Dafne desvanecida
- Автор: Сомоса Хосе Карлос
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Dafne desvanecida». Краткое содержание книги:
Según explica el flamante propietario de SALMACIS, la novela del siglo XIX presenció el predominio del personaje (Madame Bovary v.g.), el XX contempló el ascenso y la dictadura del autor, pero el XXI es el tiempo del editor. Será -¿es?- el editor quien conciba el libro y luego le de forma, recurriendo al autor como uno más dentro de la industria editorial (junto a correctores, `negros`, ilustradores, maquetadores, etc.), y sus preferencias van por la gran novela coral. Como una que aparece en `Dafne Desvanecida`, en la que se afanan docenas de anónimos escritores a sueldo, plasmando la cotidianidad de un día en la vida de Madrid. La obsesión del editor por las descripciones literales de la realidad no es, en todo caso, casual, ya que él es ciego y, como le gusta recalcar, sólo conoce las cosas a través de la lectura (en su caso no dice si Braille o en voz alta por otra persona).
En este mundo los libros alcanzan su relieve más por la solapa que por el interior. Lo importante, recalca el detective Neirs, es la solapa. Ella nos explica cómo hay que leer el libro. La cuestión no es baladí, y él lo explica. No es igual leer la Biblia como la verdad revelada de un dios omnipotente que leerla como lo que es, una colección de chascarrillos folklóricos de un pueblo de pastores del Sinaí. Pensemos, nos aconseja, en que si las `Mil Y Una Noches` se hubiera interpretado como la Palabra de Dios (es decir, si la `solapa` mantuviera tal), `muchos devotos hubieran muerto por Aladino, o habrían sido torturados por negar a Scherezade…`.
Existen también los `modelos literarios`, algunas bellísimas como esa Musa Gabbler Ochoa que se ofrece, voluptuosa, a Juan Cobo, invitándole a que la maltrate, como acaba de contarle que hacía su padre cuando era niña. Pero Cobo descubre en el apartamento de la Musa a un `voyeur`, no un voyeur sexual, sino literario, que emboscado tras unos biombos toma nota febrilmente de la escena. Después se dará cuenta de que la Gabbler se gana así la vida y le ha metido como involuntario `modelo literario` en su vida, notando cómo les sigue otro aparente `voyeur` que garrapatea subrepticiamente desde los portales y esquinas…
Pero nada es lo que parece. Cobos, en su búsqueda de la bella desconocida, a la que creyó entrever antes de su accidente en el restaurante literario (y que NO es la Gabbler), será sometido a un engaño y a un chantaje. Se le hace creer que un escritor zumbado la tiene secuestrada y que va a matarla entre torturas, como pura experiencia literaria. Mientras haga esto, irá publicando unos textos donde la mujer real va desapareciendo como mero personaje literario. Él debe hacer lo contrario, contra reloj, darle características reales, sin miedo a caer en el prosaísmo (la pinta vulgar, casi fea, aunque con un remoto brillo de belleza en los ojos). Cobos, como un loco, apremiado por el detective, lo hará. Para descubrir luego, de boca del editor de SALMACIS, que todo es mentira, que ha sido inducido a ello para obligarle a escribir. Pero incluso su accidente es falso y la amnesia fue provocada ¡Con su consentimiento! (según demuestra un contrato que él firmó antes de la intervención).
– Vamos, vamos, Horacio: el señor Cabo lo está diciendo MUY claro, lo MÁS claro posible. El misterioso falsificador averiguó demasiado tarde que el poeta también mencionaba a la mujer, y decidió suprimir texto y autor de un solo golpe. ¿No es eso lo que usted cree? -me preguntó, haciendo malabarismos con la moneda.
Sí, eso era lo que yo creía (y temía). Neirs se repantigó en el asiento anatómico; sus largos dedos palparon el impecable peinado.
– Desde luego -dijo-, si yo leyera una novela con un argumento como éste, no podría dejarla hasta el final.
– ¿A qué se refiere? -Me irrité.
– No se ofenda, señor Cabo, pero… ¿En qué se basa su impresionante teoría? -Abrió las manos y señaló los papeles-. En cuatro pequeños párrafos y un poema no menos breve.
– En tres párrafos y un poema que terminan de la misma forma -repliqué-, y en un párrafo escrito de mi puño y letra que describe con absoluto realismo la verdad.
– ¿La verdad? -Enarcó las cejas Neirs, como dos tildes-. ¿Con absoluto realismo?
– «Me he enamorado de una mujer desconocida… Escribo esto mientras ceno en… Ella ocupa una mesa solitaria frente a la mía…» ¿Es que no lo ve? El empleo de los verbos en presente, la urgencia de la situación… ¡Por Dios! ¿Es que no lo ve? ¡Estoy describiendo la realidad!… ¡Y lo hacía mientras miraba algo que había frente a mí!… ¿Qué más pruebas quiere?
– Que recupere la memoria -repuso Neirs suavemente.
– ¿Qué?
– Que logre recordar cuándo y por qué escribió eso, señor Cabo. Ésa sería la única prueba posible. Mientras tanto, tendremos que considerar el texto de la libreta tan ficticio como los demás.
Detuve el incesante temblor de mi pierna derecha.
– ¡Oiga, puede que haya perdido la memoria, pero soy escritor y sé lo que me digo!… ¡El realismo de ese párrafo salta a la vista!… ¡Cualquier lector se lo creería!…
– No, al contrario: precisamente ningún lector se lo creería. O quizá sí. Todo depende de la solapa. Pero, por desgracia, ninguno de sus textos tiene solapa.
– ¿A qué se refiere?
Neirs y su ayudante intercambiaron sonrisas como si estuvieran decidiendo quién debía explicármelo primero. Comenzó Neirs:
– Nosotros llamamos «solapa» a la información sobre un texto que se encuentra fuera del mismo: una nota a pie de página, la solapa de un libro, la declaración de un testigo fiable, etcétera. Sin ella, nada de lo que se escribe, desde una simple lista de la compra hasta una enciclopedia, tiene valor por sí mismo. Piense, por ejemplo, en un libro cualquiera. La solapa nos habla del autor y de la clase de obra que ha creado. En ocasiones, hasta encontramos una breve sinopsis del argumento. De esta forma sabemos si vamos a leer una novela, un ensayo, un texto científico o una autobiografía, y nos preparamos para valorar las diversas lecturas. Si la solapa dice «novela», esperamos que nos entretenga pero no confiamos en conocer la vida del autor; otra cosa sería si dijera «autobiografía», ¿comprende? La mayoría de la gente ignora que la verdadera lectura de un libro se hace a través de la solapa. Sin ella, el texto resulta incomprensible. Podrá ser más o menos bello, pero ahí acaba todo.
– Escribir carece de significado -acotó Virgilio-. Es la solapa lo que le otorga un sentido u otro. ¡La solapa es MÁS, MUCHÍSIMO MÁS importante que el libro!
– Le pondré otro ejemplo para que se percate de esa importancia -prosiguió Neirs-. Sabemos que la Biblia pretende ser la palabra de Dios mientras que Las mil y una noches son una recopilación de cuentos fantásticos. Eso es la solapa: lo que sabemos, o creemos saber, sobre estos libros. Ahora imagine que la Biblia y Las mil y una noches hubieran trastocado sus solapas hace milenios: a estas alturas, las andanzas de Yavé constituirían un deleite para niños pequeños, mientras que muchos devotos habrían muerto por Aladino o habrían sido torturados por negar a Scherezade… Y no crea que exagero: la solapa es como el cauce de un río, y nuestra lectura fluye siempre sometida a sus límites. ¿Me explico?
– Quiere usted decir que un texto aislado no sirve para nada.
– Un texto sin solapa es ficticio hasta que no se demuestre lo contrario -sentenció Neirs-. Esta es mi regla de oro en cualquier investigación. Lo único que puede saberse con certeza sobre un texto así es que alguien lo ha escrito.
– El autor es lo ÚNICO real de un texto -completó Virgilio.
– Pero ¿quién es? ¿Dónde está? -Neirs repasó la habitación con la mirada, como buscando al misterioso autor-. ¿Cómo podemos saber quién ha escrito todo esto?
– ¿Cómo? -coreó su acólito, animándome a responder.
– Mirando en la solapa -dije.
Ambos asintieron con simétrica felicidad.
– La mujer desconocida, la repetición de la frase «repleta de fantasía», el poema de Grisardo… -enumeró Neirs-. ¡Cada uno de estos textos podría significar tantas cosas!…
– Desde una pura ficción hasta un error gramatical -dijo Virgilio.
– Pero cuando encontremos una solapa fiable -continuó su jefe-, resolveremos el enigma.
Me angustiaba un último punto.
– ¿Y qué opina usted del párrafo de la libreta? Quiero decir, según su experiencia… Esa mujer… ¿cree usted que yo la vi realmente?
El detective examinó el párrafo en silencio.
– ¿Cuál es su impresión? -pregunté, agobiado-. Le pregunto sólo su impresión como experto en temas literarios…
Neirs tamborileaba en la mesa con sus largos dedos.
– El empleo de los verbos… -insistí, tragando saliva-. ¿No le parece que…?
– ¿Me pregunta usted si creo que esta mujer existe o existió realmente?
– Sí.
Cerró la libreta con un gesto brusco.
– Permítame responderle con otra pregunta: ¿eso es lo que a usted le interesa saber en particular?
– No comprendo.
– Se lo diré de otro modo. Suponga, por un momento, que sale ahora mismo de este despacho y se encuentra con la mujer del párrafo… No, no se ría… Es sólo un ejemplo. Y suponga que la reconoce. ¿Se quedaría satisfecho? ¿Daría usted por concluido el caso? En pocas palabras: ¿lo que usted desea es encontrar a esa mujer?
Se desató un denso silencio. Horacio Neirs aguardaba mi respuesta sin dar muestras de impaciencia, mirándome a los ojos. Virgilio había interrumpido sus acrobacias y también me observaba con sus pupilas de cuarzo. Me pasé la mano por la barba. Rocé la punta de la nariz con el pulgar.
– Sí -dije.
Había sonado como si una mujer dijera: «Sí», de modo que me aclaré la garganta y repetí:
– Sí, eso es lo que quiero.
El tiempo volvió a transcurrir. Neirs reunió la libreta y los papeles en un pequeño montón y se incorporó.
– Muy bien, pues no creo que sea difícil complacerle. Nos pondremos a investigar de inmediato. Lo llamaré el lunes, si hay noticias.
Virgilio se alzó de puntillas para abrirme la puerta.
– Y no se preocupe -dijo Neirs-: en cuanto hallemos una solapa, todo quedará resuelto. Si la mujer del párrafo existe, estará en la solapa. Y usted la encontrará de inmediato.
«Sí, cuando salga de este despacho», pensé con amargura.
Entonces, al salir del despacho, me encontré con la mujer del párrafo.
VII ELLA
No lo advertí enseguida, como es natural. Acababa de dedicarle un último apretón de manos a Neirs. Al volverme, observé que el pasillo se extendía más allá de la bifurcación por la que había venido y finalizaba en otra habitación. Al fondo de ésta se apreciaba una llamativa estantería dividida por un listón vertical de mediana altura en dos zonas completamente simétricas con seis anaqueles cada una. Los anaqueles se adosaban al listón como las ramas de un árbol al tronco: los inferiores eran horizontales; los intermedios se alzaban por el lado externo; los superiores, más cortos, alcanzaban casi la vertical. Sin embargo, como el mueble era tan blanco como las paredes, yo sólo veía libros: hileras multicolores de volúmenes como varillas de un abanico abierto convergiendo en un mismo sitio. Aquel sitio central lo ocupaba, desde mi perspectiva, una persona, de modo que las ramas de libros parecían señalarla o brotar de ella. Era una mujer. Se hallaba sentada ante un escritorio blanco, dándome la espalda. Su ajustado vestido negro poseía una amplia abertura posterior. Por encima de la silla la piel se alzaba desnuda mostrando la línea divisoria de las vértebras y el terso polígono de los omóplatos. Su cuello era un tallo de copa. El pelo castaño se albergaba en un moño pequeño. Apoyaba los codos en la mesa: podía estar leyendo o escribiendo. Su figura era