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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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El detective que estaba sentado frente a él le preguntó de golpe:

– ¿Ha venido por el hombre que se ha suicidado hoy en el metro?

Ricky asintió. El hombre descolgó el teléfono y señaló unas sillas junto a una pared de la oficina. En una de ellas había una mujer desaliñada y sucia de edad indefinida, cuyo cabello plateado e hirsuto parecía explotarle en múltiples direcciones y que al parecer hablaba sola. La mujer llevaba un abrigo raído que no dejaba de ceñirse cada vez con más fuerza, y se balanceaba levemente en el asiento, como siguiendo el compás de la electricidad que le invadía el cuerpo. El diagnóstico de Ricky fue inmediato: indigente y esquizofrénica. No había atendido profesionalmente a nadie con su afección desde sus días de universidad, aunque a lo largo de los años se había cruzado con muchas personas parecidas que caminaban por las calles como casi cualquier otro neoyorquino. En los últimos años, el número de indigentes en la calle parecía haber disminuido, pero Ricky suponía que simplemente los habían enviado a otras ubicaciones en una maniobra política destinada a lograr que los turistas entusiastas y las personas acomodadas y adineradas que transitaban el centro de la ciudad no tuvieran que verlos con tanta frecuencia.

– Tome asiento al lado de Lu Anne -dijo el detective-. Informaré a Riggins de que está usted aquí.

Ricky se puso tenso al oír el nombre de la mujer. Inspiró hondo y se acercó a la hilera de sillas.

– ¿Puedo sentarme aquí? -preguntó a la vez que señalaba la que estaba situada junto a la mujer.

Ella levantó los ojos, algo sorprendida.

– El señor quiere saber si se puede sentar aquí. ¿Quién cree que soy yo? ¿La reina de las sillas? ¿Qué debería decirle? ¿Sí? ¿No?

– Puede sentarse donde quiera…

Lu Anne tenía unas uñas mugrientas y rotas, cicatrices y ampollas en las manos y, en una, un corte que parecía infectado, con la piel hinchada alrededor de una costra morada. Ricky pensó que debía de ser doloroso, pero no dijo nada. Lu Anne se frotó las manos como un cocinero que espolvorea un plato con sal.

Ricky se sentó en la silla. Se movió, como si tratara de ponerse cómodo, y preguntó:

– ¿Así que usted estaba en el andén cuando ese hombre se cayó a la vía?

Lu Anne levantó la mirada hacia los fluorescentes y contempló el resplandor brillante e implacable.

– Así que el señor quiere saber si yo estaba ahí cuando el hombre saltó delante del tren -contestó después de estremecerse ligeramente-. No se imagina lo que yo vi, toda la sangre y la gente que gritaba, algo terrible. Y después llegó la policía.

– ¿Usted vive en la estación de metro?

– El señor quiere saber si vivo ahí. Pues bien, debería decirle que a veces. A veces vivo ahí.

Lu Anne apartó por fin la mirada de los fluorescentes y, con un rápido parpadeo, pareció mover la cabeza como si viera fantasmas por la habitación. Pasado un momento, se volvió hacia Ricky.

– Lo vi -dijo-. ¿Estaba usted también ahí?

– No, pero conocía al hombre que murió.

– Oh, qué triste. -Lu Anne sacudió la cabeza-. Muy triste para usted. Algunos conocidos míos han muerto. Fue triste para mí entonces.

– Sí -respondió Ricky-, es muy triste. -Se obligó a sonreirle y ella le devolvió el gesto-. Digame, Lu Anne, ¿qué vio?

La mujer tosió un par de veces, como para aclararse la garganta.

– El señor quiere saber qué vi -soltó mirando a Ricky-. Quiere saber sobre el hombre que murió y la mujer bonita.

– ¿A qué mujer bonita se refiere? -preguntó Ricky intentando conservar la calma.

– El señor no sabe lo de la mujer bonita.

– No, no lo sé. Pero me interesa -aseguró para animarla.

Los ojos de Lu Anne se desviaron a lo lejos, como si se concentrara en algo más allá de su visión, como un espejismo, y habló con tono amable.

– El señor quiere saber lo de la mujer bonita que se me acerca justo después de que el hombre hiciera ¡zas! Y me habla muy bajito cuando me pregunta: «¿Lo has visto, Lu Anne? ¿Has visto cómo el hombre se lanzaba bajo el tren? ¿Has visto cómo se acercaba al borde cuando el tren iba a pasar? Era el expreso, claro, y no para, no, nunca para, tienes que tomar el metropolitano si quieres subirte a un tren. Y ¿has visto cómo se tiraba? ¡Terrible, terrible!». Ella me dice: «Lu Anne, ¿has visto cómo se suicidaba?

Nadie lo ha empujado. Nadie en absoluto, Lu Anne. Tienes que estar totalmente segura de eso, Lu Anne. Nadie ha empujado al hombre. ¡Zas!, sólo se ha lanzado». Eso me dice la mujer. Qué triste. Debía de tener muchas ganas de morirse de repente, ¡zas! Y entonces hay un hombre a su lado, al lado de la mujer bonita y me dice: «Lu Anne, tienes que contarle a la policía lo que has visto, decirle que el hombre ha pasado entre los demás hombres y mujeres que había en el andén y ha saltado, ¡zas! Muerto». Y la mujer bonita me dice: «Se lo dirás a la policía, Lu Anne. Es tu obligación como ciudadana contarles que viste saltar al hombre». Y me da diez dólares. Diez dólares sólo para mí. Pero me lo hace prometer.

Me dice: «Lu Anne, promete que irás a la policía y les contarás que viste al hombre saltar a la vía». Y yo le digo: «Si, lo prometo». Y he venido a contárselo a la policía, tal como ella me dijo y como yo le prometí. ¿También le dio diez dólares a usted?

– No -musitó Ricky-. No me dio diez dólares.

– Oh, qué lástima -contestó Lu Anne meneando la cabeza-.

Mala suerte.

– Sí. Es una lástima -coincidió Ricky-. Y mala suerte, también.

Levantó la mirada y vio que la detective cruzaba la oficina hacia ellos.

Parecía aún más agotada por los acontecimientos del día de lo que Ricky había supuesto antes, al verla al otro lado de la oficina.

La detective Riggins se movía con una parsimonia que revelaba músculos doloridos, fatiga y un estado de ánimo socavado en parte por el calor del día y, sin duda, por pasarse la tarde tratando laboriosamente de recoger los restos del infortunado señor Zimmerman, y reconstruyendo después sus últimos momentos antes de lanzarse a las vías. Que lograra esbozar una leve sonrisa a modo de presentación le sorprendió.

– Hola -dijo-. Creo que está aquí por el señor Zimmerman.

– Pero antes de que pudiera contestar, Riggins se volvió hacia Lu Anne y añadió-: Lu Anne, pediré a un agente que la lleve a pasar la noche al albergue de la calle Ciento dos. Gracias por venir. Ha sido de gran ayuda. Quédese en el albergue, ¿entendido? Por si necesito volver a hablar con usted.

– La señorita dice que me quede en el albergue pero no sabe que detestamos el albergue. Está lleno de gente mezquina y loca que te roba y te apuñala si se entera de que una mujer bonita te ha dado diez dólares.

– Me aseguraré de que nadie se entere y no correrá peligro. Por favor.

– Lo intentaré, detective -dijo Lu Anne, lo que contradecía la negación que hacía con la cabeza.

Riggins indicó la puerta, donde un par de agentes uniformados estaban esperando.

– Esos hombres la llevarán, ¿vale?

Lu Anne se levantó y sacudió la cabeza.

– El viaje en coche será divertido, Lu Anne. Si quiere, les pediré que pongan las luces y la sirena.

Eso hizo sonreír a Lu Anne, que asintió con entusiasmo infantil. La detective hizo señas a los policías de uniforme y dijo:

– Ponedle la alfombra roja a esta testigo. Luces y acción todo el trayecto, ¿de acuerdo?

Ambos agentes se encogieron de hombros, sonrientes. No tenían objeciones, siempre y cuando Lu Anne subiera y bajara del coche lo bastante rápido como para que su hedor a sudor y suciedad no se quedara impregnado en el interior.

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