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La huida de Morgan

Электронная книга - «La huida de Morgan». Краткое содержание книги:

Bristol, Inglaterra 1787. Cientos de prisioneros iban a ser arrancados de su tierra natal y forzados a emprender un duro viaje por mar para poblar tierras desconocidas y hostiles. Abandonados a su suerte en tierras australianas, su llegada sería sólo el principio de una larga odisea. Morgan habría de conocer el lado más cruel del ser humano, pero también el amor y la amistad más sinceros. La huida de Morgan parte de episodios históricos para narrar la increíble epopeya de los primeros colonos en Australia.
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SEXTA PARTE

De octubre de 1788 a mayo de 1791

Las mujeres recibieron la orden de permanecer bajo cubierta, pero, al amanecer, todos los hombres ya habían subido a cubierta con sus pertenencias y estaban esperando a que la luz de la mañana les permitiera ver la isla de Norfolk. La luz vino acompañada de una impresionante alborada en medio de unas altas espirales y jirones de nubes sin lluvia, cuyo color iba pasando lentamente del ciruela con reflejos morados al intenso carmín y a la gloria del oro puro.

– ¿Por qué resulta siempre tan extraño el amanecer? -preguntó Joey Long, de pie al lado de Richard junto a la barandilla del velero mientras MacGregor jadeaba a sus pies.

– Creo que se debe a que es lo contrario de la puesta de sol -contestó Richard-. Los colores pasan de la oscuridad a la luz hasta que las nubes alcanzan el color blanco y el cielo se tiñe de azul.

MacGregor se puso a ladrar, exigiendo que lo tomaran en brazos. Joey accedió a su petición. El perro iba sujeto con una correa de fabricación casera que su amo le había hecho utilizando minúsculos trozos de cuero, para los cuales ni siquiera el teniente Furzer había podido encontrar un destino apropiado; más acostumbrado a la libertad, MacGregor aborrecía la correa, pero la soportaba con resignación. La travesía le había proporcionado muchas sobras y el capitán William Sharp había permitido que el pequeño terrier se hiciera el dueño de las bodegas. El gato del barco (MacGregor no tenía paciencia con los gatos) se había retirado al castillo de proa con semblante muy ofendido, dejando el campo libre al impertinente intruso.

Tras haber permanecido alejados unas cuantas millas de la costa durante la noche, ahora ya se había reanudado la navegación. El capitán Sharp jamás había visitado la isla y no quería correr ningún riesgo. La entrada no supondría ningún problema, pues Harry Ball del Supply le había prestado al piloto de este barco, el teniente David Blackburn, el cual conocía todas las peculiaridades de los arrecifes, las rocas y los bancos de arena.

A causa del deslumbramiento que les producían los rayos del sol antes de que éste ascendiera un poco más en la bóveda celeste, lo único que podían ver de la isla, cuya superficie era de tres por cinco millas, según Donovan le había dicho a Richard, era una oscura y decepcionante masa aplanada. Aquello no era como Tenerife. De pronto, prácticamente en un segundo, la mole se llenó de luz. El verde presentaba un tinte negruzco y los acantilados de trescientos pies de altura eran o bien de un apagado color anaranjado o bien negros como el carbón. De ahí que el lugar les pareciera siniestro y amenazador y diera la impresión de no estar situado en medio del mar, cuyo color variaba desde el azul morado que presentaba en la zona donde el Golden Grove trataba de encontrar un viento favorable hasta el fulgurante aguamarina que mostraba en proximidad de la costa. La gradual palidez del agua hacía que la isla pareciera formar parte de un gigantesco designio marino tan natural como inevitable.

Estaban navegando de oeste a este en medio de una ligera brisa procedente primero del sudoeste y después del nordeste. Otras dos islas servían a la grande: una llana islita rodeada de playa y enteramente cubierta de pinos, y una más grande a unas cuatro millas al sur cuyo elevado y escarpado terreno presentaba un intenso color verde, exceptuando algunos agrupamientos de oscuros pinos. Las blancas olas rompían en la base de todos los acantilados y contra una especie de barra situada en la dirección en la que ellos navegaban, pero, por lo demás, el océano estaba tranquilo y en calma.

El Golden Grove ancló a cierta distancia del arrecife, contra el cual rompía suavemente el oleaje; más allá, una laguna resplandecía con un fulgor más verde que azul. Dos playas se asomaban a ella, una occidental, recta, y una oriental, semicircular. La arena presentaba un tono amarillo albaricoque y su parte posterior llegaba hasta el pinar diezmado por los hombres, cuyos árboles eran los más altos y gigantescos que Richard hubiera visto en su vida. Entre ellos y a lo largo de la playa recta se podía ver toda una pequeña colección de chozas de madera.

Una gran bandera azul con una cruz amarilla ondeaba al viento desde un mástil, muy cerca de la playa recta, en la cual dos personas estaban ocupadas pilotando dos pequeñas embarcaciones. El esquife del Golden Grove bajó por el costado del velero y cruzó el arrecife para acercarse a ellas; la marea había subido lo suficiente para que el esquife pudiera atravesar el arrecife y penetrar en la laguna en cuyo interior se iba a quedar. Las lanchas, había dicho con firmeza el teniente Blackburn, no deberían superar la barrera de coral, por lo que, desde el exterior de la misma, trasladarían su carga a las embarcaciones más pequeñas, las cuales se encargarían de cubrir el resto del camino hasta la orilla.

Una de las dos pequeñas embarcaciones se acercó al velero. Un hombre vestido de blanco, azul oscuro y galón de oro, con una empolvada peluca, un sombrero en la cabeza y una espada al cinto, permanecía de pie en la proa. El hombre subió a bordo y estrechó cordialmente la mano del capitán Sharp y de Blackburn, Donovan y Livingstone. Era el comandante, teniente Philip Gidley King, a quien Richard jamás había visto. Se trataba de un apuesto caballero de estatura media, con unos brillantes ojos color avellana, un bronceado rostro ni bello ni vulgar, una firme y afable boca y una prominente, pero no aguileña nariz.

Una vez terminados los cumplidos de rigor, King se volvió hacia los convictos.

– ¿Quiénes de vosotros sois aserradores? -preguntó.

Richard y Blackall levantaron temerosamente la mano.

King los miró, consternado.

– ¿Eso es todo? -Recorrió las filas de los veintiún hombres y se detuvo delante del corpulento Henry Humphreys-. Adelántate -le dijo, reanudando su revista hasta encontrar a Will Marriner, otro sujeto de gran envergadura-. Tú adelántate también.

Ahora ya eran cuatro.

– ¿Alguno de vosotros tiene experiencia como aserrador?

Nadie contestó. Reprimiendo un suspiro, Richard fue, como de costumbre, el único que se sintió en la obligación de hablar para salvar al grupo de la irritación de las autoridades ante su silencio.

– Ninguno de nosotros es experto, señor -dijo-. Blackall y yo sabemos aserrar, pero ninguno de los dos ha trabajado como aserrador. -Señaló a Blackall con una mano-. En realidad, yo soy triscador de sierras.

– Y también armero, teniente -se apresuró a añadir Donovan.

– Ah, bueno. No tengo suficiente trabajo para un armero, pero sí necesito un triscador de sierras. Nombres, por favor.

Todos facilitaron sus nombres y sus números de convictos.

– Los números no son necesarios en un lugar donde hay tan poca gente -dijo King-. Morgan, Blackall, vosotros dirigiréis el aserradero… Id a tierra ahora mismo con Humphreys y Marriner en la barca de pesca. Para poner manos a la obra, no para gandulear. Tenemos que llenar las bodegas del Golden Grove de madera con destino a Port Jackson antes de que se haga de nuevo a la mar, y puesto que he perdido en un accidente marítimo a mi único aserrador con experiencia no se hace todo el trabajo que hay que hacer. Las sierras están tan desafiladas como un escocés, o sea que te tendrás que poner a afilarlas ahora mismo, Morgan. ¿Tienes herramientas? Nosotros sólo tenemos dos limas.

– Tengo herramientas de sobra, señor -contestó Richard, pasando inmediatamente a hacer lo que la experiencia le había enseñado que era lo más acertado: pedir lo que necesitaba antes de que la ignorancia o la falta de información echaran sobre sus hombros la carga de unos colaboradores a quien él no conociera o en quienes no confiara-. Señor, ¿podría llevarme a Joseph Long, el que está allí? Lo conozco y trabajo bien con él. No tiene corpulencia suficiente para aserrar y es un poco débil mental, pero hace lo que le mandan y puede ser útil en el aserradero.

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