Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La lavanda silvestre que iluminó París
La lavanda silvestre que iluminó París - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La lavanda silvestre que iluminó París

Электронная книга - «La lavanda silvestre que iluminó París». Краткое содержание книги:

En la bella Provenza, la joven Simone Fleurier, de catorce años, vive arropada por el amor incondicional de su familia, dueña de una plantación de lavandas que atraviesa graves problemas económicos. Cuando por fin las cosas parecen mejorar, su padre fallece en un fatídico accidente de tráfico. Su familia, destrozada y sin recursos, se ve obligada a enviar a Simone a un vieja casa de huéspedes en Marsella dirigida por su tía, una cruel mujer que la obligará a trabajar como criada en unas pésimas condiciones. Sola, sin el amor de los suyos y perdida cualquier esperanza, Simone cae en una vida triste y miserable. Pero su suerte cambiará cuando trabe amistad con Camile Casal, una hermosa, fría y calculadora joven dedicada al teatro de variedades que le descubrirá el mundo del espectáculo. Poco a poco, florecerá en el corazón de Simone un sueño que la motivará a seguir adelante: convertirse en la más extraordinaria bailarina y cantante de toda Francia.
1 ... 126 127 128 129 130 131 132 133 134 ... 165
Перейти на страницу:

Antes de marcharse, el Juez se volvió hacia mí:

– Mademoiselle Fleurier -me dijo-, tengo que advertirle que los alemanes fusilarán a cualquiera que ayude a la Resistencia. Sin embargo, el gobierno de Vichy tiene un método disuasorio aún más truculento. Decapitan a todos aquellos a los que descubren envueltos en actividades subversivas. Y lo hacen con un hacha.

Estaba poniendo a prueba mi determinación, tratando de calibrar mi nivel de miedo. Más tarde, cuando llegué a conocerle mejor, comprendería que también se estaba asegurando de que yo entendía a qué precio me estaba comprometiendo. No obstante, no me asustó; me notaba la mente despejada y tranquila. Pensé en los grandes momentos de mi vida: mi primera aparición en el escenario, mi primer papel principal en el Adriana, el éxito de mi primera película… Ninguno de ellos se podía comparar a aquello. Esto no era una actuación. Era algo mucho más importante.

– Estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para liberar a Francia -le aseguré-. Incluso aunque signifique sacrificar mi vida. No descansaré ni me daré por vencida hasta que no logremos expulsar por completo al enemigo de nuestro país.

Capítulo 2 9

Ratón y el Juez regresaron el miércoles siguiente por la noche. Me sorprendió ver que habían traído a dos hombres más. Uno de ellos medía aproximadamente uno noventa y tenía una mata de pelo negro cayéndole sobre la frente desde un ligero pico de viuda. El otro era menudo con el pelo rubio tan rizado que parecía cosido a su cuero cabelludo. El alto me dirigió un saludo con la cabeza antes de hundirse en una silla. Tenía un aire de tranquila autoridad y seguridad en sí mismo. El más joven sonrió y se le formaron unas arruguitas en el rabillo de los ojos. Supuse que eran también hombres provenientes del Deuxième Bureau, pero había algo en ellos que no me cuadraba. Llevaban trajes y los sombreros en la mano, pero la manera en la que se movían me llamó la atención. El de la silla se sentó con sus largas piernas abiertas; el otro se mantuvo de pie, con la barbilla metida hacia el cuello.

– Estos son nuestros «paquetes» -susurró Ratón, con cierto tono de orgullo en su voz-. Dos pilotos de la RAF que fueron derribados en Dunkerque. Uno es australiano y otro es escocés. Vamos a llevarlos de vuelta a Inglaterra con nosotros.

«¡Pues claro! -pensé-. No son franceses». Pero si yo había notado la rigidez de su modo de andar y su falta de gesticulación, ¿no lo notarían también los alemanes?

– Mademoiselle Fleurier -exclamó Ratón-, tenemos preocupaciones más serias que esa. El australiano habla bien francés, pero con un ligero acento. El escocés no habla ni una palabra. -Ratón debió de ver la alarma pintada en mi rostro, porque rápidamente añadió-:

Pero tenemos historias de tapadera adecuadas para cada uno de los dos. El australiano ahora será un francés nacido en Argelia y el escocés será un compositor checo, aunque no hable checo. La mayoría de los alemanes tampoco lo hablan.

– Espero que al menos sepa tocar el piano -comenté, tratando de conservar mi sentido del humor.

Si no fuera porque corría peligro de acabar con mi cabeza sobre un cadalso, probablemente habría encontrado la situación extremadamente cómica.

– Sí, de hecho, sí que sabe -replicó Ratón-, y toca maravillosamente bien. Era estudiante en la Real Escuela de Música cuando estalló la guerra.

– ¿Tiene usted miedo, mademoiselle Fleurier? -me preguntó el Juez-. ¿Quiere usted echarse atrás? Es mejor que lo diga ahora si es así.

El australiano me observó fijamente. Tenía un rostro intenso y delgado con unos dulces ojos verdes. Supuse que tenía aproximadamente la misma edad que yo, treinta y pocos, mientras que el escocés era más joven, no podía tener más de veintitrés o veinticuatro.

– No tengo miedo -aseguré-. Estoy decidida a ayudarles a pasar la línea de demarcación.

– Lo mejor será que nos pongamos en marcha si queremos coger el tren -anunció Ratón, señalándose el reloj.

Me puso al corriente rápidamente de los nombres y las historias de tapadera de todo el mundo. El sería Pierrot Vinet, mi representante. El Juez se llamaría Henri Bacque, y sería mi director artístico. El australiano se haría llamar Roger Delpierre, el director de escena, y el escocés ahora sería un compositor checo llamado Eduard Novacek.

Cuando terminamos con las formalidades, señalé a una línea de maletas y cajas de sombreros que estaban junto a la puerta. Íbamos a viajar en primera clase y Ratón me había indicado que tenía que hacer las maletas como las haría cualquier artista famosa. Chérie ya estaba en su jaula, así que abrí la puerta del dormitorio y llamé a los perros. El rostro de Ratón palideció cuando vio aparecer a Princesse, Charlot y Bruno dirigiéndose hacia él.

– ¡Oh, no! -exclamó-. Ellos no pueden venir.

– ¿Por qué no? -le pregunté, agachándome para colocarles las correas.

Ratón arqueó las cejas.

– Nos disponemos a iniciar una peligrosa misión, mademoiselle Fleurier. No podemos andar preocupándonos por un zoológico de animales.

– Bueno, pues aquí no se van a quedar -insistí mientras ataba las correas a los collares de los perros y me volvía a erguir-. Ya les han abandonado antes. Yo no voy a volver a hacerlo.

– ¿No podría pedirle a su portera que cuidara de ellos? -sugirió el Juez-. Hasta que usted regrese.

– No estaré de vuelta hasta dentro de bastante tiempo -le respondí-. Y mi portera es el tipo de mujer que se los comería si los dejara a su cargo.

Tenía otra razón más para llevarme a los animales. Había decidido que si me iba a exponer al peligro de cruzar la frontera, una vez que hubiera logrado que los hombres del Deuxième Bureau y sus «paquetes» estuvieran a salvo, iría a ver qué tal estaba mi familia y a comprobar si los demás habían llegado a la finca. Estaba empezando a tener problemas para conseguir suficiente comida para los animales en París y sabía que los perros y Chérie serían bienvenidos allí.

El escocés se había dedicado a pasear por la sala de estar, examinando mis fotografías y los adornos situados sobre la repisa de la chimenea. Sin embargo, el australiano no había apartado la mirada de mi rostro durante todo ese tiempo.

– Bueno -dijo Ratón, estirándose la chaqueta-, pues como responsable de esta misión le ordeno que deje a estos animales exactamente donde están.

Sentí un picor en la parte de atrás del cuello. Podría haberle dicho a Ratón que, como capitalista de la misión y voluntaria del general De Gaulle, los animales se venían conmigo o él y su misión podían irse al infierno. Pero no quería decirle aquello. Deseaba ayudar a aquellos hombres a llegar a Inglaterra. Quería que el general De Gaulle recuperara Francia para nosotros. Sin embargo, cuando contemplé la expresión confiada de los animales, supe que no podía traicionarles.

– Dejaré mi equipaje -le dije-, pero a ellos debo llevármelos.

– Eso no funcionará -replicó el Juez-. Una artista sin equipaje sí que levantará sospechas.

Aquella negociación no me estaba llevando a ninguna parte y sentí la tentación de recurrir a mis artimañas femeninas. Pero estaba demasiado enfadada como para que de mis ojos salieran unas lágrimas de cocodrilo convincentes. Me parecía inconcebible dejar a los perros y a Chérie en París, donde no podía confiar en que nadie los fuera a cuidar. Y no tenía intención de abandonarlos a su suerte, tal y como habían hecho sus anteriores dueños.

1 ... 126 127 128 129 130 131 132 133 134 ... 165
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)