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Donde Cruzan Los Brujos

Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:

Hace veinte a?os, el antrop?logo Carlos Castaneda electriz? a millones de lectores con la descripci?n de su iniciaci?n y acceso a otra realidad bajo la tutela del indio brujo yaqui don Juan. Ahora, Taisha Abelar, que fue instruida por los miembros femeninos del grupo de don Juan, narra su propio `cruce` en este llamativo libro. Mientras se encontraba viajando por M?xico, Taisha Abelar se involucr? con un grupo de brujos y comenz? un riguroso proceso de entrenamiento f?sico y mental, dise?ado para permitirle romper los l?mites de la percepci?n ordinaria.
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– Eso puede tardar una eternidad -comenté, con la esperanza de que una apreciación práctica cortara la línea de pensamiento irrazonable de Clara.

– Es muy cierto -aceptó-. Pero te aseguro, Taisha, que llevas todas las de ganar al hacerlo, y nada que perder.

Respiré profundamente unas cuantas veces mientras movía la cabeza de izquierda a derecha, imitando la forma de respiración que me había enseñado a fin de aplacarla y mostrarle que le estaba prestando atención.

Con una pequeña sonrisa me advirtió que la recapitulación no es un ejercicio arbitrario o caprichoso.

– Al recapitular, trata de sentir unas largas fibras elásticas que se extienden desde tu región abdominal -explicó-. Luego alínea el movimiento giratorio de la cabeza con el movimiento de esas escurridizas fibras. Son los conductos que recuperarán la energía dejada atrás por ti. A fin de recuperar nuestra fuerza y unidad, debemos liberar la energía que dejamos atrapada en el mundo y atraerla otra vez a nosotros.

Me aseguró que, al recapitular, extendemos esas fibras elásticas de energía a través del espacio y el tiempo hasta las personas, los lugares y los sucesos que estamos examinando. El resultado es que podemos volver a cada momento de nuestras vidas y actuar como si de hecho estuviéramos ahí.

La posibilidad me hizo sentir escalofríos. Si bien me intrigaba lo que Clara estaba diciendo, desde el punto de vista intelectual, no tenía la menor intención de volver a mi desagradable pasado, aunque sólo fuese mentalmente. Uno de los pocos motivos de orgullo en mi vida era el haberme escapado de una situación insoportable. No pensaba volver y mentalmente revivir todos los momentos que tanto me había empeñado en olvidar. No obstante, Clara parecía animada por una seriedad y sinceridad tan absolutas al explicarme la técnica de la recapitulación que por un momento dejé de lado mis objeciones y me concentré en lo que estaba diciendo.

Pregunté si el orden en que se recuerda el pasado importa. Replicó que lo importante es volver a experimentar los sucesos y los sentimientos con el mayor detalle posible y tocarlos con la respiración que los barre, para de esta manera liberar nuestra energía atrapada.

– ¿Este ejercicio forma parte de la tradición budista? -pregunté.

– No -contestó solemnemente-. Forma parte de otra tradición. Algún día, pronto, te enterarás de qué tradición se trata.

5

No volví a ver a Clara hasta la mañana siguiente en el desayuno. La tarde anterior, a la mitad de nuestra conversación en el patio, de repente su mirada se tornó vaga y distante, como si hubiese visto algo o a alguien a un costado de la casa. Se levantó apresuradamente y se disculpó, dejándome a solas para ponderar la importancia de todo lo dicho.

Al sentarnos ante nuestro desayuno de carne deshebrada y arroz, le dije que al volver de la cueva el día anterior confirmé su indicación de que estaba a poca distancia de la casa.

– ¿Cuál es el verdadero motivo por el que dimos tantas vueltas para llegar ahí, Clara? -pregunté.

Clara rompió a reír.

– Estaba tratando de conseguir que te quitaras los botines, por eso pasamos por el arroyo -replicó.

– ¿Por qué debía quitarme los botines? ¿Por mi ampolla?

– No fue por la ampolla -indicó Clara, contundente-. Necesitaba picar unos puntos muy cruciales en las plantas de tus pies a fin de despertarte del letargo de toda tu vida. De otro modo no me hubieras escuchado.

– ¿No estás exagerando, Clara? Te hubiera escuchado aunque no me picaras los pies.

Meneó la cabeza y esbozó una sonrisa sagaz.

– Todos fuimos educados para vivir en una especie de limbo, en el que nada importa excepto gratificaciones insignificantes e inmediatas -declaró-. Y las mujeres somos unas verdaderas maestras de ese estado. Hasta que no recapitulemos, no podemos superar nuestra educación. Y a propósito de la recapitulación…

Clara reparó en mi expresión afligida y se rió.

– ¿Tengo que volver a la cueva, Clara? -interrumpí, anticipándome a lo que creía iba a decirme-. Preferiría quedarme aquí contigo. Si posaras para mí, podría hacer unos bosquejos y luego pintar tu retrato.

– No, gracias -replicó, sin interés alguno-. Lo que haré es darte unas instrucciones preliminares acerca de cómo proseguir con la recapitulación.

Cuando terminamos de comer, Clara me pasó un cuaderno y un lápiz. Pensé que había cambiado de opinión acerca de que le hiciera su retrato. No obstante, al acercarme los materiales para escribir indicó que comenzara por hacer una lista de todas las personas que había conocido, empezando desde el presente y regresando hasta mis recuerdos más remotos.

– ¡Eso es imposible! -exclamé-. ¿Cómo diablos voy a recordar a todas las personas con las que he entrado en contacto desde el primer día de mi vida?

Clara apartó los platos a fin de darme espacio para escribir.

– Es difícil, cierto, pero no imposible -dijo-. Es una parte necesaria de la recapitulación. La lista forma una matriz para que en ella se enganche la mente.

Afirmó que la fase inicial de la recapitulación consiste en dos cosas. La primera es la lista; la segunda es armar la escena. Y armar la escena consiste en representarse mentalmente todos los detalles relacionados con los sucesos que van a recordarse.

– Una vez que tengas todos los elementos en su lugar, usa la respiración que barre; el movimiento de la cabeza es como un abanico que remueve todo en esa escena -explicó-. Si estás recordando una habitación, por ejemplo, inhala las paredes, el techo, los muebles y a la gente que ves. Y no te detengas hasta que hayas absorbido hasta el último tris de energía que dejaste ahí.

– ¿Cómo sabré cuándo lo he logrado? -pregunté.

– Tu cuerpo te dirá cuándo ha sido suficiente -aseguró-. Recuerda: trata de inhalar la energía que dejaste en la escena que estás recapitulando, y dirige tu intento a exhalar la energía ajena introducida en ti por otros.

Abrumada por la tarea de hacer la lista y empezar a recapitular, no pude pensar en absoluto. Mi mente tuvo la reacción perversa e involuntaria de ponerse completamente en blanco; a continuación, fue inundada por un torrente de pensamientos y me resultó imposible saber dónde empezar. Clara explicó que debemos comenzar la recapitulación enfocando nuestra atención primero en la actividad sexual que hayamos tenido en el pasado.

– ¿Por qué hay que empezar ahí? -pregunté, recelosa.

– Ahí es donde está atrapada la mayor parte de nuestra energía -explicó Clara-. ¡Por eso debemos liberar esos recuerdos primero!

– No creo que mis encuentros sexuales hayan sido tan importantes.

– No importa. Quizá estuviste mirando el techo, muerta de aburrimiento, o viste estrellas fugaces o fuegos artificiales; como sea, alguien depositó su energía dentro de ti y se fue con una tonelada de la tuya.

Su afirmación me molestó mucho. Volver ahora a mis experiencias sexuales me parecía repugnante.

– Ya es bastante difícil -afirmé- revivir los recuerdos de mi infancia. Pero me niego a sacar otra vez lo que me pasó con los hombres.

Clara me estaba observando con una ceja levantada.

– Además -argumenté-, probablemente esperas confidencias de mi parte. Pero en verdad, Clara, no creo que lo que yo haya hecho con los hombres sea asunto de nadie.

Pensé que había establecido mi posición terminantemente, pero Clara meneó la cabeza, decidida, y preguntó:

– ¿Quieres que los hombres que tuviste sigan alimentándose de tu energía? ¿Quieres que esos hombres se hagan más fuertes conforme tú adquieres más fuerza? ¿Quieres constituir su fuente de energía por el resto de tu vida? No. Me parece que no entiendes la importancia del acto sexual ni el alcance de la recapitulación.

– Tienes razón, Clara. No entiendo el motivo de tu extraña petición. ¿Y qué es eso de que los hombres se hacen más fuertes porque soy su fuente de energía? No soy la fuente de nadie ni mantengo a nadie. Te lo prometo.

Sonrió y afirmó haber cometido un error al forzar una confrontación de ideologías en ese momento.

– Ten paciencia -suplicó-. Se trata de una creencia que he elegido sostener. Conforme progreses con tu recapitulación, te hablaré del origen de esa creencia. Baste con decir que es una parte crítica del arte que te estoy enseñando.

– Si es tan importante como tú dices, Clara, quizá sería mejor que me lo explicaras ahora mismo -pedí-. Antes de proseguir con la recapitulación, quisiera saber en qué me estoy metiendo.

– De acuerdo, si tú insistes -accedió, inclinando la cabeza.

Vertió un poco de té de manzanilla en nuestras grandes tazas y agregó una cucharada de miel a la suya.

Con la voz autoritaria de una maestra que ilustra a la neófita, explicó que las mujeres, más que los hombres, son los auténticos soportes del orden social y que a fin de cumplir con este papel han sido educadas de manera uniforme en todo el mundo para estar al servicio de los hombres.

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