Concierto Barroco
- Автор: Carpentier Alejo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Concierto Barroco». Краткое содержание книги:
Vanas fueron las invocaciones, los ritos, los llamados al Cielo, ante los embates de un sino adverso. Hoy todo es dolor, desolación y desplome de grandezas: “Un dardo vibrato nel mio sen”… “Y aparece la Emperatriz con traje entre Semíramis y dama del Ticiano, guapa y valiente mujer, que trata de reanimar los arrestos de su derrotado esposo, puesto por un “falso ibero” en tan aciago trance.-“No podía faltar en el drama -sopla Filomeno a su amo-: Es Anna Giró, la querida del Fraile Antonio. Para ella es siempre el primer papel.” – “Aprenda a respetar” -dice el indiano, severo, a su fámulo. Pero en eso, agachando la cabeza bajo las oriflamas aztecas que cuelgan sobre las tablas del espectáculo, aparece Teutile, personaje mencionado en la “Historia de la Conquista de México” de Mosén Antonio de Solís, que fuera Cronista Mayor de Indias.-“¡Pero resulta que aquí es hembra!” -exclama el indiano, advirtiendo que le abultan las tetas bajo la túnica ornada de grecas.-“Por algo la llaman “la alemana” -dice el negro-: Y usted sabe que, en eso de ubres, las alemanas…”-“Pero esto es grandísimo disparate -dice el otro-: Según Mosén Antonio de Solís, Teutile era “general” de los ejércitos de Montezuma.”-“Pues aquí se llama Giuseppa Pircher, y para mí que se acuesta con Su Alteza el Príncipe de Darmstadt, o Armestad, como dicen otros, que mora, por aburrido de nieves, en un palacio de esta ciudad.”-“Pero Teutile es un hombre y no una mujer.” – “¡Cualquiera sabe! -dice el negro-: Aquí hay gente de mucho vicio… O si no, mire esto.” Y resulta que Teutile quería casarse con Ramiro, hermano menor del Conquistador Don Hernán Cortés, cuyo papel de varón nos canta ahora la Signora Angiola Zanuchi… – “Otra que se acuesta con Su Alteza el Príncipe de Darmstadt” insinúa el negro.-“Pero… ¿aquí todo el mundo se acuesta con todo el mundo?” -pregunta el indiano, escandalizado.-“¡Aquí la gente se acuesta con todo Dios!…Pero, déjeme escuchar la música, pues está sonando un pasaje de trompeta que mucho me interesa” -dice el negro. Y el indiano, desconcertado por el trastrueque de apariencias, empieza a perderse en el laberinto de una acción que se enreda y desenreda en sí misma, con enredos de nunca acabar. Montezuma pide a la Emperatriz Mitrena -pues así la llaman- que inmole a su hija Teutile (“¡pero si Teutile, carajo, era un general mexicano!”…) antes de que la doncella sea mancillada por los torvos apetitos de un invasor. Pero (y aquí los “peros” se tienen que multiplicar al infinito…) la princesa prefiere darse muerte en presencia de Cortés. Y cruza el puente, que ahora resulta sorprendentemente parecido al de Rialto, y, pura y digna, clama ante el Conquistador:
En esto, Montezuma dispara una flecha a Cortés, y se arma un lío tal en el escenario que el indiano pierde el hilo de la historia y sólo es sacado de su alelamiento al ver que cambia la decoración y nos vemos, de pronto, en el interior de un palacio cuyas paredes se adornan de símbolos solares, donde aparece ahora el Emperador de México vestido a la española.-“¡Eso sí que está raro!” -observa el indiano, al darse cuenta de que el Signor Massimiliano Miler se ha quitado el disfraz que él -el que está aquí, en este palco, el rico, el riquísimo negociante de plata- llevaba puesto anoche, antenoche, o ante-ante-antenochísima, o no sé cuándo, para parecerse a los señores de la aristocracia romana que, por presumir de austeros ante las extravagancias de la Serenísima República, adoptaban ahora las modas de Madrid o de Aranjuez, como lo hacían muy naturalmente, desde siempre, los ricos señores de Ultramar. Pero, de todos modos, este Montezuma ataviado a la española resulta tan insólito, tan inadmisible, que la acción vuelve a enredarse, atravesarse, enrevesarse, en la mente del espectador, de tal modo que ante el nuevo atuendo del Protagonista, del Jerjes vencido,
de la tragedia musical, se le confunde el cantante con las tantas y tantas gentes de personalidad cambiada como pudieron verse en el carnaval vivido anoche, antes de anoche o no sé cuándo, hasta que se cierra el telón de terciopelo encarnado sobre un vigoroso llamado a combate naval, lanzado por un Asprano, otro “general de los mexicanos” a quien jamás mencionaron Bernal Díaz del Castillo ni Antonio de Solís en sus crónicas famosas… Suenan nuevamente las horas dadas por los “mori” del Orologio; se conciertan en presurosas percusiones los martillos tramoyistas, pero el Preste Vivaldi no abandona el ámbito de la orquesta, cuyos músicos se ponen a pelar naranjas o empinan las fiascas del tintazo, y, sentándose en un taburete, se entrega a la tarea de revisar los papeles pautados del acto siguiente, marcando una corrección, a veces, con malhumorada pluma. Tal atención de lectura se observa en su modo de pasar las hojas, con gestos que en nada afectan la inmovilidad de su flaco lomo, que nadie se atreve a molestarlo.-“Tiene mucho de Licenciado Cabra” -dice el indiano, recordando el célebre dómine de la novela que ha corrido por toda América.-“Licenciado “Cabro”, diría yo…” -apunta Filomeno, a quien las redondas caderas y el sonrosado escote de Anna Giró no dejaron insensible… Pero ahora el arco del virtuoso da entrada a una nueva sinfonía -en tiempo lento y apoyado, esta vez-, ábrese el escenario, y estamos en una vasta sala de audiencias, en todo parecida a la que se nos muestra en el cuadro que posee el indiano en su casa de Coyoacán, donde se asiste a un episodio de la Conquista -más fiel a la realidad, en cierto modo, que lo que hasta ahora se ha visto aquí. Ahora Teutile (¿hay que aceptar, decididamente, que es hembra y no varón?), lamenta el destino de su padre, cautivo de los españoles, que actuaron con alevosía. Pero Asprano dispone de hombres listos a rescatarlo: “Están impacientes mis guerreros por montar en sus canoas y piraguas; impacientes por castigar al Duce” (sic) “que a su palabra faltó”.” Entran en escena Hernán Cortés y la Emperatriz y se entrega la mexicana a un patético lamento donde un acento evocador de la Reina Atossa de Esquilo se mezcla (en este comienzo que escuchamos ahora) a un cierto derrotismo malinchero. Reconoce Mitrena-Malinche que aquí se vivía en tinieblas de idolatría; que la derrota de los aztecas había sido anunciada por pavorosos presagios. Además: