Los tontos mueren
- Автор: Пьюзо Марио
- Язык: испанский
- Переводчик: J M Alvarez Florez
- Жанр: Криминальные детективы
Электронная книга - «Los tontos mueren». Краткое содержание книги:
– Vamos -dijo-. Os encantará. Sabéis que os gustará.
Pasó la mano entre las piernas de Charlie Brown y la dejó descansar allí. Al mismo tiempo, se inclinó y besó a Crystin en la boca y luego empujó a una contra la otra.
Tardaron un rato en empezar. Parecían vacilar, parecían muy tímidas. Así era siempre. Poco a poco, Cully se apartó de ellas hasta sentarse a los pies de la cama.
Sentía una súbita tranquilidad mientras observaba cómo se hacían el amor las dos mujeres. Para él, con todo su cinismo respecto a las mujeres y el amor, era el espectáculo más bello que podía esperar contemplar. Las dos tenían cuerpos majestuosos y rostros encantadores, y las dos eran verdaderamente apasionadas, como jamás podrían serlo con él. Era un espectáculo que podría contemplar eternamente.
Mientras ellas seguían, Cully se levantó de la cama y se sentó en un sillón. Las dos mujeres estaban cada vez más excitadas. Cully vio sus cuerpos moverse y subir y bajar hasta que llegó el apogeo final y las dos quedaron abrazadas, tranquilas y quietas.
Cully se acercó a la cama y las besó suavemente. Luego, se echó entre ellas y dijo:
– No hagáis nada. Durmamos un poco.
Se durmió y cuando despertó las dos mujeres estaban en la sala, vestidas y charlando.
Cully sacó quinientos dólares de la cartera y se los dio a Charlie Brown.
Charlie le dio un beso de despedida y le dejó sólo con Crystin.
Cully se sentó en el sofá y rodeó con un brazo a Crystin. Le dio un beso suave.
– Rompí tus marcadores -dijo-. Ya no tienes que preocuparte de ellos, y le diré al cajero que te dé quinientos dólares en fichas para que puedas jugar un poco esta noche.
Crystin se echó a reír y dijo:
– Cully, no puedo creerlo. Al final te has convertido en un primo.
– Todos somos primos -dijo Cully-. Pero, qué demonios, tú te has portado muy bien estos dos años. Quiero sacarte de esto.
Crystin le dio un abrazo y se apoyó en su hombro; luego dijo quedamente:
– Cully, ¿por qué le llamas «combate»?, ya sabes, cuando quieres que lo haga con otra chica.
Cully se echó a reír.
– Simplemente me gusta la idea de la palabra. En cierto modo lo describe.
– ¿Me desprecias por eso? -preguntó Crystin.
– No -dijo Cully-. Para mí es lo más bello que he visto en mi vida.
Cuando Crystin se fue, Cully no pudo dormir. Por fin, bajó al casino. Localizó a Crystin en la mesa de veintiuno. Tenía frente a ella una pila de fichas negras de cien dólares.
Le hizo señas de que se acercara. Sonreía encantada.
– Cully, es mi noche de suerte -le dijo-. Gano doce grandes.
Luego, cogió un montón de fichas y las colocó en la mano de Cully.
– Eso es para ti -dijo-. Quiero que las cojas.
Cully contó las fichas. Eran diez. Mil dólares.
Se echó a reír y dijo:
– De acuerdo. Te las guardaré, algún día necesitarás dinero para jugar.
La dejó, siguió a su oficina y guardó las fichas en un cajón de su escritorio. Pensó de nuevo en llamar a Merlyn, pero decidió no hacerlo.
Miró a su alrededor. No le quedaba ninguna cosa por hacer, pero tenía la sensación de olvidarse de algo. Como si hubiese contado el «zapato» y faltasen algunas cartas importantes. Pero ya era demasiado tarde. Dentro de a unas horas, estaría en Los Angeles y cogería el avión con destino a Tokio.
En Tokio, Cully tomó un taxi para ir a la oficina de Fummiro. Las calles de Tokio estaban llenas de gente, y muchos llevaban las mascarillas de gasa blanca quirúrgica para protegerse del aire cargado de gérmenes. Hasta los obreros de la construcción, con sus resplandecientes chaquetones rojos y sus cascos blancos, llevaban aquellas mascarillas. Por alguna razón, las máscaras inquietaban a Cully. Pero pensó que se debía a que estaba muy nervioso por el viaje.
Fummiro le recibió con un cordial apretón de manos y una amplia sonrisa.
– Cuánto me alegro de verle, señor Cross -dijo-. Procuraremos que su estancia sea agradable, que se divierta mucho en nuestro país. No tiene más que decirle a mi ayudante lo que necesita.
Estaba en la moderna oficina de Fummiro, de estilo norteamericano, y podían hablar sin problemas.
– Tengo mi maleta en el hotel, y sólo quiero saber cuándo debo traerla a su oficina -dijo Cully.
– El lunes -dijo Fummiro-. En el fin de semana no se puede hacer nada. Pero hay una fiesta en mi casa mañana por la noche. Estoy seguro de que le gustará.
– Muchísimas gracias -dijo Cully-. Pero sólo quiero descansar. No me encuentro demasiado bien y ha sido un viaje largo.
– Sí, claro, comprendo -dijo Fummiro-. Tengo una buena idea. Hay una posada rural en Yogawara. Queda sólo a una hora de coche de aquí. Podrá ir en mi limusina. Es el lugar más bello de Japón. Tranquilo y pacífico. Hay chicas que dan masajes y yo procuraré que tenga usted otras chicas allí. La comida es soberbia. Comida japonesa, claro. Es donde todos los hombres importantes del Japón llevan a sus amantes a pasar unos días, y es un sitio discreto. Allí estará tranquilo, sin ninguna preocupación. Puede usted volver el lunes, completamente repuesto, y entonces le tendré preparado el dinero.
Cully se lo pensó. Mientras no tuviese el dinero no corría peligro, y la idea de descansar en el campo le atraía.
– Me parece magnífico -le dijo a Fummiro-. ¿Cuándo puede recogerme la limusina?
– El viernes por la noche el tráfico es tremendo -dijo Fummiro-. Es mejor ir mañana por la mañana. Descanse bien esta noche y el fin de semana, y ya le veré el lunes.
Como un honor especial, Fummiro le acompañó hasta el ascensor.
Había más de una hora en limusina hasta Yogawara. Pero cuando llegó allí, Cully se alegró mucho de haber hecho el viaje. Era un mesón rural maravilloso, estilo japonés.
Las habitaciones eran magníficas. Los criados flotaban por los pasillos como espectros, casi invisibles. Y no había rastro de otros huéspedes.
En una de las habitaciones había una inmensa bañera de madera de sequoia. El baño propiamente dicho estaba equipado con toda clase de útiles, lociones de afeitar y cosméticos femeninos. Cualquier cosa que uno pudiese necesitar.
Dos muchachitas, casi núbiles, le llenaron la bañera y le lavaron bien antes de que se metiese en la fragante agua caliente. La bañera era tan grande que casi podía nadar en ella. Y tan profunda que casi le cubría. Sintió esfumarse de sus huesos el cansancio y la tensión y luego, por fin, las dos jóvenes le sacaron de la bañera y le llevaron hasta un jergón de la otra habitación. Allí tumbado dejó que le masajearan, dedo a dedo, miembro a miembro, músculo a músculo; nunca le habían dado un masaje parecido.
Le entregaron luego un futaba, un cojincito cuadrado y duro para apoyar la cabeza. E inmediatamente se quedó dormido. Durmió hasta bien entrada la tarde, y luego dio un paseo por el campo.
La posada estaba emplazada en una ladera que dominaba un valle, y más allá del valle se veía el océano, azul, ancho, de una claridad cristalina. Bordeó un hermoso estanque salpicado de flores que parecían hacer juego con los intrincados parasoles de las esteras y hamacas del porche de la posada. Todos aquellos colores claros le encantaban, y aquel aire claro y diáfano refrescaba su mente. Ya no se sentía preocupado ni tenso. Nada pasaría. Fummiro, un viejo amigo, le entregaría el dinero. Cuando llegase a Hong Kong y depositase el dinero, sus problemas con Santadio concluirían y podría volver tranquilamente a Las Vegas. Todo saldría bien. El Hotel Xanadú sería suyo, y él cuidaría de Gronevelt como un hijo de su anciano padre.
Por un momento, deseó poder pasar el resto de su vida en aquel hermoso lugar, tan despejado y tranquilo, tan pacífico como si estuviese viviendo quinientos años atrás. Él nunca había deseado ser un samurai, pero ahora pensaba lo inocentes que habían sido sus luchas.