Cuenta hasta diez
- Автор: Роуз Карен
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuenta hasta diez». Краткое содержание книги:
Reed Solliday tiene más de quince años de experiencia en el cuerpo de bomberos de Chicago, luchando contra los incendios y, sobre todo, investigando su origen. Pero nunca había presenciado nada parecido al reciente estallido de fuegos provocados por alguien frío, meticuloso y cada vez más violento. Cuando en la última casa incendiada aparece el cadáver de una mujer asesinada, Reed se ve obligado a colaborar con la policía. Y la detective de homicidios Mia Mitchell es una mujer impetuosa, más acostumbrada a dar órdenes que a recibirlas, y se niega a aceptar que los motivos habituales puedan ser la causa de un odio tan calculado. Algo más se esconde detrás de todo ello…
Una intriga absorbente por una de las autoras con mayor éxito de ventas en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania.
– ¿Qué pasa?
– Soy la detective Mitchell y mi compañero es el teniente Solliday. ¿Podemos pasar?
Sin pronunciar palabra, la señora Burnette los condujo a la sala y tomó asiento en el sofá. El marido permaneció tras ella, con las manos apoyadas en sus hombros.
Mia se sentó en el borde de una silla.
– Hemos venido por Caitlin.
Ellen Burnette dio un respingo, como si la hubiesen abofeteado.
– ¡Ay, Dios mío!
Roger Burnette apretó los puños.
– ¿Ha tenido un accidente?
– ¿Cuándo hablaron con ella por última vez? -preguntó Mia con gran delicadeza.
Roger Burnette miró a Mia con furia y su nuez subió y bajó violentamente. Conocía la rutina y eludirla era lo peor.
– El viernes por la noche.
– Discutimos -reconoció la señora Burnette-. Caitlin se fue a la residencia de su hermandad estudiantil y nosotros nos marchamos a casa de mi madre para pasar el fin de semana. Ayer intenté ponerme en contacto con ella, pero no estaba.
Mia tensó la columna vertebral y añadió:
– Tenemos un cuerpo sin identificar y creemos que corresponde a Caitlin.
La señora Burnette hundió los hombros y se tapó la cara con las manos.
– No puede ser.
Roger Burnette manoteó el aire y finalmente se agarró al sofá.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó.
– El teniente Solliday está adscrito a la oficina de investigaciones de incendios. Durante el fin de semana la casa de Joe y Donna Dougherty ardió hasta los cimientos. Tenemos motivos para pensar que Caitlin estaba en el interior.
La señora Burnette se puso a llorar y murmuró:
– Roger…
Aturdido, el hombre tomó asiento junto a su esposa.
– Solo tenía que recoger el correo y dar de comer al gato. ¿Por qué no abandonó la casa?
Mia miró a Solliday. Aunque su expresión era impasible, su mirada estaba cargada de dolor. Además, permaneció en silencio y la dejó llevar la voz cantante.
– Señor, no murió a causa del incendio -explicó la detective y reparó en que la señora Burnette alzaba bruscamente la cabeza-. Le dispararon. Suponemos que su muerte es un homicidio.
La señora Burnette se cobijó en los brazos de su marido.
– No puede ser.
La mirada de Roger Burnette no se apartó de Mia mientras mecía a su esposa y preguntó:
– ¿Hay alguna pista?
Mia negó con la cabeza.
– Todavía no. Sé que no es el momento más adecuado, pero tengo que hacerles varias preguntas. Ha dicho que Caitlin vivía en la residencia de la hermandad estudiantil. ¿En cuál?
– En TriEpsilon -respondió el señor Burnette-. Son buenas chicas.
Eso todavía estaba por verse.
– ¿Puede darnos los nombres de sus amigas?
– Su compañera de habitación se llama Judy Walters -respondió el padre con los dientes apretados.
– ¿Tenía novio?
– Lo tenía, pero rompieron. Su nombre es Joel Rebinowitz -repuso el señor Burnette con la mandíbula rígida.
Mia lo apuntó en la libreta.
– Señor, ¿el chico le caía mal?
– Hacía mucho el tonto y se corría demasiadas juergas. Caitlin tenía futuro.
Mia inclinó la cabeza.
– ¿A qué se debió la discusión del viernes?
– A sus notas -replicó el señor Burnette con tono seco-. Estaba a punto de suspender dos asignaturas.
Solliday carraspeó e intervino:
– ¿Qué asignaturas?
El señor Burnette se mostró muy desconcertado.
– Me parece que una es estadística. Caray, no lo sé.
Mia se irguió.
– Lo lamento, pero tengo que preguntarlo. ¿Su hija tenía algún problema con las drogas o el alcohol?
Roger Burnette entornó los ojos.
– Caitlin no tomaba drogas ni bebía alcohol.
Era exactamente la respuesta que la detective esperaba.
– Muchas gracias. -Mitchell se puso de pie y Solliday hizo lo propio. Mia había reservado lo peor para el final-. Aún no hemos identificado el cadáver.
El señor Burnette levantó el mentón y se ofreció:
– Iré yo.
La detective miró a Solliday, cuyo rostro continuaba estoicamente inexpresivo, aunque sus ojos se llenaron de compasión. Mia suspiró casi en silencio.
– Señor, no es necesario. Utilizaremos su historia dental.
La señora Burnette se incorporó bruscamente. Echó a correr al cuarto de baño y Mia dio un respingo al oírla vomitar. El señor Burnette se puso de pie sin tenerlas todas consigo y su cara adquirió un tono gris letal.
– Le daré los datos de nuestro dentista -afirmó y se dirigió a la cocina.
Mia lo siguió.
– Sargento, veo que cojea.
Roger Burnette dejó de mirar el pequeño listín negro y adoptó expresión de pesar.
– Sufrí un tirón.
– ¿Mientras trabajaba? -preguntó Solliday en un tono bajo y se detuvo detrás de la detective.
– Sí, perseguía a… -Dejó de hablar-. ¡Ay, Dios mío! Es por mi culpa. -Se apoyó en un taburete, junto a la encimera-. Alguien intenta vengarse de mí.
– Sargento, no lo sabemos -reconoció Mia-. Como sabe, tenemos que plantear las preguntas imprescindibles. Necesito los nombres de cuantos les hayan amenazado, tanto a su familia como a usted.
La risa de Roger Burnette sonó ronca.
– Detective, necesitará más hojas de las que tiene su libreta. Por favor, este asunto matará a mi esposa.
Mia titubeó, tomó una decisión y apoyó una mano en el brazo del sargento.
– Pudo ser azaroso. La investigación continúa. Si me dice el nombre del dentista le haremos una visita.
– Es el doctor Bloom. Vive en este barrio. -Burnette miró a Mia y apostilló con tono bajo-: Dígame, ¿la han… la han…?
Mia volvió a dudar antes de responder:
– Lo desconocemos.
El sargento desvió la mirada y espetó:
– Lo comprendo.
Mitchell se inclinó y volvió a llamar su atención.
– Sargento, lo que estoy diciendo es que realmente no lo sabemos. No se me ocurriría mentirle.
– Se lo agradezco. -Mia se alejó, pero el señor Burnette la sujetó del brazo y estuvo a punto de retorcerse de dolor. Aguantó y se emocionó al ver que al sargento se le llenaban los ojos de lágrimas-. Atrape al cabrón que le hizo esa barbaridad a mi niña -murmuró y la soltó.
Mia se irguió y el hombro le ardió.
– Le aseguro que lo atraparemos. -Dejó una tarjeta sobre la encimera-. Si me necesita, en el reverso figura mi número de móvil. Le agradeceré que no les comunique lo ocurrido a los amigos de Caitlin.
– Detective, conozco el protocolo -dijo Roger Burnette con los dientes apretados-. Entréguenosla lo antes posible… lo antes posible para que podamos enterrarla. -Se le quebró la voz.
– Haré cuanto esté en mi mano. Conocemos la salida… -Mia esperó a sentarse en el todoterreno de Solliday antes de soltar un bufido de dolor-. ¡Maldita sea, sí que me ha hecho daño!
– En la guantera hay analgésicos -ofreció Solliday.
Mia movió el brazo y se sobresaltó por la llamarada que pareció recorrerle el hombro.
– Acepto. -Buscó el frasco y se tragó dos pastillas sin agua-. El estómago no me lo perdonará, pero mi brazo le está muy agradecido.
El teniente esbozó una sonrisa.
– No hay de qué.
– Detesto esta clase de visitas. Sus hijos nunca la lían ni tienen problemas.
– Yo diría que si son policías es aún peor -opinó Solliday.
– Es verdad.
Mia se dio cuenta de que había pronunciado esas palabras con más fervor del que pretendía.
El teniente la miró antes de arrancar.
– ¿Lo dice por experiencia personal?
Mitchell supo que, si no se lo decía, Solliday acabaría por preguntárselo.
– Mi padre era policía.
El teniente levantó una ceja y, una vez más, se pareció al diablo.
– Ah. ¿Está jubilado?
– No, está muerto -respondió Mia-. Antes de que lo pregunte le diré que murió hace tres semanas.