Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Martes Con Mi Viejo Profesor». Краткое содержание книги:

Martes con mi viejo profesor refleja todos los valores humanos a la perfecci?n, encerrando en ?l una lecci?n de vida para todos, ya que nos narra el testimonio de las repetidas visitas durante cada martes, entre Mitch Albom y su viejo profesor, Morrie Schwartz, al cual le han diagnosticado una terrible enfermedad terminal, la ELA. A trav?s de estos encuentros llenos de conexi?n y complicidad ambos, alumno y maestro, intercambian ideas y reflexionan sobre la muerte, la familia, el perd?n o el amor entre otros temas de la vida cotidiana, encerrando as? una ense?anza subliminar fruto de un extraordinario testamento espiritual que nos ayudar? a encontrarnos a nosotros mismos a la vez que nos instar? a reflexionar sobre nuestra vida de la mano de un hombre que depende por completo de los dem?s, pero que luchar? hasta el final con el mayor optimismo. Esta fabulosa obra est? llena de sencillez, pero a la vez, cargada de emoci?n y vitalidad, es uno de esos relatos que hacen que te plantees la vida, de los que dejan huella, y de los que dificilmente se olvidan.
1 ... 9 10 11 12 13 14 15 16 17 ... 38
Перейти на страницу:

Este día, Morrie dice que tiene preparado un ejercicio para que lo ensayemos. Debemos ponernos en pie, dando la espalda a nuestros compañeros, y dejarnos caer de espaldas confiados en que otro estudiante nos cogerá. La mayoría nos sentimos incómodos al hacerlo y no somos capaces de dejarnos caer más que unos centímetros antes de incorporarnos de nuevo. Nos reímos, avergonzados.

Por último, una estudiante, una muchacha delgada, callada, de pelo negro, que he observado que lleva casi siempre gruesos jerséis blancos de pescador, cruza los brazos sobre el pecho, cierra los ojos, se deja caer hacia atrás y no titubea, como en ese anuncio del té Lipton en que la modelo se deja caer en la piscina.

Tengo durante un momento la seguridad de que se va a caer al suelo. En el último instante, el compañero que se le ha asignado la agarra por la cabeza y por los hombros y la levanta torpemente.

– ¡Bien!-gritan algunos estudiantes. Otros aplauden.

Morrie sonríe por fin.

– Ya lo ves-dice a la chica-: has cerrado los ojos. En eso estribó la diferencia. A peces no eres capaz de creerte lo que ves, tienes que creer lo que sientes. Y si quieres que los demás lleguen a confiar en ti, también tú debes sentir que puedes confiar en ellos, aunque estés a oscuras. Aunque te estés cayendo.

El tercer martes

Hablamos de los arrepentimientos

El martes siguiente llegué con las habituales bolsas de comida.- pasta con maíz, ensalada de patata, tarta de manzana, y con una cosa más: una grabadora Sony.

– Quiero recordar de qué hablamos -dije a Morrie-. Quiero tener tu voz para poder escucharla… más tarde.

– Cuando me haya muerto.

– No digas eso.

Él se rió.

– Mitch, voy a morirme. Y más bien temprano que tarde.

Contempló el nuevo aparato.

– Qué grande es -dijo. Yo me sentí como un intruso, como solemos sentirnos los periodistas, y empecé a pensar que una grabadora entre dos personas que eran supuestamente amigos era un objeto extraño, un oído artificial. Con toda la gente que le pedía a voces que les dedicase una parte de su tiempo, quizás yo estuviera intentando llevarme demasiado de aquellos martes.

– Escucha -le dije, tomando la grabadora-. No hace falta que utilicemos esto. Si te hace sentirte incómodo…

Me hizo callar, sacudió un dedo y después se quitó las gafas y las dejó colgadas del cordón que llevaba al cuello. Me miró fijamente a los ojos.

– Déjalo -me dijo.

Yo lo dejé.

– Mitch -siguió diciendo, ahora en voz baja-, no lo entiendes. Quiero hablarte de mi vida. Quiero contártela antes de que ya no pueda contártela.

Su voz se redujo a un susurro.

– Quiero que alguien oiga mi historia. ¿Quieres oírla tú?

Asentí con la cabeza.

Nos quedamos en silencio durante un momento.

– Entonces, ¿está en marcha? -dijo él.

La verdad era que aquella grabadora se debía a algo más que a la nostalgia. Yo estaba perdiendo a Morrie; todos estábamos perdiendo a Morrie: su familia, sus amigos, sus antiguos alumnos, los profesores compañeros suyos, los amigos de las tertulias políticas que tanto le gustaban, sus antiguos compañeros de baile, todos nosotros. Y supongo que las cintas magnetofónicas, como las fotografías y los vídeos, son un intento desesperado de robar algo de la maleta de la muerte.

Pero también me estaba quedando claro, por su valor, por su humor, por su paciencia y por su franqueza, que Morrie estaba viendo la vida desde un lugar muy diferente del de cualquier otro conocido mío. Desde un lugar más sano. Desde un lugar más sensato. Y estaba a punto de morirse.

Si es verdad que cuando uno mira a la muerte cara a cara nos viene una claridad mística de pensamiento; yo sabía que Morrie quería compartirla. Y yo quería recordarla todo el tiempo que pudiera.

La primera vez que vi a Morrie en «Nightline» me pregunté de qué tenía que arrepentirse ahora que sabía que su muerte era inminente. ¿Lamentaba la pérdida de algunos amigos? ¿Le gustaría haber hecho muchas cosas de otra manera? Egoístamente, me pregunté si, encontrándome en su caso, me consumiría pensando con tristeza en todo lo que me había perdido. ¿Me arrepentiría de haberme guardado ciertos secretos?

Cuando hablé de esto a Morrie, él asintió con la cabeza.

– Todo el mundo se preocupa por eso ¿verdad? ¿Y si hoy fuera mi último día sobre la tierra?

Estudió mi rostro, percibiendo quizás cierta ambivalencia en mis propias decisiones. Yo me veía a mí mismo derrumbándome un día sobre mi escritorio mientras redactaba un artículo; mis redactores jefe se apoderaban del texto mientras los enfermeros se llevaban mi cadáver.

– Mitch… -dijo Morrie.

Yo sacudí la cabeza sin decir nada. Pero Morrie se dio cuenta de mi titubeo.

– Mitch -dijo-, esta cultura no te anima a pensar en esas cosas hasta que estás a punto de morirte. Estamos muy absortos en asuntos egocéntricos, en nuestra carrera profesional, en la familia, en tener dinero suficiente, en pagar la hipoteca, en comprarnos un coche nuevo, en arreglar el radiador cuando se rompe; estamos muy ocupados con billones de actos pequeños que sólo sirven para salir adelante. De modo que no adquirimos la costumbre de contemplar nuestras vidas desde fuera y decirnos: ¿esto es todo? ¿es esto todo lo que quiero? ¿me falta algo?

Hizo una pausa.

– Necesitas que alguien te empuje en ese sentido. No va a ocurrir de manera automática.

1 ... 9 10 11 12 13 14 15 16 17 ... 38
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)