse.
El tintineo de plata aumentó de intensidad. La luz gris disminuía un poco con cada golpe, y después brillaba más fuerte.
Reorx estaba seguro de que sabía lo que estaba ocurriendo, y su terror aumentó con esta certeza. Intentó gritar al irda que se detuviera, pero los resonantes golpes del martillo ahogaron su voz. Por fin, renunció a seguir chillando, y dejó de correr.
Jadeante, el sudor goteando por el cabello y la barba, señaló a dos de los pinos más grandes y gritó con una voz que semejó el estallido del trueno:
—¡Juro por la luz roja de mi forja que secaré vuestras raíces, marchitaré vuestras ramas y haré que los gusanos se coman vuestras pinas si no me dejáis pasar!
Los pinos se estremecieron, sus ramas crujieron, las agujas se agitaron y cayeron alrededor del enfurecido enano. Apareció una abertura, apenas lo bastante grande para que se metiera por ella.