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Электронная книга - «Amor, Curiosidad, Prozac Y Dudas». Краткое содержание книги:

Luc?a Etxbarr?a ha construido una novela sobre la dif?cil b?squeda de la identidad femenina al margen de convenciones absurdas y esterotipadas, con un estilo personal?simo, esculpido a golpe de gui?os y ambivalencias en el lenguaje de lo cotidiano.
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El parquet está lleno de arañazos que ha hecho el niño arrastrando su camioncito. En buena hora le regaló Borja el dichoso camión. Dentro de nada nos va a tocar barnizar el suelo. Habría que alquilar una lijadora, seguir con un lavado de agua caliente, al cabo de un par de días limpiar juntas y grietas con disolvente para eliminar restos, y acabar aplicando dos capas de barniz en intervalos de veinticuatro horas.

De verdad que hace dos meses me habría puesto a barnizar yo misma. Pero ahora me siento demasiado cansada como para meterme en semejantes berenjenales. Sólo tengo ganas de llorar.

Papá y mamá se casaron al cabo de un año, a pesar de que mi abuelo, el padre de mamá, no estaba del todo contento con la idea. Dice mi madre que ella hizo una estupidez, que una persona no debería casarse con alguien a quien no está muy seguro de conocer. Cuando yo le dije que iba a casarme con Borja ella no hacía más que repetir lo mismo una y otra vez: que me lo pensase. Que no me precipitase. Que no hiciese algo de lo que podía acabar arrepintiéndome.

Se casaron cuando mi madre aún no había acabado la carrera. Ella hubiera preferido esperar un poco más, pero él insistió. Decía que no podía vivir sin ella. Y que si ella le quería de verdad tenía que demostrarle que era suya y sólo suya, para siempre. Ella nunca lo ha confesado abiertamente, pero me ha dado a entender que ya se habían acostado juntos, y que su conciencia católica le obligaba a legitimar aquella unión. Y supongo que la voz persuasiva de él, íntima como el susurro de las sábanas, cimentó ese pensamiento culpable, y él acabó engatusando a mi madre, clavando el destello negro de sus ojos en el gris de los de ella, como si fuera un hipnotizador.

Al principio todo iba bien. Ella estaba encantada con la alegría perenne de él, con su sonrisa de estrella de cine, con sus bromas y sus atenciones. Él insistía en que salieran todas las noches. No importaba que fuera al cine o a una tasca, o a casa de unos amigos de él. Él no soportaba quedarse en casa. Lo que comenzó siendo tan divertido acabó por convertirse en una obligación. A ella no le apetecía salir todas las noches. Y él acabó por salir solo.

Y luego está la cuestión de lo mucho que bebía. Al principio mamá no concedía mayor importancia al hecho de que él bebiese todos los días. Al fin y al cabo, ella era muy joven y todo lo que él decía iba a misa. Pero al cabo de trescientas y pico noches de sentir su aliento agridulce en la cama aquello empezó a dejar de parecerle normal. Como no le parecía normal lo de quedarse sola todas las noches. Él le decía que podían salir juntos si quería, pero ella prefería quedarse en casa leyendo, porque no entendía a qué venía semejante perra con salir todas las noches, sobre todo cuando en casa había una niña pequeña a la que su padre ni miraba. Así que empezaban a distanciarse cuando todavía no habían acabado de acercarse.

Esta mañana he intentado hacer huevos rellenos. Era la primera vez que me ponía a cocinar en quince días, y eso que antes lo hacía a diario, y ha sido un desastre. Se me ha cortado la mayonesa. Para recuperar una mayonesa cortada hay que batir dos cucharadas de agua hirviendo con una pequeña parte de la salsa y luego añadir el resto de la salsa poco a poco y removiendo. Pero me parece que no hay forma de volver a hilar una pareja cuando los entendimientos entre ambos se han agriado.

Mis recuerdos de mi padre son muy confusos. Hay que tener en cuenta que se marchó cuando yo acababa de cumplir doce años, así que las imágenes que conservo son imprecisas, un entramado confuso de recuerdos entreverado de sensaciones que no sé si son mías o me las prestó mi madre, que iba metiéndomelas en la cabeza con sus conversaciones. El padre encantador que yo recuerdo, el que para mí era la alegría de la casa, para mi madre era poco más que un niño grande, marrullero y egocéntrico, incapaz de asumir responsabilidades, incapaz de estar en casa cuando se le reclamaba, incapaz de ofrecer a sus hijas otra presencia que la de los mimos y las caricias a destiempo, tanto más apreciados cuanto más inesperados, porque no se sabía cuándo iba a aparecer papá por la puerta o cuándo iba a desaparecer. Tía Carmen sugiere que había otra mujer, mamá opina que debía de haber varias, y, la verdad, parece que le importa más bien poco. Mamá es la mujer más fuerte que conozco, además de Rosa, claro. Resulta difícil entender cómo puede ser que las tres llevemos el mismo apellido.

Se supone que Cristina es idéntica a mi padre, y cuando una ve las fotos se da cuenta de que la afirmación es cierta. Parece que al retrato de mi padre le hayan pintado melenas y añadido curvas, y ésa es Cristina. Rosa es como mi madre, dicen, no sólo por lo rubia y lo delgada, sino por lo fuerte y lo decidida, con esa personalidad que parece moldeada a base de cemento y aplomo, mientras que yo soy como de gelatina, siempre a punto de romperme, idéntica a los moldes que cocinaba antes de que me diera por echarme en la cama a llorar.

Los hacía divinamente. A Borja le encantaba. Seguía paso a paso una receta de mamá: mezclar 60 mililitros de agua por dos cucharadas de gelatina en polvo. Dejar ablandar la mezcla unos dos minutos y disolverla después a fuego muy suave en un bol, sin dejar de remover. Enjuagar un molde con agua fría y verter en él la gelatina. Introducir este molde en un bol mayor, con hielo, y montar en el molde capas de gelatina y trozos de fruta, dejando cuajar cada una antes de añadir la siguiente. Antes de desmoldar dejarla enfriar dos horas en la nevera.

¿A quién me parezco yo? A mi madre en la estatura y en los ojos. Pero nadie sabe, yo no sé, de dónde me viene esta lágrima fácil y esta incapacidad para pensar con la mente clara. Y, sin embargo, yo sé muchas más cosas de nuestra casa de las que Rosa o Cristina pudieran llegar a sospechar. Lo que pasa es que no las cuento. No cuento nada aquí tumbada en la cama. Cuando venga la chica y pase el aspirador recogerá mi fuerza de voluntad, que está por los suelos.

Hay una escena que llevo enterrada en el alma y de la que nunca he hablado con mis hermanas, ni siquiera con mi madre. Yo tengo cinco o seis años. Duermo en mi cama abrazada a mi osito rosa, arropada en un pijama de franela estampado con florecitas rosas y azules. Lo recuerdo muy bien. El ruido me despierta y abro los ojos a la luz que viene del salón y entra por debajo de la rendija de la puerta. Atraída por esa luz, me deslizo por el parquet con los pies descalzos y, silenciosa como un gato, abro la puerta despacito, muy despacito, y avanzo por el pasillo a pasitos callados, tanteando las paredes para compensar la incertidumbre de la semipenumbra. A medida que recorro el pasillo los sonidos que llegan del salón se hacen más claros y lo que al principio no son más que ruidos incoherentes, palabras inconexas, retazos de conversaciones entrecortadas, se van articulando según aumenta el volumen y cada vez distingo más clara la voz airada de papá, por encima de las quejas tímidas de mamá. Supongo ahora, a los treinta años, que ella se quejaba, como de costumbre, de lo tarde que él llegaba. Supongo que él había bebido más de lo habitual. Anita de cinco años sigue avanzando a tientas por el pasillo y llega al salón. Desde la puerta puedo verlos, pero ellos no me ven a mí. Los gritos han ido subiendo de tono hasta llenar el aire por completo. Papá ha agarrado a mamá por su larga melena de Princesa y la obliga a arrodillarse, a arrastrarse por el suelo. Veo la expresión de dolor en el rostro de mamá. Pero en sus ojos gris acero hay un destello firme que demuestra que a su orgullo no ha logrado doblegarlo. Yo no sé qué hacer, me gustaría gritar y decirle que suelte a mamá, que no le haga daño, pero el miedo me tiene paralizada y no consigo abrir los labios. Él le pega una bofetada que rompe el aire como un disparo, y yo noto que me estoy haciendo pis encima, de puro terror. Y vuelvo a mi habitación a pasitos menudos, desandando el camino a toda prisa, intentando no hacer ruido.

Mamá lleva ahora el pelo corto y no ha vuelto a dejárselo crecer.

Creo que va siendo hora de podar los rosales de la terraza. Con la poda se eliminan los extremos de las ramas que no sirven para proporcionar a las plantas un aspecto más ordenado. Se deben cortar todas las ramas que nazcan debajo del injerto y dejar en cada una sólo dos o tres yemas, las más cercanas a la base, procurando que tengan buen aspecto.

Alguien me podó a mí, creo, y por eso soy como soy, ordenada y de buen aspecto. Ninguna rama ha crecido por donde no debía. Soy un arbusto podado que ha crecido merced a las indicaciones de los otros. Una tijera se llevó por delante las yemas rebeldes, los futuros capullos, las rosas cubiertas de espinas. Si hubiese nacido más tarde, quién sabe, habría podido ser Cristina.

Lo primero que ve el conductor cuando se abren las puertas neumáticas del autobús son mis piernas, enfundadas en unas medias, que ascienden hacia la plataforma. Una extensa carrera desciende peligrosamente desde el muslo hacia el tobillo de la pierna izquierda. Y la siguen otro par de piernas, éstas dentro de unos vaqueros desteñidos, estudiadamente rajados por encima de las rodillas y por debajo de las nalgas. Antes de que el conductor se dé cuenta, tiene ante sí, en el mostrador, a Line y a mí, monísimas, tal que salidas de un catálogo de Don Algodón. Todo en nuestro aspecto (el modelito compuestísimo, el maquillaje corrido, las carreras de mis medias…) delata que venimos de una fiesta y que todavía no hemos dormido. Pero no sé si el conductor será tan listo como para darse cuenta. De todos modos, ¿qué coño le importa a él?

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