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La Guerra De Hart

Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:

El coronel William McNamara, que pertenece a la cuarta generación de una familia de héroes de guerra, es apresado por los alemanes y recluido en un brutal campo de prisioneros durante la II Guerra Mundial. Como es el oficial estadounidense de mayor rango, toma el mando de sus compañeros internos y consigue mantener vivo el sentido del honor, pese a encontrarse permanentemente vigilado por el avieso mayor de las SS Wilhelm Visser. Sin renunciar nunca a la lucha para ganar la guerra, McNamara planea silenciosamente una estrategia ofensiva para devolver el golpe al enemigo en el momento oportuno. Un asesinato le dará la ocasión de poner en marcha un arriesgado plan, con la ayuda del joven teniente Tommy Hart.
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– De acuerdo -dijo con tono enérgico-. ¡Necesitamos unos minutos más! Hay que ganar tiempo. Esto es lo que quiero que hagan: quiero que dispersen al jodido pelotón de alemanes que se dirige hacia aquí. Láncense a por ellos como si fueran a marcar un tanto en el área de meta. ¡Embístanlos, déjenlos noqueados! Pero sigan adelante, no se detengan más que para propinarles un par de mamporros. Diríjanse hacia el campo de revista y colóquense en formación. ¿Entendido? ¡La vieja cuña de la aviación a través del enemigo! ¡Pero no se detengan! ¡No quiero que nadie reciba un tiro! ¡No quiero que arresten a nadie! Entreténganlos el máximo tiempo posible. ¿Está claro?

Los hombres situados en el pasillo asintieron con la cabeza. Algunos sonrieron.

– ¡Andando pues! ¡A por ellos! -gritó el comandante Clark-. Y cuando lleguen a esa puerta, quiero oír sus voces.

Los hombres sonreían de satisfacción. Algunos se golpearon la palma de la mano con el puño, hicieron crujir sus nudillos. Tensaron los músculos. El oficial que estaba vigilando la puerta gritó de pronto:

– ¡Preparados!

Luego:

– ¡Adelante!

– ¡Adelante, kriegies! -ordenó Clark.

Tras emitir tres furiosos gritos de desafío, la falange de aviadores americanos se lanzó por el pasillo, hombro con hombro, y salió rauda por la puerta del barracón.

– ¡Ánimo! ¡Ánimo! -gritaba Clark.

No alcanzó a presenciar el impacto del ataque, pero oyó el guirigay de voces cuando los hombres embistieron al pelotón de alemanes que se dirigía hacia el barracón, creando al instante una violenta confusión de cuerpos en el suelo del campo de revista. Oyó exclamaciones de alarma y el impacto de los cuerpos al chocar entre sí. Pensó que era un sonido muy satisfactorio.

– ¡Alemanes! ¡Están a punto de aparecer! ¡Sigan cavando! -exclamó después, volviéndose hacia el túnel.

Lincoln Scott oyó las palabras, pero no significaban nada para él. La amenaza provocada por el derrumbe del techo era muchísimo más grave que un pelotón de gorilas dirigiéndose a la carera hacia el barracón 107. Tenía también que pelear contra la oscuridad que amenazaba con engullirlo. Apartó la tierra que entorpecía su camino con una furia fruto de muchos años de incesante rabia.

Tommy Hart estaba asombrado. La muerte parecía acercarse a él de puntillas.

Había conseguido encogerse un poco cuando el techo se derrumbó sobre él, procurándole una minúscula bolsa de oxígeno de la que pudo arrancar unas bocanadas de aire fétido y enrarecido. No había creído que el mundo pudiera llegar a ser tan tenebroso.

Por primera vez, tras días y semanas, se sentía sereno, completamente relajado. Toda la tensión en cada fibra de su cuerpo parecía haberse disipado de improviso, para alejarse de él. Sonrió para sus adentros, pensando que incluso el intenso dolor que sentía en la mano, que hacía que le ardiera todo el cuerpo, parecía haberse extinguido. Le parecía extraño, pero reconfortante; era un don que la muerte le ofrecía en sus últimos momentos.

Tommy respiró hondo. Estuvo a punto de prorrumpir en una carcajada. «Qué curioso -se dijo- no concedemos importancia al hecho de respirar, y eso que inspiramos aire decenas de miles de veces al día. Sólo cuando estás a punto de morir te das cuenta de lo especial que es el aire que respiramos, lo dulce y delicioso que sabe.»

Volvió a respirar profundamente y tosió. El derrumbe había inmovilizado su cabeza y sus hombros, pero no sus pies. Los movió un poco, casi como si pretendiera avanzar, peleando hasta los últimos segundos. Pensó en todas las personas importantes en su vida. Y las vio como si las tuviese frente a él. Le produjo tristeza pensar que estaba a punto de convertirse en un mero recuerdo para ellas. Se preguntó si la muerte consistiría esencialmente en eso, en pasar de un ser de carne y hueso a un recuerdo.

Tras esta última reflexión Tommy volvió a sorprenderse, esta vez al percibir el inconfundible sonido de unos arañazos. Se quedó perplejo. Creía estar completamente solo y le parecía incomprensible que un fantasma hiciera ese ruido terrenal. Un ruido de vida, que lo confundió y asombró aún más.

Pero quien aferró su maltrecha mano no fue un fantasma.

En la densa oscuridad del túnel, Tommy notó de pronto que se abría un espacio ante él. Y en ese agujero oyó unas palabras, farfulladas, pronunciadas entre dientes debido al agotamiento:

– ¿Hart? ¡Maldita sea, háblame! ¡No vas a morir! ¡No lo permitiré!

Tommy sintió una inmensa fuerza que tiraba de él, arrastrándolo a través de la tierra que él había creído su sepultura.

En aquel preciso momento, todos los dolores y sufrimientos que habían desaparecido regresaron, casi cegándolo a medida que un intenso dolor invadía de nuevo todo su cuerpo. Pero curiosamente, Tommy se alegró de sentirlo, pues dedujo que significaba que la muerte había renunciado a llevárselo consigo.

– ¡No vas a morir, maldita sea! -oyó de nuevo-. ¡No lo consentiré!

– Gracias -fue todo cuanto sus escasas fuerzas le permitieron decir.

Lincoln Scott apoyó las manos en los hombros de Tommy, hundiendo sus poderosos dedos en su camisa y su carne, y con un sonoro y violento gruñido lo arrancó de debajo del techo que se había derrumbado sobre él. Luego, sin vacilar, lo empujó hacia delante, arrastrándolo por el túnel. Tommy trató de colaborar avanzando a cuatro patas, pero no pudo. Le quedaban menos fuerzas que a un niño. Así, dejó que Scott lo condujera hacia delante a empujones y manotazos, llevándolo hacia la incuestionable seguridad que ofrecía la entrada del túnel.

El comandante Clark estaba de pie en la entrada del retrete, con los brazos cruzados, interceptando el paso a un teniente alemán y a un pelotón de gorilas cubiertos con cascos y armados con fusiles.

– Raus!-gritó el oficial alemán-. ¡Apártese! -añadió en un inglés pasable aunque con marcado acento.

El alemán tenía el uniforme roto en las rodillas y desgarrado en el hombro, y de la comisura brotaba un hilo de sangre que manchaba su mandíbula. Los hombres del pelotón presentaban varios rasguños y cortes parecidos, y sus uniformes estaban también rotos y sucios debido al encontronazo con los kriegies que habían salido precipitadamente del barracón 107.

– Ni hablar -replicó el comandante Clark con energía-. No hasta que mis hombres hayan salido.

El oficial alemán lo fulminó con la mirada.

– ¡Apártese! ¡Fugarse está verboten!

– ¡Nuestro deber es fugarnos! -tronó Clark-. Además, nadie se ha fugado, idiota -agregó el comandante Clark con desdén, sin moverse-. ¡No se han fugado! ¡Han vuelto! Y cuando salgan, puede usted quedarse con el maldito túnel. Se lo regalo.

El oficial alemán se llevó la mano al cinturón y sacó su Luger semiautomática.

– ¡Si no se aparta, Herr comandante, le pego un tiro aquí mismo!

Al decir esto amartilló la pistola para subrayar sus palabras.

Clark meneó la cabeza.

– No me muevo de aquí. Puede matarme de un tiro, teniente, pero se enfrentará a la soga del verdugo. Allá usted si comete esa estupidez.

Tras dudar unos instantes, el oficial alemán alzó la pistola y la apuntó al rostro de Clark, que lo miró con manifiesto odio.

– ¡Alto!

El oficial dudó unos instantes y luego se volvió. Los hombres del pelotón se cuadraron cuando el comandante Von Reiter se acercó por el pasillo. Tenía el rostro encendido. Su furia era tan evidente como el forro de seda rojo de su abrigo. Asestó una patada en el suelo de madera.

– ¿Qué significa esto, comandante Clark? -inquirió bruscamente-. ¡Vaya a ocupar su lugar en la cabeza de la formación de inmediato!

El comandante Clark volvió a negarse con un gesto.

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