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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—Entra, Pola —se apresuró a decir Shekt—. Creo que no conoce a mi hija Pola, Procurador. Pola, te presento al Señor Ennius, Procurador Imperial de la Tierra.

El Procurador se puso en pie moviéndose con una desenvuelta galantería que cortó el atropellado intento de hacer una reverencia que había iniciado la joven.

—Querida señorita Shekt, nunca creí que la Tierra fuese capaz de producir algo tan maravilloso como usted —dijo Ennius—. Cualquiera de los mundos que recuerdo haber visitado estaría orgulloso de contar con su presencia, y le aseguro que soy sincero.

Tomó la mano de Pola, que la joven se había apresurado a extender con una cierta timidez en cuanto había visto que el Procurador venía hacia ella. Por un momento Ennius pareció a punto de besarla con ese gesto cortés más propio de la generación pasada que de la actual, pero si ésa fue su intención no logró materializarla. La mano a medio levantar se escurrió de entre sus dedos…, quizá demasiado rápidamente.

—La amabilidad con que trata a una simple muchacha de la Tierra me abruma, Procurador Ennius —dijo Pola—. Es muy valeroso y galante por su parte arriesgarse de esta manera a un posible contagio, y…

Shekt carraspeó para aclararse la garganta y la interrumpió.

—Mi hija está completando sus estudios en la Universidad de Chica, Procurador —dijo—. Ha venido a pasar dos semanas en mi laboratorio en calidad de técnica para llevar a cabo unos cuantos trabajos prácticos que se le exigen. Es una joven muy competente, y aunque hablo con el lógico orgullo de padre, quizá algún día ocupe mi lugar.

—Padre, tengo una información muy importante que darte —intervino Pola—. Es… —titubeó antes de seguir hablando.

—¿Desea que me vaya? —preguntó amablemente Ennius.

—No, no —dijo Shekt—. ¿De qué se trata, Pola?

—Tenemos un voluntario, papá —dijo la muchacha.

—¿Para el sinapsificador? —preguntó Shekt, mirándola con una fijeza casi estúpida.

—Eso dice él.

—Bien, veo que le he traído buena suerte —comentó Ennius.

—Así parece —asintió Shekt volviéndose hacia su hija—. Dile que espere. Llévale a la sala C, y me reuniré con él lo más deprisa posible. —Shekt se volvió hacia Ennius en cuanto Pola hubo salido de la habitación—. ¿Me disculpa, Procurador?

—Naturalmente. ¿Cuánto dura el proceso?

—Me temo que algunas horas. ¿Desea presenciar cómo se lleva a cabo?

—No se me ocurre ningún espectáculo más macabro y al que esté menos deseoso de asistir, mi estimado Shekt. Estaré en la Casa del listado hasta mañana. ¿Me informará de los resultados?

—Sí, desde luego —asintió Shekt, quien pareció un poco aliviado.

—Bien… Y piense en lo que le he dicho sobre el sinapsificadon. Es un nuevo camino real hacia el conocimiento.

Ennius se marchó sintiéndose más intranquilo que cuando había llegado. No sabía mucho más que antes, y sus temores habían aumentado.

5. EL VOLUNTARIO INVOLUNTARIO

En cuanto se hubo quedado a solas el doctor Shekt pulsó un botón y un joven técnico entró inmediatamente en la habitación. Llevaba una bata blanca inmaculada, y su larga cabellera castaña estaba meticulosamente peinada hacia atrás.

—¿Le ha informado Pola de…? —preguntó el doctor Shekt.

—Sí, doctor Shekt. He estado observando a ese hombre por la pantalla, y no cabe duda de que es un voluntario. Estoy seguro de que no es un candidato enviado de la forma acostumbrada.

—¿Cree que debo dirigirme al Consejo?

—No sé qué decirle… El Consejo no aprobaría ninguna comunicación corriente. Ya sabe que cualquier haz energético de comunicaciones puede ser interferido. ¿Qué le parece si nos libramos de él? —preguntó nerviosamente—. Puedo decirle que necesitamos hombres de menos de treinta años… A juzgar por su aspecto, tiene al menos treinta y cinco años de edad.

—No, no —respondió Shekt—. Será mejor que le eche un vistazo.

Su mente se había convertido en un torbellino. Hasta aquel momento todo había sido manejado de la forma más cautelosa e inteligente posible. Se habían dado las informaciones suficientes para demostrar una sinceridad totalmente falsa, y ni una brizna más. Y de repente tenían un voluntario de carne y hueso…, e inmediatamente después de la visita de Ennius. ¿Habría alguna relación? El mismo Shekt apenas tenía una vaga idea de las tremendas fuerzas nebulosas que estaban empezando a luchar sobre la maltrecha faz de la Tierra, pero a pesar de ello creía saber lo suficiente al respecto…, lo suficiente como para sentirse a merced de ellas e, indudablemente, mucho más de lo que cualquier Anciano sospechaba que sabía.

Pero su vida corría un doble peligro. ¿Qué podía hacer?

Diez minutos más tarde el doctor Shekt estaba contemplando con cara de preocupación al curtido granjero que se hallaba delante de él con la gorra en la mano y la cabeza un poco ladeada, como si quisiera evitar que le observaran con excesivo detenimiento. Shekt calculó que tenía menos de cuarenta años, pero la dura vida del campo no trataba con demasiados miramientos a los hombres. Las mejillas del granjero estaban un poco sonrojadas debajo de la correosa piel bronceada, y había rastros evidentes de transpiración sobre su frente y en sus sienes, a pesar de que la atmósfera de la habitación era más bien fresca. Sus manos estaban entrelazadas, y los dedos no paraban de retorcerse nerviosamente.

—Bien, mi querido señor, tengo entendido que se ha negado a decirnos cómo se llama —empezó Shekt con amabilidad.

Arbin siguió dando muestras de su testarudez.

—Me dijeron que si se presentaba un voluntario ustedes no harían preguntas.

—Ya… Bueno, ¿hay algo que quiera decirme o prefiere ser sometido al tratamiento de inmediato?

—¿Yo? ¿Quiere decir ahora…, aquí? —preguntó Arbin, súbitamente aterrorizado—. Pero el voluntario no soy yo. No he dicho nada que pudiese hacerles pensar que…

—¿No? Entonces eso significa que el voluntario es otra persona, ¿verdad?

—Claro. ¿Para qué iba a querer yo…?

—Comprendo, comprendo. ¿Esa otra persona está con usted? —preguntó el doctor Shekt.

—Bueno… En cierta forma sí —respondió cautelosamente Arbin.

—Muy bien. Ahora dígame lo que desee. Todo será mantenido en el más estricto secreto, y le ayudaremos en todo lo posible. ¿Está de acuerdo?

—Gracias —murmuró el granjero, e inclinó la cabeza en una tosca señal de respeto—. Verá, señor, se trata de lo siguiente… Tenemos a un hombre en nuestra granja, ¿sabe? Es un…, un pariente lejano. Nos ayuda a…

Arbin tragó saliva con visible dificultad, y Shekt hizo un gesto de asentimiento.

—Tiene muy buena voluntad, y es un excelente trabajador —siguió diciendo Arbin—. Tuvimos un hijo, pero se nos murió; y mi mujer y yo…, bueno, verá, necesitamos esa ayuda y… Ella no se encuentra demasiado bien, y no hubiésemos podido arreglárnoslas sin él…

Arbin tuvo la impresión de que la historia que estaba contando resultaba absurda, sin embargo, el científico volvió a asentir con la cabeza.

—¿Y usted desea someter al tratamiento a ese pariente suyo?

—Oh, sí. Me parecía que ya se lo había dicho, pero… En fin, discúlpeme si estoy tardando mucho en explicárselo… Verá, el pobre hombre no está…, no está del todo bien de la cabeza. —Arbin hablaba de manera cada vez más atropellada—. No es que esté enfermo, entiéndame…, no se encuentra tan mal como para que sea necesario internarle. Es un poco retrasado, eso es todo… No habla, ¿entiende?

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