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La Cúpula

Электронная книга - «La Cúpula». Краткое содержание книги:

La cúpula. Un día de octubre la pequeña ciudad americana de Chester´s Mill se encuentra totalmente aislada por una cúpula transparente e impenetrable. Nadie sabe de dónde ha salido ni por qué está allí. Sólo saben que poco a poco se agotarán las provisiones y hasta el oxígeno que respiran. Es una soleada mañana de otoño en la pequeña ciudad de Chester´s Mill. Claudette Sanders disfruta de su clase de vuelo y Dale Barbara, Barbie para los amigos, hace autostop en las afueras. Ninguno de los dos llegará a su destino. De repente, una barrera invisible ha caído sobre la ciudad como una burbuja cristalina e inquebrantable. Al descender, ha cortado por la mitad a una marmota y ha amputado la mano a un jardinero. El avión que pilotaba Claudette ha chocado contra la cúpula y se ha precipitado al suelo envuelto en llamas. Dale Barbara, veterano de la guerra de Irak, ha de regresar a Chester´s Mill, el lugar que tanto deseaba abandonar. El ejército pone a Barbie al cargo de la situación pero Big Jim Rennie, el hombre que tiene un pie en todos los negocios sucios de la ciudad, no está de acuerdo: la cúpula podría ser la respuesta a sus plegarias. A medida que la comida, la electricidad y el agua escasean, los niños comienzan a tener premoniciones escalofriantes. El tiempo se acaba para aquellos que viven bajo la cúpula. ¿Podrán averiguar qué ha creado tan terrorífica prisión antes de que sea demasiado tarde? Una historia apocalíptica e hipnótica. Totalmente fascinante. Lo mejor de Stephen King.
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Tony G.

¡PD! He sacado a pasear a Horace. Ha hecho todas sus cositas.

Julia, que no quería que Horace olvidara que ella formaba parte de su vida, lo despertó un momento, justo para que engullera media Beggin' Strip, y después bajó para teclear la noticia y escribir el editorial que le habían sugerido Tony y Pete. Acababa de empezar cuando le sonó el móvil.

– Shumway, el Democrat.

– ¡Julia! -Era Pete Freeman-. Me parece que será mejor que vengas. Marty Arsenault está en el mostrador de la comisaría y no quiere dejarme pasar. ¡Me ha dicho que espere fuera, joder! No es policía, no es más que un imbécil que conduce camiones madereros y se saca un dinero extra dirigiendo el tráfico en verano, pero ahora se porta como si fuera el Jefe Gran Polla de Montaña Cachonda.

– Pete, tengo una tonelada de cosas que hacer aquí, así que a menos que…

– Brenda Perkins está muerta. Y también Angie McCain, Dodee Sanders…

– ¡¿Qué?! -Se levantó tan deprisa que volcó la silla.

– … y Lester Coggins. Los han matado. Y agárrate: han detenido a Dale Barbara por los asesinatos. Está abajo, encarcelado.

– Voy ahora mismo.

– Aaah, joder -dijo Pete-. Ahora llega Andy Sanders, y viene llorando como un condenado. ¿Intento conseguir alguna declaración o…?

– No. El hombre ha perdido a su hija tres días después de perder a su mujer. No somos el New York Post. Ahora mismo voy.

Colgó el teléfono sin esperar una contestación. Al principio se mantuvo bastante calmada. Incluso se acordó de cerrar la oficina con llave, pero en cuanto estuvo en la acera, al sentir el calor y verse bajo el emborronado cielo color tabaco, perdió la calma y echó a correr.

20

Joe, Norrie y Benny estaban tirados en la Black Ridge Road, sacudiéndose bajo una luz demasiado difusa. Un calor demasiado ardiente se vertía sobre ellos. Un cuervo, ni mucho menos suicida, se posó en un cable telefónico y los observó con ojos brillantes, inteligentes. Graznó una vez, después se alejó aleteando por el extraño aire de la tarde.

– Halloween -musitó Joe.

– Que dejen de gritar -gimió Benny.

– No hay sol -dijo Norrie. Sus manos intentaban agarrar el aire. Estaba llorando-. No hay sol, ay Dios mío, ya no hay sol.

En lo alto de Black Ridge, en el campo de manzanos desde el que se dominaba todo Chester's Mills, se produjo un fogonazo de una intensa luz malva.

Cada quince segundos, el resplandor se repetía.

21

Julia subió corriendo los peldaños de la comisaría, todavía tenía la cara hinchada a causa del sueño, y el pelo alborotado por detrás. Cuando Pete consiguió alcanzarla, Julia sacudió la cabeza.

– Tú mejor quédate aquí. Puede que te llame cuando consiga la entrevista.

– Me encanta el pensamiento positivo, pero será mejor que esperes sentada -dijo Pete-. No mucho después de Andy ha aparecido… ¿adivinas quién? -Señaló al Hummer aparcado delante de la boca de incendios.

Linda Everett y Jackie Wettington estaban allí cerca, enfrascadas en una conversación. Las dos mujeres parecían más que asustadas.

Dentro de la comisaría, lo primero que sorprendió a Julia fue el calor que hacía; habían apagado el aire acondicionado, seguramente para ahorrar combustible. Lo siguiente fue la cantidad de jóvenes que había sentados por allí, incluidos dos de los hermanos Killian, que a saber cuántos eran; no había confusión posible con esas napias y esas cabezas apepinadas. Todos los chicos parecían estar rellenando formularios.

– ¿Y si no tienes un último puesto de trabajo? -le preguntó uno a otro.

Desde abajo llegaban gritos llorosos: Andy Sanders.

Julia se fue directa a la sala de los agentes; la había visitado con frecuencia a lo largo de los años, incluso había contribuido al bote para café y donuts (una cestita de mimbre). Nunca antes le habían impedido el paso, pero esta vez Marty Arsenault dijo:

– No puede usted entrar ahí, señorita Shumway. Órdenes. -Lo dijo con una voz conciliadora que seguramente no había usado con Pete Freeman. Como pidiendo disculpas.

Justo entonces, Big Jim Rennie y Andy Sanders subieron por la escalera desde lo que los agentes de la policía de Mills llamaban el Gallinero. Andy lloraba. Big Jim lo rodeaba con un brazo y le hablaba para tranquilizarlo. Peter Randolph subió tras ellos. El uniforme de Randolph estaba resplandeciente, pero el rostro del que lo vestía era el de un hombre que ha escapado por muy poco de la explosión de una bomba.

– ¡Jim! ¡Pete! -exclamó Julia-. ¡Quiero hablar con vosotros, para el Democrat!

Big Jim se volvió el tiempo suficiente para dirigirle una mirada que decía que las almas condenadas en el infierno también querían agua helada. Después se llevó a Andy hacia el despacho del jefe de policía. Rennie le estaba diciendo que rezarían.

Julia intentó pasar corriendo al otro lado del mostrador. Aún con cara de disculpa, Marty la agarró del brazo.

Julia dijo:

– Cuando me pediste que no sacara en el periódico aquel pequeño altercado con tu mujer, Marty, lo hice. Porque, si no, habrías perdido tu trabajo. Así que, si tienes una pizca de gratitud, suéltame.

Marty la soltó.

– He intentado detenerla pero no ha querido hacerme caso -masculló-. Recuérdelo.

Julia cruzó la sala de los agentes a la carrera.

– Solo un minuto, maldita sea -le dijo a Big Jim-. El jefe Randolph y tú sois funcionarios municipales y vais a hablar conmigo.

Esta vez, la mirada que le lanzó Big Jim fue furiosa además de despectiva.

– No. No vamos a hablar. No tienes nada que hacer aquí.

– ¿Y él sí? -preguntó, y señaló a Andy Sanders con la cabeza-. Si lo que he oído decir de Dodee es cierto, es la última persona a la que debería permitírsele estar ahí abajo.

– ¡Ese hijo de puta ha matado a mi preciosa niña! -bramó Andy.

Big Jim apuntó a Julia con un dedo.

– Tendrás tu historia cuando estemos listos para dártela. No antes.

– Quiero ver a Barbara.

– Está arrestado por cuatro asesinatos. ¿Te has vuelto loca?

– Si el padre de una de sus supuestas víctimas puede bajar a verlo, ¿por qué yo no?

– Porque no eres una víctima ni un familiar -dijo Big Jim. Su labio superior se retrajo y dejó a la vista sus dientes.

– ¿Ya tiene abogado?

– He terminado de hablar contigo, muj…

– ¡No hay que buscarle ningún abogado, hay que ahorcarlo! ¡HA MATADO A MI PRECIOSA NIÑA!

– Vamos, amigo -dijo Big Jim-. Se lo contaremos al Señor en nuestras oraciones.

– ¿Qué clase de pruebas tenéis? ¿Ha confesado? Si no ha confesado, ¿qué clase de coartada ha presentado? ¿Cómo concuerda con las horas de las muertes? ¿Sabéis siquiera a qué horas se produjeron las muertes? Si acaban de descubrirse los cuerpos, ¿cómo podéis saberlo? ¿Fue con arma de fuego, con arma blanca o…?

– Pete, encárgate de esta mala púa -dijo Big Jim sin volverse-. Si no quiere marcharse ella sola, la echas. Y dile a quienquiera que esté en el mostrador que está despedido.

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