El ascenso de Proteo [Sight of Proteus - es]
- Автор: Шеффилд Чарльз
- Серия: Proteo #1
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-6480-8
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El ascenso de Proteo [Sight of Proteus - es]». Краткое содержание книги:
Mientras investiga proyectos de apariencia siniestra, Wolf encuentra pistas que lo conducen al mensaje legado hace millones de años por una especie extraterrestre. Más tarde, la recurrente imagen mental de un misterioso Bailarín le llevará a enfrentarse con los rebeldes que, desde el espacio exterior, se oponen al poder de la Tierra. Razones más que suficientes para replantear lo que significa ser humano precisamente en una época en la cual los humanos adquieren cualquier forma física si lo desean y cuando el nuevo Test de Humanidad resulta esencial para identificar a los miembros de la propia especie.
—Lamento haber tardado tanto, Bey —dijo—. Decidí pasar primero por el apartamento de Capman y preparar el sensor con sus ropas. Así ha sintonizado su química corporal. Podemos ir en cualquier momento, en cuanto obtengamos un aroma tenue. El sensor apuntaba hacia aquí, así que Capman tiene que habérselas ingeniado para irse de este lugar. ¿Has visto indicios de una salida oculta?
Ambos registraron atentamente la pared, mientras Morris los miraba aturdido y sin comprender. Finalmente John Larsen encontró un panel flojo en una pared, detrás de una unidad de aire acondicionado. Lo corrieron a un lado y descubrieron que daba a un corredor largo y angosto, tenuemente iluminado por una fluorescencia verde. Larsen acercó el sensor a la apertura, y el monitor emitió una luz verde y brillante. La flecha viró señalando hacia el corredor.
—Fue por allí, Bey —dijo Larsen. Se volvió hacia Morris—. ¿Adonde conduce esto?
Morris recobró la compostura y miró alrededor.
—Tendré que pensarlo. El ascensor estaba en el rincón oeste del estudio. Eso significaría que usted está ahora orientado hacia el este.
Bey Wolf se pellizcó pensativamente el labio inferior.
—Lo que esperaba —dijo—. ¿A qué otra parte iba a ir? —Se volvió hacia Larsen—. Tendremos que ir por allí, John, si queremos capturar a Capman. ¿Ves adonde se dirige? Al corazón de la Ciudad Vieja.
7
Si tomamos el más violento y sórdido gueto urbano del siglo XX, lo envejecemos dos siglos, lo sazonamos con una maraña de estructuras elevadas y subterráneas, lo poblamos con los más pobres entre los pobres y le añadimos los peores fracasos de los experimentos de cambio de forma, tendremos la Ciudad Vieja, donde los agentes de la ley caminaban aprensivamente de día y rara vez de noche. Bey Wolf y John Larsen, armados con luces frías, armas de aturdimiento y el sensor, salieron del largo corredor subterráneo cuando empezaba a anochecer. Miraron cautelosamente en derredor y empezaron a seguir la flecha del sensor, internándose en la Ciudad Vieja.
Las evidencias de pobreza los rodeaban por todas partes: las aceras resquebrajadas y llenas de basura, los edificios derruidos, la total ausencia de aceras móviles. Allí se viajaba a pie, o en antiguos vehículos con ruedas sin control automático ni mecanismos de seguridad.
—Pongámonos de acuerdo en algo, John —dijo Wolf, mirando en derredor con gran interés—. Mientras perseguimos a Capman, no nos preocuparemos demasiado por las formas prohibidas habituales. Por lo pronto, creo que aquí veremos más de las que nunca vimos. Mira allí, por ejemplo.
Señaló el callejón frente al cual pasaban. Larsen vio una mole osuna de pie junto a un hombre redondo y diminuto de medio metro de altura. Tenían un carrete de hilo de monofilamento, y lo desenrollaban sujetándolo a una estructura de rejas metálicas. Wolf siguió caminando.
—Si tropiezas con eso, te cortaría en dos antes de que te dieras cuenta. Obviamente están tendiendo una trampa. No es para nosotros, pero será mejor que aquí andemos con cuidado.
Larsen no necesitaba que se lo recordaran. Miraba hacia todas partes, y mantenía la mano cerca de la pistola de aturdimiento.
—No parecen intentos fallidos con las formas comerciales habituales, Bey —dijo—. Supongo que eso es lo que ocurre cuando un pobre diablo de mente retorcida se adueña de una máquina de cambio de forma.
Wolf asintió.
—Quizás intentan luchar contra la adopción de esas formas con su mente consciente, pero por debajo algo se las impone. Quizá dentro de cien años lleguemos a entender qué compulsión los obliga a hacerlo.
Mientras hablaba, Wolf evaluaba fríamente lo que veía y lo memorizaba para futura referencia. La Ciudad Vieja estaba fuera de su jurisdicción excepto en verdaderas emergencias, y aprovechaba al máximo una rara oportunidad. Avanzaron deprisa por las calles oscuras, y por primera vez repararon en la ausencia de faroles. Pronto tuvieron que usar las luces frías para alumbrar el camino. La flecha del sensor siempre apuntaba en la misma dirección. Al caer la noche, empezaban a aparecer los habitantes de la Ciudad Vieja que se ocultaban de día. Larsen empuñó con más fuerza la pistola cuando las imágenes y sonidos se volvieron más exóticos.
Al fin llegaron a una larga rampa inclinada que los conducía nuevamente a un lugar subterráneo. Larsen miró el sensor, y bajaron despacio. Las luces alumbraban el túnel hasta diez metros de distancia. Más allá todo era negrura. Una forma gris y reptilesca con un tufo mohoso echó a correr por un pasaje lateral, y delante de ellos oyeron un chasquido y los pasos apresurados de alguien que se internaba en las sombras. Wolf se detuvo, sobresaltado.
—Eso es algo de lo que debemos informar en la oficina. A menos que me esté volviendo loco, acabamos de ver a alguien que ha desarrollado un exoesqueleto. Me pregunto si ha conservado la estructura de vertebrado.
Larsen no respondió. No tenía esa curiosidad clínica de Wolf, y se sentía incómodo. Continuaron la marcha, y el ambiente se volvió más húmedo y reluciente cuando la rampa se angostó en un túnel con paredes y piso de tierra. Delante, una figura gimió y se escurrió con movimientos de serpiente en otro pasaje lateral.
De pronto Wolf se detuvo y tocó la vara de metal del sensor.
—Demonios, John. ¿Es mi imaginación o esta cosa se está calentando?
—Es posible. Creo que lo mismo ocurre con la pistola y la linterna. Lo noté hace unos metros.
—Debemos de haber entrado en un campo de inducción. Si se vuelve más fuerte, no podremos llevar nada metálico. Avancemos unos metros más.
Caminaron despacio, pero pronto fue obvio que el campo de inducción se fortalecía. Retrocedieron para celebrar un consejo de guerra.
—La señal del sensor es muy fuerte ahora, John —dijo Wolf—. Capman no puede andar muy lejos. Dejemos aquí todos los objetos metálicos y avancemos otros cincuenta metros. Si no lo encontramos después de eso, tendremos que desistir.
Ambos hombres empezaban a sentir los efectos de la tensión. Con buena iluminación, Wolf habría visto la reacción que su sugerencia producía en Larsen. Sólo le oyó aceptar a regañadientes. Dejando las pistolas, las luces y el sensor, reanudaron la marcha en la oscuridad, andando cautelosamente metro tras metro.
De pronto Larsen se detuvo.
—Bey —susurró—, ¿oyes algo delante?
Wolf aguzó los oídos. No oía nada.
—Sonó como un gruñido, Bey. Allí, de nuevo. ¿Oyes?
—Creo que sí. Avancemos despacio. Está a pocos metros.
Siguieron avanzando en la mohosa oscuridad. Oyeron otro gruñido bajo, luego un doloroso jadeo. De pronto una voz débil les llegó desde las sombras.
—¿Quién está ahí? Quédese donde está. Por el amor de Dios, no se acerque más.
—¿Capman? Somos Wolf y Larsen. ¿Dónde está usted?
—Aquí abajo, en el pozo. Miren donde pisan. Esperen un segundo. Les mostraré por dónde ir.
Un delgado haz de luz brotó desde el piso. Avanzaron con titubeos y se encontraron al borde de un pozo de cuatro metros. En el fondo yacía Capman en una incómoda posición. Empuñaba una pequeña linterna y la enfocaba hacia ellos.
—Este pozo no estaba aquí hace un par de días —jadeó—. Sin duda lo cavó una de las formas modificadas que viven en estos túneles. Un espécimen grande, creo. Anduvo por aquí hace unos minutos y se marchó. Por allá.
Señaló con la linterna. Ambos vieron un gran túnel que partía desde la base del pozo. Capman parecía débil y dolorido, pero aún conservaba la calma y la racionalidad.
—Si sobrevive aquí abajo, ha de ser carnívoro —dijo—. Me pregunto cuál será la forma básica.