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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Entre las achaparradas lomas, Elyas seguía los contornos de su base, evitando coronar sus cumbres siempre que ello era factible. Apenas hablaba y cuando lo hacía…

—¿Sabéis cuánto vamos a tardar, rodeando cada una de estas condenadas colinas enanas de este modo? ¡Rayos y truenos! Ya habrá llegado el verano cuando me libre de vosotros. ¡No, no podemos ir en línea recta! ¿Cuántas veces tengo que decíroslo? ¿Tenéis alguna idea, aunque sea la más leve, de lo que destaca la figura de un hombre encima de un altozano en un terreno como éste? Que me aspen si no retrocedemos casi tanto como avanzamos. Contoneándonos como una serpiente. Sería capaz de ir más deprisa con los pies atados. Bien, ¿os vais a quedar mirándome o vais a caminar?

Perrin intercambiaba miradas furtivas con Egwene. Ésta sacaba la lengua a la espalda de Elyas. Ninguno de los dos replicaba nada. En la única ocasión en que Egwene había argüido que era el propio Elyas quien quería rodear los montículos y que ellos no eran responsables de ello, recibió una lección acerca de la manera en que viajaba el sonido, ejemplificada en forma de un gruñido que habría podido escucharse a un kilómetro de distancia. Elyas efectuó la demostración de espaldas, sin siquiera disminuir la velocidad de la marcha.

Tanto si hablaba como si guardaba silencio, los ojos de Elyas no cesaban de mirar en derredor, dando la impresión, a veces, de que había algo que observar aparte de las mismas hierbas secas que se encontraban bajo sus pies. Suponiendo que él advirtiera algo, aquello no era asequible a la percepción de Perrin ni a la de los lobos. La frente de Elyas se surcaba de nuevas arrugas, pero él no estaba dispuesto a explicar por qué debían apresurarse ni cuál era el peligro cuyo acecho temía.

A veces una loma más extensa de lo habitual se cruzaba en su camino, extendiéndose varios kilómetros a derecha e izquierda. Incluso Elyas debía reconocer que desperdiciarían demasiado tiempo sorteándola. No obstante, no les permitía coronarla simplemente. Los dejaba en la base de la pendiente y se arrastraba boca bajo hacia la cima, mirando hacia arriba con tal cautela como si los lobos no hubieran inspeccionado aquel lugar diez minutos antes. La espera en la hondonada convertía los minutos en horas y la incertidumbre los roía. Egwene se mordía los labios, tocando inconscientemente el collar que le había regalado Aram. Perrin aguardaba obstinadamente. Con el estómago comprimido en un puño, lograba, sin embargo, mantener la calma en el semblante, ocultando el torbellino que se agitaba en su interior.

«Los lobos nos avisarán si existe una amenaza. Sería maravilloso que se marcharan, que se esfumaran, pero en estos momentos…, en estos momentos nos prevendrán. ¿Qué estará buscando? ¿Qué?»

Tras un largo escrutinio en el que sólo sobresalían sus ojos del nivel del suelo, Elyas siempre les hacía señas para que avanzaran. En todas las ocasiones el camino se hallaba despejado… hasta la próxima colina que no podrían rodear.

Llegados a la tercera loma de tales características, Perrin sentía espasmos en el estómago. Un sabor agrio remontaba por su garganta y estaba seguro de que si tenía que aguardar tan sólo cinco minutos, vomitaría.

—Yo… —tragó saliva—…voy a ir con vos.

—Mantente pegado al suelo —fue todo cuanto dijo Elyas.

No bien hubo acabado de hablar, Egwene saltó de lomos de Bela.

El hombre vestido con pieles tiró hacia adelante su redondo sombrero y la miró por debajo del ala.

—¿Esperas que esa yegua camine arrastrándose? —espetó.

La muchacha movió los labios, sin emitir empero ningún sonido. Por último se encogió de hombros y Elyas se volvió sin pronunciar más palabras y comenzó a ascender por la suave pendiente. Perrin se precipitó tras él.

A poca distancia de la cima Elyas le indicó que se agachara y un momento después él mismo se tumbó boca abajo en la tierra. En esta postura recorrieron los últimos metros.

Una vez arriba, Elyas se quitó el sombrero antes de alzar lentamente la cabeza. Perrin, que observaba detrás de una mata de cardos, no advertía más que la misma llanura ondulada que se extendía tras ellos. No había árboles en la ladera opuesta, si bien en la hondonada, a medio kilómetro del altozano, crecía un exiguo bosquecillo. Los lobos ya lo habían examinado, sin percibir ningún rastro de trollocs ni de Myrddraal.

De oriente a occidente la tierra no presentaba ninguna variación a ojos de Perrin; eran las mismas colinas bajas cubiertas de pasto y de diseminadas agrupaciones de árboles. Todo permanecía inmóvil. Los lobos se encontraban a más de un kilómetro, y no habían visto nada cuando habían atravesado aquel terreno. «¿Qué estará buscando? No hay nada aquí».

—Estamos perdiendo el tiempo —afirmó, comenzando a incorporarse.

En aquel instante una bandada de cuervos alzó el vuelo en los árboles de abajo. Quedó paralizado mientras unos cincuenta o cien pájaros negros se elevaban en espiral hacia el cielo. «Los ojos del Oscuro. ¿Me habrán visto?» El sudor le resbalaba por el rostro.

Como si un mismo pensamiento hubiera ocupado de improviso el centenar de diminutas cabezas, todos los cuervos se abalanzaron en idéntica dirección: el sur. La bandada desapareció por encima del siguiente promontorio. Por el lado este salieron aleteando nuevos cuervos de otra arboleda. La masa negra trazó dos círculos y tomó rumbo sur.

Se tendió en el suelo. Temblaba. Intentó hablar, pero tenía la boca demasiado seca. Pasado un minuto, logró segregar la suficiente saliva.

—¿Era eso lo que temíais? ¿Por qué no nos dijisteis nada? ¿Por qué no los han visto los lobos?

—Los lobos no suelen levantar la vista hacia las copas de los árboles —gruñó Elyas—. Y no, no era esto lo que me esperaba. Ya te dije que no sabía qué… —En la lejanía de poniente una nube oscura se elevó de un bosquecillo y emprendió vuelo también hacia el sur—. Gracias a la Luz, no se trata de una gran cacería. No lo saben. Incluso después de… —Se volvió para mirar el camino que habían recorrido.

Perrin tragó saliva. Incluso después del sueño. Eso era lo que Elyas había querido decir.

—¿Que no es grande? —protestó—. En mi región no se ven tantos cuervos en un año entero.

Elyas sacudió la cabeza.

—En las tierras fronterizas he visto bandadas de mil cuervos. No con frecuencia porque allí se gratifica a quien mata a esos animales, pero en ocasiones se reúnen por millares. —Todavía miraba hacia las tierras septentrionales—. Ahora, silencio.

Perrin lo captó entonces; el esfuerzo por llegar hasta los distantes animales amigos. Elyas quería que Moteado y sus compañeros dejaran de explorar delante y retrocedieran a toda prisa para revisar su rastro. Su habitual lúgubre faz reflejó la tensión del ahínco. Los lobos se encontraban muy lejos. Perrin no era siquiera capaz de detectarlos. «Apresuraos. Mirad el cielo. Apresuraos».

Perrin percibió confusamente la respuesta emitida del lado sur. «Ya vamos». Una imagen centelleó por un instante en su mente antes de desvanecerse: la visión de los lobos que corrían, con los hocicos surcando el viento; corrían como si un incendio estuviera a punto de acorralarlos.

Elyas se dejó caer pesadamente y respiró hondo. Con el rostro ceñudo, miró con atención más allá del altozano, luego hacia el norte de nuevo, y murmuró entre dientes.

—¿Creéis que hay más cuervos detrás de nosotros? —inquirió Perrin.

—Podría ser —repuso Elyas—. A veces se comportan de esa manera. Conozco un lugar, si podemos llegar a él antes de que anochezca. De todos modos deberemos avanzar hasta que oscurezca del todo, incluso si no conseguimos alcanzarlo, pero no es posible ir tan deprisa como yo desearía. No podemos arriesgarnos a aproximarnos demasiado a los pajarracos que tenemos delante. Sin embargo, si también los hay detrás…

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