La Bahia Del Diamante
- Автор: Ховард Линда
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La Bahia Del Diamante». Краткое содержание книги:
Se metió en la cama al lado de él, teniendo la esperanza de dormir al menos algunas horas. Él estaba descansando mejor, pensó, la fiebre no había subido tanto como antes. Lo cogió del hombro, y se durmió.
El movimiento de la cama la despertó, sacándola sobresaltada de un estado de sueño profundo. Se enderezó sobre la cama, con el corazón latiéndole rápidamente. Él se movía nerviosamente, intentando destaparse pateando la sábana con su pierna sana, y finalmente logró quitarse de encima la mayor parte de ésta. Su piel estaba caliente, y su respiración era demasiado pesada. Una mirada al reloj le indicó que había pasado la hora en que debería haberle dado otra aspirina.
Encendió la lámpara al lado de la cama y entró en el cuarto de baño para coger una aspirina y un vaso con agua. Él se la tomó sin crearle problemas esta vez, y Rachel le obligó a beber casi un vaso de agua lleno. Bajó su cabeza de nuevo sobre la almohada, acariciando su pelo con los dedos.
¡El deseo de nuevo! Apartó su mente del rumbo que esta estaba tomando. Él necesitaba que lo enfriase, y ella se encontraba allí de pie soñando con él. Indignadísima consigo misma, mojó una toalla y se inclinó sobre él, lavándole lentamente el pecho con la toalla fría.
Una mano tocó su pecho. Ella se congeló, abriendo los ojos. Su camisón era suelto y sin mangas, con un escote profundo que se había despegado de su cuerpo cuando se inclinó sobre él. La mano derecha del hombre se adentró en el escote, y le rozó el pecho, acariciando con firmeza el pezón, de aquí para allá, hasta que el pequeño brote de carne se encogió y Rachel tuvo que cerrar los ojos por el placer. Luego su mano bajo aún más, tan despacio que su aliento se detuvo dentro de su pecho, acariciando la parte inferior y aterciopelada de su pecho.
– Preciosa- murmuró, su voz profunda, susurrando la palabra.
La palabra penetró agudamente en la mente de Rachel, y movió la cabeza de un lado a otro y abrió los ojos. ¡Estaba despierto! Por un momento, miró de forma perdida esos ojos entreabiertos que eran tan negros que parecía que la luz se ahogara en ellos; después su corazón comenzó a latir más lentamente y volvió a dormirse, apartando su mano del pecho.
Ella estaba tan nerviosa que apenas podía moverse. Su piel aún ardía por sus caricias, y ese momento en que había mirado sus ojos quedaría grabado en el tiempo, así como ella se sintió abrasada por su mirada. Sus ojos negros, más negros que la noche, sin el menor indicio de un tono marrón. Habían estado nebulosos por la fiebre y el dolor, pero él había visto algo que le gustó y trató de alcanzarlo. Mirando hacia abajo, vio que el escote abierto de su cómodo camisón de algodón dejaba sus senos completamente expuestos a sus ojos y a sus caricias; sin desearlo lo había invitado. Sus manos temblaban mientras seguía bañándolo automáticamente con la toalla. Sus sentidos se tambaleaban, su mente intentando comprender que él había despertado, que había hablado, aunque fuera una sola palabra. De alguna manera en esos dos días que había estado inconsciente, aunque deseaba que despertase, había dejado de esperarlo. Se había ocupado de todo lo referente a él tal como se haría con un bebé, y ahora estaba tan asustada como si un bebé hubiera hablado de repente. Pero él no era un niño; era un hombre. Un verdadero hombre, si el franco aprecio de la palabra susurrada servía como medida. "Preciosa", había dicho él, y sus mejillas se sonrojaron.
Después las implicaciones de esa palabra cayeron sobre ella, y se levantó tambaleante. ¡Era americano! Cualquier palabra que él hubiese dicho, medio inconsciente y ardiendo por la fiebre, habría sido en su lengua natal. Pero la palabra había sido inglesa, y el acento, aunque mal definido, había sido definitivamente americano. Parte del acento podía ser normal, una voz que arrastraba las palabras propia de un hombre sureño o del oeste.
Americano. Estaba extrañada por la ascendencia que le había dado ese tono a su piel, que parecía italiano o árabe, un húngaro americano, ¿o quizá un irlandés? ¿Español? ¿Tártaro? Los pómulos altos, cincelados y la nariz delgada, recta podían venir de cualquier de esas ascendencias, pero él era sin duda americano.
Su corazón aún latía excitado. Incluso después de que hubiera vaciado el cubo de agua, apagado la lámpara y se hubiera acostado lentamente a su lado, se estremecía y no podía dormir. Él había abierto los ojos y le había hablado, se había movido de forma voluntaria. ¡Se recuperaba! Ese hecho quitó una pesada carga de sus hombros.
Se giró de lado y lo miró, sin poder ver casi su perfil en la oscuridad de la habitación, pero su piel notaba su cercanía. Estaba caliente y vivo, y una extraña mezcla de dolor y placer creció dentro de ella, porque de alguna manera, se había hecho importante para ella, tan importante que su vida se había visto alterada. Incluso después de que él se marchase, como el sentido común le indicaba que debía ser, nunca volvería a ser la misma. La Bahía Diamond le había entregado un extraño regalo, salido de sus aguas color turquesa. Extendió la mano y acarició su musculoso brazo, luego la apartó porque el contacto con su piel hacía que su corazón volviese a latir rápidamente. Había venido del mar, pero había sido ella quien había sufrido el cambio por culpa del mar.
Capítulo Cuatro
– Te digo que está muerto.
Un hombre delgado, con cabello de color café con canas y un rostro estrecho, con una intensidad que desmentía la calma y el control con el que se comportaba, le daba al hablante una apariencia de diversión desafiante.
– ¿Crees que podemos permitirnos el lujo de asumir eso, Ellis? No hemos encontrado nada, repito, nada, que nos pruebe su muerte.
Tod Ellis entrecerró los ojos.
– No hay forma de que haya podido sobrevivir. Ese barco ardió como un depósito de gasolina.
Una elegante mujer pelirroja los escuchaba a ambos silenciosamente, y en ese momento se inclinó hacia adelante para apagar un cigarro.
– ¿Y ninguno de los hombres ha informado de que vio algo, o alguien, alejarse del barco?
Ellis se sonrojó de rabia. Estos dos habían dejado en sus manos el tema de la emboscada, pero ahora lo trataban como a un novato. A él no le gustaba; estaba muy lejos de ser un novato, ellos habían jurado que lo necesitarían después de lo de Sabin. El plan no había salido como esperaban, pero Sabin no había escapado y eso era lo más importante. Si pensaron que sería fácil capturarle, entonces es que eran tontos, como mínimo.
– Incluso si se metió en el agua -dijo él con paciencia-, estaba herido. Vimos como le alcanzó un disparo. Fuimos millas arriba. No hay forma de que él pudiera salvarse. O se ahogó o un tiburón se lo comió. ¿Por qué perder el tiempo buscándolo?
Los ojos de un azul claro de otro hombre miraron más allá de Ellis, al pasado.
– Ah, pero la persona de la que hablamos es Sabin, no un hombre normal y corriente. ¿Cuántas veces ha escapado de nosotros? Demasiadas para que deba creer que fue tan fácil acabar con él. No encontramos sus restos en el barco y, si, como tú dices, se ahogó o fue devorado por un tiburón, aún tendría que quedar algo que nos lo probara. Durante dos días hemos buscado en estas aguas sin encontrar nada. Lo más lógico es ampliar el área de búsqueda.
– Si lo hacemos nos estaremos exponiendo.
La mujer sonrió.
– No si lo hacemos bien. Simplemente debemos ser discretos. El mayor peligro que enfrentamos es que haya sido encontrado por otro barco y llevado a un hospital. Si él ha podido hablar con alguien, hacer algunas llamadas, no nos podremos acercar a él. Sin embargo primero hay que encontrarle. Estoy de acuerdo con Charles. Hay demasiado en peligro como para que simplemente demos por hecho que está muerto.