Los tontos mueren
- Автор: Пьюзо Марио
- Язык: испанский
- Переводчик: J M Alvarez Florez
- Жанр: Криминальные детективы
Электронная книга - «Los tontos mueren». Краткое содержание книги:
– Me alegro de que hayas llamado -y esperó una respuesta.
Hice una pausa, y luego dije:
– Yo también.
Entonces, ella se echó a reír y se puso a remedarme:
– Yo también, yo también -dijo. Luego añadió-: En fin, qué más da -se echó a reír alegremente, y luego dijo-: Llámame cuando vuelvas.
– Lo haré -dije yo.
Pero sabía que no iba a hacerlo.
Un mes después de haberme llamado Wagon, lo hizo Eddie Lancer. Estaba furioso.
– Merlyn -dijo-, están cambiando el guión para excluirte. Ese Frank Richetti está redactando de nuevo los diálogos, aunque se limita a parafrasear tus palabras. Están cambiando el argumento sólo lo suficiente para que parezca distinto del tuyo y les he oído hablar, a Wagon, a Bellford y a Richetti, de que te van a retirar del reparto y a quitarte el porcentaje. Esos cabrones no me hacen ni caso.
– No te preocupes -le dije-. Yo escribí la novela, escribí el guión original, lo mandé al sindicato de escritores, y no hay manera de que puedan eliminarme del todo. Eso salva mi porcentaje.
– No sé -dijo Eddie Lancer-. Yo sólo te aviso de lo que van a hacer. Espero que sepas protegerte.
– Gracias -le dije-. ¿Cómo te va a ti? ¿Cómo te va con la película?
– Ese cabrón de Frank Richetti -dijo él- es un analfabeto de mierda, y no sé quién es peor, si Wagon o Bellford. Esto puede convertirse en una de las peores películas de todos los tiempos. El pobre Malomar debe estar dando saltos en su tumba.
– Sí, pobre Malomar -dije yo-. Siempre me hablaba de lo estupendo que era Hollywood, de que allí la gente era muy sincera, que eran todos grandes artistas. Ojalá viese esto.
– Sí -dijo Eddie Lancer-. Oye, la próxima vez que vengas a California, llámame y cenaremos juntos.
– No creo que vuelva a California -dije-. Si tú vienes a Nueva York, llámame.
– De acuerdo, lo haré -dijo Lancer.
Un año después se estrenó la película. Se me incluyó como autor del libro, pero no como coautor del guión. Adjudicaron el guión a Eddie Lancer y a Simon Bellford. Pedí el arbitraje del sindicato de escritores pero perdí. Richetti y Bellford habían hecho un buen trabajo cambiando el guión, con lo que yo perdía mi porcentaje. Pero daba igual. La película fue un desastre y lo peor del asunto fue que Doran Rudd me contó que entre la gente de cine se achacaba a la novela el fracaso de la película. Yo no era ya un producto vendible en Hollywood, y eso fue lo único que me alegró de todo el asunto.
Una de las críticas más feroces de la película fue la de Clara Ford. Se la cargó del principio al fin. Incluso la actuación de Kellino. Al parecer, Kellino no había hecho demasiado bien su trabajo con Clara Ford. Pero Houlinan me lanzó una última andanada. Consiguió colocar en una de las agencias un artículo cuyo titular era: LA NOVELA DE MERLYN FRACASA COMO PELÍCULA. Cuando lo leí, no pude hacer más que mover la cabeza admirado.
49
Poco después de que se estrenara la película fui al Carnegie Hall, a la Conferencia de Liberación Nacional de las Mujeres, con Osano y Charlie Brown. Se anunciaba a Osano como el único orador masculino.
Habíamos cenado antes todos en Pearl's, donde Charlie Brown asombró a los camareros comiéndose un pato a la pequinesa, cangrejos rellenos con carne de cerdo, ostras en salsa de judías negras, un pez inmenso y luego rebañó lo que Osano y yo habíamos dejado en nuestras fuentes sin que se le corriera siquiera el carmín.
Cuando salimos del taxi frente al Carnegie Hall, intenté convencer a Osano de que fuera delante y me dejase seguirle con Charlie Brown del brazo, para que las mujeres pensasen que ella iba conmigo. Parecía demasiado la típica puta, por lo que podría enfurecer a las izquierdistas de la convención. Pero Osano, como siempre, se mantuvo en sus trece. Quería que todas supieran que Charlie Brown era su mujer. Así que cuando bajamos por el pasillo hacia el estrado, caminé tras ellos. Mientras lo hacía, fui estudiando a las mujeres que había en el local. Lo único que me parecía extraño era el que fuesen todas mujeres y comprendí que muchas veces en el ejército, en el orfanato, en partidos de béisbol, yo estaba acostumbrado a ver sólo o principalmente hombres. Que fuesen todas mujeres era un choque, como si me viese de pronto en un país extraño.
Recibió a Osano un grupo de mujeres que le condujo hasta el estrado. Charlie Brown y yo nos sentamos en la primera fila. Yo hubiese preferido sentarme atrás, para poder marcharme pronto. Tan preocupado estaba, que apenas oí los discursos de apertura; luego, de pronto, condujeron a Osano al podio y lo presentaron. Osano se quedó un momento esperando un aplauso que no llegó.
Muchas de las mujeres que había allí se habían ofendido por los ensayos machistas de Osano en las revistas masculinas, años atrás. Otras estaban furiosas porque Osano era uno de los escritores más importantes de su generación y envidiaban su triunfo. Y luego, había también algunas admiradoras suyas que aplaudieron con mucho tiento, por miedo a que la convención recibiese desfavorablemente el discurso de Osano.
Y allí en el podio, corpulento e inmenso, estaba Osano. Esperó un largo instante. Luego se apoyó con arrogancia en el podio y dijo, muy despacio, enunciando cada palabra:
– Combatiros o joderos: ésa es la consigna.
El local estalló en abucheos, silbidos y gritos. Osano intentó seguir. Yo sabía que había utilizado aquella frase sólo para captar la atención del público. Su discurso sería favorable a la liberación de las mujeres, pero no tuvo posibilidad de pronunciarlo. Los abucheos y los silbidos arreciaron, y en cuanto intentaba hablar se reproducían, hasta que Osano hizo una reverencia teatral y abandonó el podio. Le seguimos pasillo adelante y salimos del Carnegie Hall. Los abucheos y los silbidos se convirtieron en aplausos y vítores, para indicarle a Osano que estaba haciendo lo que ellas querían que hiciese: dejarlas en paz.
Osano no quiso que yo fuese a casa con él aquella noche. Quería estar solo con Charlie Brown. Pero a la mañana siguiente recibí una llamada suya. Quería que le hiciera un favor.
– Escucha -dijo-. Me voy a Carolina del Norte, a la Duke University, a una clínica, donde hacen una dieta de arroz. Al parecer, es el mejor tratamiento para adelgazar de los Estados Unidos y, según dicen, sales de allí sano, además. Tengo que adelgazar y, al parecer, el médico cree que puedo tener las arterias obstruidas y que la dieta de arroz puede curarme. Sólo hay un problema. Charlie quiere venir conmigo. ¿Te imaginas a esa pobre chica comiendo arroz durante dos meses? Así que le dije que no podía venir. Pero tengo que llevar el coche hasta allí y me gustaría que me lo llevases tú. Podríamos ir los dos juntos y andar por allí unos cuantos días, y puede que nos divirtiéramos.
Me lo pensé un minuto y luego dije:
– De acuerdo.
Nos citamos para la semana siguiente. A Valerie le dije que estaría fuera sólo tres o cuatro días. Que le llevaría el coche a Osano y que pasaría unos días con él, hasta que quedase bien instalado allí, y que luego volvería.
– ¿Y por qué no lleva el coche él solo? -dijo Valerie.
– Porque no está nada bien -dije-. No creo que pudiese conducir hasta allí. Son por lo menos ocho horas.
Esto pareció satisfacer a Valerie, pero había algo que aún seguía inquietándome a mí. ¿Por qué no quería utilizar Osano a Charlie de chófer? Podría haberla facturado luego, al llegar allí, así que la excusa que me daba de que no quería tenerla sometida a dieta de arroz no tenía sentido. Pensé entonces que quizás estuviese cansado de Charlie y aquél fuese su modo de librarse de ella. No es que eso me preocupase gran cosa. Charlie tenía amigos de sobra que se preocuparían por ella.
Así que llevé a Osano a la clínica de la Duke University en su Cadillac de cuatro años de antigüedad. Y Osano estaba de excelente humor. Parecía incluso un poco mejor físicamente.