Secretos personales
- Автор: Данлоп Барбара
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Secretos personales». Краткое содержание книги:
Reed, un hombre de negocios, estaba casado con su empresa y ella se pasaba muchas noches completamente sola. Todavía amaba y deseaba a su marido, pero Reed tenía secretos, algunos suficientemente importantes como para destruir su vida en común.
Entonces el destino les deparó una alegría inesperada: finalmente tenían la oportunidad de ser padres, pero, ¿sería demasiado tarde?
– ¿Estás cansada? -le preguntó-. ¿Quieres echarte una siesta?
– ¿Podríamos dar un paseo por la orilla del mar mejor?
– Por supuesto.
Después de que Elizabeth fuera a cambiarse salieron tomados de la mano.
– Es maravilloso -dijo ella mirando el mar.
– Creo que el pueblo está por allí -Reed señaló hacia el sur, hacia los viñedos, los edificios de piedra y los hoteles internacionales.
– Vamos a comprobarlo -propuso ella.
Empezaron a caminar
Se encontraron con varias tiendas en el camino y echaron un vistazo a su mercadería. En una de ellas, Elizabeth se había interesado por unas bufandas de colores, y Reed se las había comprado.
Finalmente ella le contó que había tenido una conversación con Heather
– Fue una conversación extraña… Ellos saben que estamos intentando tener un niño -dijo Elizabeth.
– ¿Se lo has contado tú? -preguntó Reed.
Ella agitó la cabeza.
– Brandon me ha dicho que lo veía en mis ojos cuando miraba a Lucas, y en mi voz cuando hablaba de él.
Reed asintió.
– Heather… -Elizabeth dudó-. Se ofreció a ser una madre de alquiler.
Reed se quedó petrificado.
¿Sabía algo Elizabeth que no sabía él? ¿Le había dado alguna mala noticia el doctor Wendell? ¿Tenía algo que ver aquello con esa tontería de su infidelidad?
– ¿Por qué? -preguntó él-. ¿Te has hecho más pruebas?
– No. Pero llevamos tres años intentándolo sin éxito.
Era verdad, pero el primer año y medio no habían intentado tener un niño, simplemente no habían intentado evitarlo.
Habían pensado que sucedería naturalmente. Miles de mujeres se quedaban embarazadas todos los días.
– No me gusta esto -dijo Reed-. No es asunto de Brandon. Ni de Heather. Hay demasiada gente entrometiéndose en nuestra vida.
– Ella intentaba…
– No me importa. Quiero que termine. Yo te quiero a ti y solo a ti. Quiero que lo nuestro sea como era antes, contigo transpirando y gimiendo…
– ¿Reed? -lo miró como censurándolo.
– Te echo de menos -dijo él.
– Yo también te echo de menos -susurró ella, apoyándose en su brazo.
– No quiero que seamos conscientes de que estamos haciendo el amor.
– Lo sé.
– Mis padres… -él se calló.
No quería que Elizabeth sintiera más presión por la ansiedad de sus padres.
– Es posible que estén locos acerca de mi pedigree -dijo ella continuando con lo que él iba a decir-, pero definitivamente quieren que tengas descendencia.
– Mis padres son esnobs.
– ¿De verdad? -ella sonrió.
Él le apartó un mechón de cabello de la cara con suavidad.
– ¿Podemos hablar un poco más de gemidos y sudor? -sugirió ella.
Él se excitó instantáneamente.
– No, aquí no podemos -dijo él.
– ¿Y en el chalet? ¿En una de las diez habitaciones que tiene?
– He visto que la cama grande tiene columnas -comentó él, ansioso de repente por llegar a la casa.
Ella sonrió.
– Hacer el amor debe ser un juego y una diversión -dijo él.
– Parece como si quisieras atarme a la cama, ¿no?
– Absolutamente -dijo Reed.
Ella se rió.
Reed le agarró la mano y fueron en dirección al chalet.
Capítulo Siete
En el chalet, Jean Louis, el chef, se alegró de verlos. Y cuando Elizabeth vio la hermosa mesa puesta y el aroma de la comida, supo que tendrían que postergar el hacer el amor.
Se excusó para cambiarse y se puso un vestido de noche negro.
Reed estaba esperándola abajo.
– ¿Me acompañarías a la bodega? -le dijo.
Ella sonrió. Se sentía relajada, sexy y juguetona por primera vez después de meses.
– ¿Puedo confiar en ti en la bodega? -preguntó.
Reed sonrió.
– Ven y lo comprobarás.
Ella fingió dudar, pero su marido la guió por un pasillo corto que terminaba en una puerta de madera.
La escalera de piedra que había detrás de la puerta era estrecha y la luz era tenue.
Reed la agarró de la cintura mientras bajaban las escaleras.
Allí él encendió una luz, y ella exclamó, sorprendida.
– Estamos buscando la fila ocho -dijo él.
– ¿Qué estamos buscando? -preguntó Elizabeth.
– Esto -él la agarró por las caderas y la subió a una mesa antigua en medio del pasadizo.
– ¿Qué…?
Él la silenció con un beso. Se puso entre sus rodillas y la estrechó en sus brazos.
Siguió besándola. Sus labios eran suaves, húmedos, y se abrieron para ella. La lengua de Reed exploró su boca con avidez. El deseo se apoderó de Elizabeth de los pies a la cabeza.
Las manos de Reed se deslizaron por sus rodillas desnudas. Reed le besó el cuello, las orejas, los hombros, mientras ella se aferraba a sus brazos para sujetarse.
Le acarició las piernas.
– Tenía el presentimiento de que no podía confiar en ti aquí -dijo ella.
Él metió los dedos por debajo de la goma de sus braguitas y se las bajó.
– Aquí no -exclamó ella.
Ella miró alrededor, la habitación era fría y polvorienta.
– No, aquí no.
Pero él le bajó las braguitas totalmente y se las quitó. Luego se las metió en el bolsillo.
– Más tarde -dijo él con mirada ardiente.
– Pero…
Él la acalló con un dedo en sus labios.
– Estarnos de vacaciones, Elizabeth. Podemos jugar.
Reed la bajó de la mesa, y le alisó la falda.
Luego la llevó hacia la escalera de piedra.
– ¿Reed?
– ¿Sí?
– El vino.
– Tienes razón.
Elizabeth se apoyó en la sólida mesa y dejó que Reed eligiera el año y la cosecha. Si había algo que sabía su marido era elegir un buen vino.
Lo observó buscar una botella entre todas las que miró.
Era un hombre muy atractivo. Ella se excitó al mirarlo.
No pudo evitar imaginar la cama de columnas.
Pero Reed y ella tenían problemas que una noche de placer no podría arreglar. No obstante, comunicarse sexualmente no les haría daño alguno. Incluso los ayudaría. Y podría ser satisfactorio.
– Después de ti -dijo él, haciendo un gesto hacia la escalera con una de las botellas que había escogido.
Una mujer joven estaba ayudando a Jean Louis en la cocina. Esta les sirvió alcachofas y ensalada. A eso le siguió sopa de zapallo, gambas, salmón y una bandeja de quesos. Finalmente, la tarta más deliciosa que Elizabeth había comido jamás.
Para cuando retiraron los platos, Elizabeth se había quitado los zapatos y se había acomodado en un sofá de estilo Luis XV.
– Ven aquí -le dijo Reed con una sonrisa, fijando sus ojos azules en ella.
Ella se excitó de repente. Dejó la taza de café, extendió las piernas y caminó hasta donde estaba Reed.
Él tomó su mano y la sentó en su regazo. Le soltó el cabello y le besó el cuello.
Se oyeron unos pasos en la puerta y ella se puso rígida al ver a Jean Louis.
Reed le agarró la mano para que ella no se bajara de su regazo.
– No necesitamos nada más esta noche -dijo Reed al chef.
– Bonne nuit, monsieur -dijo Jean Louis.
– Lo será -susurró Reed a Elizabeth cuando el chef cerró la puerta.
– Ha sido incómodo -dijo Elizabeth.
– ¿El exhibicionismo no es una de tus fantasías?
Ella se sorprendió. Las fantasías no solían ser tema de conversación en su matrimonio.
– No -contestó.
Él se rió y la besó.
– Lo tendré en cuenta.
– De verdad, Reed. No…
– Ya está apuntado… No voy a olvidarme.
– Pero…
Él la besó profundamente en la boca. Con la mano le acarició la zona de detrás de la rodilla y deslizó su mano por el muslo, recordándole que estaba desnuda bajo el vestido negro.