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La espada de San Jorge

Электронная книга - «La espada de San Jorge». Краткое содержание книги:

Una fascinante aventura épica en el siglo XII de las grandes sagas.
Cuando aún es un niño, el intrépido Morgennes es testigo del asesinato de toda su familia. Más tarde, tras pasar unos años en el Monasterio de Troyes, donde da muestras de gran inteligencia, parte con su amigo Chretien en busca de aventuras. En Bizancio, tras superar la iniciación, será armado caballero. Y ya en Jerusalén deberá volver a probarse a sí mismo enfrentándose al mundo de la memoria y al de los muertos, a las sombras y a los recuerdos…
Una recreación histórica apasionante de los tiempos de la caballería, el honor y la devoción por la causa.
Una historia muy intensa, que no decae en ningún momento: héroes caballerescos, búsqueda de reliquias, el contexto histórico de las cruzadas y los templarios, todo ello acompañado de grandes dosis de fantasía y acción sin límite.
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– ¿Dónde estoy?

– En una habitación, en la posada. Descansa. El concurso se celebra mañana. Hay que recuperar fuerzas.

¿Fuerzas? ¿El concurso?

– Pero ¿de qué estás hablando?

– ¡No te muevas! -me dijo Morgennes, obligándome a permanecer tendido sobre el jergón-. ¡Duerme!

La cabeza me daba vueltas.

– ¡Por la lengua de Dios! ¿Qué me ocurre?

– Has recibido un duro golpe.

– ¡Ah, sí! ¡Ya lo recuerdo! ¡Mi manuscrito! ¡Cligès! ¡Seguro que ha sido Gautier de Arras quien me lo ha robado!

– ¿Y si ha sido Béroul?

Desalentado, me cogí la cabeza entre las manos.

– ¿Cómo lograré ganar?

Concentrado en mis contusiones, me frotaba el cráneo, enterrado bajo un denso entrelazado de vendajes. Por suerte, los cirujanos no le habían metido mano, ya que el preboste se había negado a hacerse cargo de sus emolumentos con el pretexto de que no habíamos sido del todo ajenos a la pelea que había estallado. Después de declarar que no intervendrían si no se les compensaba por su labor, los practici habían volado en busca de nuevas víctimas. No puede decirse que aquello me desagradara; porque eran incontables los pacientes que, bajo los cuidados de estos doctos expertos, exhalaban por la noche el último suspiro, cuando al alba solo se habían levantado con el estómago un poco revuelto.

– ¡Todo ha acabado!

– Ni hablar -dijo Morgennes-. Yo sigo aquí…

Y se dio un golpecito en la frente con el dedo.

– ¿Conoces mi obra?

– ¡Cligès está aquí! Y aquí también -me dijo, llevándose la mano al corazón-. ¡Entero!

– ¿Así que serás tú quien compita?

– Si no tienes inconveniente…

– ¡Desde luego que no! ¡Poco me importa ser yo el ganador, siempre que Cligès se lleve el premio y Béroul y Gautier pierdan!

Entonces me vino un recuerdo a la memoria: Morgennes manejando un espetón sin que le preocupara quemarse con el hierro.

– Tu mano -dije-. ¡Déjame ver!

Cogí su mano en la mía, y la volví de un lado y de otro. ¡Nada! ¡Ni la menor señal!

– ¡Increíble! -exclamé.

– ¿Qué es increíble? -preguntó Morgennes.

– ¡Tu mano no se ha quemado! ¡No tienes ni una ampolla! ¡Apenas un rastro de hollín!

Volví la mano de Morgennes en todos los sentidos, como si se tratara de una parte independiente de su cuerpo que podía manipular sin preocuparme del resto al que estaba unida.

– ¡Eh! -dijo Morgennes-. ¡Cuidado!

– Pero ¿cómo es posible…?

Morgennes se rascó la barbilla, reflexionó un instante, y luego me dijo:

– Tal vez san Marcelo…

– ¿San Marcelo? ¿El draconocte?

– El mismo. El matador de dragones… San Marcelo no solo es célebre por haber hecho huir a un dragón golpeándolo con su báculo, sino también por haber…

Hizo una pausa.

– Sigue. ¿Por qué más?

– Este santo era el preferido de mi padre. A menudo me hablaba de él; me contó que, un día, un herrero lo desafió a indicar el peso exacto de una barra de hierro al rojo…

– ¿Y bien?

– ¡San Marcelo lo hizo!

– ¿Quieres decir que esperó a que el hierro se enfriara y que indicó su peso?

– No. Quiero decir que cogió con la mano desnuda la barra de hierro que el herrero le tendía y que al instante le dijo el peso. ¡Sin quemarse! Ahí inició su camino hacia la canonización…

– Es curioso -dije sacudiendo la cabeza-. ¿Tu padre te habló de san Marcelo, pero no de Cristo?

– Sí, lo sé, es extraño. Pero es así. San Marcelo era alguien realmente importante para él…

– En todo caso, si he entendido bien, ¡aquello fue un milagro! Quién sabe, tal vez también tú logres hacer huir a un dragón, gritándole como san Marcelo: «¡Permanece en el desierto o escóndete en el agua!».

– Tal vez -dijo Morgennes sonriendo.

– San Morgennes. ¡Suena bien!

De pronto, un violento espasmo en el estómago me hizo vomitar el poco líquido que había tragado, manchando mi jergón de bilis y de cerveza a medio digerir.

– Voy a buscar con qué limpiarlo -dijo Morgennes.

Vomité una segunda vez; sentía que me moría.

– No… no entiendo…

– ¿Es la cabeza? ¿Te duele?

– No sé…

Morgennes me miró, con expresión afligida.

– Ya estoy mejor -le dije.

Era mentira. Evidentemente. Pero no quería preocuparle. Por eso dejé que creyera que solo eran las consecuencias de la pelea del día anterior, cuando sabía que aquello se remontaba a mucho antes.

Desde hacía varias semanas me dolía mucho el vientre.

¿Por qué? No lo sabía. Pero decidí no pensar más en ello, y preferí concentrarme en la fiesta del Puy y en el número de juglar que había tardado meses en preparar. Ese, al menos, no me lo habían robado.

9

Los malvados judíos, en su odio (deberían darles

muerte como a perros), hicieron su desgracia y

nuestro bien cuando lo pusieron en la cruz.

Chrétien de Troyes,

Perceval o El cuento del Grial

– El Puy nunca más se celebrará aquí -anunció Grosseteste.

Un rumor de indignación recorrió la multitud, que no comprendía por qué el obispo decía aquello. Desde siempre, el concurso se había celebrado en el interior de la abadía de San Vaast. ¿Por qué había que cambiar ahora?

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