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El manuscrito carmesí

Электронная книга - «El manuscrito carmesí». Краткое содержание книги:

Premio Planeta 1990
En los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil -el último sultán- da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica llamada a la derrota. Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos, una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo. La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la reconquista -con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias- sacude como un viento destructor la crónica, cuyo lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar -desprovisto, pero sereno- su último refugio. La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy. Esta novela obtuvo el Premio Planeta 1990.
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y de cualquier manera, estaba solo; la responsabilidad final, en última instancia, iba a ser mía.

sobre todo, en cuanto saliera mal.

como de pasada, me pregunté a mí mismo qué era la lealtad, y quién era capaz de ella en los días que estábamos viviendo, en los que el ‘sálvese quien pueda’ era la consigna. yo, desde que me conozco -y no sé si me conozco del todo-, he buscado leales. cuando fui débil, o mejor, cuando fui niño, tuve unos pocos junto a mí y todos eran más débiles que yo. ahora no podría exigir a nadie una fidelidad a ultranza; ésa, sólo el amor la otorga ácon sus a veces injustas exclusivas. por el ansia de tener aunque sólo fuese una persona leal es por lo que ciegamente he incrustado mi corazón en mis asuntos, o mis asuntos en mi corazón. farax ha sido tal persona; desde otra perspectiva, también moraima. son las dos lealtades únicas que poseo; aunque en cierta forma, porque más bien son como yo mismo. pero una certeza semejante, a quienes nos ayudan a gobernar no es prudente pedírsela, y menos aún a quienes intentan sustituirnos. ¿es que un rey sabe alguna vez -sobre todo si se plantea un dilema entre él y el reino- quién le es fiel? ¿y no cabrá la eventualidad de que el infiel y desleal al rey sea, por ello mismo, fructuoso para el reino?

por otro lado, la deslealtad conmigo que habían tenido -y tendrían- aben comisa y el maleh se compensaba de una lamentable manera con su deslealtad recíproca.

ésta era la que me pondría en guardia, por medio de sus delaciones y sus celos y envidias, si uno de ellos tramaba algo de veras peligroso. y, al fin y al cabo -y con esto cerré la reflexión-, más desleales serían con los otros: con los cristianos y con el resto de los dignatarios granadinos. aben comisa y el maleh barrerían para adentro, pero para su adentro nada más, y el tema era demasiado amplio como para detenerse en excesivos fililíes. aunque no me sirviese de un gran consuelo, tenía la seguridad de que, entre los demás y yo, me elegirían a mí; aunque no era menor mi seguridad de que, entre ellos y yo, se elegirían ellos.

mi decisión -tomada a bote pronto, lo que los enorgulleció y los puso literalmente a mis piesfue, por tanto, que el alguacil mayor del reino y el visir de la ciudad emprendieran, ahora oficialmente, las negociaciones. hasta el menor movimiento de ellas tendría que llevarse entre nosotros tres con el más inexorable, rígido y absoluto de los mutismos.

me informaron -aunque yo ya lo sabía, y ellos supongo que sabían que lo sabía- de que su emisario habitual era hamet el ulailas, un medio renegado medio comerciante, elegido por hernando de zafra y carente de toda moral, pero quizá por eso utilizable. a partir de ahora, sin embargo, convendría arbitrar el medio de tener algunos encuentros personales, porque desconfiaban -¡ellos, dios mío!- del traductor, un judío llamado simeón. les pregunté si desconfiaban más de la persona o de sus traducciones, y me respondieron a la vez que de todo.

la primera carta, cuyo borrador tengo ante mis ojos, se la escribió el maleh a zafra delante de mí.

era la respuesta a una suya anterior. empieza: “especial señor y verdadero amigo”, y despliega tal ristra de cumplidos respecto a zafra y a los reyes que no pude sofocar la risa.

el maleh leía al escribir:

– ”sus altezas, a los que no podré olvidar hasta la muerte…” -ni yo -le interrumpí.

él me miró con reproche, y continuó:

– ”… porque conozco el bien que han hecho con nosotros”.

– será contigo -dije.

– así debe decirse, señor. si no, no sigo -me advirtió entre amoscado y cómplice.

yo aprendí la lección.

– ”por dios y por mi ley que, si pudiese llevar granada a cuestas, se la llevase a sus altezas, y esto lo habréis de creer de mí, y dios me destruya si miento”.

– no te excedas, el maleh.

se sonrió a hurtadillas, y continuó escribiendo:

– ”y asimismo deseo mucho bien para mi señor, porque yo lo crié, y su bien y su merced está sobre mí y sobre mi casa, y querría que saliese por fin de esta loca gente con bien, aunque ella me ha tratado muy mal”. -luego se precavía de las precauciones de zafra-: “no quiero que sobre cada palabra que os escriba me pongáis una adarga por delante, y no penséis que respondéis a un enemigo, sino haceos cuenta de que soy un servidor”. -y volvía del revés los argumentos de zafra, dándole la razón para beneficiarse-: “a lo que decís de los enemigos que tiene en esta ciudad el rey mi señor y nosotros, y de que está poblada de gentes de muchas maneras, todo lo que decís es la verdad, y por eso ha resuelto mi señor no hablar en ninguna cosa, porque la gente no está aún madura”.

levantó la vista de la carta y me dijo:

– con esto comenzamos a demorar la fecha de la entrega y a mantenerla en nuestras manos. ahora les hablaremos del secreto, que mucho nos importa.

y le contó que su mensajero ulaila trajo de santa fe mercaderías y las dio a un primo suyo para venderlas en la alcaicería, y que la gente se arremolinó, y hubo pesquisas, y yo y la gente quisimos saber su procedencia.

– ”y yo disimulé mucho, y quiso dios que, en un encuentro con la gente, desbaraté todo su consejo”.

– y seguía-: “me dijo mi señor que no le deis más cartas a hamet y que, si quisierais escribir, tomaremos un cristiano cautivo y hablaremos con él y harémosle que se torne moro y le enviaremos con la carta”. y, de no poder ser, le pedía que estuviera diez o veinte días sin utilizar a hamet el ulaila -’otra prórroga’, me dijo-, hasta que los granadinos olvidaran lo sucedido. y, para enturbiarlo más, le relataba que un gomer preso había huido del campamento cristiano, y alardeaba en granada de tener más noticias que nadie y de saber que el cardenal llegaría pronto, y que el real iba a alzarse, y que si no lo había alzado ya el rey fernando era por no hallar jefes y capitanes que aceptaran quedarse.

– esto le preocupará, y le enterará de que estamos enterados de lo que él nos oculta -comentó-.

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