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El vals lento de las tortugas

Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:

La novela continúa con la vida de las y los protagonistas de Los ojos amarillos de los cocodrilos: Joséphine y Zoé se han instalado en un buen barrio de París gracias al éxito de la novela que finalmente ha reivindicado su verdadera autora.
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
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Llamó a Iris. Le hizo un resumen de la situación lo menos alarmante posible, pero señaló la falta de electricidad y el problema del congelador.

– Haz lo que quieras, Jo. Si supieses lo poco que me importa…

– ¡Se va a echar todo a perder!

– No es un drama -respondió Iris con voz cansina.

– Tienes razón. No te preocupes, me haré cargo. ¿Y tú, estás bien?

– Sí. Ha vuelto… ¡Soy tan feliz, Jo, tan feliz! Creo que descubro, por fin, lo que es el amor. Toda mi vida he esperado este momento y ya está, ya ha llegado. Gracias a él. Te quiero, Jo, te quiero.

– Yo también te quiero, Iris.

– No siempre he sido buena contigo…

– ¡Oh, Iris! No es tan grave, ¿sabes?

– No he sido buena con nadie, pero creo que esperaba algo grande, muy grande, y que por fin lo he encontrado. Estoy aprendiendo. Me despojo poco a poco. ¿Sabes que ya no me maquillo? Un día me dijo que no le gustaban los artificios, y me borró el carmín con el dedo. Me preparo para él…

– Me siento feliz de que estés feliz.

– ¡Ay, Jo, tan feliz…!

Tenía la voz pastosa, arrastraba las sílabas, se saltaba otras. Ha debido de estar bebiendo, ayer noche, se dijo Joséphine, desolada.

– Te llamaré mañana para tenerte al corriente.

– No vale la pena, Jo, ocúpate de todo, confío en ti. Déjame vivir mi amor. Siento como si estuviese mudando una vieja piel… Debo estar sola, ¿lo entiendes? Tenemos muy poco tiempo para estar juntos. Quiero aprovecharlo plenamente. Quizás vaya a instalarme a su casa…

Lanzó una risita de chiquilla. Joséphine pensó en el dormitorio austero, en el crucifijo, en santa Teresa de Lisieux y en los mandamientos de la esposa perfecta. No la llevaría a su casa.

– Te quiero, mi hermanita querida. Gracias por haber sido tan buena conmigo…

– ¡Iris! ¡Para, que me vas a hacer llorar!

– ¡Al contrario, alégrate! Esto es nuevo para mí, este sentimiento…

– Lo comprendo. Sé feliz. Me voy a quedar aquí. ¡Tengo mucho trabajo por delante! Hortense y Zoé no vuelven hasta dentro de diez días. ¡Aprovecha! ¡Aprovecha!

– Gracias. Y sobre todo no intentes llamarme… No responderé.

* * *

Al día siguiente por la noche, Iris escuchó una ópera, y después su voz al teléfono. Reconoció El trovador y canturreó un aria, sentada en su silla, con su hermoso vestido marfil. Marfil, torre de marfil. Los dos estamos en nuestra torre de marfil. Pero, pensó dando un salto ¿acaso cree que me he marchado? ¿O que sigo enfadada? ¡Sí, claro! Y además, no es él quien debe venir a mí, soy yo la que debe ir hasta él. Con arrepentimiento. Él no sabe que he cambiado. No puede imaginárselo.

Bajó. Llamó tímidamente. Él abrió, frío y majestuoso.

– ¿Sí? -preguntó como si no la viera.

– Soy yo…

– ¿Quién es yo?

– Iris…

– No basta.

– Vengo a pedirle perdón.

– Eso está mejor…

– Perdón por haberle llamado mentiroso…

Avanzó hacia el quicio de la puerta. Él la rechazó con el dedo.

– He sido frívola, egoísta, colérica… Durante estos quince días a solas, ¡he comprendido tantas cosas!, ¿sabe usted?

Ella tendió los brazos hacia él en ofrenda. Él se echó hacia atrás.

– ¿Me obedecerá usted a partir de ahora, en todo y para todo?

– Sí.

Le hizo una señal para que entrase. La detuvo inmediatamente cuando ella pretendió dirigirse hasta el salón. Cerró la puerta.

– He pasado unas vacaciones muy malas por culpa suya… -dijo.

– Le pido perdón… ¡He aprendido tantas cosas!

– ¡Y todavía tiene muchas que aprender! No es usted más que una niña egoísta y fría. Sin corazón.

– Quiero aprenderlo todo de usted…

– ¡No me interrumpa cuando hablo!

Ella se dejó caer sobre una silla, azotada por su tono autoritario.

– ¡De pie! No he dicho que se siente.

Ella se levantó.

– Ahora me obedecerá si desea usted seguir viéndome…

– ¡Lo deseo! ¡Lo deseo! ¡Tengo tantas ganas de usted!

Él dio un salto hacia atrás, asustado.

– ¡No me toque! Soy yo quien decide, ¡yo quien da la autorización! ¿Quiere usted pertenecerme?

– ¡Con todas mis fuerzas! No vivo más que con esa esperanza. He comprendido tanto…

– ¡Cállese! Lo que haya usted comprendido en su pequeño cerebro de mujer fútil no me interesa. ¿Lo entiende?

El pequeño estremecimiento de placer volvió a crepitar entre sus piernas. Bajó los ojos, avergonzada.

– Escuche y repita conmigo…

Ella asintió con la cabeza.

– Va usted a aprender a esperarme…

– Voy a aprender a esperarle.

– Va usted a obedecerme en todo y para todo.

– Le obedeceré en todo y para todo.

– ¡Sin hacer preguntas!

– Sin hacer preguntas.

– Sin interrumpirme nunca.

– Sin interrumpirle nunca.

– Yo soy el amo.

– Es usted el amo.

– Usted es mi criatura.

– Yo soy su criatura.

– No pondrá usted ninguna objeción.

– No pondré ninguna objeción.

– ¿Está usted sola o acompañada?

– Estoy sola. Sabía que iba usted a volver y he alejado a Joséphine. Y también a las niñas.

– Perfecto… ¿Está usted dispuesta a recibir mi ley?

– Estoy dispuesta a recibir su ley.

– Va usted a pasar un periodo de purificación con el fin de desembarazarse de sus demonios. Se quedará en casa respetando estrictamente las consignas. ¿Está dispuesta a escucharlas? Haga una señal con la cabeza, y a partir de ahora baje la mirada cuando esté en mi presencia, no la levantará hasta que yo se lo ordene…

– Es usted mi amo.

Él la golpeó con todas sus fuerzas. La cabeza de Iris rebotó sobre su hombro. Se llevó la mano a la mejilla, él la cogió del brazo y se lo torció.

– No le he dicho que hable. ¡Cállese! ¡Yo doy las órdenes!

Ella asintió. Sintió cómo se le hinchaba la mejilla y ardía. Sintió ganas de acariciarse la escocedura. El estremecimiento estalló de nuevo entre sus piernas. Estuvo a punto de tambalearse de placer. Agachó la cabeza y susurró:

– Sí, amo.

Él permaneció silencioso como si la examinara. Ella no se movió, permaneció con la mirada gacha.

– Va usted a subir a su habitación y a vivir enclaustrada el tiempo que yo decida y siguiendo un horario que yo le daré. ¿Acepta usted mi ley?

– La acepto.

– Se levantará cada mañana a las ocho, irá a lavarse cuidadosamente, por todas partes, por todas partes, debe estar limpio hasta lo más recóndito, lo comprobaré. Después se arrodillará, pasará revista a todos sus pecados, los escribirá en un papel que yo recogeré. Después, rezará sus oraciones. Si no tiene usted libro de oraciones, le prestaré uno… ¡responda!

– No tengo libro de oraciones -dijo ella con la mirada gacha.

– Le prestaré uno… Después hará la casa, lo limpiará todo perfectamente, lo hará de rodillas, las manos en la lejía, el buen olor a lejía que elimina todos los gérmenes, frotará usted el suelo ofreciendo su trabajo a la misericordia de Dios, le pedirá perdón por su antigua vida disoluta. Seguirá ocupándose de la casa hasta las doce. Si debo pasar, no quiero ni rastro de suciedad, ni rastro de polvo o será castigada. A las doce, tendrá usted derecho a comer una loncha de jamón y arroz blanco. Y beberá agua. No quiero ningún alimento de color ¿soy lo bastante claro? Diga sí si lo ha comprendido… -Sí.

– Por las tardes, leerá su libro de oraciones, de rodillas durante una hora, después lavará la ropa, planchará, limpiará los cristales, lavará las cortinas, los visillos. Quiero que todo esté vestido de la forma más sencilla posible. De blanco. ¿Tiene usted un vestido blanco? -Sí.

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