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Электронная книга - «Antimanual de sexo». Краткое содержание книги:

El sexo que conocemos es un discurso normativo sobre el sexo. Este discurso, este manual para “todos los públicos”, está escrito siempre desde la moral (científica, religiosa, ecologista, económica o la que sea), nunca desde la voz del propio sexo. El objetivo de esta inmensa arquitectura de palabras es dar justificación a un modelo de sexualidad, nunca a la sexualidad en sí.
Partiendo de esta premisa Valérie Tasso busca los puntos de anclaje de ese vastísimo y homogeneizador discurso interesado que llamamos sexualidad humana y lo encuentra en el “tópico”. Las expresiones y valoraciones que sólo por fuerza de repetir y no por su veracidad, nos acabamos creyendo todos. De manera inteligente, amena, asequible y tremendamente descarada, Valérie Tasso va desarmando uno a uno una selección de esos “lugares comunes” no con intención de generar otro discurso sino con intención de cuestionar el existente.
Desde la exposición vital de su propia sexualidad, Valérie confecciona este “Antimanual de Sexo” destinado no a disfrutar de trucos y recetas para mejorar nuestras aptitudes y rendimientos en esta sexualidad que nos hacen vivir sino para cuestionar el propio manual de uso.
Quien cree, entre otras muchas cosas, que los preliminares anticipan el coito, que la prostituta vende su cuerpo, que el sexo está para pasárselo bien, que la relación sexual concluye en el orgasmo, que con la edad se pierden las ganas, que los afrodisíacos existen, que sabemos de sexo más que antes, que el sexo entraña muchos peligros, que existe algo no natural en el sexo, que la eyaculación precoz es cosa de hombres o que la religión y el sexo nunca se han llevado bien, o quien quiera saber porqué Valérie admira la glicinia debería acercarse a las páginas de esta sofisticada revolución que es Valérie Tasso.
“No son temibles las normas, sólo aquellos que se las creen…” En definitiva un libro de Valérie Tasso
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Al abrir mi correo electrónico, vi que había recibido una nota de Paul. Junto a unas líneas, en las que sublimaba el hecho de haberme conocido y me animaba en mi curiosidad por la erótica masoquista, enviaba tres imágenes: Paul atado en una cruz de San Andrés, Paul escarificado en una jaula cilindrica y el escroto de Paul clavado en una tabla. Supongo que era una carta de amor.

En la letra de la mortificación, que come de lo que reprime, el sexo también escribe.

Sofía temía el que su marido la cogiera de la mano cuando llegaba a casa. Temía su mano meciéndole los cabellos, temía los gestos de complicidad, cuando sólo él era el cómplice, y temía cualquier cosa que pudiera indicar que el encuentro sexual estaba próximo. A cambio, a sus sesenta y tres años, regentaba una cadena de establecimientos de ropa, practicaba el paddle o el golf antes de incorporarse al trabajo, fumaba dos cajetillas de tabaco inglés al día y su móvil no se apagaba nunca. Sin embargo, los dolores de cabeza sólo aparecían cuando no quedaba otra excusa.

La conocí a finales de 1999. Ella sabía que yo, en aquella época, ejercía la prostitución, sencillamente porque había contratado mis servicios para demostrarse que su desapego a la sexualidad no era un asunto de preferencia sexual. Desde entonces, y pese a lo fallido, en lo erótico, del encuentro, habíamos entablado una peculiar amistad.

Epicuro, en su teoría hedonista, clasificaba las apetencias en naturales y necesarias, naturales y no necesarias y ni naturales ni necesarias. El hambre, por ejemplo, era de las primeras, comer un soufflé de langosta, de las segundas y tomar un sorbete de frambuesa después de haberse comido un soufflé de langostas en el restaurante más chic de la ciudad, de las terceras. La felicidad consistiría en satisfacer las primeras, no depender de las segundas y prescindir de las terceras.

El sexo, como condición consustancial a la naturaleza de lo humano, es natural y necesario, además de irrenunciable. El sexo no se emascula por más voluntad que se le ponga. Pero otra cosa es la puesta en práctica de las actividades que el deseo sexual propone, lo cual es una apetencia natural pero no necesaria.

El sexo es la propuesta, la capacidad infinita que tenemos de proponer, no sólo la concreción de estas propuestas. Igual que la escritura es la propuesta de escritura, no sólo la concreción en un libro. Los que escribimos libros somos escritores, igual que los que follamos somos sexo, pero eso no significa que el que no los escribe o el que no interacciona sexualmente no sea literatura o sexo.

Perder el habla no es perder el lenguaje; el afónico, el mudo o el que quiere quedarse callado siguen siendo lenguaje, porque el lenguaje es su condición de humano. Y la humanidad no atiende a negociaciones, a voluntades o a mutilaciones. Hablar es algo natural pero no necesario. El voto de silencio y el voto de castidad no eliminan ni el lenguaje ni el sexo, no eliminan nuestra humanidad, sólo la mortifican.

Sofía me propuso que me acostara con su marido.

Se cuenta que el esteta John Ruskin abandonó las prácticas sexuales cuando descubrió que su esposa tenía vello en el pubis. De Schopenhauer, sabemos que su misoginia le hizo permanecer célibe toda su existencia; de Bataille, que pese a sus magistrales y sicalípticos relatos, sentía terror cuando debía hablar de sexo o cuando veía una obra de Magritte que representaba una cara en la que los ojos y la boca habían sido sustituidos por unos pechos y un pubis. Georges Sand dejó escrito que Chopin sólo tocaba el piano.

De Ruskin, Schopenhauer, Bataille o Chopin, se puede decir que tenían particularidades con la puesta en práctica de lo que su sexo les escribía. Pero ninguno de ellos murió de eso. Y a ninguno de ellos les dejó de hablar su sexo.

Hace poco volví a encontrarme con Sofía y me interesé por su ánimo. Nos sentamos en la terraza de un bar frente a dos cafés, y en su tono siempre vehemente y jovial, me habló. Llevaba veinte años de matrimonio y amaba profundamente a su esposo, pero las estrategias para evitar el «roce» se le estaban acabando. Me contó que, de joven, tuvo la regla durante seis meses, prácticamente de manera ininterrumpida, y que estaba convencida de que fue ella la que se la provocó para poder justificar el no tener encuentros sexuales con su novio de entonces. Me contó que su ginecólogo le había dicho que nunca había visto un caso de falta de deseo semejante al suyo. Me contó las dolencias que fingía frente a su parienaire, alguna de ellas tan pintoresca como que sufría un «síndrome agudo de espasmo perineal». Y me contó que, ocasionalmente, cuando todo lo demás fallaba, transigía.

Deduje de sus extensas explicaciones que, por encima de todo, lo que más le inquietaba era su presunta «anormalidad». Le expliqué que ella tenía más sexo que nadie. Que, en mi opinión, el sexo ocupaba más espacio en su cabeza que ninguna otra actividad. Que lo único que le sucedía era que no le gustaba «follar», posiblemente porque había perdido o no tenía el hábito, la «cultura», de la interacción sexual.

Ella me miró con curiosidad y, dando un brinco, me dejó con la taza de café en las manos. Se despidió rápidamente alegando no sé qué. Posiblemente le inquietó pensar que pensaba.

El sexo es un impulso biológico

ESCENA VII

El patio de palacio repleto de gente.

(PADRE UBÚ coronado, MADRE UBÚ, CAPITÁN BORDURA, LACAYOS cargados de carne)

LA PLEBE. ¡He aquí el rey! ¡Viva el rey! ¡Hurra!

PADRE UBÚ (Arrojando oro.) Tomad, para vosotros. No me divierte demasiado daros dinero, pero ya sabéis, es Madre Ubú quien lo ha querido. Prometedme, al menos, que pagaréis los impuestos.

TODOS. ¡Sí, Sí!

CAPITÁN BORDURA. Mire, Madre Ubú, cómo se disputan el oro. ¡Qué batalla!

MADRE UBÚ. Verdaderamente horrible. ¡Argg! Allí hay uno con el cráneo abierto.

PADRE UBÚ. ¡Qué bonito espectáculo! Traed más arcas de oro.

(…)

Del Acto II de Ubú Rey

ALFRED JARRY

(Ubú acaba de derrocar como rey a Venceslao)

Tan decepcionante es derrocar a un rey como esperar algo del nuevo, y tan ajeno suele resultar para el pueblo, como indiferente para el concepto del poder. Al menos, mientras nos sigan haciendo falta reyes.

Determinar quién debe mandar no es siempre asunto sencillo. Pero entre las características múltiples que pueda tener un poder, hay una que suele ser común a todos los recién Llegados que alcanzan el trono: estar, o hacer creer que están, en posesión de la Verdad.

La verdad se convierte así en «aquello que justifica la toma de poder y el ejercicio legítimo del mismo». Un «discurso de la verdad» suplanta a otro y vive el tiempo que tarda en aparecer un tercero, mientras que en proclamarse tarda lo que tarda en convencer de que la suya es la «verdad más verdadera». Lo irrefutable deja de serlo cuando otro poder se proclama (en su justificación) como irrefutable.

Un rey dura lo que dura su verdad. El tiempo en que nos tiene convencidos de que no hay más verdad que la suya.

En las alcobas de palacio, se está discutiendo sobre quién es el rey legítimo que gestiona el «discurso normativo del sexo». Se discute sobre quién debe, desde la verdad, ejercer el uso de la palabra en nombre del sexo. Mientras, el sexo calla y el modelo que lo representa permanece inmutable, respaldado por las distintas verdades (los distintos emperadores) que lo justifican y lo consolidan. Porque no se cambia el collar, sólo se discute sobre quién es el amo que debe, esta noche, pasear a la fiera. Y nosotros vemos pasear al perro, mientras nos hacen creer que es un perro el que pasea y que la fiera es sólo un pastor alemán adiestrado.

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