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Электронная книга - «Una Boda Imprevista». Краткое содержание книги:

Austin Randolph Jamison, flamante duque de Bradford, pasea por las espesuras de sus ajardinadas posesiones con la mirada cansada mientras dentro de la mansión familiar los invitados disfrutan de una animada fiesta. No parece existir la celebración capaz de devolverle el honor de su hermano William: un héroe caído en la guerra de Waterloo a quien un vergonzoso anónimo tilda de traidor. Cuando la advenediza Elizabeth Matthews, una norteamericana recién desembarcada en el Londres de 1816, aparece en los jardines de su opulenta residencia, Austin apenas sospecha que los labios escarlata de esa mujer contienen la respuesta a todos los secretos que el la moral de la época pretende disimular.
Elizabeth y William emprenderán el ardiente camino de sus labios, perturbados por las visiones que convulsionan el frágil cuerpo de ella cada vez que acaricia una mano entre las suyas. Elizabeth ha nacido con el don de observar el futuro y antes de que Austin la desprecie por bruja, sus predicciones sembrarán de incógnitas y misterios el dulce camino de la pareja hacia exaltar. Pese a que Elizabeth distingue el resplandor de las guadañas bajo la luna, Austin no se amedrentará en su cruzada por averiguar el auténtico paradero de su presunto hermano muerto. Para entonces, Elizabeth habrá renunciado al amor de su príncipe, convencida de que después del matrimonio el destino sólo existe para depararle un hijo muerto. Sólo el yugo ardiente del deseo podrá desafiar el fatalismo de las premoniciones.
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La primera oportunidad de mantener una conversación privada con Caroline se presentó en el salón, esa tarde antes de la cena. La apartó a un rincón y comentó con fingida indiferencia.

– Parece que has hecho una nueva amiga.

Caroline aceptó la copa de jerez que le ofrecía un criado.

– ¿Te refieres a Elizabeth? -Como Austin asintió con la cabeza, ella añadió-: Hemos pasado la mayor parte del día juntas. Me cae muy bien. Es muy diferente de todas las personas que conozco.

– ¿Ah sí? ¿Qué tiene de extraordinario?

– Todo -contestó Caroline sin dudado-. Sus conocimientos de medicina, su cariño por los animales. Tiene sentido del humor, pero nunca hace bromas a costa de otros. No la he oído hablar mal de nadie en todo el día.

– Eso no es extraordinario -murmuró Austin, aliviado por el hecho de que la señorita Matthews no hubiese dicho nada que inquietase a Caroline-. Eso es un milagro.

Sobre todo considerando el modo en que la había tratado la gente de buen tono.

– Tienes toda la razón. Se conduce con una interesante mezcla de tímida torpeza y de inteligencia descarada, pero percibo algo de tristeza en ella. Echa de menos su hogar.

– ¿La conocías ya antes de ayer noche?

– Nos habían presentado, pero no había tenido la oportunidad de cruzar más de dos palabras con ella.

– ¿Habías oído algún chisme sobre ella?

– Sólo que deja mucho que desear como bailarina y que muchos la consideran una especie de marisabidilla. He notado que la mayoría de los caballeros no le hace el menor caso, pero creo que he resuelto ese problema.

Austin se puso rígido.

– ¿A qué te refieres?

Caroline agitó la mano en un gesto de despreocupación.

– Simplemente le he dado algunos consejos sobre cómo arreglarse y le he enviado a mi doncella para que la peine. -Sus azules ojos brillaron con súbito interés-. ¿Por qué preguntas por Elizabeth?

– Por curiosidad. Te he observado con ella hoy, jugando con los gatitos. -Le sonrió-. Me ha gustado oírte reír.

– No logro recordar la última vez que lo pasé tan bien. Creo que Elizabeth y yo seremos grandes amigas. ¿Has tenido la ocasión de hablar con ella?

Austin trató de dar a su rostro la mayor inexpresividad posible.

– Sí.

– ¿Y qué opinas de ella?

– Opino que es… -Su voz se apagó cuando la vio entrar en el salón. Estaba exquisita.

Ese ser deslumbrante no podía ser la misma mujer a la que los caballeros de buen tono no hacían el menor caso. ¿Cómo no iba a desearla todo aquel que la contemplase? Ataviada con un sencillo vestido de seda de color marfil, semejaba una larga columna de alabastro desprovista de adornos y hacía que el atuendo de todas las demás mujeres de la estancia pareciera recargado y chillón.

Llevaba la cabellera castaño rojizo recogida en un elegante moño. Un único y poblado bucle le caía sobre el hombro y le llegaba a la cintura, un tentador mechón de color brillante contra un fondo claro. Austin no se imaginaba que tuviese el pelo tan largo, y se preguntó cómo se vería con la cabellera suelta cayéndole por la espalda. Exquisita.

Ella se detuvo en la puerta, recorriendo ansiosamente a los invitados con la mirada hasta que localizó a Caroline. Una sonrisa iluminó sus ojos marrón dorado, pero su alegría se empañó ligeramente cuando avistó a Austin, de pie junto a su hermana.

– ¿No está deslumbrante? -exclamó Caroline-. Sabía que con el vestido y el peinado adecuados estaría arrebatadora. ¡La he convertido en un cisne! -Se volvió hacia él y susurró-: No arrugues el ceño, Austin. Le he dicho a Elizabeth que se reuniese conmigo junto a la chimenea, y la vas a asustar.

– No estoy arrugando el ceño.

Caroline le dirigió una mirada maliciosa.

– Tienes una expresión sombría. ¿Quieres que vaya a buscar un espejo?

Austin se esforzó por relajar sus músculos faciales.

– No.

– Eso está mejor. No has terminado de decirme qué impresión te causó Elizabeth.

Austin observó a la joven mientras ésta se abría paso por el salón y se detenía a charlar con su tía. Apretó los puños cuando se percató de que todos los hombres de la habitación la contemplaban también. Ella volvió la vista en dirección a él y sus miradas se encontraron durante unos momentos hasta que ella alzó levemente la barbilla y apartó los ojos.

Austin sintió que le hervía la sangre a causa de ese evidente desaire. Sin apartar la mirada de ella, dijo:

– La señorita Matthews me pareció una persona poco corriente, sin duda debido a que se crió en las colonias.

– ¿Poco corriente? -repitió Caroline en voz baja-. Sí, supongo que eso lo explica todo.

– ¿Qué es lo que explica?

– Por qué no has sido capaz de quitarle ojo desde que ha entrado por esa puerta.

Austin volvió la cabeza bruscamente y vio la expresión irónica de Caroline. Le clavó la mirada más gélida que pudo.

– ¿Cómo dices?

– Austin, cariño -le dijo ella, acariciándole afectuosamente la mejilla-, sabes que esa cara no me asusta. Y ahora, si me disculpas, creo que me reuniré con Elizabeth y lady Penbroke.

Y se alejó con aire despreocupado.

Austin apuró su copa de champán de un trago. Volvió a fijar la vista en la señorita Matthews, que saludó a Caroline con una sonrisa acogedora, y él se preguntó qué sentiría si ella lo recibiese a él con semejante calidez. Sólo con pensado lo recorrió un estremecimiento que aumentó su irritación.

Las palabras de Caroline resonaron en su mente: «No has sido capaz de quitarle ojo desde que ha entrado por esa puerta». ¿Incapaz de quitarle ojo? ¡Tonterías! Por supuesto que era capaz. Y lo haría. En cuanto ella se volviese hacia otro lado y él ya no pudiese ver esa sonrisa. O esa boca. O ese fascinante rizo que le caía por el vestido.

Mientras eso no ocurriese, necesitaba mirarla, observarla, averiguar todo cuanto pudiese sobre ella.

Sólo para el propósito de su investigación, naturalmente.

A la hora de la cena, Elizabeth se sentó entre su tía y lord Digby. Para su sorpresa, éste conversó con ella largo y tendido acerca de las técnicas agrícolas americanas. Ella no sabía prácticamente nada sobre el tema, pero lo escuchó educadamente, asintiendo con la cabeza para animado mientras saboreaba el banquete de diez platos y esquivaba las plumas de pavo real que adornaban el tocado de su tía.

Mientras lord Digby le comentaba en tono lírico los procedimientos del esquile o de ovejas, la joven dirigió su atención hacia la cabecera de la mesa, donde estaba sentado el duque. Resplandeciente en su traje negro, por poco la deja sin aliento, lo cual la irritó considerablemente. Se negaba a encontrar atractivo a ese hombre tan testarudo.

Austin conversaba con soltura con los invitados situados a su vera, pero ella advirtió que rara vez sonreía. Este detalle hizo que olvidara su irritación y se le encogiera el corazón.

Bajo su aspecto distinguido, Austin albergaba un alma atribulada, pero lo disimulaba bien. De no ser porque Elizabeth le había tocado la mano, ella sólo habría visto la faceta que él presentaba. No sabría nada de su tristeza, su soledad y su sentimiento de culpa. Tampoco intuiría el peligro que lo amenazaba.

No se dio cuenta de que él la observaba hasta que sus miradas se encontraron. Aquellos ojos plateados se clavaron en los suyos y se le puso la carne de gallina ante la intensidad de su mirada, que la encendió por dentro. Sabía que debía apartar la vista, pero no podía. ¡Tenía tantas ganas de ayudarlo! Ojalá él quisiera escuchada…

Santo Dios, cómo deseaba que aquella visión que había tenido hubiese sido más clara, para saber qué amenaza se cernía sobre él y cuándo sobrevendría la desgracia. ¿Ocurriría esa misma noche? En ese caso, ¿qué podía hacer ella para evitarlo?

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