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Viernes o Los limbos del Pacífico

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Viernes o Los limbos del Pacífico
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CÓDIGO PENAL DE LA ISLA DE SPERANZA

COMENZADO EL DÍA 1.000 DEL CALENDARIO LOCAL

Volvió la página, reflexionó durante largo rato y escribió al fin:

ARTÍCULO PRIMERO.- Las infracciones contra la Carta son sancionables con dos tipos de penas: días de ayuno, días de encierro.

Escolio.- Son las dos únicas penas aplicables actualmente; los castigos corporales y la pena de muerte implican un aumento de la población insular. La mazmorra está situada en la pradera a medio camino entre las estribaciones rocosas y los primeros pantanos. Está situada de tal forma que el sol irradia sobre ella sus dardos durante las seis horas más cálidas de la jornada.

ARTÍCULO II.- Toda permanencia en la ciénaga está prohibida. Los infractores serán castigados con dos días de permanencia en la mazmorra.

Escolio.-De este modo la mazmorra viene a ser la antítesis -y por tanto, en un cierto sentido, como el antídoto- de la ciénaga. Este artículo del Cogido penal ilustra sutilmente el principio de acuerdo con el cual un infractor debe ser castigado por donde ha pecado.

ARTÍCULO III.- Cualquiera que manche la isla con sus excrementos será castigado con un día de ayuno.

Escolio.-Nueva ilustración del principio de sutil correspondencia entre la falta y el castigo.

ARTÍCULO IV.-…

Robinsón se concedió un momento de meditación antes de determinar los castigos que corresponderían al ultraje público al pudor dentro del territorio insular o en sus aguas territoriales. Dio algunos pasos hacia la puerta y la abrió como para mostrarse ante sus súbditos. La cornisa rizada de la vegetación del gran bosque tropical se desplegaba hacia el mar que a lo lejos se confundía con el cielo. Como era rojo como un zorro, su madre le había condenado desde su más tierna infancia a los vestidos verdes y ella le había inculcado la desconfianza hacia el azul que no concordaba, decía, ni con la herrumbre de sus cabellos ni con el tinte de sus vestidos. Pero no había nada que pudiera entonar más armoniosamente que aquel mar de hojas contra el lienzo oceánico extendido hasta el cielo. El sol, el mar, el bosque, el azur, el mundo entero participaban de una tal inmovilidad que parecía que el curso del tiempo hubiera quedado suspendido sin el tic-tac húmedo de la clepsidra. «Si existe una circunstancia privilegiada -pensó Robinsón-, en la cual el Espíritu Santo debe manifestar su descenso en mí, legislador de Speranza, debe ser un día como éste, en un minuto como éste. Una lengua de fuego bailando sobre mi cabeza o una columna de humo ascendiendo derecha hacia el cénit ¿no debería atestiguar que yo soy el templo de Dios?»

Cuando pronunciaba estas palabras en voz alta -conforme al artículo II de la Carta-, vio elevarse tras la cortina del bosque un débil hilo de humo blanco que parecía partir de la Bahía de la Salvación. Creyendo que su plegaria había sido escuchada, cayó de rodillas murmurando una jaculatoria. Y en ese momento una duda empañó su espíritu. Se levantó y fue a descolgar del muro el mosquetón, un cebador, unas balas y el catalejo. Luego silbó a Tenn y se hundió en la espesura evitando el camino directo que había trazado desde la orilla a la gruta.

Eran unos cuarenta y formaban un círculo en torno a un fuego del que ascendía un torrente de humo pesado, espeso, lechoso, de una consistencia anormal. Tres largas piraguas de batanga descansaban sobre la arena. Eran embarcaciones de un tipo corriente en todo el Pacífico, de una notable resistencia a pesar de su estrechez y de la pequeñez de su calado. En cuanto a los hombres que rodeaban el fuego, Robinsón pudo reconocer con el catalejo que se trataba de indios costinos, de la temible tribu de los Araucanos, habitantes de una parte del Chile central y meridional que, tras haber mantenido en jaque a los invasores incas, habían inflingido sangrientas derrotas a los conquistadores españoles. Pequeños, deformes, aquellos hombres iban vestidos con un tosco mandil de cuero. Su rostro ancho, con los ojos extraordinariamente separados, resultaba todavía más extraño porque tenían la costumbre de depilarse las cejas y por la abundante cabellera negra, muaré, soberbiamente conservada que sacudían con orgullo en cualquier ocasión. Robinsón les conocía por sus frecuentes viajes a Temuco, su capital chilena. Sabía que si había estallado algún nuevo conflicto con los españoles, ningún hombre blanco merecería piedad ante sus ojos.

¿Habían realizado la enorme travesía desde las costas chilenas a Speranza? El tradicional valor de los pescadores costinos hacía que aquella hazaña fuera verosímil, pero era más probable que una u otra de las islas Juan Fernández hubiera sido colonizada por ellos -y era una suerte que Robinsón no hubiera caído entre sus manos, porque lo más seguro es que habría sido masacrado o, al menos, reducido a la esclavitud.

Gracias a relatos que había escuchado en Araucania, adivinaba el sentido de la ceremonia que se desarrollaba en aquel momento en la orilla. Una mujer descarnada y greñuda, que se tambaleaba en el centro del círculo formado por los hombres, se aproximaba al fuego y arrojaba a él un puñado de polvo y respiraba con avidez las cargadas volutas blancas que se elevaban inmediatamente. Después, como agitada por esa inhalación, se volvía hacia los indios inmóviles y parecía pasarles revista, paso a paso, con bruscas paradas ante uno u otro. A continuación volvía a la hoguera y la operación recomenzaba, hasta el punto de que Robinsón se preguntaba si la hechicera no iría a desmayarse asfixiada antes de que concluyera el rito. Pero no, el dramático desenlace se produjo de pronto. La silueta harapienta tendía los brazos hacia uno de los hombres. Su gran boca abierta debía proferir maldiciones que Robinsón no podía oír. El indio designado por la vidente como responsable de un mal cualquiera que la comunidad debía sufrir -epidemia o sequía- se arrojó de bruces al suelo sacudido por grandes convulsiones. Uno de los indios marchó hacia él. Su machete hizo volar en primer lugar el taparrabos del desdichado, luego se abatió sobre él con golpes regulares, cortando su cabeza y luego sus brazos y sus piernas. Al final los seis pedazos de la víctima fueron conducidos a las brasas, mientras que la hechicera en cuclillas, agazapada sobre la arena, rogaba, dormía, vomitaba u orinaba.

Los indios habían roto el círculo y se desinteresaban del fuego, cuya humareda era ahora negra. Rodearon sus embarcaciones y seis de ellos sacaron unos odres y se dirigieron hacia el bosque. Robinsón se batió en retirada precipitadamente sin perder de vista a aquellos hombres que invadían su dominio. Si llegaban a descubrir alguna huella de su estancia en la isla, las dos tripulaciones podrían lanzarse en su búsqueda y difícilmente lograría escapar. Pero por suerte, como el primer manantial se hallaba en la linde del bosque, los indios no tuvieron que adentrarse en la isla. Llenaron sus odres, que transportaban entre dos, y se dirigieron hacia las piraguas, donde sus compañeros habían ocupado ya sus sitios. La hechicera se hallaba postrada en una especie de trono situado en la parte trasera de una de las embarcaciones.

Cuando hubieron desaparecido tras los acantilados occidentales de la bahía, Robinsón se aproximó a la hoguera. Se podían distinguir todavía los restos calcinados de la víctima expiatoria. De este modo, pensó, estos hombres rudos aplican inconscientemente y con crueldad las palabras del Evangelio: Si tu ojo derecho es para ti ocasión de caída, arráncatelo y arrójalo lejos de ti, porque más te vale que uno solo de tus miembros perezca antes de que tu cuerpo entero sea arrojado a la gehena. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de caída, córtatela y arrójala lejos de ti… ¿Pero la caridad no estaba acaso de acuerdo con la economía para recomendar más bien que se cuidara el ojo gangrenado y se purificara el miembro de la comunidad que se había convertido en escándalo de todos?

Y de este modo, lleno de dudas, el Gobernador de Speranza regresó a su residencia.

ARTÍCULO VII.- La isla de Speranza es declarada plaza fuerte. Se halla bajo el mando del Gobernador, que toma el grado de general. El toque de queda es obligatorio una hora después de la puesta del sol.

ARTÍCULO VIII.- El ceremonial dominical se hace extensivo a los días laborables.

Escolio.- Cualquier aumento de presión por sucesos brutales debe compensarse con un reforzamiento de la etiqueta. No hacen falta comentarios.

Robinsón dejó descansar su pluma de buitre y miró en torno suyo. Por delante de su casa residencial y de los edificios del Pabellón de Pesos y Medidas, del Palacio de Justicia y del Templo, se alzaba ahora un recinto almenado edificado junto a un foso de doce pies de profundidad y diez de ancho que corría de un muro al otro de la gruta formando un amplio semicírculo. Los dos mosquetones y la pistola estaban colocados -cargados-en el borde de las tres almenas centrales. En caso de ataque, Robinsón podría hacer creer a los asaltantes que él no era el único defensor de la plaza. El sable de abordaje y el hacha se encontraban también al alcance de la mano, pero era poco probable que se llegara alguna vez a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, porque las cercanías del muro se hallaban sembradas de trampas. Primero había una serie de embudos colocados al tresbolillo en cuyo fondo había clavada una estaca con la punta endurecida al fuego, y que estaban recubiertos con haces de hierbas colocadas sobre un débil enrejado de juncos. A continuación Robinsón había hundido en el suelo, a la salida -donde se formaba un claro- del camino que ascendía de la bahía -allí donde normalmente se reunirían los eventuales asaltantes para consultarse antes de seguir hacia adelante-, un tonel de pólvora que podía hacerse estallar a distancia gracias a un cabo de estopa. Por último, la pasarela que servía para franquear el foso era, desde luego, manejable desde el interior.

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