Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El Hombre Que Amaba A Los Perros
El Hombre Que Amaba A Los Perros - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Hombre Que Amaba A Los Perros

Электронная книга - «El Hombre Que Amaba A Los Perros». Краткое содержание книги:

En 2004, a la muerte de su mujer, Iván, aspirante a escritor y ahora responsable de un paupérrimo gabinete veterinario de La Habana, vuelve los ojos hacia un episodio de su vida, ocurrido en 1977, cuando conoció a un enigmático hombre que paseaba por la playa en compañía de dos hermosos galgos rusos. Tras varios encuentros, «el hombre que amaba a los perros» comenzó a hacerlo depositario de unas singulares confidencias que van centrándose en la figura del asesino de Trotski, Ramón Mercader, de quien sabe detalles muy íntimos. Gracias a esas confidencias, Iván puede reconstruir las trayectorias vitales de Liev Davídovich Bronstein, también llamado Trotski, y de Ramón Mercader, también conocido como Jacques Mornard, y cómo se convierten en víctima y verdugo de uno de los crímenes más reveladores del siglo XX. Desde el destierro impuesto por Stalin a Trotski en 1929 y el penoso periplo del exiliado, y desde la infancia de Mercader en la Barcelona burguesa, sus amores y peripecias durante la Guerra Civil, o más adelante en Moscú y París, las vidas de ambos se entrelazan hasta confluir en México. Ambas historias completan su sentido cuando sobre ellas proyecta Iván sus avatares vitales e intelectuales en la Cuba contemporánea y su destructiva relación con el hombre que amaba a los perros.
1 ... 140 141 142 143 144 145 146 147 148 ... 174
Перейти на страницу:

El joven miraba hacia el bosque, tratando de procesar aquellas palabras.

– Quisiera ser el Ramón que era hace tres años, antes de que empezaran las mentiras -dijo, sin percatarse de que había comenzado a hablar en castellano-. Quisiera poder entrar mañana en esa casa y reventarle la vida a un traidor renegado y estar seguro de que lo hago por la causa. Ahora no sé dónde empieza la causa y dónde las mentiras.

Tom encendió un cigarrillo y se concentró en las briznas de hierba que movía con una rama seca. Cuando habló, siguió haciéndolo en francés.

– La verdad y la mentira son demasiado relativas, y en este trabajo que hacemos tú y yo no hay fronteras entre una y otra. Esta es una guerra oscura y la única verdad que importa es cumplir las órdenes. Da igual si, para llegar a ese momento, nos subimos sobre una montaña de mentiras o de verdades.

– Eso es cínico.

– Tal vez… ¿Tú quieres una verdad? Te recuerdo una: la verdad es que el Pato es ahora mismo una amenaza para la Unión Soviética. Estamos en un punto donde todo el que no esté con Stalin está a favor de Hitler, sin medias tintas. ¿Qué importan unas cuantas mentiras si sirven para salvar nuestra gran verdad?

Ramón se puso de pie. Tom descubrió que el miedo y las dudas habían hecho una mella evidente en el alma de su pupilo. Pero tuvo la seguridad de que Ramón había entendido la esencia de su situación: para él no existía el regreso.

– Lo que me dijiste de África, eso de que yo era blando… ¿Te lo dijo ella?

Tom soltó la rama con la que removía la tierra.

– África es una fanática, una máquina, no una mujer. ¿No te das cuenta de que una persona así no puede querer a nadie? Para ella todo es una puta competencia a ver quién dice más consignas. Y si alguna vez esa loca pensó que eras blando, ahora va a saber cuánto se equivocó…

Ramón sintió el efecto que surtían en él aquellas palabras. Sus músculos recibieron una benéfica relajación.

– Muchacho, vete a tu hotel, come algo, trata de dormir. Piensa nada más en que vas a salir vivo de esa casa y en que cuando llegues a Moscú serás un héroe… Yo me encargo del resto. Te vamos a llevar a Santiago de Cuba. Yo prefería sacarte por Guatemala, pero Caridad quiere ir contigo a Santiago, porque no ha vuelto allí desde que se la llevaron a España. Cuenta toda una historia de que su padre fue el primero en liberar a los negros esclavos.

– Otro embuste -dijo Ramón y casi sonrió. Tom movió la cabeza, sonriendo-. Mis abuelos eran unos explotadores desvergonzados y por eso se hicieron tan ricos… ¿Cuándo volveremos a vernos?

– Tengo que arreglar muchas cosas. Espero que nos veamos mañana cuando termines el trabajo en la casa del Pato. Por cierto, ¿sabes cómo te vas a llamar cuando salgas de allí? Juan Pérez González. Original, ¿no?

Ramón no contestó. Tom se puso de pie y, en silencio, descendieron hasta donde habían aparcado el Chrysler. El asesor condujo hacia el centro de la ciudad, la mirada fija en la calle. Cuando entró en el estacionamiento de Shirley Court, buscó con la vista el Buick de Ramón y se detuvo a su lado.

– He trabajado contigo lo mejor que he podido. Te he llevado hasta el despacho del hombre más protegido de la Tierra y te he demostrado que es posible hacerlo. Ahora todo queda de tu parte, y el resto depende de la suerte. Por eso te deseo toda la fortuna del mundo. Nos vemos mañana a la salida de la casa… Por cierto, dice Caridad que en Santiago de Cuba se bebe el mejor ron del mundo y que tu abuelo, el que liberó a los esclavos, fue socio comercial de los primeros Bacardí. Ojalá podamos comprobarlo los tres juntos. Lo del ron, claro.

Ramón recordó la conversación que había tenido con su madre unos días atrás. Volvió a preguntarse si Tom había ordenado a Caridad que le contara aquella sórdida historia de la que, si era cierta, había nacido el odio que marcaría sus vidas.

– Nos vemos mañana -dijo y, cuando fue a salir del auto, sintió que la mano de Tom se aferraba a su brazo. El asesor se inclinó hacia él y Ramón se dejó besar en las dos mejillas y, finalmente, sintió sobre los suyos los labios del hombre. Tom lo soltó y le dio una palmada en el hombro.

Ramón Mercader tuvo que esperar veintiocho años para volver a recibir un beso del hombre que lo había conducido hasta la orilla de la historia.

Sylvia insistió: deberían ir al hospital. Jacques se tomó otros dos analgésicos y, con un pañuelo húmedo sobre los ojos, apoyó la cabeza en la almohada y le suplicó que lo dejara en paz. El cansancio, el dolor y, al fin, el alivio que le trajeron los comprimidos lo sumieron en el sueño y, cuando despertó, a la mañana siguiente, no supo dónde estaba ni quién era. El cuarto de hotel, Sylvia, la máquina de escribir sobre la cual había colocado las cuartillas del artículo lo devolvieron a su realidad y al alma de Jacques Mornard.

Se duchó largamente y, a pesar de su inapetencia, logró ingerir el café con leche, los panes frescos untados con mantequilla y mermelada de fresa y mordisqueó una loncha de tocino frito. Tomó café y se vistió. Todo el tiempo Sylvia lo había observado, como un animalito asustado, sin atreverse a hablar. La mujer se decidió cuando lo vio tomar el sombrero.

– Querido, yo…

– Voy a la oficina a ver qué hacen esos malditos albañiles.

– ¿A qué hora quedamos con Jack Cooper y su mujer?

– A las siete.

– ¿Adonde piensas llevarlos? ¿No te gustaría Xochimilco?

– No es mala idea -dijo-. Ah, se me había olvidado… Mañana tenemos que viajar a Nueva York.

– Pero…

– Prepara las maletas. En Nueva York volveré a ser el de siempre. Creo que la altura y la comida de este infierno de país me ponen enfermo… -y se acercó a Sylvia. La besó en los labios, apenas un roce, pero la mujer no pudo contenerse y se abrazó a él.

– Querido, querido…, no me gusta verte así.

– A mí tampoco. Por eso nos vamos mañana. ¿Me sueltas, por favor?

Ella aflojó la presión de sus brazos y Jacques Mornard dio un paso atrás. Tomó los folios mecanografiados y la máquina portátil, dispuesto a salir de la habitación. Observó a Sylvia Ageloff, su cara de pájaro asustado, y recordó los días despreocupados de París, cuando todo parecía un juego de cazadores y gacelas, de cálculos fríos que cuando encajaban en el sitio previsto encendían unas luces de colores, mientras iban dando forma a una historia que, paso a paso, lo conduciría a un climax heroico. Sin saber por qué, dijo entonces:

– A las doce te recojo y vamos a comer algo.

Faltaban ocho horas para la cita con el condenado. ¿Qué podría hacer hasta las cinco de la tarde, el momento fijado para que matara a un hombre llamado Liev Davídovich Trotski? Condujo el Buick hacia las afueras de la ciudad y volvió a pensar en África. También, por primera vez en muchos meses, en su hija, Lenina, de cuya vida y destino nunca había vuelto a tener noticias. Ya debía de tener seis años y tal vez todavía vivía en España, sin la menor idea de quién era su padre. ¿Cómo habría sido vivir con su hija? Los malditos fascistas y la condenada guerra habían truncado esa posibilidad.

1 ... 140 141 142 143 144 145 146 147 148 ... 174
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)