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Asesinato en Montmartre

Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:

Al intentar salvar a una amiga de la niñez (ahora policía) de ser acusada de asesinato, Aimée se cruza en el camino de los personajes más curiosos de Montmartre: separatistas corsos radicales, gánsteres, los Servicios de Seguridad, prostitutas, descendientes de artistas y otros bohemios… Identificar al verdadero asesino acerca a Aimée a la resolución del misterio que rodea la muerte de su propio padre, unos años antes, en una explosión en la plaza Vendôme, una muerte que todavía acecha sus pensamientos. No descansará hasta que descubra quién fue el responsable.
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– Te escribí explicándote que tenía que marcharme -le contó a Marie-Dominique-. Pero me devolvieron todas las cartas, sin abrir.

Ella miró hacia otro lado.

Un flic con uniforme azul le pasó rozando, se paró y se fijó en los vaqueros negros y botas usadas de Lucien.

– Sígame, estamos interrogando al personal en la cocina -dijo.

– Pero, agente, es nuestro invitado -le dijo Marie-Dominique.

El flic arqueó las cejas y le lanzó una mirada significativa.

– Por supuesto, señora. Por favor, vayan con los demás al salón. -Él continuó hacia la cocina.

Lucien se preparó para lo peor. Los corsos disfrutaban de «tratamiento especial» durante los interrogatorios en la comisaría. Como su amigo Bruno, que había vuelto con un brazo roto. Los recientes ataques separatistas habían puesto particularmente nerviosos a los flics. Si descubrían que no tenía carné de identidad y vivía del dinero negro que cobraba de sus bolos de discjockey, le detendrían.

– Pero si se marchaba sin firmar el contrato que le había ofrecido Conari…

– Se me ha olvidado el carné de identidad, Marie-Dominique. -Echó un vistazo en dirección al salón. Felix estaba con un grupo de hombres, hablando con el comisario. Los invitados habían formado una cola irregular al lado de la mesa de las bebidas.

Se acercó a ella lentamente, susurrando.

– Marie-Dominique, no puedo hablar con ellos ahora.

Ella abrió mucho los ojos.

– O sea que, ¿todavía estás en la lista de los más buscados?

– Dime una forma de salir de aquí, por favor -repuso él-. Habla con Felix, dile que firmaré el contrato mañana.

– Pero y si…

– No tengo tiempo para explicaciones. Ayúdame.

– Por lo menos eres coherente. Te estás escapando. Otra vez.

– No es eso. Por favor, ayúdame.

Marie-Dominique negó con la cabeza.

Un miembro de la empresa de catering abrió una puerta oculta entre los paneles de la pared. Sudaba y cargaba con una sartén de cobre enorme.

Tenía que conducir a las escaleras traseras.

– No metas a Felix en un lío.

– ¿Por qué iba a hacerlo?

– Todavía tienes algo que ver con los separatistas, ¿verdad? Todavía suspirando por «liberar» Córcega.

Por lo que a él respectaba, si no había ocurrido en los últimos dos mil años, ¿por qué iba a ocurrir ahora? Ella no entendía nada. Hacía doscientos años, Pascal Paoli había llegado al poder y en lugar de proclamarse rey como habían hecho otros, abolió la esclavitud, convocó elecciones y concedió el sufragio a las mujeres. Ideas novedosas para su tiempo, para cualquier tiempo. Córcega fue una democracia durante unos años hasta que Paoli fue derrocado y su ejército destruido. En 1768, Córcega fue vendida a los franceses por un millón de francos.

Era cierto, hubo una época en la que él había creído en una Córcega libre y se había unido a la Armata Corsa. Pero cuando vio el comportamiento mafioso del grupo dividido por las facciones, no había querido tener nada que ver con ellos.

– Lo que quieres decir es que yo no pertenezco a esto -dijo Lucien-. No soy parte de tu vida, no de este ambiente chic -añadió, su dolor explotando en ira. Golpeó la puerta con el puño-. Pero tampoco tú, Marie-Dominique. Has cambiado, pero por dentro todavía eres la misma. Me marcho. Dile a Felix que me pondré en contacto con él más tarde.

Abrió la puerta camuflada y la cerró de un portazo.

Martes por la mañana

Aimée se apoyó en la pared enchapada del metro con el móvil en la oreja y colgó. El Hôpital Bichat se negaba a darle cualquier información sobre Laure. Encima, el flic que la custodiaba aún no la había llamado. El aire estaba impregnado del olor a goma quemada de los chirriantes frenos de los trenes. Marcó otro número.

– Brigada Criminal -dijo una voz después de diez tonos.

– Ayer por la noche, la agente Laure Rousseau resultó herida y fue trasladada al Hôpital Bichat. Me gustaría saber cómo está.

– Déjeme que mire -contestó una voz brusca, de las que no admiten tonterías.

Oía pasos de fondo sobre el terrazo.

– Allô? ¿Quién llama? -preguntó la voz.

– Soy Aimée Leduc, detective privado.

– Tendrá que solicitar información a través de los canales adecuados.

– Ah, ¿no lo estoy haciendo? Estoy preocupada. Como le he dicho, está herida.

– Está en prisión preventiva -dijo la voz.

¿Ya? No eran ni las ocho de la mañana.

– Compruébelo con su abogado -replicó la voz.

– ¿Quién es?

– Un tal Maître [1] Delambre lleva el caso. Es toda la información que tengo.

Sonaba como si Laure estuviera representada por alguien de fuera. Inusual en estas circunstancias. ¿Bueno o malo? Seguro que era una buena señal, pensó Aimée intentando ganar en esperanza. Pero, ¿cuánto tiempo mantendrían a Laure en preventiva? Consultó la guía de teléfonos en la cabina del metro, encontró el número del abogado y lo llamó.

– Maître Delambre se encuentra en los tribunales hasta el mediodía -dijo el contestador automático.

– Por favor, dígale que me llame, es urgente, tiene que ver con Laure Rousseau -dijo Aimée y dejó su número.

Qué mal que había dejado que su socio en el despacho, René Friant, se tomara la mañana libre. Necesitaba su ayuda.

Empujó las puertas batientes de la estación del metro de Blanche. Durante todo el tiempo que estuvo subiendo las escaleras llenas de viajeros bien abrigados, se imaginaba a Laure, desorientada, con el ojo inyectado en sangre, acurrucada en una celda.

En el amplio boulevard de Clichy cerca del Moulin Rouge, la calle llena de tiendas, las chillonas luces de neón ahora apagadas, el humo de los tubos de escape de los autobuses subía en espiral. Una desordenada manifestación bloqueaba la calle mientras los altavoces gritaban: «¡Córcega para los corsos!».

Los viajeros esperaban en las aceras con esa particular paciencia de los parisinos, ese encogimiento de hombros colectivo reservado para los retrasos y para las huelgas. En los titulares de los periódicos desplegados en el quiosco podía leerse: «Golpe al debate sobre el convenio corso». Otro decía: «El asalto a un furgón blindado se relaciona con los separatistas de la Armata Corsa».

Vio un cartel llamando a la acción que se estaba despegando de una pared de piedra con el símbolo de la Armata Corsa, la tête de Maure, una cara negra con un pañuelo blanco, en una esquina.

Los estridentes movimientos separatistas corsos centraban la atención pública estos días, desplazando así a los bretones que reclamaban enseñanza en gaélico y los atentados con coche bomba de ETA, el grupo terrorista vasco.

Ahora Aimée necesitaba hablar con la persona del piso de los geranios en la ventana para descubrir si había visto algo.

Por encima de ella, en la rue André Antoine, el cielo cubierto de Montmartre se reflejaba en los tejados azul grisáceo. Como su corazón, sin Guy y con Laure objeto de una investigación policial.

Los plátanos sin hojas se mecían en el viento. Calles empinadas subían retorcidas por la butte de Montmartre. Pisó charcos de nieve derretida. Por la noche se helarían y se volverían resbaladizos. Mañana habría artículos en los periódicos sobre ancianos que se habían caído y roto la cadera.

La verja del elegante edificio a cuyo tejado habían trepado Sebastian y ella permanecía abierta para que entraran los basureros. Analizó de un rápido vistazo desde el patio empedrado hasta el tejado y la claraboya de la casa adyacente. El enclave se hallaba rodeado de varias alturas de ventanas con contraventanas de hierro.

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