El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
Tam azuzó a Bela como si quisiera hacerla caminar más deprisa, si bien ésta continuó imperturbable. Rand puso buen cuidado en mantener la vista discretamente apartada de las actividades de las comadres. A la mañana siguiente, los hombres realizarían afectados ademanes de sorpresa al ver la Viga; luego, al mediodía, las mujeres casaderas bailarían en torno a ella, entrelazando sobre su corteza largas cintas de colores al son del canto de los hombres solteros. Nadie sabía cuándo ni por qué se había iniciado aquella costumbre. Era otra tradición que se seguía porque así lo habían hecho siempre, pero era una excusa para cantar y bailar, y ninguno de los pobladores de Dos Ríos necesitaba excusas demasiado fundadas para abandonarse a tales placeres.
La totalidad del día de Bel Tine transcurría entre cantos, bailes y festejos, separados por momentos de carreras y competiciones consagradas a toda suerte de habilidades. No sólo se otorgarían premios al mejor lanzador con arco, sino también a los lanzadores con honda y con barra. Habría concursos de adivinanzas y rompecabezas, de tiro de cuerda, de levantamiento de pesos, premios para el más sublime cantor, el mejor danzarín y el mejor violinista, para el más rápido en esquilar una oveja, e incluso para los mejores jugadores de bolos y de dardos.
Bel Tine solía celebrarse bien entrada la primavera, cuando ya habían nacido los primeros corderos y la temprana cosecha se hallaba ya crecida. Aun cuando el frío todavía arreciaba, a nadie se le había cruzado por la cabeza la idea de postergarlo. A todos les apetecía cantar y danzar un poco. Y, por encima de todas las cosas, si había que dar crédito a los rumores, en el Prado tendrían lugar grandes fuegos de artificio…, suponiendo que el primer buhonero del año llegara a tiempo, claro estaba. Aquello había dado pie a innumerables cábalas; habían pasado diez años desde la última vez en que se dio un espectáculo similar y la gente todavía hablaba de él.
La Posada del Manantial se encontraba en el extremo derecho del Prado, casi junto al Puente de los Carros. El primer piso del establecimiento era de piedra del río, aunque los cimientos eran de roca más antigua, según algunos, procedente de las montañas. Las paredes del segundo piso, encaladas de blanco —en cuya parte trasera Brandelwyn al’Vere, el posadero y alcalde de Campo de Emond durante los últimos veinte años, vivía con su mujer y sus hijas—, sobresalían respecto a las de la planta baja en todo el edificio. El techado de teja roja, el único construido con ese material en el pueblo, relucía a la pálida luz del sol y el humo ascendía por tres de las doce altas chimeneas del edificio.
Al sur de la casa, más Alejados del arroyo, se extendían los restos de un edificio mayor que en otro tiempo formó parte de la posada… o así decía la gente. Ahora crecía un enorme roble en el centro, con un tronco que había que dar treinta pasos para rodear y unas ramas recias como el brazo de un hombre. En verano, Bran al’Vere ponía mesas y sillas bajo aquellas ramas, a la sombra de cuyos hojas los parroquianos podían disfrutar de un trago y una refrescante brisa al tiempo que charlaban o se entretenían con algún juego.
—Ya hemos llegado, muchacho. —Tam hizo ademán de poner una mano en los arreos de Bela, pero ésta ya se había detenido—. Conoce el camino mejor que yo —comentó riendo entre dientes.
Mientras enmudecía el último crujido del eje, Bran al’Vere apareció en la puerta, dando como siempre la impresión de caminar con demasiada ligereza para un hombre de sus dimensiones, dos veces superiores a las de cualquiera de sus vecinos. Su rostro, coronado por una rala mata de cabello gris, se iluminó con una sonrisa. El posadero iba en mangas de camisa a pesar del frío, con un inmaculado delantal blanco encima. De su pecho pendía un medallón que representaba una balanza.
El medallón, junto con un juego completo de pesos utilizado para pesar las monedas de los comerciantes que venían de Baerlon a comprar lana y tabaco, era el símbolo del cargo de alcalde. Bran solamente se lo ponía para tratar con los comerciantes en días de celebraciones y festejos. Aquel día ya lo llevaba de buena mañana, pero aquella noche era la Noche de Invierno, la víspera de Bel Tine, en el transcurso de la cual todo el mundo efectuaría visitas a los vecinos que durarían casi hasta el amanecer, en donde intercambiarían pequeños regalos, beberían y comerían en cada casa. «Después de este invierno», pensó Rand, «seguramente considera la Noche de Invierno una excusa suficiente para no esperar hasta mañana».
—Tam —gritó el alcalde al tiempo que avanzaba hacia ellos—. Que la Luz me ilumine, cómo me alegra verte por fin. Y a ti, Rand. ¿Cómo estás, muchacho?
—Bien, señor al’Vere —repuso Rand—. ¿Y vos? —Sin embargo, Bran había vuelto a concentrar su atención en Tam.
—Casi estaba a punto de creer que este año no traerías el licor. Nunca hasta ahora habías aguardado a tan tarde.
—Me disgusta tener que dejar la granja en estos tiempos, Bran —respondió Tam—, con los lobos tan enfebrecidos… y el tiempo…
—No me vendría mal que alguien estuviera dispuesto a hablarme de algo más aparte del tiempo. Todos se quejan de él y la gente debería tener más cordura y no pretender que yo lo arregle. Acabo de pasarme veinte minutos tratando de explicarle a la señora al’Donel que yo no tengo ningún poder sobre las cigüeñas. La verdad es que lo que venía a pedirme… Sacudió la cabeza con gesto de enfado.
—Es de mal agüero —anunció una voz ronca—que no haya cigüeñas anidando en los tejados en Bel Tine.
Cenn Buie, nudoso y oscuro como una raíz, caminaba en dirección a Tam y Bran apoyado en un bastón casi tan alto como él e igual de retorcido. Intentó clavar sus pequeños ojos en ambos a un tiempo.
—Ocurrirán cosas peores, fijaos en lo que os digo —sentenció.
—¿Te has vuelto adivino, que interpretas tan bien los augurios? —preguntó con sequedad Tam—. ¿O escuchas el mensaje del viento, como las Zahoríes? Ya hemos recibido demasiadas premoniciones, y algunas no se han originado lejos de aquí.
—Mófate si quieres —murmuró Cenn—, pero no hace suficiente calor para que broten las cosechas y más de una despensa va a vaciarse antes de que llegue la hora de la recolección. Tal vez el invierno próximo no quede nada con vida en Dos Ríos aparte de lobos y cuervos. Si es que hay un invierno por venir. Quizá sea sólo la continuación de éste.
—¿Y qué pretendes decir con esto? —inquirió con dureza Bran. Cenn les dedicó una mirada amarga.
—Ya sabéis que no tengo que decir nada bueno de Nynaeve al’Meara. Primero, porque es demasiado joven para… No importa. El Círculo de mujeres no quiere ni siquiera dejar que el Consejo del Pueblo hable de sus asuntos, aunque ellas se entrometen en los nuestros siempre que les viene en gana, lo cual sucede con harta frecuencia, o al menos eso parece…
—Cenn —lo interrumpió Tam—, ¿tiene algún sentido hablar de eso?
—Éste es el sentido, al’Thor: pregúntale a la Zahorí cuándo va a acabar el invierno y verás cómo se marcha sin contestar. Quizá no quiere decirnos qué oye en el viento. Tal vez lo que oye es que este invierno no tendrá fin. Acaso continúe siendo invierno mientras la Rueda gire hasta terminarse la Era. Aquí tienes el sentido.
—Quizá los corderos aprendan a volar —replicó Tam mientras Bran se llevaba las manos a la cabeza.
—Que la Luz me proteja de los ignorantes. Tú ocupas un puesto en el Consejo del Pueblo y ahora te dedicas a propagar habladurías como si fueras uno de la familia Coplin. Escúchame bien. Ya tenemos suficientes problemas sin…
Un rápido tirón en la manga de Rand y una voz musitada sólo para que la oyera él desviaron su atención de las palabras del alcalde.