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El Final del Camino

Электронная книга - «El Final del Camino». Краткое содержание книги:

Estaba acostumbrado a vivir con el peligro, pero ella ya no quería ese tipo de vida…
Después de diez años en coma, Linda Faraday se había aferrado a la vida y había despertado. Lo único que recordaba era que había estado trabajando de incógnito para descubrir los turbios negocios de Cameron Fortune. De repente se encontraba con que había sobrevivido y con que tenía un hijo de diez años. Ahora que Ryan Fortune ya se había ido, el agente federal Emmett Jamison estaba dispuesto a ayudarla, aunque no parecía que la idea lo emocionara demasiado. La atracción que había entre ellos no tardó en hacerse incontrolable. Pero Linda no creía que Emmett encajara en sus nuevos planes de vida: sólo deseaba una existencia sencilla con un hombre sencillo. Emmett, sin embargo, se dedicaba a perseguir a su peligroso hermano. Claro que quizá Linda no estuviera hecha para la tranquilidad…
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– A pesar de sus raíces históricas, actualmente, casi todas esas disciplinas se utilizan para competir. Pero lo primero que voy a enseñarte es lucha callejera.

Linda abrió los ojos como platos, pero no dijo nada. Emmett se descubrió llenando aquel silencio con todas las advertencias que le habría gustado hacer a todas las víctimas que se había encontrado cuando ya era demasiado tarde para ayudarlas. Hablaba rápidamente, como si tuviera que decírselo todo antes de que aquellas palabras caducaran.

– Cuando vayas por la calle, no camines como una víctima. Los delincuentes procuran evitar a las personas que parecen valientes y decididas, buscan a personas indefensas. Míralos a los ojos, hazles saber que eres consciente de su presencia y que, si tuvieras que hacerlo, podrías identificarlos más adelante. Nunca le des la espalda a alguien que puede ser una amenaza.

Linda se frotaba las manos en el pantalón. Era un gesto de nerviosismo, pero Emmett pensó en todas las personas indefensas a las que había conocido y decidió continuar.

– Cuando llegue alguien a tu casa diciendo que quiere revisar el teléfono o entregarte un paquete, no le dejes entrar. Esas citas se establecen por adelantado. Pide siempre que te muestren su tarjeta de identificación antes de entrar. Y, finalmente, haz caso de tu intuición. Esas campanas de advertencia que oyes a veces en la cabeza no son fruto de una paranoia. Tus sentidos son más poderosos que tú y deberías escucharlos. Pero…

– ¿Pero?

– Pero si te ves atrapada en medio de una situación peligrosa, tienes que ser suficientemente inteligente y fuerte como para salir de ella por ti misma.

– ¿Y una sesión de entrenamiento contigo me ayudará a aumentar las probabilidades de salir con vida?

– Probablemente no, pero me gustaría que todo el mundo conociera algunas técnicas de autodefensa.

– Sí, supongo que a mí también me gustaría.

– Si quieres, podemos intentar hacer una sesión cada día.

Los ataques que preparó para ella fueron los más obvios: empujones, tirones de pelo, llaves de cabeza. Los movimientos de respuesta debían ser fáciles de ejecutar y recordar. Nada extraño.

Emmett se concentró en la simplicidad mientras se los mostraba, recordándole una y otra vez que, en una situación real, probablemente se enfrentaría a alguien más fuerte y agresivo que ella.

Al cabo de quince minutos, Linda ya estaba jadeando, aunque Emmett acababa de demostrarle que la defensa no se basaba en la fuerza, sino en la inteligencia.

– Y después están los pellizcos -le explicó mientras se enfrentaban el uno al otro sobre la colchoneta-. Nunca desestimes los pellizcos.

Le explicó que atrapando un pequeño pliegue de piel de su asaltante podía sorprenderlo lo suficiente como para conseguir los segundos necesarios para escapar. Una de las mejores zonas eran las axilas y la ingle.

Linda hizo una mueca.

– No creo que me apetezca pellizcarte… en ninguna parte.

Pero Emmett pensó que ya era hora de que pusieran algo en práctica y, sin una sola palabra de advertencia, se abalanzó sobre ella como si quisiera hacerle un placaje.

Tras la sorpresa inicial, Linda lo agarró por la cintura con ambas manos. Si Emmett hubiera llevado un cinturón, le habría resultado más fácil, pero aun así, siguió los ejercicios que habían practicado y echó los pies y el cuerpo hacia atrás para aflojar la presión de los brazos de Emmett sobre sus muslos. Aprovechando la fuerza conseguida con aquel movimiento de palanca, se dejó caer sobre la espalda, obligándolo a soltarse y a derrumbarse contra el colchón.

Emmett permanecía tumbado con los brazos a ambos lados de su cuerpo bajo el peso de Linda.

– Muévete -le ordenó con voz dura-. Muévete y aléjate de mí.

Linda se levantó de un salto.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Te he hecho daño! ¿Estás bien? ¿Quieres que llame al médico?

– No, estoy bien -Emmett se aclaró la garganta y se sentó-. En cuanto hayas derrumbado a tu atacante, tienes que alejarte de él a toda velocidad. Le estampas la cara contra el suelo y sales corriendo.

Linda se agachó otra vez para estudiarlo.

– ¿Estás seguro de que estás bien?-le palmeó el hombro y el pecho-. ¿No te duele nada?

– Ni siquiera mi ego. Quiero que seas buena en esto, ¿recuerdas?-en realidad le dolían un poco las orejas y su ego quizá estuviera ligeramente dañado, pero Linda no tenía por qué saberlo-. Eres magnífica, Linda.

Linda se dejó caer a su lado y le brindó una sonrisa más radiante que el sol del verano.

– Lo he conseguido, ¿verdad? Te he tirado.

Alzó la mano y le empujó suavemente el hombro. Emmett aprovechó la fuerza del empujón para tumbarse de espaldas arrastrándola con él.

Linda quedó medio recostada contra su pecho. Estaba sonrojada y sus ojos chispeaban; Emmett era consciente de que la había ayudado a mejorar su humor y a aumentar su confianza en sí misma. La había ayudado, sí. Ya no tenía motivos para continuar deseando abrazarla, consolarla, besarla.

Pero estaba en sus brazos y le gustaba aquella sensación, y la necesidad de besarla era cada vez más fuerte.

– ¿Qué has dicho antes sobre esas campanas de advertencia que sonaban en mi cabeza?-preguntó Linda, mirándolo a los ojos-, ¿Qué no eran producto de mi paranoia?

– ¿Te parezco peligroso?-Emmett no pudo evitar una sonrisa.

– No en el sentido al que te referías antes.

Emmett se negaba a tensar los dedos sobre sus hombros. Se limitó a dejar la mano allí, sintiendo el sudor de su piel a través de la camiseta.

– Yo no te haré daño, Linda.

– Estoy segura de que no quieres hacerme daño.

– En ese caso, deberías marcharte -pero ninguno de ellos movió un solo músculo.

– Soy huérfana desde los dieciséis años -le dijo Linda.

– Eso debe de haber sido muy duro. Yo me he distanciado mucho de mi familia desde que me fui de casa. Los acontecimientos de los últimos meses nos han obligado a retomar el contacto, pero ya no estamos tan unidos como antes.

– Creo que fue precisamente por la soledad por la que empecé a trabajar en el Departamento del Tesoro cuando salí de la universidad.

– Yo creía que había sido porque querías ser agente secreto contable.

Linda hizo una mueca.

– Debería haberme imaginado que terminaría arrepintiéndome de habértelo contado. Más que ser agente secreto, lo que yo estaba buscando era formar parte de una familia o algo parecido.

– Es curioso, yo he hecho todo lo posible por escapar de mi familia.

– Sin embargo, cuando comencé a investigar a Fortune TX, me dejaron completamente sola.

– Y fuiste presa de Cameron -Emmett se arrepintió inmediatamente de sus palabras.

– Quizá -contestó Linda pensativa-, no lo sé. Y no creo que lo sepa nunca puesto que no soy capaz de recordar lo que ocurrió entonces y ya no soy la misma que cuando tenía veintidós años.

– ¿Por qué me estás contando todo esto?

– Para decirte que no creo que sepa cómo relacionarme con los hombres.

Emmett parpadeó.

– ¿Adónde quieres llegar, Linda?

Linda tomó aire y exhaló un largo suspiro. Al hacerlo, presionó los senos contra el pecho de Emmett. Ante la reacción de su cuerpo, Emmett agradeció que fuera tan elástica la tela de los pantalones. Con unos pantalones más estrechos, aquello habría sido un infierno.

– Lo que quiero decir, Emmett, es que creo que sé por qué estamos tumbados en el suelo, pero no sé exactamente qué tengo que hacer al respecto y si esto puede conducirnos a algo que resulte satisfactorio para los dos.

¿Se refería al sexo o a una relación? Emmett sabía que podría manejar perfectamente lo primero, pero lo segundo estaba completamente descartado.

Linda se alejó de él y se sentó. Emmett se levantó y cambió bruscamente de tema.

– Bueno, como ya te he dicho, el combate siempre es el último recurso.

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