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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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La exposición inicial de Ekström duró poco más de veintidós minutos. Luego le tocó el turno a Annika Giannini. Su réplica duró treinta segundos. Su voz fue firme.

– Esta defensa rechaza todos los cargos a excepción de uno: mi clienta se declara culpable de la tenencia ilícita de armas que supone el bote de gas lacrimógeno. En la totalidad de los demás cargos de los que se la acusa, mi clienta niega cualquier responsabilidad o intención criminal. Vamos a demostrar que las afirmaciones del fiscal son falsas y que mi clienta ha sido objeto de graves abusos judiciales. Exijo que se la declare inocente, que se anule su declaración de incapacidad y que sea puesta en libertad.

Un crujir de papel de cuaderno se oyó entre los reporteros. Por fin se había revelado la estrategia de la abogada Giannini, aunque no era la que ellos esperaban. La conjetura más extendida había sido la de que Annika Giannini utilizaría la enfermedad mental de su clienta para explotarla a su favor. De repente, Mikael sonrió.

– Bien -dijo el juez Iversen antes de tomar nota.

Miró a Annika Giannini.

– ¿Ha terminado?

– Esa es mi petición.

– ¿Quiere el fiscal añadir algo? -preguntó Iversen.

Fue en ese momento cuando el fiscal Ekström pidió que la vista se realizara a puerta cerrada. Alegó que se trataba de proteger el estado psíquico y el bienestar de una persona vulnerable, así como algunos detalles que podían ir en detrimento de la seguridad del Estado.

– Supongo que se refiere usted al llamado caso Zalachenko -dijo Iversen.

– Correcto. Alexander Zalachenko llegó a Suecia buscando protección como refugiado político tras haber huido de una terrible dictadura. Aunque el señor Zalachenko ya haya fallecido, algunos de los aspectos que conciernen al trato que se le dio, a sus relaciones personales y a cuestiones similares siguen estando clasificados. Por esa razón solicito que la vista oral se realice a puerta cerrada y que se considere el secreto profesional para aquellos puntos del juicio que presentan un carácter particularmente delicado.

– Entiendo -dijo Iversen, arrugando la frente.

– Además, una gran parte del juicio tratará sobre la tutela de la acusada. Afecta a temas que, en circunstancias normales, son clasificados casi de forma automática. Como muestra de deferencia con la acusada me gustaría celebrar el juicio a puerta cerrada.

– ¿Qué postura adopta la abogada Giannini respecto a la petición del fiscal?

– Por nuestra parte no hay ningún inconveniente.

El juez Iversen reflexionó un breve instante. Consultó a su asesor y luego comunicó, para gran irritación de los reporteros presentes, que aceptaba la petición del fiscal. En consecuencia, Mikael Blomkvist abandonó la sala del juicio.

Dragan Armanskij esperó a Mikael Blomkvist al pie de las escaleras del juzgado. El calor de julio era abrasador y Mikael vio que el sudor de sus axilas le empezaba a manchar la camisa. Nada más salir, sus dos guardaespaldas se unieron a él. Saludaron a Dragan Armanskij con un movimiento de cabeza y se pusieron a escudriñar los alrededores.

– Me resulta raro andar con dos guardaespaldas -dijo Mikael-. ¿Cuánto me va a costar todo esto?

– Invita la empresa -dijo Armanskij-. Tengo un interés personal en mantenerte con vida. Pero la verdad es que nos hemos gastado unas doscientas cincuenta mil coronas pro bono durante los últimos meses.

Mikael asintió.

– ¿Un café? -preguntó, señalando el café italiano de Bergsgatan.

Armanskij asintió. Mikael pidió un caffe latte y Armanskij eligió un espresso doble con una cucharadita de leche. Se sentaron en la terraza, a la sombra. Los guardaespaldas se situaron en una mesa contigua. Tomaron Coca-Cola.

– A puerta cerrada -constató Armanskij.

– Era de esperar. Pero nos favorece porque así podremos controlar mejor el flujo informativo.

– Bueno, da igual, pero el fiscal Richard Ekström me empieza a caer cada vez peor.

Mikael estaba de acuerdo. Se tomaron los cafés mirando hacia el juzgado donde se iba a decidir el futuro de Lisbeth Salander.

– Custer's last stand -dijo Mikael.

– Va bien preparada -lo consoló Armanskij-. Y debo admitir que tu hermana me ha impresionado. Cuando empezó a planear la estrategia creí que lo decía en broma, pero cuanto más lo pienso más inteligente me parece.

– Este juicio no se va a decidir ahí dentro -dijo Mikael.

Llevaba meses repitiendo esas palabras como si fuera un mantra.

– Te van a llamar como testigo -dijo Armanskij.

– Ya lo sé. Estoy preparado. Pero eso no sucederá hasta pasado mañana; o eso es al menos lo que esperamos.

El fiscal Richard Ekström había dejado olvidadas sus gafas bifocales en casa y tuvo que subirse a la frente las que tenía y entornar los ojos para poder leer algo de las notas que había tomado con letra más pequeña. Antes de volver a ponerse las lentes y recorrer la sala con la mirada, se pasó la mano rápidamente por su rubia barba.

Lisbeth Salander se hallaba sentada con la espalda recta y contemplándolo con una impenetrable mirada. Su cara y sus ojos permanecían inmóviles. No parecía estar del todo presente. Había llegado la hora de su interrogatorio.

– Quiero recordarle, señorita Salander, que habla usted bajo juramento -empezó, por fin, a decir Ekström.

Lisbeth Salander no se inmutó. El fiscal Ekström pareció esperar algún tipo de respuesta y aguardó unos cuantos segundos. Arqueó las cejas.

– Bueno… Como ya he dicho, habla usted bajo juramento -repitió.

Lisbeth Salander ladeó ligeramente la cabeza. Annika Giannini estaba ocupada leyendo algo en las actas del sumario y no daba la impresión de tener ningún interés en lo que hacía el fiscal Ekström. Este recogió sus papeles. Tras un instante de incómodo silencio se aclaró la voz.

– Bueno -dijo Ekström con un tono de voz razonable-. Vayamos directamente a los acontecimientos de la casa de campo del difunto letrado Bjurman, en las afueras de Stallarholmen, ocurridos el seis de abril de este mismo año y que constituyen el punto de partida de la exposición que realicé esta mañana. Intentemos aclarar las razones que la llevaron a ir a Stallarholmen y pegarle un tiro a Carl-Magnus Lundin.

Ekström intimidó a Lisbeth Salander con la mirada. Ella siguió sin inmutarse. De repente, el fiscal pareció resignarse. Hizo un gesto con las manos y pasó a contemplar al presidente del tribunaclass="underline" al juez Jörgen Iversen se lo veía pensativo. Acto seguido, miró de reojo a Annika Giannini, que seguía inmersa en la lectura de sus papeles, ajena por completo a su entorno.

El juez Iversen carraspeó. Luego se dirigió a Lisbeth Salander:

– ¿Debemos entender su silencio como que no quiere contestar a las preguntas? -preguntó.

Lisbeth Salander giró la cabeza y se enfrentó con la mirada del juez Iversen.

– Contestaré con mucho gusto a las preguntas -le respondió.

El juez Iversen asintió.

– Entonces, ¿por qué no contesta a mi pregunta? -terció el fiscal Ekström.

Lisbeth Salander volvió a mirar a Ekström. Permaneció callada.

– ¿Hace usted el favor de contestar a la pregunta? -intervino el juez Iversen.

Lisbeth giró nuevamente la cabeza hacia el presidente de la sala y arqueó las cejas. Su voz sonó fuerte y clara.

– ¿Qué pregunta? Hasta ahora -señaló con un movimiento de cabeza a Ekström- no ha hecho más que una serie de afirmaciones no confirmadas. Yo no he oído ninguna pregunta.

Annika Giannini alzó la vista. Puso un codo en la mesa y apoyó la cara en la mano mostrando un repentino interés con la mirada.

El fiscal Ekström perdió el hilo durante unos cuantos segundos.

– ¿Puede hacer el favor de repetir la pregunta? -propuso el juez Iversen.

– Yo le he preguntado si… ¿Fue usted a la casa de campo que el abogado Bjurman tenía en Stallarholmen con el objetivo de disparar a Carl-Magnus Lundin?

– No, has dicho que querías aclarar las razones que me llevaron a ir a Stallarholmen y pegarle un tiro a Carl-Magnus Lundin. Eso no es una pregunta. Es una afirmación general en la que te adelantas a mi respuesta. Yo no soy responsable de las afirmaciones que tú quieras hacer.

– No sea tan impertinente. Conteste a la pregunta.

– No.

Silencio.

– ¿No?

– Es la respuesta a la pregunta.

El fiscal Richard Ekström suspiró. Iba a ser un día largo. Lisbeth Salander lo observaba expectante.

– Tal vez sea mejor que empecemos por el principio -dijo-. ¿Estuvo usted en la casa de campo que el difunto letrado Bjurman tenía en Stallarholmen la tarde del seis de abril?

– Sí.

– ¿Cómo se desplazó hasta allí?

– Fui en un tren de cercanías hasta Södertälje y luego cogí el autobús que va a Strängnäs.

– ¿Por qué razón fue a Stallarholmen? ¿Había quedado con Carl-Magnus Lundin y su amigo Sonny Nieminen?

– No.

– ¿Y a qué se debía la presencia de esos dos hombres allí?

– Eso se lo tendrás que preguntar a ellos.

– Ahora se lo pregunto a usted.

Lisbeth Salander no contestó. El juez Iversen carraspeó.

– Supongo que la señorita Salander no contesta porque, desde un punto de vista semántico, ha vuelto a realizar usted una afirmación -terció el juez Iversen con amabilidad.

De repente, Annika Giannini soltó una risita lo bastante alta como para que se oyera. Enseguida guardó silencio y volvió a concentrarse en sus papeles. Ekström la miró irritado.

– ¿Por qué cree que Lundin y Nieminen aparecieron por la casa de campo de Bjurman?

– No lo sé. Supongo que fueron allí para provocar un incendio. En el maletín de su Harley-Davidsson, Lundin llevaba un litro de gasolina metido en una botella.

Ekström arrugó el morro.

– ¿Por qué fue usted a la casa de campo del abogado Bjurman?

– Estaba buscando información.

– ¿Qué tipo de información?

– La que sospecho que Lundin y Nieminen fueron a destruir porque podía contribuir a aclarar quién asesinó a ese cabrón.

– ¿Considera usted que el letrado Bjurman era un cabrón? ¿Lo he entendido bien?

– Sí.

– ¿Y por qué tiene esa opinión?

– Era un sádico cerdo, un hijo de puta y un violador, así que era un cabrón.

Lisbeth citó tal cual las palabras que le tatuó al difunto letrado Bjurman en el estómago, confesando de este modo, aunque indirectamente, que era ella la autora del texto. Eso, sin embargo, no formaba parte de la acusación contra Lisbeth Salander. Bjurman nunca puso ninguna denuncia por lesiones y, además, no se podía probar si se lo había dejado tatuar voluntariamente o si se lo habían realizado a la fuerza.

– En otras palabras, afirma que su administrador abusó de usted sexualmente. ¿Puede contarnos cuándo tuvieron lugar esos supuestos abusos?

– La primera vez el martes 18 de febrero de 2003, y la segunda el viernes 7 de marzo de ese mismo año.

– Se ha negado a contestar a todas las preguntas que le han hecho los interrogadores que han intentado hablar con usted. ¿Por qué?

– No tenía nada que decirles.

– He leído la supuesta autobiografía que inesperadamente me entregó su abogada hace un par de días. Tengo que decir que es un documento extraño; ya volveremos sobre eso. Pero en ese texto afirma usted que el abogado Bjurman la forzó en una primera ocasión a realizarle sexo oral y que en la segunda se pasó una noche entera sometiéndola a repetidas violaciones y a una grave tortura.

Lisbeth no contestó.

– ¿Es eso correcto?

– Sí.

– ¿Denunció las violaciones a la policía?

– No.

– ¿Por qué no?

– Los policías nunca me han hecho caso cuando he intentado contarles algo. Así que no tenía ningún sentido denunciar nada.

– ¿Habló de esos abusos con algún conocido suyo? ¿Alguna amiga?

– No.

– ¿Por qué no?

– Porque no era asunto de nadie.

– Vale. ¿Contactó usted con algún abogado?

– No.

– ¿Se dirigió a algún médico para que le examinara las lesiones que, según usted, le ocasionó?

– No.

– Y tampoco se dirigió a ningún centro de acogida de mujeres.

– Acabas de hacer una afirmación.

– Perdón. ¿Se dirigió a algún centro de acogida?

– No.

Ekström se volvió hacia el presidente de la sala.

– Quiero llamar la atención del tribunal sobre el hecho de que la acusada ha afirmado que fue víctima de dos abusos sexuales, uno de los cuales debe ser considerado de extrema gravedad. Sostiene que la persona culpable de esas violaciones fue su administrador, el difunto letrado Nils Bjurman. Asimismo, habría que considerar los siguientes hechos…

Ekström hojeó sus papeles.

– La investigación realizada por la brigada de delitos violentos no ha revelado nada en el pasado del abogado Nils Bjurman que pueda reforzar la credibilidad de lo que cuenta Lisbeth Salander. Bjurman nunca ha sido juzgado por ningún delito. Nunca ha sido objeto de ninguna investigación. Nadie lo ha denunciado jamás. Antes de encargarse de la acusada, también fue el administrador o el tutor de otros numerosos jóvenes y ninguno de ellos ha manifestado que fueran sometidos a ningún tipo de abuso. Todo lo contrario: insisten en que Bjurman siempre se portó correcta y amablemente con ellos.

Ekström pasó la página.

– También es mi deber recordar que a Lisbeth Salander la han catalogado como esquizofrénica paranoica. Se trata de una mujer joven con tendencias violentas documentadas que, desde su más temprana adolescencia, ha tenido graves problemas para relacionarse con la sociedad. Ha pasado varios años en una institución psiquiátrica y se encuentra sometida a la tutela de un administrador desde que cumplió los dieciocho años. Por muy lamentable que pueda resultar, hay razones para ello. Lisbeth Salander constituye un peligro para sí misma y para su entorno. Estoy convencido de que lo que necesita no es una reclusión penitenciaria; lo que necesita es asistencia médica.

Hizo una pausa dramática.

– Hablar del estado mental de una persona joven es una tarea repugnante. Hay muchas cosas que vulneran su integridad, y su estado psíquico siempre es objeto de múltiples interpretaciones. No obstante, en el caso que nos ocupa no debemos olvidar la distorsionada visión que Lisbeth Salander tiene del mundo. Se manifiesta con toda claridad en esa pretendida autobiografía. En ninguna otra parte su falta de contacto con la realidad resulta tan patente como aquí; no es necesario recurrir a testigos ni interpretar lo que una u otra persona quiera afirmar. Contamos con sus propias palabras. Podemos juzgar por nosotros mismos la credibilidad de sus afirmaciones.

Depositó su mirada en Lisbeth Salander. Ella se la devolvió. Y a continuación sonrió. Cobró un aspecto malvado. Ekström frunció el ceño.

– ¿Quiere la señora Giannini añadir algo? -preguntó el juez Iversen.

– No -contestó Annika Giannini-. Tan sólo que las conclusiones del fiscal Ekström no son más que tonterías.

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