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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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—No te acerques.

El Morlock adelantó un paso, acercándose al cono de luz; a pesar de sus gafas, se acobardó un poco ante la iluminación. Pude ver que pertenecía a esa raza de Morlocks de aspecto más avanzado, uno de los cuales me había dejado inconsciente; parecía desnudo, pero el pelo pálido que le cubría la espalda y la cabeza había sido cortado y modelado —deliberadamente— en un estilo muy austero, cuadrado en el pecho y los hombros, lo que le daba aspecto de uniforme. Tenía una cara pequeña sin mentón, como la de un niño feo.

Me volvió un recuerdo tenue de la dulce sensación de los cráneos de los Morlocks partiéndose bajo mi maza. Consideré arrojarme sobre el sujeto y tirarle al suelo. ¿Pero qué ganaría? Habría muchos otros, sin duda, en la oscuridad. No tenía armas, ni siquiera el atizador, y recordé que el primo de mi visitante había usado un arma extraña contra mí, dejándome inconsciente sin ningún esfuerzo.

Decidí esperar mi oportunidad.

Y por otra parte —¡esto puede parecer extraño!— la furia se desvanecía y se transformaba en una sensación inexplicable de humor. Ese Morlock, a pesar del aspecto desagradable de su piel, parecía cómico: imaginen a un orangután, con el pelo recortado y teñido de un color claro amarillo blancuzco, obligado a permanecer de pie y a llevar unas estrafalarias gafas, y tendrán algo parecido a él.

Tik. Pau —repitió.

Me acerqué a él.

—¿Qué me dices, bestia?

Se estremeció —supongo que reaccionó a mi tono y no a mis palabras— y luego señaló las tabletas de comida que llevaba en la mano.

Tik —dijo—. Pau.

Comprendí.

—Por el amor del cielo —dije—. Intentas hablar conmigo, ¿no? —Levanté las tabletas una a una—, Tik. Pau. Uno. Dos. ¿Entiendes? Uno. Dos…

El Morlock echó la cabeza a un lado —los perros también lo hacen a veces— y luego, casi tan bien como yo, dijo:

Uno. Dos.

—¡Eso es! Y hay más: uno, dos, tres, cuatro…

El Morlock entró en el círculo de luz, aunque se mantuvo a distancia. Señaló el tazón de agua.

Wasser.

¿ Wasser? Eso parecía alemán, aunque las lenguas no son mi punto fuerte.

—Agua —contesté.

Una vez más, el Morlock escuchó en silencio con la cabeza inclinada.

Y así seguimos. El Morlock señalaba cosas comunes —ropas, partes del cuerpo como la cabeza o los brazos— y proponía una palabra. Algunos intentos me eran irreconocibles y otras parecían alemán o inglés antiguo.

Yo le respondía con la palabra moderna. Una o dos veces intenté establecer una conversación más larga —ya que no veía cómo ese simple registro de nombres iba a llevarnos muy lejos—, pero se quedaba quieto hasta que me callaba y luego continuábamos con el paciente juego de emparejamientos. Probé con él lo que recordaba de la lengua de Weena, esa lengua melódica y simplificada de frases de dos palabras; pero nuevamente el Morlock se quedó quieto hasta que me cansé.

Así estuvimos varias horas. Finalmente, sin ceremonia, el Morlock se fue; un camino hacia la oscuridad. No le seguí (¡todavía no!, me dije). Comí y dormí, y cuando desperté volvió para continuar nuestras lecciones.

Al caminar alrededor de mi prisión de luz, señalando y nombrando objetos, sus movimientos eran fluidos y graciosos, y su cuerpo parecía expresivo; pero llegué a darme cuenta de lo mucho que uno depende, en el contacto diario, de la interpretación de los movimientos del interlocutor. No podía leer al Morlock de ninguna forma. Me era imposible saber qué pensaba o sentía —¿me tenía miedo?, ¿se aburría?— y me sentí por tanto en desventaja.

AL final de nuestra segunda clase, el Morlock se echó un poco hacia atrás. Dijo:

—Con esto debería ser suficiente. ¿Me entiende?

Lo miré fijamente, ¡sorprendido por su increíble facilidad con mi lengua! Su pronunciación no era clara —parecía que la voz líquida de los Morlocks no estaba diseñada para las consonantes duras del inglés, pero sus palabras eran muy comprensibles.

AL no contestarle, repitió:

—¿Me entiende?

—S…sí. Es decir: sí, ¡le entiendo! ¿Cómo puede haber aprendido mi lengua a partir de unas pocas palabras? Porque me parece que no hemos superado las quinientas, y la mayoría eran nombres concretos y verbos simples.

—Tengo acceso a los registros de todas las lenguas antiguas de la humanidad desde el nostrático hasta el grupo indoeuropeo y sus prototipos. Un pequeño número de palabras clave es suficiente para encontrar la variante adecuada. Debe decírmelo si no entiende algo de lo que digo.

Di un paso al frente.

—¿Antiguas? ¿Y cómo sabe que soy antiguo?

Inmensos párpados se cerraron sobre los ojos cubiertos.

—Su estructura física es arcaica. Así como el contenido de su estómago cuando lo analizamos. —Se estremeció, evidentemente al recordar los restos del desayuno de Mrs. Watchets. Estaba sorprendido: ¡me las veía con un Morlock melindroso!—. Está fuera de su época. No sabemos todavía cómo ha llegado hasta aquí. Pero lo averiguaremos.

—Y mientras tanto —dije con fuerza—, me mantienen en esta… en esta prisión de luz. ¡Cómo si fuese una bestia y no un hombre! Me dan un suelo para dormir y un cubo como aseo…

El Morlock no dijo nada; me observó impasible.

La frustración y la vergüenza que había sentido desde mi llegada a aquel lugar resurgieron, ahora que podía expresarlas, y decidí que ya habíamos intercambiado demasiados saludos.

—Ahora que podemos comunicarnos, me va a decir dónde estoy. Y dónde han escondido mi máquina. ¿Lo entiende, amigo, o tengo que traducírselo? —y extendí la mano para coger las matas de pelo de su pecho.

Cuando llegué a dos pasos de él, levantó la mano. Eso fue todo. Recuerdo un extraño resplandor verde —no había visto que llevara ningún dispositivo mientras estaba cerca de mí— y cal al suelo, sin sentido.

9. REVELACIONES Y REPRIMENDAS

Volví en mí, una vez más tirado sobre el suelo, mirando aquella maldita luz.

Me apoyé en los hombros y me froté los ojos. Mi amigo Morlock todavía estaba allí, justo fuera del círculo de luz. Me puse en pie arrepentido. Me había dado cuenta de que aquellos nuevos Morlocks no iban a ser fáciles.

El Morlock entró en la luz con las gafas azules brillando. Como si nada hubiese interrumpido nuestro diálogo dijo:

—Mi nombre es —su pronunciación volvió a la estructura informe normal en los Morlocks— Nebogipfel.

Nebogipfel. Bien.

Yo le dije mi nombre. En unos pocos minutos era capaz de repetirlo con claridad y precisión.

Aquél era el primer Morlock cuyo nombre conocía. El primero que se destacaba de la masa que había encontrado y con la que había luchado; el primero en tener los atributos de una persona reconocible.

—Así que, Nebogipfel —dije. Me senté con las piernas cruzadas al lado de las bandejas y alisé con la mano la erupción de arrugas que mi última caída me había provocado en el brazo—, le han elegido como mi cuidador en este zoo.

Zoo —vaciló en la palabra—. No. No me eligieron. Me ofrecí voluntario para trabajar con usted.

—¿Trabajar conmigo?

—Yo, nosotros, queremos saber cómo llegó aquí.

—¿Quieren saberlo, por Júpiter? —Me levanté y di vueltas alrededor de la Prisión de Luz—. ¿Y si le digo que llegué aquí en una máquina que puede trasladar a un hombre a través del tiempo? —Levanté las manos— ¿Que construí esa máquina con estas manos? ¿Entonces qué, eh?

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