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La Cúpula

Электронная книга - «La Cúpula». Краткое содержание книги:

La cúpula. Un día de octubre la pequeña ciudad americana de Chester´s Mill se encuentra totalmente aislada por una cúpula transparente e impenetrable. Nadie sabe de dónde ha salido ni por qué está allí. Sólo saben que poco a poco se agotarán las provisiones y hasta el oxígeno que respiran. Es una soleada mañana de otoño en la pequeña ciudad de Chester´s Mill. Claudette Sanders disfruta de su clase de vuelo y Dale Barbara, Barbie para los amigos, hace autostop en las afueras. Ninguno de los dos llegará a su destino. De repente, una barrera invisible ha caído sobre la ciudad como una burbuja cristalina e inquebrantable. Al descender, ha cortado por la mitad a una marmota y ha amputado la mano a un jardinero. El avión que pilotaba Claudette ha chocado contra la cúpula y se ha precipitado al suelo envuelto en llamas. Dale Barbara, veterano de la guerra de Irak, ha de regresar a Chester´s Mill, el lugar que tanto deseaba abandonar. El ejército pone a Barbie al cargo de la situación pero Big Jim Rennie, el hombre que tiene un pie en todos los negocios sucios de la ciudad, no está de acuerdo: la cúpula podría ser la respuesta a sus plegarias. A medida que la comida, la electricidad y el agua escasean, los niños comienzan a tener premoniciones escalofriantes. El tiempo se acaba para aquellos que viven bajo la cúpula. ¿Podrán averiguar qué ha creado tan terrorífica prisión antes de que sea demasiado tarde? Una historia apocalíptica e hipnótica. Totalmente fascinante. Lo mejor de Stephen King.
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– Vaya, mírate -dijo Junior-. Ahora mismo ya no pareces tan dispuesto a dar ninguna paliza con tus espectaculares truquitos del ejército. -Levantó la mano en la que llevaba la hoja de papel y se frotó la sien izquierda con la punta de los dedos. El papel hizo ruido.

– Tú tampoco tienes muy buen aspecto.

Junior bajó la mano.

– Estoy sano como una rosa.

Eso sí que era raro, pensó Barbie; había quien decía «estoy sano como una manzana» y había quien simplemente decía «estoy como una rosa», pero no había nadie, que él supiera, que dijera «sano como una rosa». A lo mejor no quería decir nada, pero…

– ¿Estás seguro? Tienes el ojo muy rojo.

– Estoy de puta madre. Y no he venido aquí para hablar de mí.

Barbie, que sabía muy bien para qué había ido Junior, dijo:

– ¿Eso es agua?

Junior bajó la mirada hasta el vaso, como si se hubiera olvidado de él.

– Sí. El jefe ha dicho que a lo mejor tenías sed. Sed buenos, ya sabes. -Se rió a carcajada limpia, como si esa incongruencia fuera lo más ingenioso que hubiera salido alguna vez de su boca-. ¿Quieres?

– Sí, por favor.

Junior le tendió el vaso. Barbie alargó una mano. Junior lo retiró. Por supuesto. Así era como funcionaban esas cosas.

– ¿Por qué los mataste? Tengo curiosidad, Baaarbie. ¿Angie ya no quería follar más contigo? Después, cuando lo intentaste con Dodee, ¿descubriste que le iba más merendar rajitas que comer pollas? ¿A lo mejor Coggins vio algo que no tenía que haber visto? Y Brenda empezó a sospechar. ¿Por qué no? Ella misma era policía, ¿sabes? ¡Por inyección!

Junior soltó gorgoritos de risa, pero debajo de esa hilaridad no se escondía más que un lúgubre estado de alerta. Y dolor. Barbie estaba bastante seguro de ello.

– ¿Qué? ¿No tienes nada que decir?

– Ya lo he dicho. Me gustaría beber. Tengo sed.

– Sí, seguro que debes de tener sed. Ese spray de pimienta es una cabronada, ¿a que sí? Tengo entendido que serviste en Iraq, ¿cómo era aquello?

– Hacía calor.

Junior volvió a gorjear. Parte del agua se vertió en su muñeca. ¿Le temblaban un poco las manos? Y por el rabillo de ese ojo izquierdo en llamas caían lágrimas. Junior, ¿qué te pasa, joder? ¿Migrañas? ¿O alguna otra cosa?

– ¿Mataste a alguien?

– Solo con la comida que cocinaba.

Junior sonrió como diciendo «Muy buena, muy buena».

– Pero allí no eras cocinero, Baaarbie. Eras oficial de enlace. Por lo menos esa era la descripción de tu cargo. Mi padre te buscó por internet. No salen muchas cosas, pero sí algunas. Mi padre cree que eras de los de interrogatorios. A lo mejor eras de los de operaciones encubiertas. ¿Eras como el Jason Bourne del ejército?

Barbie no dijo nada.

– Venga, ¿mataste a alguien? ¿O debería preguntar a cuántos mataste? Además de los que te has cargado aquí, quiero decir.

Barbie no dijo nada.

– Caray, esta agua tiene que estar buena. La he sacado de la nevera de arriba. ¡Fresquita fresquita!

Barbie no dijo nada.

– Los que han sido como tú volvéis con toda clase de problemas. Al menos eso es lo que tengo entendido y lo que veo por la tele. ¿Verdadero o falso? ¿Verdad o mentira?

No es una migraña lo que le lleva a hacer esto. Al menos ninguna migraña de la que yo haya oído hablar.

– Junior, ¿cuánto te duele la cabeza?

– No me duele.

– ¿Cuánto hace que tienes esos dolores de cabeza?

Junior dejó el vaso en el suelo con mucho cuidado. Esa noche llevaba un arma de mano. La sacó y apuntó a Barbie entre los barrotes. El cañón temblaba un poco.

– ¿Quieres seguir jugando a los médicos?

Barbie miró la pistola. La pistola no estaba en el guión, de eso estaba seguro; Big Jim tenía planes para él, y seguramente no eran planes agradables, pero no incluían que Dale Barbara muriera de un tiro en una celda de comisaría cuando cualquiera podía bajar corriendo desde el piso de arriba y ver que la puerta de la celda seguía cerrada y que la víctima estaba desarmada. Sin embargo, no podía confiar en que Junior siguiera el guión, porque Junior estaba enfermo.

– No -dijo-. Nada de médicos. Lo siento mucho.

– Sí, claro que lo sientes. Eres un imbécil de mierda arrepentido. -Pero parecía satisfecho. Volvió a meter el arma en la funda y volvió a coger el vaso de agua-. Tengo la teoría de que has regresado hecho una puta mierda por culpa de todo lo que viste e hiciste allí. Ya sabes, TEPT, ETS, SPM, alguna cosa de esas. Tengo la teoría de que sencillamente has estallado. ¿No es más o menos eso lo que ha pasado?

Barbie no dijo nada.

Junior no parecía muy interesado en saberlo, de todas formas. Le acercó el vaso por entre los barrotes.

– Cógelo, cógelo.

Barbie fue a coger el vaso creyendo que Junior volvería a retirarlo, pero no lo hizo. Probó el agua. No estaba fría y tampoco era potable.

– Sigue -dijo Junior-. Solo le he echado medio salero, eso puedes soportarlo, ¿verdad? Tú le echas sal al pan, ¿verdad?

Barbie se quedó mirando a Junior.

– ¿No le echas sal al pan? ¿Le echas sal, hijo de puta? ¿Eh?

Barbie le devolvió el vaso por entre los barrotes.

– Quédatelo, quédatelo -dijo Junior con magnanimidad-. Y quédate también con esto. -Le pasó el papel y el bolígrafo.

Barbie los cogió y miró el papel. Era más o menos lo que había esperado. Abajo del todo había un lugar en el que tenía que firmar.

Hizo ademán de devolvérselo. Junior retrocedió ejecutando lo que fue casi un paso de baile, sonriendo y negando con la cabeza.

– Quédatelo. Mi padre ha dicho que no querrías firmarlo de buenas a primeras, pero tú piénsatelo. Y piensa en lo que sería tener un vaso de agua en el que no hayan echado sal. Y algo de comer. Una enorme y rica hamburguesa con queso. El paraíso. A lo mejor una Coca-Cola. Hay algunas frías en la nevera de arriba. ¿No te apetecería una rica cola Coca?

Barbie no dijo nada.

– ¿No le echas sal al pan? Venga, no seas tímido. ¿Se la echas, caraculo?

Barbie no dijo nada.

– Acabarás por convencerte. Cuando tengas suficiente hambre y suficiente sed, ya te convencerás. Eso es lo que dice mi padre, y normalmente en estas cosas tiene razón. Ciao, Baaarbie.

Echó a andar por el pasillo y luego dio media vuelta.

– Nunca tendrías que haberme puesto la mano encima, ¿sabes? Ese fue tu gran error.

Mientras subía la escalera, Barbie se fijó en que Junior cojeaba un poco… o más bien arrastraba los pies. Eso era, se arrastraba hacia la izquierda y con la mano derecha se agarraba a la barandilla y tiraba de sí para compensarlo. Se preguntó qué pensaría Rusty Everett de esos síntomas. Se preguntó si alguna vez tendría ocasión de consultárselo.

Barbie se quedó mirando la confesión sin firmar. Le habría gustado romperla en pedazos y esparcirlos por el suelo frente a la celda, pero eso habría sido una provocación innecesaria. Estaba atrapado en las garras del gato y lo mejor que podía hacer era quedarse quieto. Dejó la hoja en el camastro, con el bolígrafo encima. Después cogió el vaso de agua. Sal. Lleno de sal. Podía olerla. Eso le hizo pensar en lo que había acabado siendo Chester's Mills… aunque ¿no era ya antes? ¿Antes de la Cúpula? ¿No hacía tiempo que Big Jim y sus amigos se dedicaban a sembrar la tierra con sal? Barbie pensaba que sí. También pensaba que, si llegaba a salir vivo de aquella comisaría, sería un milagro.

No obstante, eran unos aficionados; no habían pensado en el retrete. Seguramente ninguno de ellos había estado nunca en un país en el que hasta un pequeño charco en una cuneta podía tener buena pinta cuando cargabas con cuarenta kilos de equipo y soportabas una temperatura de cuarenta y seis grados. Barbie vertió el agua con sal en un rincón de la celda. Después meó en el vaso y lo guardó debajo del camastro. Se arrodilló frente al retrete como un hombre rezando sus oraciones y bebió hasta que sintió que la barriga se le hinchaba.

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