Asesinos sin rostro
- Автор: Манкелль Хеннинг
- Язык: испанский
- Жанр: Полицейские детективы
Электронная книга - «Asesinos sin rostro». Краткое содержание книги:
El asesinato es un acto social. Un acto terrible que exige la interacción de al menos dos personas: víctima y asesino. El cuadro se completa añadiendo un tercer elemento: el detective, que debe descubrir la verdad y restaurar el orden. Quizá por esa razón, la novela negra deriva con tanta facilidad hacia el comentario social. Un asesinato y su investigación ofrecen una oportunidad única para estudiar los modos y uso de la sociedad en curso.
Se puede pensar en el detective clásico que investigaba asesinatos casi, digamos, cordiales. En una novela de Agatha Christie se asesinaba conservando en todo momento las reglas del decoro. Por lo general, no había ensañamiento más allá de lo estrictamente necesario para causar la muerte. Incluso en `Asesinato En El Orient Express`, el ensañamiento tenía precisamente como propósito cumplir un ritual social.
Y la existencia de esos rituales permitía al detective resolver el crimen. Ante un asesinato se empezaba tirando de familiares y conocidos, explorando la malla de motivos y oportunidades, buscando a aquellos, que por lógica, más se beneficiarían de la muerte. Los asesinatos, simplemente, no se producían en vacío.
Pero los tiempos cambian, y llegan nuevas formas de asesinar. Y a dos de ellas se enfrenta Kurt Wallander, policía de los de antes, recién separado, al que su hija no le habla, nada más iniciarse `Asesinos Sin Rostro`, un policía viejo en un mundo nuevo. Son crímenes horrendos, como todos, pero de un horror acentuado por lo que tienen de arbitrarios, de ilógicos, de mecánicos, de salvajes.
El primero implica a una pareja de ancianos del campo de Suecia que es torturada y asesinada salvajemente. Parece que no hay motivo y el asesino, en un detalle estremecedor, tuvo la sangre fría de alimentar al caballo. Para complicar más aún la situación, la única pista es la palabra pronunciada por la mujer poco antes de morir: `extranjero`.
Y de un singular a un plural no hay más que un paso. De un `extranjero` asesino a `todos los extranjeros` son asesino sólo media un abismo lógico que muchos están dispuestos a saltar sin problemas. Nace así el segundo crimen, en el que el orden social se desmorona dejando paso a la xenofobia más radical.
El racismo, la xenofobia, e incluso el fascismo con su mecanización de la muerte, son los temas de esta novela. Narrada con convicción y habilidad, va desgranando las diversas vueltas de esta investigación doble, llena de callejones sin salida, donde la intuición más que la lógica parece ser la aliada fiel del detective.
En esta novela de tantos personajes, uno destaca especialmente. Se trata de Rydberg, un detective particularmente minucioso, protagonista de algunas de las mejores escenas, que no deja que los sentimientos le cieguen ante la realidad que tiene ante los ojos. Es un hombre que simplemente no cae ni en un extremo ni en el otro.
El personaje protagonista, Kurt Wallander, sostiene toda la narración y es realmente su problemática personal lo que impulsa la novela. Enfrentado a unos crímenes que no entiende y con una vida personal desbaratada, es su lucha por resolver esos dos aspectos lo que mantiene la atención del lector. Al final, la recompensa no está tanto en la resolución de los crímenes, como en comprobar la reacción del policía ante el mundo nuevo que descubrió al entrar por primera vez en aquella habitación salpicada de sangre por todas partes.
`Asesinos Sin Rostro` es una novela ágil y efectiva, apasionante en la interacción de los personajes (porque realmente acción física hay muy poca), que no vacila en reflexionar sobre los cambios sociales de su país de origen y, por extensión, en el resto de Europa. El mundo simplemente cambia, y las formas de matar también, pero un asesinato sigue siendo un asesinato.
Kurt Wallander pensó en el sueño perdido de Sten Widén, que quería ser cantante de ópera. En cómo ambos habían imaginado un futuro que ninguno de los dos lograría.
Kurt Wallander sería el empresario, y la voz de tenor de Sten Widén se oiría en los escenarios de ópera de todo el mundo. Ya era policía en aquel entonces. Todavía lo era. Cuando Sten Widén comprendió que su voz no llegaba, se hizo cargo de la vieja y medio abandonada hípica de su padre para entrenar caballos de carreras. La amistad que los había unido no pudo aguantar la desilusión que compartían. De verse diariamente habían pasado a un alejamiento de once años. A pesar de vivir a sólo cincuenta kilómetros el uno del otro.
– Has engordado -dijo Sten Widén y quitó un montón de periódicos de una silla de madera.
– Pero tú no -replicó Kurt Wallander y notó su propio malestar.
– Los entrenadores de caballos de carreras raras veces engordan -dijo Sten Widén riendo nerviosamente de nuevo-. Cuerpos flacos y carteras flacas. Excepto los grandes entrenadores, claro. Khan o Strasser. Ésos sí que se lo pueden costear.
– ¿Cómo te va? -preguntó Kurt Wallander sentándose en la silla.
– Ni bien ni mal -contestó Sten Widén-. No tengo éxitos ni fracasos. Siempre hay algún caballo que se porta bien. Me entran caballos nuevos y jóvenes y voy tirando. Pero en realidad…
Dejó de hablar sin acabar la frase.
Alargó el brazo y abrió un cajón del escritorio, sacó una botella de whisky medio llena.
– ¿Quieres? -preguntó.
Kurt Wallander negó con la cabeza.
– No sería bueno que a un policía lo detuvieran por conducir borracho -contestó-. Aunque ocurre de vez en cuando.
– Salud, de todos modos -dijo Sten Widén y bebió directamente de la botella.
Sacó un cigarrillo de un paquete arrugado y buscó un encendedor entre los papeles y los programas de las carreras.
– ¿Cómo está Mona? -preguntó-. ¿Y Linda? ¿Y tu viejo? ¿Y cómo se llamaba tu hermana? ¿Kerstin?
– Kristina.
– Eso es. Kristina. Siempre he tenido mala memoria, ya lo sabes.
– Las partituras nunca las olvidabas.
– Ah, ¿no?
Bebió otro sorbo de la botella y Wallander notó que algo lo mortificaba. Tal vez no debiera haber ido a verlo. Tal vez no quería que le recordasen lo que una vez hubo en su vida.
– Mona y yo nos hemos separado -dijo-. Y Linda se ha independizado. Mi padre es como es. Sigue pintando su cuadro. Pero creo que empieza a estar senil. No sé lo que haré con él.
– ¿Sabías que me casé? -preguntó Sten Widén.
Wallander tuvo la sensación de que Sten no había oído nada de lo que le había dicho.
– No lo sabía.
– Me hice cargo de esta jodida cuadra. Cuando el viejo por fin comprendió que era demasiado viejo para cuidar de los caballos, empezó a beber en serio. Antes había controlado más o menos lo que se metía. Vi que no podía con él y sus amiguetes de juerga. Me casé con una de las chicas que trabajaban aquí. La razón principal seguramente fue que tenía buena mano con el viejo. Le trataba como a un viejo caballo. No se metía en sus costumbres, pero ponía límites. Agarraba la manguera y le limpiaba cuando estaba demasiado sucio. Pero al morir el viejo era como si ella hubiera empezado a oler como él. Así que me divorcié.
Volvió a beber de la botella y Kurt Wallander notó que estaba emborrachándose.
– Cada día pienso en vender este lugar -dijo-. Lo que me pertenece es la casa. Seguramente me darían un millón de coronas por todo. Después de pagar las deudas me que darían tal vez; unas cuatrocientas mil coronas. Entonces me compraría una caravana y me marcharía.
– ¿Adónde?
– Ése es el problema. No lo sé. No hay ningún sitio al que quiera ir.
A Kurt Wallander le produjo malestar lo que oía. Aunque por fuera era el mismo que hacía diez años, su interior parecía haber experimentado grandes cambios. Era una voz fantasma la que le hablaba, rota y desesperada. Diez años antes Sten Widén era un hombre satisfecho y alegre, el primero en invitar a una fiesta. Pero toda su alegría de vivir parecía haber desaparecido.
La chica que había preguntado si Kurt Wallander era policía pasó por delante de la ventana montada en un caballo.
– ¿Quién es? -preguntó Kurt Wallander-. Se ha dado cuenta de que soy policía.
– Se llama Louise -contestó Sten Widén-. Seguramente puede oler que eres policía. Ha entrado y salido de diferentes correccionales desde que tenía doce años. Yo soy su supervisor. Tiene buena mano con los caballos. Pero odia a los policías. Dice que un poli la violó una vez.
Bebió otro sorbo de la botella e hizo un gesto hacia la cama deshecha.
– A veces se acuesta conmigo -dijo-. Por lo menos así es como lo veo. Que es ella la que se acuesta conmigo y no al revés. ¿Será un delito?
– ¿Por qué iba a serlo? ¿No será menor de edad?
– Tiene diecinueve años. Pero los supervisores tal vez no tengan permiso para acostarse con los supervisados.
A Kurt Wallander le parecía intuir que Sten Widén empezaba a ponerse agresivo.
De repente se arrepentía de haber ido.
Aunque tuviera una razón técnica a causa de la investigación para visitarle, en aquel momento se preguntaba si no era una excusa. ¿Había ido a ver a Sten Widén para hablar de Mona? ¿En busca de consuelo?
Ya no lo sabía.
– He venido para hablar contigo sobre caballos -dijo-. ¿No has leído en los periódicos que hubo un doble asesinato en Lenarp la otra noche?
– No leo los periódicos -contestó Sten Widén-. Leo programas de carreras y listas de participantes. Eso es todo. Lo que ocurre en el mundo no me importa.
– Mataron a un par de viejos -continuó Kurt Wallander-. Y tenían un caballo.
– ¿También lo mataron?
– No. Pero creo que los asesinos le dieron heno antes de marcharse. Y eso es lo que te quería comentar. El tiempo que necesita un caballo para tragarse una brazada de heno.
Sten Widén vació la botella y encendió otro cigarro.
– Estarás bromeando, ¿no? -preguntó-. ¿Has venido hasta aquí para preguntarme cuánto tarda un caballo en comerse una brazada de heno?
– En realidad había pensado pedirte que fueras a ver al caballo -dijo Kurt Wallander tras decidirse deprisa.
Notó que se estaba enfadando.
– No tengo tiempo -respondió Sten Widén-. El herrero viene hoy. Tengo dieciséis caballos que necesitan una inyección de vitaminas.
– ¿Mañana?
Sten Widén lo miró con ojos brillantes.
– ¿Hay remuneración? -preguntó.
– Se te pagará.
Sten Widén escribió su número de teléfono en un papel sucio.
– Quizás -dijo-. Llámame mañana por la mañana.
Cuando salieron al patio, Kurt Wallander notó que el viento había arreciado.
La chica se acercaba montando a caballo.
– Bonito caballo -comentó.
– Masquerade Queen -explicó Sten Widén-. No ganará una carrera en toda su vida. Es de la viuda rica de un constructor de Trelleborg. De hecho he sido honrado y le he aconsejado vender el caballo a alguna escuela de equitación. Pero ella cree que ganará. Y a mí me da el dinero para entrenarlo. Pero no ganará una mierda.
Se separaron junto al coche.
– ¿Sabes cómo se murió mi viejo? -preguntó Sten Widén de repente.
– No.
– Fue tambaleándose hasta las ruinas del castillo una noche de otoño. Solía sentarse allí arriba a beber. Después tropezó, cayó en el foso y se ahogó. Hay tantas algas allí que no se puede ver nada. Pero su gorra salió a flote. En la visera ponía VIVA LA VIDA. Era propaganda de una agencia que vendía viajes de sexo a Bangkok.