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Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]

Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:

Miles Vorkosigan, el entrañable personaje que se dio a conocer en El aprendiz de guerrero, emprende gracias a la habilidad de la exitosa escritora de Lois McNaster Bujold nuevas aventuras. En esta ocasión se abordan asuntos de gran interés: los prejuicios sociales y sus consecuencias, una posible reflexión antirracista nacida en torno a la manipulación genética y una amena exploración de temas cuya conjunción resulta particularmente curiosa: religión, supervivencia y estrategia militar.

Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito

Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
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Miles tamborileó los dedos sobre el brazo de su sillón y frunció el ceño en un silencio que ni Pym ni Dea se atrevieron a romper.

—Esta gente de las colinas es muy ignorante, señor —ofreció Pym como consuelo después de un minuto.

—Esta gente de las colinas es mi gente, Pym. Su ignorancia es… una vergüenza para mi casa. —Miles calló pensativo y amargado. ¿Cómo era que todo ese lío se había convertido en algo suyo? Él no lo había creado. Históricamente, sólo había nacido allí, eso era todo—. La persistencia de su ignorancia, por lo menos —corrigió para ser justo. Pero todavía le pesaba como una montaña sobre los hombros ¿El mensaje es de verdad tan complejo ¿Tan difícil? «No matéis más a los niños.» No es como si les pidiéramos que aprendieran la matemática de navegación del espacio 5 —el horror del último semestre de Miles en la Academia.

—No es fácil para ellos —contestó Dea y se encogió de hombros— Es fácil para las autoridades centrales hacer las reglas, pero esta gente tiene que vivir las consecuencias minuto a minuto. Tienen tan poco… y las nuevas reglas los obligan a entregar su margen a otros marginales que no pueden pagarles lo que deben. Las viejas costumbres eran sabias, en los tiempos antiguos. Incluso ahora deberíamos preguntarnos cuántas reformas prematuras podemos permitirnos en este intento de copiar a las galaxias.

¿Y cuál es su definición de un marginal, Dea?

—Pero el margen está creciendo —respondió Miles en voz alta—. Los lugares como éste ya no sufren hambrunas todos los inviernos. No están aislados cuando viene un desastre natural y reciben ayuda de un distrito u otro bajo el sello imperial… todos estamos más conectados, y la comunicación aumenta con tanta rapidez como podemos. Además —Miles hizo una pausa y agregó, con algo de debilidad—, tal vez usted mismo los está subestimando.

Dea alzó las cejas en un gesto de profunda ironía. Pym caminaba de un lado a otro de la galería, pasando su detector sobre todo lo que veía, mientras volvía a revisar los arbustos que les rodeaban. Miles, que se volvió sobre la silla para buscar su taza de té ya casi frío descubrió un leve movimiento, un brillo de ojos, detrás del vidrio abierto de la ventana de enfrente que dejaba entrar el aire del verano… La señora Karal, de pie, helada, escuchando. ¿Desde hacía cuánto tiempo? Desde que había llamado a Zed, supuso Miles, e hizo un gesto para llamarle la atención. Cuando sus ojos se encontraron con los de Miles, ella levantó el mentón, respiró hondo y sacudió la tela que tenía entre las manos con un ruido brusco. Intercambiaron un asentimiento de cabeza. Ella volvió a su trabajo antes de que Dea, que estaba mirando lo que hacía Pym, se diera cuenta de nada.

Karal y Alex volvieron sobre la hora de cenar, lo cual era comprensible.

—Tengo a seis hombres en la búsqueda —informó Karal con cautela en la galería, que se estaba convirtiendo en el cuartel general oficial. Era obvio que el portavoz había caminado mucho desde la media tarde. Tenía la cara empapada de sudor, endurecida por las tensiones emocionales reprimidas y el esfuerzo fisico—. Pero creo que Lem se fue a la maleza. Y nos puede llevar días sacarlo de ahí. Hay cientos de lugares para esconderse.

Karal conocía el lugar, eso era seguro.

—¿No cree que se puede haber ido con algún pariente? —preguntó Miles— Si piensa esconderse durante mucho tiempo, seguramente tiene que conseguir un lugar donde aprovisionarse y recibir información. Si aparece, ¿cree que lo entregarán?

—Es difícil decirlo. —Karal levantó la palma hacia arriba. Es… un problema difícil para ellos, señor.

—Mmm.

¿Cuánto tiempo podría esconderse Lem Csurik entre la maleza? Toda su vida —su vida que se estaba cayendo a pedazos estaba allí, en el valle Silvy. Miles pensó en el contraste. Hacía unas pocas semanas, Csurik era un joven con todo a su favor, una casa, una esposa, un bebé a punto de nacer, felicidad; desde el punto de vista del nivel de vida estándar del valle Silvy, comodidad y seguridad. Su cabaña —y Miles lo había notado—, aunque sencilla, estaba cuidada con amor y energía y eso la redimía de la suciedad potencial de la pobreza. Seguro que era más deprimente en invierno. Ahora, en cambio, Csurik era un fugitivo perseguido por la justicia, y lo poco que había logrado se le había desvanecido entre los dedos en un abrir y cerrar de ojos. Nada lo retenía: ¿se decidiría a huir y abandonarlo todo? No tenía adónde ir. ¿Se quedaría cerca de las ruinas de su vida?

La fuerza policial que podía conseguir Miles en unas pocas horas, en Hassadar, era algo que le molestaba… ¿No había llegado el momento de llamarlos, antes de que todo eso se convirtiera en un problema todavía más grave? Pero… si el conde pensaba resolver todo eso con una demostración de fuerza, ¿por qué no le había dejado ir en el coche aéreo desde el principio? Miles lamentaba la cabalgata de dos días y medio: eso había reducido la fuerza de la inercia inicial, lo había hecho llegar despacio a Silvy y lo había enredado con tiempo y más tiempo para pensar y dudar. ¿El conde había previsto todo eso? ¿Qué sabía él que Miles no supiera? ¿Qué podía saber? Mierda, no hacia falta hacer más difícil la prueba bloqueando artificialmente el camino para hacerlo tropezar, ya era lo bastante difícil sin eso. Quiere que sea inteligente, pensó Miles con tristeza. Peor todavía, quiere que los demás vean que soy inteligente, que todos los de aquí lo vean. Rogó para no quedar como un perfecto estúpido.

—Muy bien, portavoz Karal. Ha hecho todo lo que podía por hoy. Descanse esta noche. Que sus hombres descansen también. No creo que pueda encontrar nada en la oscuridad.

Pym alzó el detector, listo para ofrecerlo como instrumento nocturno, pero Miles lo rechazó con un gesto. Pym enarcó las cejas a modo de reproche. Miles negó con la cabeza, levemente.

Karal no necesitaba que le insistieran. Envió a Alex para que cancelara la búsqueda nocturna con linternas. Seguía desconfiando de Miles. ¿Tal vez tanto como Miles de él? Miles esperaba que así fuera.

Nunca recordó en qué momento la larga tarde de verano se convirtió en una fiesta. Después de la cena, empezaron a llegar los hombres, los amigos de Karal. Los mayores del valle Silvy. Algunos parecían ser de los que venían siempre a compartir las noticias de la noche que emitía el Gobierno por la radio y que Karal escuchaba en su aparato. Demasiados nombres y Miles no se atrevía a olvidarse de ninguno. Llegó un grupo de músicos aficionados con sus instrumentos caseros, y llegó casi sin aliento, era la banda para los casamientos y funerales importantes del valle: a Miles, le resultaba cada vez más parecido a un funeral a medida que pasaban las horas.

Los músicos estaban tocando de pie, en el centro del patio. La galería —cuartel general— de Miles se convirtió en un palco de aristócrata. Era difícil dejarse llevar por la música cuando el público se dedicaba con tanta fruición a mirarlo a él. Algunas canciones eran serias, algunas… con cierta cautela al principio, cómicas. La espontaneidad de Miles se veía coartada muchas veces a la mitad de una carcajada por el suspiro de alivio de los que lo rodeaban y la tensión que sobrevenía en su rostro los congelaba a ellos a su vez, y todos se sentían incómodos, como dos personas que se cruzan en un corredor y no encuentran la forma de esquivarse desde el principio.

Pero hubo una canción tan fascinante, tan llena de belleza, un lamento por el amor perdido, que Miles se emocionó. Elena. … En ese momento, el viejo dolor se transformó en melancolía, una melancolía dulce y distante; una especie de curación sin que él se hubiera dado cuenta. Estuvo a punto de hacer que los músicos se detuvieran allí, en el momento en que habían llegado a la perfección, pero tuvo miedo de que pensaran que el espectáculo no le había gustado. Se quedó quieto y absorto durante un tiempo, casi sin escuchar la canción siguiente, tranquilo en la luz del crepúsculo que se hacía cada vez más tenue.

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