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La Lozana andaluza

Электронная книга - «La Lozana andaluza». Краткое содержание книги:

La lozana andaluza narra las aventuras de una cortesana española en Roma, recreando el ambiente romano del primer cuarto de siglo XVI. Es una novela picaresca dialogada de tipo erótico, en la que adquiere especial valor el uso realista que hace de la lengua, que recoge la jerga italo-española usada en Roma por las clases populares.
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LOZANA.- Yo lo creo, y aun una ciudad, aunque fuese el Caire o Millán.

VIEJA.- ¿Esta casa habéis tomado? Sea en buen punto con salud. Mal ojo tiene: moza para Roma y vieja a Benavente. Allá la espero.

TRIGO.- Subí, señora, en casa vuestra. Veisla aderezada y pagada por seis meses.

LOZANA.- Eso no quisiera yo, que ya no me puede ir bien en esta casa, que aquella puta vieja, santiguadera, se desperezó a la puerta y dijo «afán, mal afán venga por ella». Y yo, por dar una coz a un perro que estaba allí, no miré y metí el pie izquierdo delante, y mirá qué nublo tornó en entrando.

JODÍO.- No curéis, que Aben-Ruiz y Aben-Rey serán en Israel. Y por vuestra vida y de quien bien os quiere, porque soy yo el uno, que iré y enviaré quien pague la casa y la cena. Y vos, pariente, aparéjame esos dientes. No os desnudéis, sino estaos así, salvo el paño listado, que no lo rompáis; y si alguno viniere, hacé vos como la de Castañeda, que «el molino andando gana».

Mamotreto XIX

Cómo, después de ido Trigo, vino un maestresala a estar la siesta con ella, y después un macero, y el valijero de Su Señoría

LOZANA.- Por mi vida que me meo toda, antes que venga nadie.

RAMPÍN.- Hacé presto que ¿veis? allí uno viene que yo lo conozco.

LOZANA.- ¿Y quién es?

RAMPÍN.- Un maestresala de secreto, hombre de bien. Vuestros cinco julios no os pueden faltar.

MAESTRESALA.- Decí, mancebo, ¿está aquí una señora que es venida ahora poco ha?

RAMPÍN.- Señor, sí, mas está ocupada.

MAESTRESALA.- Decidla que Trigo me mandó que viniese a hablarla.

RAMPÍN.- Señor, está en el lecho, que viene cansada; si queréis esperar, ella le hablará desde aquí.

MAESTRESALA.- ¡Andá! ¿Véola yo la mano y está en el lecho? ¡Pues ahí la querría yo! Decí que no la quite, que de oro es, y aun más preciosa. ¡Oh, pese a tal con la puta, y qué linda debe de ser! Si me ha entendido aquel harbadanzas, ducado le daré. ¿Qué dice esa señora? ¿Quiere que muera aquí?

RAMPÍN.- Luego, señor.

MAESTRESALA.- Pues vení vos abajo, mirá qué os digo.

RAMPÍN.- ¿Qué es lo que manda vuestra merced?

MAESTRESALA.- Tomá, veis ahí para vos, y solicitá que me abra.

RAMPÍN.- Señor, sí. ¡Tiri, tiritaña: mirá para mí! ¿Abrirele?, que se enfría.

LOZANA.- Asomaos allí primero, mirá qué dice.

MAESTRESALA.- ¡Hola! ¿Es hora?

RAMPÍN.- Señor, sí; que espere vuestra merced, que quiere ir fuera, y ahí la hablará.

MAESTRESALA.- ¡No, pese a tal, que me echáis a perder! Si no ahí, en casa, que luego me salgo.

RAMPÍN.- Pues venga vuestra excelencia.

MAESTRESALA.- Beso las manos de vuestra merced, mi señora.

LOZANA.- Yo las de vuestra merced, que deséome quita de un mi hermano.

MAESTRESALA.- Señora, para serviros, más que hermano. ¿Qué le parece a vuestra merced de aquesta tierra?

LOZANA.- Señor, diré como forastera: «la tierra que me sé, por madre me la he». Cierto es que hasta que vea, ¿por qué no le tomaré amor?

MAESTRESALA.- Señora, vos sois tal y haréis tales obras, que no por hija, mas por madre quedaréis de esta tierra. Vení acá, mancebo, por vuestra vida, que me vais a saber qué hora es.

LOZANA.- Señor, ha de ir conmigo a comprar ciertas cosas para casa.

MAESTRESALA.- Pues sea de esta manera. Tomá, hermano; veis ahí un ducado. Id vos solo, que hombre sois para todo, que esta señora no es razón que vaya fuera a estas horas. Y vení presto, que quiero que vais conmigo para que traigáis a esta señora cierta cosa que le placerá.

RAMPÍN.- Señor, sí.

MAESTRESALA.- Señora, por mi fe, que tengo que ser vuestro, y vos mía.

LOZANA.- Señor, merecimiento tenéis para todo. Yo, señor, vengo cansada, ¿y vuestra merced se desnuda?

MAESTRESALA.- Señora, puédolo hacer, que parte tengo en la cama, que dos ducados di a Trigo para pagarla, y más ahora que soy vuestro yo y cuanto tengo.

LOZANA.- «Señor, dijo el ciego que deseaba ver».

MAESTRESALA.- Esta cadenica sea vuestra, que me parece que os dirá bien.

LOZANA.- Señor, vos, estos corales al brazo, por mi amor.

MAESTRESALA.- Estos pondré yo en mi corazón, y quede con Dios, y cuando venga su criado, vaya a mi estancia, que bien la sabe.

LOZANA.- Sí hará.

MAESTRESALA.- Este beso sea para empresa.

LOZANA.- Empresa con rescate de amor fiel, que vuestra presencia me ha dado, seré siempre leal a conservarlo. ¿Venís, calcotejo? Subí. ¿Qué traéis?

RAMPÍN.- El espejo que os dejasteis en casa de mi madre.

LOZANA.- Mostrá, bien habéis hecho. ¿No me miráis la cadenica?

RAMPÍN.- ¡Buena, por mi vida, hi, hi, hi que es oro! ¿Veis aquí donde vienen dos?

LOZANA.- Mirá quién son.

RAMPÍN.- El uno conozco, que lleva la maza de oro y es persona de bien.

MACERO.- ¡A vos, hermano! ¡Hola! ¿Mora aquí una señora que se llama la Lozana?

RAMPÍN.- Señor, sí.

MACERO.- Pues decidla que venimos a hablarla, que somos de su tierra.

RAMPÍN.- Señores, dice que no tiene tierra, que ha sido criada por tierras ajenas.

MACERO.- ¡Juro a tal, que a dicho bien, que «el hombre nace y la mujer donde va»! Decí a su merced que la deseamos ver.

RAMPÍN.- Señores, dice que otro día la veréis que haga claro.

MACERO.- ¡Voto a san, que tiene razón! Mas no tan claro como ella lo dice. Decí a su señoría que son dos caballeros que la desean servir.

RAMPÍN.- Dice que no podéis servir a dos señores.

MACERO.- ¡Voto a mi, que es letrada! Pues decidle a esa señora que nos mande abrir, que somos suyos.

RAMPÍN.- Señores, que esperen un poco, que está ocupada.

MACERO.- Pues vení vos abajo.

RAMPÍN.- Que me place.

MACERO.- ¿Quién está con esa señora?

RAMPÍN.- Ella sola.

MACERO.- ¿Y qué hace?

RAMPÍN.- Está llorando.

MACERO.- ¿Por qué, por tu vida, hermano?

RAMPÍN.- Es venida ahora y ha de pagar la casa, y demándanle luego el dinero, y ha de comprar baratijas para la casa, y no se halla con mil ducados.

MACERO.- Pues tomá vos la mancha y rogá que nos abra, que yo le daré para que pague la casa, y este señor le dará para el resto. Andad, sed buen trujamante.

RAMPÍN.- Señor, sí. Luego torno. Señora, mirá qué me dio.

LOZANA.- ¿Qué es eso?

RAMPÍN.- La mancha. Y dará para la casa. ¿Queréis que abra?

LOZANA.- Asomaos y decí que entre.

RAMPÍN.- Pues mojaos los ojos, que les dije que llorabais.

LOZANA.- Sí haré.

RAMPÍN.- Señores, si les place entrar…

MACERO.- ¡Oh, cuerpo de mí, no deseamos otra cosa! Besamos las manos de vuestra merced.

LOZANA.- Señores, yo las vuestras. Siéntense aquí, sobre este cofre, que, como mi ropa viene por mar y no es llegada, estoy encogida, que nunca en tal me vi.

MACERO.- Señora, vos en medio, porque sea del todo en vos la virtud, que la lindeza ya la tenéis.

LOZANA.- Señor, yo no soy hermosa, mas así me quieren en mi casa.

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