El nombre del mundo es Bosque [The Word for World Is Forest - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Ecumen #2
- Год: 1979
- Язык: испанский
- Год: Minotauro Argentina
- Переводчик: Matilde Horne
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El nombre del mundo es Bosque [The Word for World Is Forest - es]». Краткое содержание книги:
Miró a través de la mesa las manos blancas de dedos largos de Lepennon, la izquierda apoyada sobre la derecha, inmóviles, sobre la desnuda madera pulida. De acuerdo con las normas estéticas de Lyubov, aprendidas en la Tierra, la piel blanca era un defecto, pero la serenidad y la fuerza de aquellas manos le seducían. Para los hanianos, reflexionó la civilización era algo natural. La conocían desde hacía tanto. Vivían la vida sociointelectual con la gracia de un gato que caza en un jardín, la precisión de la golondrina que busca el verano más allá del mar. Eran expertos. Nunca tenían que posar, que fingir. Eran lo que eran. En ningún otro pueblo la envoltura humana parecía tan adecuada. ¿Excepto, quizá, los hombrecillos verdes? Los descarriados, minúsculos, supraadaptados y estancados creechis, que eran tan absolutamente, tan honestamente, tan serenamente lo que eran…
Un oficial, Benton, le preguntó a Lepennon si él y Or estaban en este planeta como observadores de la (titubeó) Liga de los Mundos, o si estaban autorizados para…
Lepennon se apresuró a responderle cortésmente: —Somos simples observadores, sin autoridad para dar órdenes, sólo para informar.
Ustedes siguen siendo responsables sólo ante el gobierno de la Tierra.
El coronel Dongh dijo con alivio: —Entonces nada ha cambiado fundamentalmente…
—Se olvida usted del ansible —le interrumpió Or —. Tan pronto como hayamos finalizado con esta discusión, le diré cómo manejarlo, coronel. Y entonces podrá consultar a la Administración Colonial.
—Visto y considerando que el problema de ustedes aquí es bastante urgente, y que la Tierra es ahora un miembro de la Liga y podría en los últimos años haber modificado de algún modo el Código Colonial, el consejo del señor Or es a la vez adecuado y oportuno.
Tendríamos que agradecer profundamente al señor Or y al señor Lepennon la decisión de ceder a esta colonia terráquea el ansible destinado a Prestno. Ellos lo decidieron; a mí sólo me toca aplaudir. Ahora bien, hay que tomar aún una decisión, Y ésta me incumbe; apelaré como guía al juicio de todos ustedes. Si creen que la colonia corre peligro inminente de nuevos y más graves ataques por parte de los nativos, puedo dejar mi nave aquí una o dos semanas como arsenal de defensa; también puedo evacuar a las mujeres.
No hay niños todavía ¿no?
—No, señor —dijo Gosse —. Cuatrocientas ochenta y una mujeres, ahora.
—Bien, tengo espacio para trescientos ochenta pasajeros y podría acomodar a otro centenar. El peso suplementario hará que el baje de regreso dure un año más, pero no es imposible. Desgraciadamente, esto es todo cuanto puedo hacer. Ahora seguiremos viaje a Prestno, el vecino más cercano, que como todos saben, está a una distancia de uno coma ocho años luz. Nos detendremos aquí en el viaje de regreso a Terra, pero eso será dentro de otros tres años Y medio terrestres. ¿Podrán resistir?
—Sí —dijo el coronel, y otras voces le hicieron eco —. Ahora estamos sobre aviso y no nos pillarán desprevenidos otra vez.
—Otra cosa —dijo el cetiano—, ¿podrá la población nativa resistir la situación otros tres años y medio terrestres?
—Sí —dijo el coronel.
—No —replicó Lyubov.
Había estado observando el rostro de Davidson, y una especie de pánico se había apoderado de él.
—¿Coronel? —dijo cortésmente Lepennon.
—Ya llevamos aquí cuatro años, y los nativos están florecientes. Sobra lugar para todos nosotros; como usted puede ver es un planeta excesivamente subpoblado, y la Administración no lo habría adaptado para fines de colonización si no fuera así. Además, aunque no sé en qué cabeza cabe, no volverán a cogernos desprevenidos; se nos había informado erróneamente acerca de la naturaleza de estos nativos, pero estamos perfectamente armados y somos capaces de defendernos, aunque no es nuestra intención tornar represalias. Eso está expresamente prohibido en el Código Colonial, aunque no sé qué otras reglamentaciones puede haber adoptado el nuevo gobierno; de todos modos nos guiaremos por las nuestras, como lo hemos hecho hasta ahora, y ellas desautorizan rotundamente las represalias en masa y el genocidio. No enviaremos mensajes pidiendo auxilio, al fin y al cabo una colonia que está a veintisiete años luz de la Tierra tiene que confiar en sus propias fuerzas y ser en realidad totalmente autosuficiente, y yo no veo que el CID vaya a cambiar la situación, ya que las naves y los hombres y los materiales viajan todavía casi a la velocidad cercana de la luz. Proseguiremos con nuestros embarques de madera con destino a la Tierra, y cuidaremos de nosotros mismos. Las mujeres no están en peligro.
—¿Señor Lyubov? —dijo Lepennon.
—Llevamos aquí cuatro años. No sé si la cultura humana nativa sobrevivirá cuatro más.
En cuanto a la ecología total del continente, creo que Gosse estará de acuerdo conmigo si digo que hemos destruido irremisiblemente los sistemas de vida nativos en una de las grandes islas, hemos causado daños inmensos en este subcontinente, Sornol, y si continuamos talando y desbrozando al ritmo actual, dentro de diez años habremos reducido a desiertos los principales territorios habitables. De esto no tiene la culpa la Administración Colonial ni el Departamento de Silvicultura; ellos no han hecho más que seguir un Plan de Desarrollo trazado en la Tierra sin un conocimiento suficiente de los sistemas de vida en este planeta, o de la población humana nativa.
—¿Señor Gosse? —dijo la voz afable.
—Bueno, Raj, estás magnificando un poco las cosas. No negaré que lo de Iba Dump, que fue excesivamente desbrozada contra mis propias recomendaciones, es un lamentable fracaso. Si en un área determinada se tala más de cierto porcentaje de bosque, las plantas fibrosas vuelven a dar semillas y las raíces de estas plantas son el elemento principal que da cohesión en un terreno desbrozado; sin ellas el suelo se vuelve polvoriento y volátil y desaparece rápidamente por la erosión de los vientos y las lluvias intensas. Pero no puedo admitir que nuestras directivas básicas sean erróneas, siempre y cuando se las siga escrupulosamente. Se sustentaban en un minucioso estudio del planeta. Aquí, en Central, ateniéndose al plan, hemos tenido éxito: la erosión es mínima y el suelo desbrozado es altamente cultivable. Talar un bosque no significa, al fin y al cabo, transformarlo en un desierto, excepto quizá desde el puso de vista de una ardilla. No podemos anticipar con precisión cómo se adaptarán los sistemas de vida nativos al nuevo medio bosque-pradera-cultivo previsto en el Plan de Desarrollo, pero hay muchas posibilidades de que un alto porcentaje se adapte y sobreviva.
—Eso fue lo que dijo el Departamento de Explotación de Tierras a propósito de Alaska durante la Primera Ola de Hambre —dijo Lyubov. Algo le oprimía la garganta y su voz sonaba ronca y aflautada. Contaba con el apoyo de Gosse —. ¿Cuántos abetos Spruce has visto en tu vida, Gosse? ¿O cuántos búhos de las nieves? ¿O lobos? ¿O esquimales?
El porcentaje de supervivencia de las especies nativas en el habitat, después de quince años de Programa de Desarrollo, era del cero coma tres por ciento. Ahora es cero. La ecología de un bosque es muy delicada. Si el bosque perece, la fauna puede extinguirse junto con él. La palabra que para los athshianos designa el mundo designa también el bosque. Yo denuncio, comandante Yung, que si bien la colonia puede no estar en peligro inminente, el planeta mismo…
—Capitán Lyubov —dijo el viejo coronel —. Es improcedente que los oficiales del cuerpo de especialistas presenten denuncias de esta naturaleza ante oficiales de otras ramas del servicio; esas cuestiones deberán someterse al juicio de los oficiales superiores de la Colonia, y no toleraré más intentos como éste de dar consejos sin permiso previo.
Sorprendido por su propio arranque, Lyubov se disculpó y procuró parecer tranquilo. Si al menos no perdiera la calma, si no le flaqueara y se le enronqueciera la voz, si pudiera conservar la compostura…