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Электронная книга - «La Nieve del Almirante». Краткое содержание книги:

La Nieve del Almirante es la primera novela con la que ?lvaro Mutis inicia la saga de Maqroll el Gaviero, viejo marinero errante que recorre los puertos y mares m?s rec?nditos. En esta ocasi?n, Maqroll se adentra en un r?o imaginario, el Xurand?, y atraviesa la selva acompa?ado del imborrable recuerdo de Flor Est?vez y de un libro que narra la muerte del Duque de Orle?ns. Todo su viaje, en pos de un incierto final, es un sutil aprendizaje de la vida y de la muerte. Escrita con una prosa excepcional, cargada de lirismo y hondura, La Nieve del Almirante es un referente obligado para acercarse a uno de los creadores m?s importantes de las letras hispanoamericanas.
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Junio 18

Recurro ahora a unas cuartillas de papel de carta con membrete oficial que el Capitán guardaba en un cajón con otros papeles relacionados con la lancha y con trámites aduanales. Me doy cuenta que me cuesta trabajo continuar este diario. En alguna forma, difícil de establecer, buena parte de lo que he venido escribiendo estaba relacionado con su presencia. No que pensara en ningún momento que él iría a leerlo alguna vez. Nada más lejano a ese propósito. Es como si su compañía, su figura, su pasado, su manera de subsistir al margen de la vida, me sirvieran de referencia, de pauta, de inspiración, para decirlo de una vez a pesar de tanta necedad que esa palabra ha tenido que arrastrar en manos de los sandios. Lo que ahora registro en estas páginas, al estar relacionado exclusivamente conmigo y con las cosas que veo o los hechos que suceden a mi lado, adolece de un vacío, de una falta de peso, que me hace sentir como un viajero de tantos en busca de experiencias nuevas y de emociones inesperadas, o sea, lo que mueve mi rechazo más radical, casi fisiológico. Pero, por otra parte, es evidente, también, que me basta recordar algunas de sus frases, de sus gestos, de sus órdenes desorbitadas, para hallar de nuevo el impulso que me permite seguir emborronando papel. Anoche tuve, por cierto, un sueño revelador, tan rico en detalles, en volumen, en coherencia, que seguramente saldrá de él la subterránea energía para continuar con este diario.

Estaba con Abdul Bashur en un muelle de Amberes -que él pronuncia siempre en flamenco: Antwerpen- y nos dirigíamos a visitar el carguero cuya custodia iba a confiarme. Llegamos frente al buque que lucía como nuevo, recién pintado, con todas sus pasarelas y tuberías refulgentes y netas. Subimos por la escalerilla. En cubierta, una mujer restregaba el piso de madera con una energía y una dedicación inquietantes. Sus formas rotundas se ponían en relieve cada vez que se agachaba para raspar una mancha rebelde al cepillo. La reconocí al instante: era Flor Estévez. Se incorporó sonriendo y nos saludó con su brusca cordialidad de siempre. Algo dijo a Abdul que me indicó que ya se conocían. Se volvió luego para decirme: "Ya casi terminamos. Cuando salga del puerto este barco, será la envidia de todos. En la cabina hay café y alguien los está esperando". Llevaba la blusa desabrochada. Sus pechos asomaban casi por completo, morenos y abundantes. Con cierto pesar la dejé en cubierta y seguí a Bashur a la cabina. Cuando entramos, estaba allí el Capitán, al pie del escritorio, en donde se amontonaban en desorden papeles y mapas. Tenía la pipa en la mano y nos saludó con un apretón vigoroso y corto con algo de gimnástico. "Bueno -comentó mientras se rascaba la barbilla con la mano que tenía la pipa -aquí estoy de nuevo. Lo que pasó en el planchón fue apenas un ensayo. No resultó. Aquí hemos trabajado muy duro, y ya sea que se venda o que resolvamos operarlo nosotros, la compra del barco ha sido un negocio brillante. La señora piensa que sería mejor que nos quedásemos con él. Yo le dije que ya se vería qué opinaban ustedes. Por cierto, Gaviero, que lo está esperando con una ansiedad muy grande. Trajo las cosas que dejó en el páramo y no estaba segura si faltaba algo". Le expliqué que ya la habíamos visto. "Vamos entonces -prosiguió-, quiero que le den una mirada a todo". Salimos. Empezó a oscurecer muy rápidamente. El Capitán iba adelante para indicarnos el camino. Cada vez que se volvía yo notaba que su rostro iba cambiando, que una tristeza y una mueca desamparada se fijaban con creciente evidencia en sus facciones. Cuando llegamos al cuarto de máquinas, advertí que cojeaba ligeramente. Tuve entonces la certeza de que ya no era él, que era otro a quien seguíamos y, en efecto, cuando se detuvo a mostrarnos la caldera, nos hallamos frente a un anciano, vencido y torpe, que musitaba con palabras estropajosas algunas explicaciones deshilvanadas que nada tenían que ver con lo que señalaba su mano temblorosa y mugrienta. Abdul no estaba ya conmigo. Un viento helado entró por las escotillas meciendo el barco cuya solidez e imponencia habían desaparecido. El anciano se alejó hacia una escalera que descendía a las profundidades de la cala. Yo me quedé ante un destartalado amasijo de fierros, bielas y válvulas que debían estar fuera de uso hacía muchísimo tiempo. Pensé en Flor Estévez. Dónde estaría. No podía imaginarla vinculada a la sórdida ruina que me rodeaba. Corrí hacia cubierta con afán de encontrarla, tropecé en un escalón que cedió a mi paso y caí en el vacío.

Desperté bañado en sudor, y en la boca una amarga sensación de haber masticado un fruto descompuesto. La corriente del río es más irregular y fuerte. Una brisa de montaña llega como un anuncio de que entramos en una región por completo diferente a las que hemos recorrido hasta ahora. El práctico, con la mirada puesta en la cordillera, cocina una mezcla de frijoles y yuca que despide un aroma insípido. Me recordó al instante la selva y su clima de quebranto y lodo.

Junio 19

Hoy tuve con el práctico una conversación que me sirvió para aclarar, así sea parcialmente, el enigma de los aserraderos. En la mañana me trajo el café con los imprescindibles plátanos fritos. Se quedó ahí, esperando a que terminara mi desayuno, con evidentes deseos de decirme algo.

– Bueno, ya vamos llegando, ¿verdad? -le comenté para darle pie a que dijera lo que traía atorado y no se atrevía a decir a causa de esa distancia en que se refugian los ancianos para evitar ser lastimados o desoídos.

– Sí, señor, pocos días faltan. Usted no ha estado nunca por allá, ¿no? -había una punta de curiosidad en la pregunta.

– Jamás. Pero, dígame, ¿qué hay realmente en esas factorías?

– Las máquinas las montaron unos señores que vinieron de Finlandia. Los aserraderos son tres, instalados a varios kilómetros de distancia uno de otro. Los cuida la tropa, pero los ingenieros se fueron. De eso hace varios años.

– ¿Y qué madera pensaban trabajar? Por aquí no veo árboles suficientes para alimentar tres instalaciones como las que me cuenta.

– Creo que al pie de la cordillera sí hay madera buena. Eso oí decir alguna vez. Pero parece que no se puede traer hasta los aserraderos.

– ¿Por qué?

– No sé, señor. De veras no se lo podría decir – algo ocultaba. Vi cruzar por su rostro una sombra de miedo. Las palabras no le salían ya tan espontáneas y fáciles. Los deseos de conversar se le habían pasado y consideraba haber dicho ya lo suficiente.

– ¿Pero quién sabe sobre esto? Tal vez la tropa pueda informarme cuando lleguemos. ¿No cree? -no tenía muchas esperanzas de sacarle mucho más.

– No, señor, la tropa no. No les gusta que les pregunten sobre eso, y no creo que sepan mucho más que nosotros -inició un gesto de retirada recogiendo la taza y el plato vacíos.

– ¿Y si hablo con el Mayor? -había tocado un punto delicado. El viejo se quedó quieto y no se atrevía a volver la vista hacia mí-. Hablaré con él si es el caso. Estoy seguro de que me contará lo que quiero saber. ¿No cree?

Se fue hacia popa, lentamente, mientras murmuraba con la vista puesta en la lejanía:

– Tal vez a usted le diga algo. A los que vivimos aquí nunca nos dice nada ni le gusta que nos metamos en ese asunto. Háblele si quiere. Allá usted. Creo que le tiene buena ley. -Mientras musitaba estas palabras alzó los hombros con la resignación frente a lo irremediable y a la necedad de los demás, propia de los ancianos y, en él, aún más acusada. Recordé su conducta cuando descolgamos el cadáver del Capitán, y, luego, en el sepelio. No quería participar en los dañinos juegos de los hombres. Había vivido tanto, que la suma de insensatez le debía ser no ya intolerable, sino por completo ajena.

En lo que el práctico me relató no había mayor novedad. Atando cabos, desde hace tiempo tengo la convicción de que el negocio que me describieron el camionero en el páramo y, luego, las personas con las que me entrevisté al llegar a la selva, es un espejismo edificado con restos de rumores: vagas maravillas de riquezas al alcance de la mano y golpes de suerte de los que, en verdad, jamás le suceden a la gente. Y la persona ideal para caer en semejante trampa soy yo, sin duda, porque toda la vida he emprendido esa clase de aventuras, al final de las cuales encuentro el mismo desengaño. Si bien termino siempre por consolarme pensando que en la aventura misma estaba el premio y que no hay que buscar otra cosa diferente que la satisfacción de probar los caminos del mundo que, al final, van pareciéndose sospechosamente unos a otros. Así y todo, vale la pena recorrerlos para ahuyentar el tedio y nuestra propia muerte, esa que nos pertenece de veras y espera que sepamos reconocerla y adoptarla.

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