El Padrino
- Автор: Пьюзо Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Криминальные детективы
Электронная книга - «El Padrino». Краткое содержание книги:
El Don nace en Sicilia, pero de joven emigra a Nueva York. Puzo nos lo describe con un carácter serio, reservado y, sobretodo, reflexivo. Contrasta la actitud familiar, la campechanía inteligente, con los hechos crueles en su pura desnudez, con los asesinatos y las influencias corruptoras. En efecto, en este relato, el mal no es convencional, no es absolutamente negro, es, si se quiere, aunque nunca banal, sí demasiado humano. El criminal, el delincuente, también tiene sus simplezas y sus actitudes ortodoxas, sociales, acaso bondadosas. Es cariñoso con su familia, de conversación razonable y, en apariencia, amena y nunca amenazante.
Vito Corleone se hace Don, padrino, poco a poco y, como él mismo lo hubiera dicho, igual que si tuviera el destino ya trazado. Se junta con unos mafiosos y, ascendiendo en el respeto del hampa y contando con la inmovilidad de las instituciones, entonces se hace dueño de la familia más importante de la ciudad. Pasan los años y Don Vito es anciano, el novedoso tráfico de drogas requiere nuevos horizontes mentales, nuevos emprendimientos transgresores, y, ante los hampones que bogan por el nuevo negocio, el anticuado Vito se enzarza en una guerra de los bajos fondos que culmina con el asesinato de su propio hijo mayor y el pedido de paz. En la reunión al efecto, aparentemente derrotado, el Don promete que no hará nada contra sus antiguos enemigos. Muere y la venganza, en efecto, la realizará el otro gran carácter de la novela, el hijo menor del padrino: Michael.
Michael podría representar cómo un individuo no puede, muchas veces, separarse de su propio grupo, de su rebaño social y además étnico. En la novela, también en la famosa película de Cóppola, asistimos al camino de Michael Corleone de pacífico joven, fiel a los Estados Unidos, a la obediencia de su sino mafioso y criminal, de cómo debe hacerse cargo de los negocios de la Familia, y ejecutar incluso las venganzas que el Don no había podido hacer para cumplir su palabra. Así la contracultura de la organización permanece, se revitaliza, de generación en generación, de padre a hijo.
Los tiempos narrativos de esta trepidante historia están hábilmente conjugados, mantienen una no linealidad que ayuda al suspenso, al efecto, al golpe teatral de las diversas unidades de la narración que se entrecruzan y sorprenden, retomando o abandonando el hilo relator siempre con destreza. Puzo conocía, además, el ambiente de los italoamericanos. Las vívidas descripciones de Sicilia, de su paisaje y sus gentes, el ambiente de los inmigrantes de Nueva York? todo ello refleja sabidurías vivenciales que son trasladadas a la ficción con acierto, creando no solamente una novela sino un mito.
Un libro, en fin, que no se deja abandonar en su lectura, una intensa radiografía de la criminalidad y su sorprendente correlato cultural, inteligente, sincero y emotivo testimonio artístico de unas leyes marginales que fueron escritas, sin tinta ni papel, tan sólo para el mismo grupo de hombres que a través de las generaciones y las geografías siguen siendo casi iguales a los mismos que las hubieron dictado.
Kay se sorprendió al observar que le gustaba vivir en Nevada. Le gustaban el paisaje, las colinas y los cañones de piedra roja, los ardientes desiertos, los inesperados lagos e incluso el calor. Sus dos hijos montaban sus propios caballos. Además, allí tenía verdaderos sirvientes, no guardaespaldas. Y Michael llevaba una vida más normal. Era dueño de una empresa de construcción, socio de una serie de clubs de hombres de negocios y formaba parte de diversos comités cívicos; también se interesaba por la policía local, aunque no intervenía públicamente.
Aquélla era una buena vida. A Kay le gustaba que los Corleone hubieran cerrado su casa de Nueva York, y no deseaba otra cosa que vivir permanentemente en Las Vegas. Odiaba la mera idea de tener que regresar a Nueva York. Por eso, en aquel último viaje había hecho las maletas con eficiencia y rapidez extraordinarias. Y ahora, en el último día, sentía la misma necesidad de partir que un paciente que ha pasado una larga temporada en el hospital cuando llega el momento de darle de alta.
Aquel último día en Nueva York, Kay Adams Corleone se levantó al alba. Podía oír el ruido de los camiones que, ya fuera de la finca, se llevaban los muebles de todas las casas. Por la tarde, todos, incluida Mamá Corleone, regresarían en avión a Las Vegas. o Cuando Kay salió del cuarto de baño, encontró a Michael sentado en la cama fumando un cigarrillo.
– ¿A santo de qué tienes que ir a la iglesia todas las mañanas? -le preguntó-. No me importa que vayas los domingos, pero ¿por qué incluso los días laborables?
Kay se sentó en el borde de la cama para ponerse las medias, y repuso:
– Ya sabes cómo son los católicos conversos. Se lo toman mucho más en serio.
Michael tendió el brazo hasta tocar los muslos de su esposa, más arriba de donde terminaban las medias.
– No me toques, Michael. Esta mañana voy a tomar la comunión.
Michael hizo caso y no trató de retenerla cuando se puso en pie. Esbozando una sonrisa, le dijo:
– Si eres una católica tan perfecta ¿por qué dejas que los niños vayan tan poco a la iglesia?
Kay se sentía molesta. Su marido la estaba juzgando como haría un Don.
– Tendrán tiempo de sobra cuando lleguemos a casa -respondió-. En Las Vegas los obligaré a ir más a menudo.
Antes de salir, Kay dio un beso a su marido. Fuera, el sol ya calentaba bastante. Kay se dirigió hacia su coche, aparcado cerca de la puerta de la finca. Mamá Corleone, vestida completamente de negro, ya estaba dentro del automóvil, esperando a su nuera. Para ellas, la asistencia diaria a la iglesia se había convertido en una rutina.
Kay besó la arrugada mejilla de la anciana y luego se acomodó en el interior del vehículo. Mamá Corleone le preguntó:
– ¿Has desayunado?
– No -contestó Kay.
La anciana inclinó la cabeza en señal de aprobación. En una ocasión Kay se había olvidado de no tomar alimentos antes de recibir la comunión. De eso hacía mucho tiempo, pero Mamá Corleone nunca lo había olvidado; por eso no se fiaba, siempre interrogaba a su nuera.
– ¿Te sientes bien? -quiso saber.
– Sí -repuso Kay.
Aquella mañana soleada la pequeña iglesia estaba prácticamente vacía. Las policromadas vidrieras evitaban que el calor entrara en el templo, donde la temperatura debía ser agradable, como correspondía a un lugar de descanso y recogimiento. Kay ayudó a su suegra a subir las escaleras, y al entrar le cedió el paso. La anciana siempre se sentaba en uno de los bancos delanteros, cerca del altar. Kay dudó antes de entrar. Siempre le ocurría lo mismo, tenía que vencer una leve timidez. Finalmente, se decidió. Mojó la punta de sus dedos en la pila del agua bendita e hizo la señal de la cruz. Alrededor de las imágenes de los santos y del Cristo en la cruz brillaba, temblorosa, la luz de las velas. Antes de sentarse, Kay se arrodilló, y lo mismo hizo antes de tomar la comunión. Después, inclinó la cabeza como si estuviera orando. Pero su estado de ánimo no era el más apropiado para hacerlo.
Era únicamente en la oscura y abovedada iglesia donde Kay se permitía pensar en la otra vida de su marido, en la terrible noche de un año atrás, cuando Michael empleó todos sus recursos para hacerle creer que no había matado al marido de su hermana, lo que era mentira.
Y era precisamente por haberle mentido por lo que Kay lo había abandonado. En efecto, el día siguiente a aquella horrible noche, Kay, acompañada de sus hijos, se había ido a New Hampshire, a casa de sus padres. Sin decir una palabra a nadie, sin darse del todo cuenta de lo que hacía. Michael lo había comprendido de inmediato, y la llamó por teléfono. Pero luego ya no intentó ponerse en contacto con ella. Finalmente, al cabo de una semana, un automóvil procedente de Nueva York se detuvo frente a la casa de los padres de Kay. En el coche iba Tom Hagen.
La tarde que pasó con Tom fue para ella la más espantosa de su vida. El la había llevado a pasear por el bosque, y no se había mostrado precisamente gentil.
Kay cometió el error de mostrarse indiferente, algo para lo que no estaba preparada.
– ¿Mike te ha enviado para que me amenaces? -preguntó cuando lo tuvo delante-. Ya sólo faltaba que te hubieras hecho acompañar por algunos matones y me hubieses obligado a regresar a punta de metralleta. Por vez primera desde que lo conocía, vio a un Hagen irritado.
– Ésa es la tontería más grande que he oído jamás -replicó secamente-. Nunca lo hubiera esperado de una mujer como tú, Kay. Ven conmigo.
– Muy bien, Tom.
Mientras paseaban por el bosque, él le preguntó:
– ¿Por qué te marchaste?
– Porque Michael me mintió. Porque me puso en ridículo al aceptar ser padrino del hijo de Connie. Porque me traicionó. No puedo amar a un hombre así. No puedo vivir con él. No puedo permitirle ser el padre de mis hijos.
– No sé de qué estás hablando -se limitó a decir Hagen.
Con el rostro encendido por la rabia, una rabia completamente justificada por lo demás, Kay repuso:
– Hablo de que asesinó al marido de su hermana. ¿Lo comprendes? -Después de una breve pausa, añadió-: Y además, me mintió.
Siguieron andando, pero ahora en silencio. Fue Hagen quien rompió aquel embarazoso silencio.
– No tienes pruebas de que lo que aseguras sea verdad -dijo Hagen al fin-. Pero, y sólo para evitar discusiones, supongamos que sí, que es cierto. No digo que lo sea ¿eh?; recuérdalo. ¿Y si te explico algo que justificaría su modo de actuar?
Kay le dirigió una mirada de desdén y dijo:
– Es la primera vez que veo al abogado que hay en ti, Tom. Y no me convences. Hagen sonrió.
– De acuerdo. De todos modos, te ruego que me escuches. ¿Qué dirías si supieras que Carlo fue el cebo en el que picó Sonny? ¿Qué dirías si supieras que la paliza que Carlo le propinó a Connie fue una comedia ideada para hacer salir a Sonny de su casa? Y ¿qué dirías si supieras que Carlo recibió dinero por colaborar en el asesinato de Sonny?
Kay no respondió. Hagen prosiguió:
– ¿Qué dirías si supieras que el Don, un gran hombre, no tuvo el valor suficiente para vengar la muerte de su hijo, matando al marido de su hija? En fin ¿qué dirías si supieras que el viejo Don prefirió que fuera Michael quien cargara con la culpa de la muerte de Carlo?