Zapatos italianos
- Автор: Манкелль Хеннинг
- Язык: испанский
- Жанр: Полицейские детективы
Электронная книга - «Zapatos italianos». Краткое содержание книги:
Llamé a la policía. Me llevó un rato hacerles entender dónde me encontraba.
Salimos a la escalinata con la intención de esperar fuera. Ambos nos sentíamos sobrecogidos. No decíamos nada, pero noté que intentábamos permanecer cerca el uno del otro. Al cabo de un rato, vimos los faros cortando el bosque y un coche de policía se detuvo ante la casa. Los policías que salieron del coche eran muy jóvenes. Uno de ellos, una mujer con el cabello largo y rubio recogido en una cola de caballo bajo la gorra del uniforme, no aparentaba más de veinte años, quizá veintiuno. Se llamaban Anna y Evert. Entraron en la cocina. Harriet se quedó en la escalera mientras yo los acompañaba.
– ¿Qué será del perro?
– Nos lo llevaremos.
– ¿Qué ocurrirá después?
– Tendremos que dejarlo en un calabozo hasta que encontremos a algún familiar que lo reclame. De lo contrario, irá a parar a la perrera. En el peor de los casos, lo matarán.
Los receptores que llevaban en los cinturones emitían un carraspeo incesante. La joven anotó mi nombre y mi número de teléfono.
Nos dijo que no tendríamos que esperar mucho tiempo. Me acuclillé ante la cesta para acariciar al spaniel. ¿Cómo se llamaría? ¿Qué sería de ella ahora?
Avanzábamos a través del creciente ocaso. A la luz de los faros veía indicadores con nombres de lugares de los que jamás había oído hablar.
Conducir a través de un paisaje nevado es como haber traspasado la barrera del sonido. Todo es silencio, tanto a tu alrededor como en tu interior. El verano o la primavera rebosan de sonidos. Nunca hay silencio. Pero el invierno es mudo.
Llegamos a un cruce. Me detuve y divisé una señal en la que se anunciaba que, después de recorrer nueve kilómetros, llegaríamos a la hospedería de Rävhyttan. No tenía ni idea de qué tipo de lugar sería, pero Harriet y yo teníamos que encontrar algún sitio donde pasar la noche.
La hospedería resultó ser un edificio parecido a una casa señorial con dos alas que se erguía sobre una gran zona ajardinada. Había muchos coches aparcados ante la fachada principal.
Dejé a Harriet en el coche y entré en el bien iluminado vestíbulo, donde un hombre de edad avanzada y actitud ausente tocaba un viejo piano. Al oírme llegar se levantó. Le pregunté si tenían habitaciones libres para una noche.
– Está casi completo. Tenemos un gran grupo que celebra el regreso de un familiar estadounidense.
– ¿No disponéis de ninguna habitación libre?
El hombre escrutó el libro de reservas.
– Nos queda una.
– Necesito dos.
– Bueno, tenemos una habitación doble con vistas al lago. En la primera planta, muy silenciosa. Estaba reservada, pero uno de los miembros del grupo se puso enfermo. Ésa es la que nos queda.
– ¿Tiene dos camas? ¿Con una mesilla en medio?
– Hay una cama doble, comodísima. Nadie se ha quejado nunca de que resulte difícil dormir en ella. Uno de los príncipes más ancianos del país, ya fallecido, durmió en ella en numerosas ocasiones, y jamás se quejó. Pese a que soy monárquico, he de admitir que nuestros huéspedes de la realeza a veces pueden ser extremadamente exigentes. Tanto la generación de más edad como la más joven.
– ¿Puede dividirse la cama?
– No, salvo con una sierra.
Salí y le expliqué a Harriet la situación. Una habitación y una cama doble. Podíamos seguir nuestro camino y buscar en otro lugar.
– ¿Hay comida? -preguntó Harriet-. Yo puedo dormir en cualquier sitio.
Volví, pues, a la hospedería. La melodía que el hombre intentaba interpretar al piano me resultaba familiar. Me sonaba a alguna canción que había sido muy popular en mi juventud. Harriet seguro que sabía cuál era.
Pregunté si servían cenas.
– Tenemos una degustación de vinos que les recomiendo.
– ¿Eso es todo?
– ¿No es suficiente?
La respuesta dejó traslucir su displicencia.
– Nos quedamos con la habitación -le dije-. Nos quedamos con la habitación y nos encantará disfrutar de la degustación.
Volví a salir y le ayudé a Harriet a salir del asiento. Noté que aún sufría dolores. Caminamos despacio por la nieve, subimos por la rampa para las sillas de ruedas y entramos en el cálido ambiente. El hombre estaba otra vez sentado al piano.
– Non ho l'età -dijo Harriet-. Nosotros la bailábamos. ¿Recuerdas quién la cantaba? Gigliola Cinquetti. Ganó el festival de Eurovisión en 1963 o 1964.
Lo recordaba. Al menos, me empeñé en que así era. Después de todos aquellos años de soledad en la isla de mis abuelos, ya no confiaba en mi memoria.
– Bajaré a formalizar el registro más tarde -le dije-. Primero, vamos a la habitación.
El hombre tomó una llave y nos condujo por un largo pasillo que desembocaba en una única puerta con el número incrustado en la oscura madera. Ocuparíamos la habitación número tres. Abrió con la llave y encendió la luz. Era amplia y muy hermosa. Pero la cama doble era más pequeña de lo que yo había imaginado.
– La cocina cierra dentro de una hora.
El hombre se marchó y Harriet se dejó caer pesadamente y se sentó en el borde de la cama. De pronto, la situación se me antojó irreal. ¿En qué me había metido? ¿Iba a compartir la cama con Harriet después de tanto tiempo? ¿Por qué lo consentía ella?
– Seguro que hay algún sofá en el que yo pueda dormir -le dije.
– A mí me da igual -aseguró Harriet-. Nunca me has dado miedo. Y yo, ¿te doy miedo a ti? ¿Temes que te aseste un hachazo mientras duermes? Necesito estar a solas un momento. Me gustaría comer dentro de media hora. Y no te preocupes. Pagaré mi parte.
Fui a la recepción, donde el hombre seguía al piano, y formalicé el registro. Desde la parte del comedor que estaba separada por una puerta corredera se oía el murmullo del grupo que le daba la bienvenida a su pariente americano. Entré en una de las salas y me senté a esperar. Había sido un día muy largo. Me sentía inquieto. Los días siempre transcurrían lentos en la isla. Ahora me sentía como atacado por unas fuerzas de las que no me veía capaz de defenderme.
Por la puerta entreabierta vi que Harriet se acercaba por el pasillo apoyada en su andador. Era como si viniese remando a bordo de una extraña embarcación. Avanzaba con paso vacilante. ¿Habría vuelto a beber? Entramos en el comedor. La mayoría de las mesas estaban vacías. Una solícita camarera de piernas hinchadas y doloridas nos asignó una mesa en un rincón. Tal y como mi padre me había enseñado, comprobé si los zapatos que llevaba la camarera eran buenos y adecuados. Y lo eran, pero estaban sucios. A diferencia de lo que había sucedido la vez anterior que nos detuvimos a comer, en esta ocasión Harriet sí tenía hambre. Yo, en cambio, no. Pero bebí ansioso los vinos que nos iba ofreciendo un joven escuálido con el rostro sembrado de acné. Harriet le hizo algunas preguntas, pero yo me limité a apurar lo que me servían. Eran vinos australianos y algunos de Sudáfrica. Pero ¿qué importancia tenía eso? En aquel momento, lo único que me interesaba era el vértigo.
Brindamos y noté que Harriet se emborrachaba enseguida. No era sólo yo quien bebía demasiado. ¿Cuándo fue la última vez que me emborraché hasta el punto de no poder controlar mis movimientos? En contadas ocasiones, cuando la melancolía se adueñaba de mí en la isla, me sentaba a beber en la cocina. Siempre acababa echando a la calle al perro y al gato y durmiéndome vestido en la cama sin deshacer. Durante los seis meses de invierno apenas me sucedía. Eran más bien las claras tardes de primavera o de principios de otoño; entonces la angustia hacía su aparición y yo sacaba algunas de las botellas que siempre tenía a mano. A través de Jansson, podía hacer pedidos al Systemet, [1] pero a mí no se me había pasado por la cabeza permitirle que conociese mis hábitos de bebida. Yo compraba mis botellas personalmente.
[1] Systemet, o Systembolaget, únicos comercios con autorización estatal para la venta de bebidas alcohólicas en Suecia. (N. de la T.) PAGE *Arabic 11